Ramsés II,
faraón egipcio al que se dio el sobrenombre de Grande, tenía 18 años cuando ciñó
la corona. Pertenecía a una dinastía casi recién llegada al trono de Egipto y
que, además, no era de origen divino, ni siquiera noble. Pero eso, lejos de
intimidar al joven soberano, más bien le sirvió de estímulo, y se dispuso a
emular, con su acción, las hazañas de sus predecesores.
Si
Egipto quería ostentar la hegemonía mundial tenía que vencer a los hititas, sus
enemigos seculares. En efecto, desde hacía ya tres siglos, cuando el rey hitita
Mursil I conquistara la gran Babilonia, demostrando, de una vez por todas, las
posibilidades hititas, a cada retirada egipcia correspondía un avance hitita y
viceversa. Para ello se preparó muy bien con vistas al inevitable
enfrentamiento, que tuvo lugar cerca de una ciudad llamada Kadesh. Pero no hubo
victoria. Faltó suerte, no valor, especialmente el valor de Ramsés, lanzándose
casi solo al ataque de las poderosas fuerzas enemigas con la esperanza de
abrirse camino para reunirse con el resto de su ejército, fue casi de leyenda.
Tampoco le fue muy bien a los hititas, que sufrieron un duro golpe, podemos
decir que la consecuencia de todo ello fue que ninguno de los dos rivales quiso
correr el riesgo de un nuevo enfrentamiento, y así, durante casi veinte años, se
prolongó la antigua guerra fría, con sólo algunos choques “calientes” de vez en
cuando.
No
cabe duda de que la casi derrota de Kadesh fue una desilusión para Ramsés; pero
en cambio fue la suerte de sus descendientes, pues abrió vía libre a la
propaganda del régimen, que debía afirmar, con otros medios, la grandeza que las
armas no habían conseguido. En esto el joven faraón resultó un genio, capaz de
enseñar a los dictadores modernos. Egipto se vio literalmente cubierto de
grandes templos, estelas, construcciones, reconstrucciones, embellecimientos y,
sobre todo, de edificaciones colosales, encargadas, financiadas y controladas
por el propio soberano.
En
Tanis, la ciudad de residencia y quizá del origen de la dinastía, se erigió un
templo, nuevo y enorme, con decenas de estatuas y una veintena de obeliscos; y
más tarde, junto a la vieja ciudad surgió otra nueva y flamante, destinada a
convertirse en la capital administrativa de Egipto, en condominio y
concomitancia con Tebas.
Esta
ciudad se llamó Pi-Ramsés, que quiere decir “Ciudad de Ramsés”. El faraón
tuvo en ella una fantástica residencia, conocida como “Excelsa en Victorias”.
Cada edifico proclamaba, con su sola existencia, el poder, la gloria y la
riqueza del gran rey. En sus paredes se narraba la versión que de la batalla de
Kadesh quería Ramsés que se conociera, la versión que durante tres mi años
fue considerada como la única, la verdadera.
Pero
entre todas las construcciones que exaltaban la gloria de Ramsés destaca un
conjunto de templos, excavados en la roca en la lejana Nubia, donde las arenas
de] desierto se juntaban con el curso del Nilo nos referimos a Abu Simbel.
Desde
sus antiguas paredes, Ramsés habla en primera persona y todavía, después de tres
mil años, sus palabras nos transmiten la poesía, la turbación y el furor del
joven rey. Salta a la vista la propaganda para sostener a un Rey Sol de hace
tres mil años, disfrazando la realidad al decir que Ramsés “tendió la mano de
paz marchando hacia el sur”, cuando lo cierto era que se retiró del campo de
batalla.
El
templo de Abu Simbel no tenía suficientes defensas contra la arena del desierto,
que se derramaba sobre él desde la parte superior de la pared rocosa en la que
estaba excavado. Así, desde los tiempos más antiguos, una constante y renovada
lluvia de arena escondió (y con ello protegió) gran parte de sus estructuras..
Pero nunca desapareció del todo, pese a que en época romana más de su mitad
estaba cubierta y, mientras Mahoma predicaba su credo en la vecina península
arábiga, la movediza arena lo cubrió casi totalmente. Eso ocurría en el siglo
VII de la era cristiana. Sólo las cabezas de las gigantescas estatuas que
decoran la fachada continuaron emergiendo, durante siglos, sobre la arena. Dos
enormes rostros enigmáticos y olvidados.
El 5
de marzo de 1813 el jeque Ibrahim ibn Adn Allah las descubrió, iniciando con
ello un siglo y medio de apasionantes aventuras arqueológicas alrededor de los
grandes templos de Ramsés el Grande. En realidad el nombre verdadero de este
hombre era Johann Ludwig Burckhardt, nacido en Lausana, en el cantón de Vaud,
vástago de una familia de sólidas tradiciones centroeuropeas.
En su
opinión estaba constituido por un solo templo, el más pequeño, dedicado a la
esposa de Ramsés, la reina Nefertari, que era el único cuyos seis colosos de la
fachada se veían fácilmente. Era también el único del cual el explorador, que se
documentaba minuciosamente antes de sus viajes, nunca había oído hablar. Pero
fue grande su sorpresa cuando, alejándose por casualidad del objeto de su
atención, vio sobresalir de la arena la parte superior de las estatuas del otro
templo, aquel inmenso monumento que el faraón había dedicado al dios Ra-Horakhti
(y en realidad a sí mismo). En ese momento empezaba la segunda vida de una obra
destinada a ser considerada como una de las grandes maravillas de Egipto. Era el
22 de marzo de 1813.
Después del descubrimiento se inició la exploración, la apertura del templo.
Empresa que promovió y llevó a cabo, tras diversas vicisitudes, un italiano al
servicio de Inglaterra, Giovanni Battista Belzoni, aventurero obstinado,
infatigable, pionero de la arqueología, que el día 1 de agosto de 1817 consiguió
al fin entrar en el gran templo de Abu Simbel a través de una galería de arena.
Experimentó una gran desilusión al no encontrar ningún tesoro y ‘sí un calor
infernal, de más de ciento treinta grados Fahrenheit (cincuenta y cinco grados
centígrados), una serie de incomprensibles esculturas en las paredes (los
jeroglíficos egipcios todavía no se habían descifrado) y una extraña sustancia
negra que cubría el pavimento, parecida a “nieve negra”, y por ello se limitó a
escribir en su diario una fría descripción del conjunto; en la pared del templo
dejó grabados los nombres de los descubridores.
Después del descubrimiento y después de la apertura vendría la valoración, la
limpieza, la restauración y la consolidación, así como los trabajos de
contención de la arena para que no volviera a cubrir los templos. Todo ello
requeriría, con pausas y reanudaciones en los trabajos, en los descubrimientos y
en la atención, un siglo más o menos. En el período comprendido entre las dos
guerras mundiales, Abu Simbel ya había sido excavado, limpiado, defendido y
consolidado (lo necesitaba, pues algunas de las pilastras interiores, excavadas
en la roca, empezaban a ceder, aplastadas por el enorme peso de la cubierta);
pero por encima de todo había sido valorizado corno uno de los las grandes
testimonios de la historia del antiguo Egipto. Y todavía faltaba el traslado
lejos de su antiguo asentamiento para salvarlo de las aguas; pero ésta, como
veremos, es una historia actual, típica de nuestro siglo.
Egipto, decía el historiador griego Heródoto, es el “don del Nilo;”; en una
tierra donde prácticamente no llueve nunca, el gran río, con sus inundaciones
anuales que aportan limo y agua, es la base de la vida. De ahí que se pensara a
menudo en regular sus aguas, canalizarlas para poder aprovecharlas en cualquier
época del año. A este deseo normal de los habitantes de Egipto (cuyo número
aumentaba sin cesar) nuestra época ha añadido el interés por las fuentes de
energía, la explotación del “oro blanco” para producir electricidad.
Existe un punto ideal para bloquear el Nilo con un dique que sirva para dichos
fines y este lugar es Assuán, en el valle de la primera catarata, A finales del
siglo pasado, los ingenieros ingleses ya construyeron allí una presa que más
tarde se amplió. Pero esto significaba que gran parte de los monumentos que allí
se encontraban permanecerían cubiertos por las aguas durante la mitad del año.
Era un duro precio que se tenía que pagar a cambio de los beneficios que la
presa proporcionaría; pero se hizo, tratando empero de consolidar los monumentos
con las más modernas técnicas para que pudieran resistir la forzada inmersión.
Su
construcción significaba también la inundación de los templos de Abu Simbel y,
casi con toda seguridad, su ruina, porque la arenisca con la que están
construidos no hubiera soportado los efectos de la erosión. Eso ya era un crimen
contra la cultura, pero que, por otra parte, parecía inevitable.
En
pocas semana se organizó una misión de estudio para salvar esas maravillosas
construcciones. Expertos franceses, italianos y alemanes fueron enviados a
Egipto para estudiar el conjunto, y basándose en sus informes se tomó la
decisión definitiva: apelar a los gobiernos y al pueblo de todo el mundo para
salvar un monumento cuya pérdida hubiera sido “irreparable para el patrimonio
cultural de la humanidad”.
Encuadre
simbólico de los trabajos de salvamento y de restauración, quizá la mayor
empresa de este tipo de todos los tiempos: las tres grandes cabezas de Ramsés II
depositadas sobre la arena en el intervalo entre la descomposición en grandes
bloques numerados del templo y su posterior reconstrucción. Los rasgos del
faraón resaltan más de lo normal en esta imagen, sin la falsa barba ritual que
los soberanos de Egipto fijaban tradicionalmente en su rostro como distintivo de
su dignidad. A la derecha: sugestivo detalle del ojo de una de las estatuas,
detalle que será difícil de observar cuando la cabeza vuelva a su sitio.
Y por
una vez, la humanidad respondió. En junio del año 1963, después de haber
descartado numerosos proyectos (entre ellos el fabuloso de levantar todo el
complejo sobre un conjunto de cabrias), se tomó la decisión definitiva: cortar
los templos en grandes bloques, de una veintena de toneladas cada uno; elevarlos
hasta un nivel que los resguardase de las aguas del lago formado por la presa y
reconstruirlos con todo cuidado, de manera que tuviesen una situación lo más
idéntica posible a la original. Así, después de treinta y tres siglos, se volvía
a trabajar por la gloria de Ramsés.