|
Aarón
Anchorena, nacido en 1877, era nieto de dos de los hombres más ricos del país:
Nicolás Anchorena, emparentado con Rosas, y
Aarón Castellanos, pionero de la
colonización. Su madre, María Mercedes Castellanos de la Iglesia, condesa
pontificia, administradora de la fortuna familiar, lo envió a estudiar a
Francia, mientras construía dos
notables palacios en la plaza San Martín.
Tales
los orígenes de un personaje singular, pero a la vez representativo de la
Argentina opulenta, evocada en esta biografía conmemorativa. Aarón Anchorena
residió en París, como secretario honorario de la Embajada, entre 1902 y 1916;
ese año, en plena guerra, fue capturado por los alemanes y estuvo a punto de ser
fusilado. Anteriormente ya había cimentado su fama de hombre de mundo y, sobre
todo, de sportman.
En
1901 aparece triunfando en la primera competencia automovilística realizada en
Buenos Aires, en el Hipódromo del Bajo Belgrano: con su Panhard Levassol
aventaja a su amigo Marcelo T. de Alvear, que conduce un Locomobile de vapor.
Poco después, en 1905, aprende con Santos Dumont a manejar los globos
aerostáticos y en 1910 realiza un atrevido cruce del Río de la Plata en el
Pampero, acompañado por Jorge Newbery. Era también golfman, yachtman y cazador,
y además viajero, como los ingleses.
En
1902 recorrió la Patagonia a caballo, se encontró con el perito Moreno y llegó
hasta el lago Nahuel Huapi y la isla Victoria. En 1918 recorrió Formosa,
convivió con los pilagás y se entrevistó con el cacique Garcette, con quien
intercambió un moderno fusil por una manta tejida. Apenas unos meses después,
Garcette encabezó un sangriento malón, arrolló los fortines fronterizos y
degolló a sus moradores. Anchorena alternaba entre los pilagás y los círculos
más elegantes del París de la belle époque.
Se
casó con Zelmira Paz, viuda de Gainza y heredera del diario La Prensa agregó así
al patrimonio familiar el tercer gran palacio de la plaza San Martín.
Simultáneamente fue dando forma a una estancia en la Banda Oriental, que su
madre le compró cuando era joven, con la condición de que dejara de volar. Eran
unas 11.000 hectáreas en la barra del San Juan, cerca de Colonia y justo
enfrente de Buenos Aires. Se decía que allí Sebastián Caboto había levantado el
primer poblado español en el Río de la Plata. Anchorena buscó afanosamente las
huellas, ayudado por Clemente Onelli, y construyó un torreón conmemorativo.
La
estancia tenía una gran residencia, estilo Tudor, un parque, un coto de caza,
con ciervos y jabalíes especialmente traídos, y un bosque donde plantó las más
diversas especies, traídas de distintas partes del mundo. Aarón dirigió la
explotación -se dice que con métodos muy avanzados- pero sobre todo miró pasar
la vida, convivió con una misteriosa compañera, reunió a sus amigos y a veces
jugó a la política, invitando a dirigentes uruguayos y argentinos a discutir los
problemas internacionales. Uno de ellos era Julito Roca, el hijo del general.
Otro, el presidente uruguayo Baltasar Brum, que pasó allí, apenas electo, el
feriado de Semana Santa. Cuando murió, pasados los ochenta años, Anchorena donó
su estancia al gobierno uruguayo, que la usa hoy con fines protocolares.
Por
esa causa, el presidente Julio María Sanguinetti encargó este libro
conmemorativo, redactado por un célebre novelista oriental. El texto es
apologético y sólo medianamente informativo. Pero las fotos son notables, casi
deslumbrantes. En la tapa, el joven Aarón comparte un cigarro con el maduro
general Roca, a quien pasea en su Panhard.
Anchorena aparece a bordo del globo,
con Santos Dumont y con Newbery; está en París vestido de uniforme de gala, o de
maharajá en un baile de disfraces, rodeado de inquietantes mujeres. Alterna con
los pilagás o con sus amigos, en el parque de la estancia, con varios jabalíes y
ciervos recién cazados. Siempre impecablemente vestido y siempre con un aire de
distanciada indiferencia. Bien miradas, las fotos valen el libro.
|