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Fue Charles Darwin
quien dio valor a la narración del capitán de un navío inglés, el
cual, durante una escala en el puerto chileno de Valparaíso, en 1835,
había descrito la erupción de un volcán que se identificó como el
Aconcagua. El episodio, como hemos dicho, despertó la curiosidad de
Darwin, que a la sazón viajaba a bordo del Beagle, y el gran
investigador lo comunicó a la Sociedad Geológica de Londres.
Gracias a
la fama de Darwin, que en el transcurso de aquellos años pondría en
conmoción el mundo de la ciencia con sus descubrimientos que pronto
desembocaron en la exposición de la teoría sobre la evolución de las
especies, nadie pensó, en Londres, en la posibilidad de un error. No
obstante, hoy se sabe que aquel capitán inglés se había equivocado y
que, al observar el fenómeno eruptivo, había confundido el Aconcagua
con el Tupangatito, otro volcán activo situado a unos 90 Km.
más al sur.

El primer mentís al informe proporcionado por Darwin se produjo en 1849,
por parte del francés Pierre Pisis, encargado, por el gobierno chileno,
de recopilar un mapa geológico del país. Pisis, durante sus habituales
observaciones científicas, se había dado cuenta de que el Aconcagua no
presentaba ninguno de los caracteres típicos de un volcán. Por el
contrario, a su juicio, la excepcional regularidad de la estratificación
revelaba más bien que estaba constituido por rocas sedimentarias. Pero
también se demostraría más tarde que esta hipótesis era infundada.
El enigma geológico que Darwin, involuntariamente, había creado
despertaría muchas discusiones durante años, hasta que la “conquista” de
la montaña pondría fin a las dudas. Pero esta conquista fue una empresa
de alpinistas —de alpinistas expertos, no cabe duda— pero no de
geólogos.
El Aconcagua presenta, en efecto, excepcionales dificultades ambientales
para todos los que quieren escalarlo, pero no demasiadas dificultades
técnicas ni excesivamente comprometidas. Situado en territorio
argentino, en su frontera con Chile, se eleva al este de la cuenca
hidrográfica interoceánica y al norte del río de las Vacas, cuyo valle
transversal, cruzado por la carretera y por la vía férrea trasandinas,
culmina en el paso de La Cumbre. Su altura oficial actual es de 6.959
metros, pero tanto los argentinos como los chilenos, movidos por su
orgullo patriótico, siguen considerando como exactas las medidas de 1951
(mapa I.G.M.A.), que le daban una altura de 7.021 metros.
Darwin realizó
largas y peligrosas expediciones por tierra firme, entre ellas la
travesía de los Andes desde Valparaíso a Mendoza. Este científico
descubrió conchas fosilizadas a 4.000 metros sobre el nivel del mar, lo
que demuestra el origen sedimentario de la cadena. Pero Darwin,
confundido por una errónea información de un compatriota suyo, informó a
la Sociedad Geográfica que el Aconcagua era un volcán en actividad,
dando origen a un equívoco que sólo pudo poner en claro, bastantes años
más tarde, el geólogo Schiller.
La montaña emerge, entre un laberinto de valles, por encima de la
“puna”, el inmenso altiplano estepario. Es como un gigante dominador o
como
la soberbia muralla de un orgulloso castillo “cuyos rasgos
regulares y multicolores parecen hechos por la mano del hombre, mientras
sus grandes proporciones sugieren al espectador la acción de poderosos
agentes de la naturaleza”. En efecto, su mole debía ejercer una mezcla
de fascinación y de sagrado respeto a las tribus de araucanos y
de aimarás que, desde tiempos remotos, habían vivido en sus
laderas y que atribuían a este monte —divinizado según los principios de
la religión animista— un poder de salvación al considerarlo como el
último refugio de los supervivientes del diluvio universal. Del pueblo
aimará procede la etimología del nombre Aconcagua: ellos decían Kon
Kawa, que significa Monte Nevado, y también Cahuak, “el que
observa”, y asimismo Ackon, que quiere decir “de piedra”.
Seguramente fueron los mismos pueblos indígenas los que se engañaron
respecto a la naturaleza geológica del monte, puesto que llamaron volcán
a uno de los principales valles de acceso, tomando por humo que salía de
un hipotético cráter a las nubes blancas que el fuerte viento lanzaba
contra la cima. Este es el viento de origen atlántico (el mortífero
“viento blanco”), que puede desplazarse a 250 Km. por. hora y que, en
unos pocos momentos, es capaz de desencadenar un huracán y hacer que la
temperatura descienda por debajo de 30 ó 40 grados.
De las pésimas
condiciones atmosféricas
nació, sin duda, la leyenda indígena que afirma que ningún ser humano
podría escalar el Aconcagua, debido a las continuas vibraciones del
terreno y a la presencia de un auténtico laberinto de rocas que esconden
el camino hacia la cumbre; esto explicaría, quizás, por qué no quedaron
nunca huellas de posibles escaladas que podían haberse realizado en
tiempos de la dominación de los incas, cuyo imperio se había extendido
desde el Perú hasta abarcar el macizo del Aconcagua.
Las prácticas religiosas de los incas, como por ejemplo el culto al Sol
y los sacrificios humanos que se realizaban en las cumbres más elevadas,
así como el hallazgo de esqueletos en cimas no muy lejos del Aconcagua,
podrían constituir la plausible explicación de la hipótesis de una o más
ascensiones efectuadas por los indígenas, o bien de algunos intentos,
acabados trágicamente y que, en tal caso, habrían reforzado la creencia
de que el monte era, en efecto, invencible.
En tiempos más recientes, el Aconcagua y la cordillera andina volvieron
a tener actualidad en 1817, con motivo de uno de los más célebres
episodios de la historia de América del Sur: nos referimos a la gesta
del general argentino José de San
Martín, quien, con un ejército de
5.350 hombres, pasó por el lugar más intransitable de la cordillera
andina, entre el cerro Mercedario y el Aconcagua, a casi 4.000 metros de
altura. Ni senderos casi impracticables, ni el ardiente calor durante el
día y el frío gélido de las noches, ni la terrible “puna” (el “mal de
montaña” al que los indígenas dan el mismo nombre del altiplano)
consiguieron enfriar el entusiasmo de aquellos argentinos que,
procedentes de Mendoza y tras una marcha de 500 Km., se unieron a los
chilenos y, juntos, vencieron a las tropas españolas.
HISTORIA DE SUS
ASCENCIONES:
Las observaciones orográficas hechas por San Martín durante la marcha
fueron muy interesantes... Pero había de pasar todavía bastante tiempo
para que se produjera un verdadero conocimiento del Aconcagua.
Tres años después del éxito alcanzado por E. Whymper en el Chimborazo,
lo que fue el punto de partida oficial de la empresa andinistica, en
1883, el alemán Gussfeld (imagen izq.), sin tener ni las más elementales nociones de
cartografía, llegó a las estribaciones de la montaña: “Esta se eleva
—escribió más tarde— con la misma majestuosidad que el Matterhorn de
Zermatt, pero su mole es tan colosal que podría contener otras muchas
montañas de los Alpes. Era una visión tan atractiva que aumentó mi deseo
de escalarla.”
Gussfeld se introdujo valerosamente en el laberinto de rocas descrito en
la leyenda antes mencionada, y escogió la ruta del norte, a la que creía
libre de los obstáculos que suponían la nieve y el hielo. Acompañado por
dos indígenas, y con la intención de aprovechar también la ocasión de
descubrir
minas de metales preciosos, el explorador alemán alcanzó el valle del
Río Volcán y acampó en el límite de la rala vegetación, a 3.548 metros
de altura. Ni un inmenso muro de piedra que le cerraba el paso, ni el
macabro descubrimiento de un esqueleto humano (quizás un buscador de oro
sorprendido por una tempestad) que parecía sonreírle irónicamente,
enturbiaron su entusiasmo. Y más tarde, entre las características agujas
de hielo, dispuestas como una fila de blancos frailes y que semejaban un
bosque de penitentes, Gussfeld localizó el paso exacto, lo alcanzó y
llegó así a la cuenca superior, la base de la verdadera montaña. El
Aconcagua no opuso dificultades técnicas a sus asaltantes, tan sólo las
esperadas, constantes y mortíferas condiciones climáticas...
“En un monte como el Aconcagua —escribió Gussfeld—, a las normales
dificultades de todos los montes se suman las que causan la altura y la
falta de oxígeno, además de la inclemencia del tiempo, como el frío y el
viento. Con estas adversidades y privaciones, ninguna fuerza humana- es
capaz de alcanzar la cima. Sólo quien tenga muy buena estrella podrá
llegar a la meta”. En efecto, Gussfeld pasó por todas las penalidades:
sufrió náuseas, desmayos debidos a la altura, soportó los más repentinos
cambios atmosféricos, las violentas tempestades... Todo ello neutralizó
los sucesivos intentos, y el explorador quedó bloqueado a 6.560
metros de altura.
Gussfeld no era un geólogo, pero, muy acertadamente, trajo a Europa
algunas muestras de roca, proporcionando por primera vez a los
científicos la posibilidad de estudiarlas directamente. Entonces ya no
cupo la menor duda: aquellas rocas eran de origen volcánico. Gussfeld
llegó entonces a la conclusión de que el Aconcagua, pese a su
apariencia, debía ser un volcán y que su cima culminante, que un huracán
le impidió alcanzar, escondía en realidad el orificio del cráter,
invisible desde aquella vertiente.
En 1896 llegó a la zona del Aconcagua el célebre alpinista inglés
Fitzgerald, al frente de una expedición en la que había italianos y
suizos y en la que figuraba Mathias Zurbriggen, famoso por la conquista
del monte Cook, en Nueva Zelanda. Saliendo del valle de Horcones, esta
expedición inició el ascenso a la montaña por el sur.
Las dos primeras etapas, en plan de exploración, no tuvieron aliciente
alguno:
uno tras otro, los alpinistas se retiraban extenuados. Sólo el
experimentado Zurbriggen resistió a aquella despiadada selección que
llevaba a cabo la naturaleza, y tras una dramática noche de Navidad
pasada en compañía de Fitzgerald en el nido de Cóndores, un vivaque
formado por dos rocas superpuestas, se lanzó él sólo hasta un punto
donde encontró un hombrecillo de piedra y una cajita que contenía el
mensaje de Gussfeld, con esa lacónica frase: “Segundo intento, marzo
1883”.
Y al tercer asalto se consiguió la victoria. A 6.700 metros, Fitzgerald
y sus compañeros Pollinger y Lati, afectados por la “puna”, emprendieron
el camino de regreso. Pero Zurbriggen, empeñado en no ceder, pidió
permiso para continuar él solo. Fitzgerald no se opuso y le dio la
posibilidad de llevar a cabo otra magnífica empresa. “Tuve alguna
dificultad en respirar durante, el ascenso, pero, después de diez
minutos de descanso en la cumbre me sentí perfectamente bien”, escribió
más tarde. Y añadía:
“No teniendo ni papel ni lápiz, grabé la fecha de mi ascensión en el
mango del piolet y lo fijé en el hombrecillo que había hecho.”
La suerte no se mostró favorable con Fitzgerald. Este inglés volvió al
año siguiente con una nueva expedición, y una vez más fue vencido por
las adversas condiciones físicas. Agotado por el cansancio, tuvo que
ceder la gloria de un segundo ascenso a su compatriota Vines y al
portador italiano Lauti. Estos, ya en la cima, recuperaron el piolet de
Zurbriggen.
Desde el punto de vista geológico, las expediciones de Fitzgerald
destruyeron la hipótesis de Gussfeld. La última cima, formada por tres
sucesivas elevaciones, no delimitaba el orificio de ningún cráter, sino
que se precipitaba en un vertiginoso muro. No obstante, las rocas
encontradas en esta cima (andesita y porfirita), que procedían de
expansiones de lava, producían la mayor perplejidad. Se elaboró,
entonces, una nueva hipótesis, según la cual la cúspide podía ser un
filón que atravesaba parte de un antiguo volcán o quizás parte de una
columna de lava que se había consolidado en la sima. En tal caso, el
Aconcagua podría ser el antiguo fondo de un volcán cuyo cráter,
destruido por los agentes exógenos, había sido, por lo menos, 300 metros
más alto que la cumbre actual.
Esta hipótesis se mantuvo hasta que un geólogo decidió ir por sí mismo a
la cumbre del Aconcagua para estudiar directamente la situación. “Cuando
llegué al país —escribió el geólogo alemán Schiller— me dirigí a la
cordillera que tanto me atraía, en parte por sus paisajes todavía
inexplorados, en parte por mis propios intereses científicos. Pasé tres
temporadas en los Andes, y cada vez me sentía más unido a estas
montañas. Sólo el Aconcagua se me resistía”. Pero el Aconcagua marcó su
destino. Tras muchos años de estudios, Schiller se creyó preparado para
la empresa final.
En 1940 y en 1943
participo en dos expediciones, pero en ambas, las casi prohibitivas
condiciones atmosféricas le impidieron tener la satisfacción del éxito.
Pero este fracaso, que se puede considerar deportivo, se vio compensado
por la importancia de las observaciones geológicas, que resultaron muy
esclarecedoras y en gran parte decisivas.
La ausencia del menor atisbo de un orificio del que hubiera podido manar
el magma después del plegamiento andino y de cualquier otra
manifestación volcánica secundaria (fumarolas, emanaciones de azufre),
le condujo a la conclusión de que “el Aconcagua no es un volcán activo,
ni un volcán adormecido, ni tampoco un volcán que se haya apagado
recientemente, sino un volcán que se extinguió en épocas remotísimas y
precisamente antes del plegamiento de la cordillera, fenómeno que se
produjo en la segunda mitad del terciario”.
Las rocas efusivas (andesita y porfirita), que forman un muro de 3.000
metros de espesor, y que se apoyan sobre la misma capa de sedimentos
marinos fosilizados del jurásico superior y del cretácico inferior, ya
existían antes del plegamiento andino, y fue precisamente a causa de
este fenómeno que experimentaron un poderoso impulso y se sobrepusieron
a las más recientes.
Pero haber descubierto el secreto geológico del Aconcagua no representó
para Schiller haber vencido a la montaña; pues en el
curso de una nueva ascensión organizada en 1944 (la Sexta que efectuaba
este investigador alemán), la naturaleza se tomo una trágica venganza.
Una expedición compuesta por el mismo Schiller (imagen) , por su compañero Link y
su esposa Adriana y por los dos
alpinistas Grimm y Kneidl, fue sorprendida, a 6.200 metros de altura,
por un huracán violentísimo: durante tres días y tres noches, el “viento
blanco” fue el indiscutido protagonista en lugar de serlo las crestas
rocosas.
Ningún componente de la expedición volvió a Plaza de Mulas, y fue
necesario organizar otras tres expediciones para recuperar los
cadáveres, victimas de una tragedia cuya reconstrucción dejó, por
cierto, muchos puntos oscuros. El cuerpo de Schiller, el único que se detuvo antes de llegar a la cima, fue encontrado,
congelado, en una pequeña tienda, en la cual había logrado refugiarse,
en plena desbandada, en espera de sus amigos. Era la “muerte blanca”,
encontrada en el seno de aquella montaña por la que tanta atracción
había sentido.
Los otros alpinistas se habían visto sorprendidos por la tormenta al
regresar de la cima, como se pudo saber por el libro de notas que se
guardaba en un estuche de metal. Adriana, quizás debido a una fuerte
ráfaga de viento, perdió el equilibrio, cayó y se dio con la cabeza en
una roca. Link, en un gesto sublime, la cubrió’ con su abrigo y siguió
su camino para reclamar ayuda y
abandonando su piolet. Los soldados de la expedición de socorro le
encontraron congelado a pocos metros más abajo.
Para evitar que tales tragedias se repitieran, o por lo menos para
reducirlas dentro de unos límites razonables, se decidió construir, a lo
largo del itinerario habitual para subir por la ladera sudoeste, una
serie de refugios de cuya instalación se cuidó el teniente Valentín
Ugarte. Con ello se abría el período del andinismo organizado.
“La construcción de los refugios —declaró el día de la inauguración el
presidente Juan Perón— marca el principio del fin de unos riesgos
inútiles. Los riesgos existirán siempre, pero, a partir de ahora, serán
fortuitos. Algunos morirán en la ascensión, pero será el uno por ciento
de los que perecían por falta de preparación o por valerse de medios
inadecuados. Ahora el Aconcagua ya no es el monstruo difícil de vencer,
como ocurría cuando los que iniciaban la ascensión tenían un 50%
de probabilidades de vivir y otro 50% de morir.”
El refugio de Plaza de Mulas (a 4.230 metros), los refugios cercanos de
Plantamuray Libertad (ex Eva Perón, a 5.850 metros) y el refugio
Independencia (ex Juan Perón, a 6.480 metros)’ aseguran ahora una
excelente protección en caso de mal tiempo, aunque el frío y las
consecuencias de la “puna” continúan produciendo víctimas todavía: a
este respecto, las estadísticas siguen siendo muy elocuentes. Sólo el
40% de las expediciones consiguen llegar a la cima, y el 20% de los
participantes sufren heridas, lesiones o congelación. Y cincuenta
alpinistas han muerto pese a las medidas adoptadas. Por este motivo,
desde hace algunos años, los militares argentinos dé guarnición en
Puente de Inca, antes de conceder el permiso para una escalada, examinan
detenidamente el equipo de los alpinistas y les exigen, además, un
certificado de buen estado físico.
En otro aspecto, la posibilidad de hacer el trayecto a lomos de un mulo
hasta los 6.300 metros, un poco más abajo del refugio Independencia,
impide que se produzca la gradual y necesaria aclimatación. Por eso las
últimas escarpaduras y los difíciles 600 metros para alcanzar el Peñón
Martínez y la Canalita Final se transforman muy a menudo en un verdadero
calvario. De pronto, uno se siente falto de toda energía, se producen
vómitos y dolores de cabeza y sólo sacando fuerzas de flaqueza se
consigue proseguir el camino.
Así es como el Aconcagua, el antiguo volcán de la era terciaria, la montaña
conocida como “el más grande montón de arena del mundo”, opone sus últimos
esfuerzos defensivos, exigiendo todavía un tributo de vidas humanas.
Fuente Consultada: Maravillas del
Mundo De
GIANCARLO CORBELLINI
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