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Roal Admunsen
Decidido a triunfar: Roal Amundsen llega al polo Sur:
El polo Sur es un lugar solitario. En todas direcciones se dilata un escenario
de absoluta desolación, una extensión plana de hielo y nieve barrida por los
vientos, cegadoramente blanca bajo el claro verano del Ártico, envuelta en
sombra impenetrable durante la larga noche antártico. Repelente. Inhóspita. Y
desafiante.
Entrada ya la tarde del 14 de diciembre de 1911, el silencio absoluto del
extremo meridional del eje terrestre fue roto por vez primera por el sonido de
voces humanas. Donde el hombre no había puesto jamás su planta, Roald Amundsen y
sus cuatro compañeros noruegos se felicitaban mutuamente. Eran los primeros en
llegar al polo Sur.
Constituía éste uno de los grandes logros en la historia de las exploraciones.
No obstante, la reacción de Amundsen fue mesurada. "La meta había sido
alcanzada, se había llegado al término del viaje", escribiría más tarde. "No
puedo decir, aunque sé que sonaría mucho mejor, que hubiera alcanzado el objeto
de mi vida. Sería novelar demasiado descaradamente. Más me valdrá ser honesto y
aceptar con sencillez que no he sabido nunca de un hombre que se encontrara en
una posición tan diametralmente opuesta al objeto de sus deseos como yo en aquel
momento. Los alrededores del polo Norte -el polo mismo, digamos de una vez- me
habían atraído desde la infancia, y allí estaba yo, en el polo Sur. ¿Puede
imaginarse mayor desatino?"
Estas reflexiones eran los pensamientos de un hombre de firme voluntad, que no
veía la vida como una aventura sino como muchas. Según él mismo admitía, no
había llegado a explorador por casualidad. "Mi carrera", explicó una vez, "ha
sido una marcha continua hacia una meta definida desde que tenía quince años.
Todo lo que he realizado ... ha sido fruto de una vida de planeación, de
cuidadosa preparación y de trabajo concienzudo y duro."
La chispa de la ambición de Amundsen se encendió cuando, de muchacho, leyó una
narración del gran explorador ártico inglés sir Johil Franklin, que halló
tremendas dificultades en su infructuosa búsqueda del paso del Noroeste. Aquel
relato de valentía ante la adversidad, decía Amundsen, "me emocionaba más que
todo lo que había leído hasta entonces".
Decidido a prepararse para una vida de aventuras en el Ártico, siguió leyendo
verazmente todo lo que encontraba acerca de las expediciones polares. El
muchacho empezó a dormir con las ventanas abiertas de par en par, aun en pleno
invierno. (Cuando la madre protestó, le dijo que le gustaba el aire fresco;
después habría de explicar: "Claro que en realidad era parte de mi proceso
consciente de endurecimiento.") Siempre que podía escaparse de la escuela, se
iba a las colinas y montañas cercanas a Oslo, "a aumentar mi habilidad para
caminar por el hielo y la nieve y para endurecerme los músculos, pensando
siempre en la gran aventura venidera".
Amundsen consideró que servir en el ejército noruego era el siguiente paso
lógico de su adiestramiento. Sabía que su mala vista le impediría pasar el
reconocimiento físico del ejército, pero con su determinación característica
decidió intentarlo a pesar de todo. Entonces le valieron sus años de ejercicio.
En el centro de reclutamiento, el médico quedó tan impresionado por la
espléndida figura del joven, que llamó a unos oficiales de otra habitación para
enseñarles su hallazgo: Roald Amundsen enteramente desnudo y muy avergonzado.
"En su entusiasmo por el resto de mi dotación física", contaba Amundsen,
divertido, "el bueno y anciano médico olvidó examinarme los ojos. En
consecuencia, pasé con todos los honores y recibí mi instrucción militar."
Esta carrera fue interrumpida por breve tiempo a causa del deseo de su madre de
que fuera médico. Aunque no le interesaba semejante profesión, Amundsen se puso
aplicadamente a estudiar medicina. Pero como a los 21 años fuera ya huérfano de
padre y madre, Amundsen abandonó por completo sus estudios de medicina y anunció
abiertamente su intención de hacerse explorador.
Pronto tuvo ocasión de comprobar que no iba a ser una vida fácil. A los 22 años,
emprendió con su hermano una expedición de entrenamiento en pleno invierno,
cruzando sobre esquís una cadena de montañas al oeste de Oslo. Mal equipados y
peor aprovisionados, antes de haberla llevado a término quedaron helados,
hambrientos, se vieron cercados por la nieve y, aterrorizados, se sintieron
vencidos por completo. Volvieron a casa, contentos de seguir con vida.
"¡Imagínense!", escribía Amundsen deprimido al resumir la aventura, aquello era
parte de mi entrenamiento preliminar para mi carrera polar ... y su ensayo
resultó más arduo que la propia experiencia a la que servía de preparación,
hasta el punto de que casi acabó con mi carrera antes de empezarla!"
Pero Roald Amundsen aprendió la lección. Jamás volvió a emprender una expedición
sin prepararse. Así, durante el resto de su vida, la planeación cuidadosa
caracterizaría todas sus exploraciones.
A Amundsen le había llamado la atención lo que denominó "un fatal defecto común
a muchas de las expediciones árticas anteriores": el hecho de que quienes las
mandaban eran pocas veces capitanes de navío. De esto resultaba que, no bien
empezaban a navegar, el mando de la expedición quedaba dividido. Amundsen dedujo
la conveniencia de obtener una licencia de marino, y en 1894 se enroló como
marinero en un barco ballenero.
Tres años después, a los 25 de su edad, llegó a primer piloto del Bélgica, nave
de una expedición antártico patrocinada por los belgas. Con una tripulación
formada por individuos de varias nacionalidades y animado de las mejores
intenciones, el grupo zarpó de Anberes en agosto de 1897 para lo que debía ser
un breve recorrido por la costa de la Antártida. El resultado fue un desastre.
Inexpertos como exploradores polares, los guías de la expedición permitieron que
los sorprendiera el invierno antártico y que el hielo atrapara el barco. El
Bélgica no tardó en ser una mota negra rodeada de un desierto blanco
aparentemente interminable, interrumpido sólo por algunos canales de agua que
terminaban en muros de hielo.
En mayo de 1898, dos meses después de quedar aprisionados en las tenazas de
aquel campo de hielo, los hombres vieron ponerse el sol antártico. Empezaba el
invierno. No volvería a salir el sol hasta fines de julio. Sin víveres para
arrostrarlo ni ropas de abrigo, tanto marineros como científicos temieron por
sus vidas. Dos hombres enloquecieron en los meses siguientes, y a todos menos a
tres los atacó el escorbuto.
Cuando también el capitán cayó mortalmente enfermo, Amundsen se halló de repente
al mando del barco, en apariencia perdido. Calmada y metódicamente, envió
partidas a cazar focas y pingüinos y puso a los hombres a hacer ropa de abrigo
con mantas.
Por fin, después de meses de trabajo agotador, los pocos tripulantes aún con
fuerzas consiguieron abrir, con palas, picos y explosivos, un camino a través
del mar polar helado hasta un canal de agua abierta. Ni así quedó del todo libre
el Bélgica. Pasó otro mes cautivo en el extremo del canal por una mole de hielo
que no podía perforarse ni votarse. Del otro lado, el mar libre subía y bajaba,
lanzando témpanos contra el barco atrapado.
El 28 de marzo de 1899, unos 13 meses después de quedar preso, el Bélgica, bajo
el mando de Amundsen, salvó definitivamente la barrera y puso rumbo al norte.
Aunque sin intención, fue el primer buque en invernar en el Antártico.
"Obtuve mi licencia de patrón de barco", escribe Amundsen a propósito del año
siguiente, "y empecé a hacer planes definidos para mi primera expedición."
Tal flexibilidad de adaptación a las circunstancias era típica de Amundsen. Ya
experimentase triunfos o derrotas, hallazgos felices o desastres, siempre estaba
dispuesto a responder con otro plan para otra expedición. Lo que ahora se
proponía era la búsqueda del famoso (y quizá mítico) paso del Noroeste, que el
héroe de su infancia, Franklin, había buscado en vano.
Amundsen se dio cuenta de que su expedición necesitaría un objetivo científico
que añadir al descubrimiento geográfico, a fin de obtener apoyo financiero.
Decidió que el magnetismo polar sería un tema apropiado y, con la misma decisión
que caracterizaba todos sus actos, se trasladó a Hamburgo a dominar la ciencia.
Y no fue ésta la única tarea que se impuso en los tres años siguientes. Aparte
de estudiar el magnetismo terrestre, practicó la navegación en el mar del Norte,
elaboró los planes para su expedición y reunió fondos para financiaría.
En Noruega compró el Gjoa, barco pesquero de 47 toneladas y poco calado, que
medía algo más de 21 metros de eslora por 3 de manga. Escogió una tripulación de
seis expertos marinos y científicos. Seleccionó instrumentos, ropas, alimentos y
aparejos. Cuando estuvo dispuesto para la partida, la bodega del barco estaba
tan abarrotada de provisiones y la cubierta tan llena de cajas, que el Gjoa
apenas sobresalía del agua.
Para entonces, Amundsen debía tanto dinero a tanta gente, que se halló ante "una
crisis suprema". El 16 de junio de 1903, el acreedor a quien más debía lo
amenazó con hacerlo encarcelar si no le pagaba en 24 horas. "Pareció inminente
la ruina de mis años de labor", recordaba Amundsen. Desesperado, echó mano de un
recurso extremo. Convocó presurosamente a la tripulación y a medianoche se hizo
a la vela desde Cristianía (Oslo), bajo un aguacero torrencial. Al amanecer, el
Gjoa ya estaba en alta mar y se había iniciado la gran aventura.
Desde Noruega, el Gjoa cruzó el Atlántico norte y se dirigió por la costa
occidental de Groenlandia al extremo septentrional de la Tierra de Baffin. Una
vez alli, puso proa al oeste por el estrecho de Lancaster y empezó a zigzaguear
hacia el sur entre el laberinto de islas que hay más allá de la tierra firme
canadiense. Aguas poco profundas, nieblas y vientos huracanados hacían lenta la
marcha; pero a fines del verano, Amundsen descubrió un puerto natural de
invierno en la isla Rey Guillermo, al noroeste de la bahía de Hudson. Aparte de
ser "un verdadero refugio apacible para viajeros fatigados", el puerto estaba lo
suficientemente cerca del polo Norte magnético para permitir observaciones
científicas precisas.
Los hombres llamaron al lugar Puerto Gjoa, y en septiembre de 1903 comenzaron a
establecer la base que sería su cuartel general durante los dos años siguientes.
Construyeron observatorios y los dotaron de instrumentos tan delicados que los
cajones estaban sujetos con clavos de cobre ya que el acero de los clavos
ordinarios habría alterado la sensibilidad de los aparatos magnéticos.
Construyeron perreras para los perros de los trineos que habían subido a bordo
en Groenlandia, y alzaron una casa que Amundsen estimó "abrigada y a prueba de
inclemencias", con "todas las comodidades que necesitábamos".
Mientras pasaban los meses, los hombres cazaban, comerciaban con los esquimales
y exploraban las islas próximas. Después de muchas lecciones de los amigables
esquimales, Amundsen aprendió a guiar un tiro de perros, experiencia que lo
convenció de que éstos eran inapreciables para la exploración polar. También
observó con especial atención las ropas que llevaban los nativos y reunió una
colección completa de objetos esquimales. Armas, alimentos, vestimenta, todo era
interesantísimo para Amundsen, pues consideraba a aquellos hombres maestros de
la supervivencia en las regiones polares.
Los dos años de labor científica de la expedición dieron por fruto unas
observaciones tan precisas y completas que los datos recogidos y llevados a
Europa suministraron a los expertos en magnetismo polar material para 20 años de
evaluación, hecho que nunca dejó de enorgullecer a Amundsen ya que pocos años
antes poco le interesaba o sabía de ciencia, y ahora contribuía a ella con
grande.
El 13 de agosto de 1905, una vez terminadas las observaciones en torno al polo
Norte magnético, el Gjoa reanudó su travesía rumbo al oeste, entre bruma y
hielos a la deriva. En el camino, el barco pasó por donde estaban enterrados dos
miembros de la desdichada expedición de Franklin. Amundsen recordó al héroe de
su infancia "y con la bandera desplegada en honor de los muertos, pasamos frente
a la tumba en solemne silencio ... honrando a nuestros desventurados
predecesores".
Lenta, cuidadosamente, la nave buscó a tientas su camino por aguas desconocidas,
que se iban haciendo cada vez menos profundas. Rodeados de trozos de hielo
flotante y envueltos en densa niebla, Amundsen tuvo que lanzar al agua un bote a
que explorara y sondeara por delante del Gjoa. Hubo un momento en que tenían
"apenas una pulgada de agua debajo de la quilla".
La tensión crecía conforme el bote adelantaba hacia el oeste. Todos los que iban
a bordo sabían que pronto llegarían a aguas conocidas, trazadas en los mapas por
barcos que se habían abierto camino hacia el este más allá de Alaska. Si su ruta
no era interrumpida por aguas poco profundas, tierra o hielo, no tardaría en
quedar completo el último tramo del paso del Noroeste.
Amundsen, paseándose nervioso por la cubierta, llegó a estar tan exaltado que
apenas podía dormir ni comer. "Día tras día", evocaba, "nos arrastramos,
midiendo la profundidad ... probando aquí, allí, por todas partes, para meternos
por el canal que nos llevara a las aguas conocidas del oeste." Finalmente, la
mañana del 26 de agosto, el segundo de a bordo irrumpió en el camarote del
capitán gritando: "¡Una vela, una vela!"
"Qué estupenda visión era", escribe Amundsen entusiasmado, "aquella forma
distante de un barco ballenero al oeste. Significaba el término de años de
esperanzas y afanes ... se habían acabado todas las dudas acerca de nuestro
éxito en dar con el paso del Noroeste. ¡La victoria era nuestra!"
Con todo, la navegación por el paso no había terminado. Junto con una docena de
balleneros que andaban por el rumbo, el Gjoa no tardó en quedar preso otra vez
en el hielo ártico al llegar el invierno. En cuanto a Amundsen, el irreprimible
deseo de dar a conocer su triunfo le impidió permanecer a bordo. El 24 de
octubre partió en trineo de perros a Eagle City, en Alaska, a 750 kilómetros,
donde sabía que había un puesto militar con telégrafo. El viaje, que incluía el,
cruce de una cadena de montañas de 3000 metros de altura, fue su primera
experiencia con el trineo en grandes distancias. El 5 de diciembre de 1905 llegó
a Eagle City y lanzó sus nuevas al mundo: había realizado un sueño de los
exploradores desde el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Al año siguiente capitaneó triunfalmente el Gjoa hasta Nome, Alaska, y de allí a
San Francisco, donde multitudes jubilosas lo aclamaron como a un héroe. Pasó los
dos años siguientes dando conferencias a audiencias del mundo entero y reuniendo
dinero bastante para pagar a todos los acreedores de los que se había escapado
aquella noche lluviosa, a riesgo de ir a parar a la cárcel.
Completados su paso por el noroeste y sus proyectos acerca del polo magnético,
Roald Amundsen, a los 36 años empezó a prepararse para la aventura ártica
suprema: 'el descubrimiento del polo Norte. En vista de que era ya un hombre
célebre, reunir fondos no era ya para él un problema. Planeaba dejarse arrastrar
al polo en un barco atrapado en el hielo que cubre el océano Ártico, hazaña que
a mediados de la última década del siglo pasado había intentado el ilustre
explorador noruego Fridtjof Nansen. Incluso hizo arreglos para usar el fuerte e
histórico barco de Nansen, el Fram.
Y entonces, a fines de 1909, los planes árticos de Amundsen se vinieron abajo.
Aquel año, el tenaz estadounidense Robert Edwin Peary telegrafió la noticia de
que había llegado al polo Norte. "En el mismo instante", escribe Amundsen, "vi
claramente que ... si había de salvarse la expedición, era preciso actuar con
presteza y sin vacilación. Con la misma rapidez que había pasado el mensaje por
los cables, yo decidí mi cambio de frente: volverme ... al sur", ya que para
entonces el polo Sur era la única conquista polar que seguía en pie. Como era
sabido que el inglés Robert Falcon Scott se estaba preparando para tratar por
segunda vez de llegar a él, Amundsen decidió llegar al polo Sur antes que Scott.
Amundsen no reveló su cambio de plan ni a los que lo respaldaban económicamente,
ni a los miembros de la tripulación. Pretendiendo que seguía empeñado en ser
arrastrado al polo Norte con propósitos puramente científicos, partió de Noruega
el 9 de agosto de 1910. (Los 100 perros groenlandeses que iban a bordo del Fram,
y los materiales para construir una morada donde cupieran diez catres y una
cocina, debieron ser indicios harto reveladores de que se proponía emprender un
recorrido por tierra desde una base fija.) No bien el Fram cruzó el ecuador, se
participó a los hombres que iban rumbo a la Antártida.
El nuevo año, 1911, halló al Fram en un rincón del filo de la barrera de hielo
de Ross, vasta extensión congelada que cubre el mar en una enorme escotadura del
continente antártico. Amundsen había elegido este lugar -la bahía de las
Ballenas- porque sabía que estaba 90 kilómetros más cerca del polo que la base
de Scott, en el otro extremo del campo de hielo. Estableció de inmediato el
cuartel general de la expedición unos 3 kilómetros hielo adentro, y los hombres
empezaron a desembarcar equipo y provisiones.
En febrero, los noruegos fueron visitados por miembros de la expedición de
Scott. El encuentro fue muy cordial, pero ambos grupos sabían, como dijo el
propio Scott, que "el plan de Amundsen es una amenaza muy seria para el
nuestro". Aparte de estar más cerca del polo, Amundsen, con sus tiros de perros,
estaría en condiciones de emprender su jornada antes que Scott, con los ponies
que pensaba usar para que tirasen de los trineos.
Durante febrero y marzo, los hombres de Amundsen dispusieron siete depósitos de
provisiones, y señales en la barrera de hielo para su viaje al polo en la
primavera siguiente. El Fram, con la tripulación reducida, zarpó a Nueva Zelanda
para volver al año siguiente. En abril el sol desapareció hasta la próxima
estación y el grupo terrestre se dedicó a hacer observaciones científicas,
mejorar la base y construir trineos y equipo.
El sol salió en agosto, pero durante casi dos meses el tiempo fue demasiado frío
para viajar. Por último, el 19 de octubre de 1911 se inició la carrera al polo.
Provistos de esquís, Amundsen y cuatro compañeros se lanzaron hacia el sur por
la barrera. Llevaban cuatro trineos ligeros, tirado cada uno por 13 perros. Una
red de profundas y peligrosas grietas en el hielo provocó algunos retrasos, pero
con el camino marcado y depósitos previamente establecidos, el grupo. logró
avanzar a buen ritmo. Los perros estaban en tan buenas condiciones físicas que
Amundsen a menudo ataba una cuerda a un trineo para ser arrastrado en esquís.
Una vez sobre tierra firme, el encuentro con la barrera montañosa de la
cordillera de la Reina Maud hizo que la velocidad disminuyera de pronto. Llegar
a la cumbre milímetro a milímetro, por el g!aciar de Axel Heiberg, les costó
días de mortal esfuerzo. Empujando los trineos, tirando de ellos con los perros,
hallaron su camino entre grietas ocultas, sobre enormes montículos, a través de
ondas inacabables de hielo, tan duro que tenían que desplazarse en él con equipo
de escalar rocas. Poco faltó para que una y otra vez, hombres, perros y trineos
casi se perdieran en brechas que parecían abrirse a un espacio insondable. Una
vez que Amundsen gritó a los de delante: "¿Qué aspecto tiene la grieta?", le
contestaron: "Como de costumbre, sin fondo."
Desde la cima de las montañas se abría hacia el sur una meseta amplia, que
ascendía suavemente. Pasado lo peor del trabajo de transporte, ya no eran
necesarios todos los perros. En un campamento que los hombres llamaron la
Carnicería, Amundsen hizo matar a tiros a unas dos terceras partes de los
animales, para proveer y guardar carne para los hombres y los perros
sobrevivientes. Fue un episodio desagradable, pero era parte del plan de
Amundsen.
El 7 de diciembre, el grupo alcanzó los 88' 23' S, el ,máximo sur" a que había
llegado Ernest Shackleton en 1909. Amundsen, que esquiaba delante de los demás,
había dado orden de desplegar la bandera noruega en el momento de alcanzar
aquella latitud. Oyó de pronto una gran aclamación, se volvió y vio la bandera
ondeando al viento. "Ningún momento del viaje me conmovió como aquél",
confesaba. "Se me llenaron los ojos de lágrimas, y todos mis esfuerzos por
reprimirlas fueron inútiles. Aquella bandera me conquistaba a mí y a mi
voluntad. Por fortuna, tuve tiempo de componerme y dominarme antes de reunirme
con mis camaradas."
Los hombres estaban a 156 kilómetros de su meta. Reducidos a 17 perros y 3
trineos, aligeraron su carga estableciendo el último depósito de abastecimiento
(depósito 10) en los alrededores. (Para estar seguros de encontrarlo al regreso,
clavaron una larga hilera de estacas negras que cortaba de este a oeste el
camino.) Siguieron su jornada, y en los trineos sonaba el tictac de los
cuentakilómetros que indicaban el adelanto cotidiano.
De pronto, el cielo se aclaró y la superficie se volvió lisa y sin obstáculos.
Era, pensó Amundsen, como si los elementos hubieran contado con ellos. Pero
seguía en pie la duda continua de qué habría en el polo. Al paso que iban,
escribe Amundsen, "debíamos llegar los primeros a la meta, no cabía duda. Y sin
embargo. . . ".
Para el 13 de diciembre sabían que les faltaban pocos kilómetros. "Fue como la
víspera de un gran festival, aquella noche en la tienda", y Amundsen tenía "la
misma sensación que recuerdo, de niño, la noche anterior a Nochebuena: la tensa
espera de lo que iba a pasar".
A la mañana siguiente se levantaron muy temprano y reanudaron la marcha.
Esforzándose en columbrar algún signo de vida en el horizonte, sólo veían hacia
adelante "la interminable planicie". Por último, a las tres de la tarde del 14
de diciembre de 1911, llegaron a los 90'11' S, al polo Sur. "Así" escribe
Amundsen "se rasgó el velo para siempre, y dejó de existir uno de los mayores
secretos de nuestro planeta."
Pasaron en el polo casi cuatro días, alternando celebraciones con observaciones
científicas. Alzaron una pequeña tienda con un mástil donde ondeaba la bandera
noruega, y dejaron dentro dos notas, una para Scott y otra para el rey de
Noruega, que pedían a Scott que recogiera por si acaso ellos no volvían. "Fue un
momento solemne cuando nos descubrimos y despedimos. Nos pusimos inmediatamente
en camino sobre nuestro propio rastro. Muchas veces nos volvimos para echar una
última ojeada ... Descendieron los vapores blanquecinos y nuestra banderita no
tardó en desaparecer de la vista."
El 25 de enero de 1912 estaban de vuelta en su base. Habían recorrido 3000
kilómetros en 99 días. Les quedaban 11 perros y los hombres habían padecido
heladuras, quemaduras por el viento, ceguera por el resplandor de la nieve y
agotamiento. Pero habían triunfado. Eran fatigados y torturados por los rigores
del clima, los cinco exploradores subieron pesadamente al Fram, que había
regresado a la bahía de las Ballenas apenas dos semanas antes. ¡Nadie mencionó
el polo Sur! Los marinos no se atrevían a preguntar, por el temor de que
Amundsen hubiera fracasado, y los exploradores no se sentían con ganas de
presumir.
Por último, del modo más natural, alguien preguntó: "¿Qué? ¿Llegaron
allí?" Y entonces, al fin, reunidos otra vez todos los hombres de la expedición,
hubo vítores, risas y una gran celebraciónAmundsen pronto decidió emprender otra
expedición, esta vez a su Ártico amado. Una vez más, su plan consistió en
repetir el intento de Nansen de hacer que el barco fuese arrastrado hasta el
polo. Como le incomodaba la tarea de reunir fondos, decidió gastar su dinero
(todo, según resultó) en sufragar la empresa. En cuestión de provisiones,
equipo, perros, ropas, quería lo mejor. Incluso planeó y construyó su propio
barco, Maud, y no lo bautizó con champaña sino con un bloque de hielo. "Quiero
que desde el principio conozcas el gusto de tu verdadero elemento", anunció en
la botadura, "pues se te ha construido para el hielo, pasarás tus mejores años
en el hielo y allí cumplirás tu destino."El destino del Maud habría de ser un
desencanto tras otro. Zarpó de Tromsj, Noruega, en 1918 y se dirigió al océano
Ártico,pero pasó los dos primeros inviernos irremediablemente atrapado en el
hielo costero. Lo abandonaron muchos tripulantes, no tardó en necesitar grandes
reparaciones y dondequiera que iba parecía tener que ser escena de accidentes.
Amundsen volvió a Noruega y allí el médico le aconsejó abandonar la exploración
antes de que le costara la vida.
El viaje del Maud ya le había costado su fortuna, pero Amundsen no iba a dejar
así las cosas. Su nueva idea era volar en aeroplano sobre el polo Norte. Pero ya
no tenía dinero, y en los dos años siguientes sus finanzas empeoraron. Al
parecer, dice, "el porvenir se me había Note en 1925, pero fallas mecánicas
obligaron a sus dos hidroaviones Dornier-Wal a aterrizar en el hielo a menos de
140 kilómetros del polo. Sin embargo, al año siguiente hubo dos vuelos
afortunados sobre el polo. El 9 de mayo de 1926, los estadounidenses Richard
Byrd y Floyd Bennett pilotaron un trimotor Fokker sobre el polo y regresaron.
Ultimamente se han expresado dudas acerca de si Byrd y Bennet volaron realmente
sobre el polo. Algunos expertos han calculado que habrían requerido un mínimo
absoluto de 20 horas de vuelo, cuando sólo invirtieron 15 horas y media. Tenía
52 años, estaba en quiebra y tan endeudado que estimaba que necesitaría otros 52
años para reunir todo el dinero que necesitaba.
Su problema se resolvió cuando, solo una noche en un cuarto de hotel de Nueva
York, le habló por teléfono alguien que era para él absolutamente desconocido.
Se trataba de un próspero joven estadounidense, Lincoln Ellsworth, quien, para
pasmo de Amundsen, ofreció financiar el vuelo polar. El 21 de mayo de 1925,
partieron de Spitsbergen en sendos aviones con destino a Alaska. Pero a la
mañana siguiente temprano uno de ellos tenía una fuga en el tanque de
combustible y al otro se le averió el motor. Los dos aviones se posaron en el
hielo, a unos 140 kilómetros del polo; uno estaba irremediablemente dañado.
Hasta el 15 de junio no consiguieron los miembros de la expedición reparar el
otro, abrir una pista en el áspero hielo y emprender otra vez el vuelo.
Sobrecargado con el peso de todos los hombres, el aeroplano buscó tierra
derechamente, pero cayó en el mar frente a Spitsbergen y los exploradores
tuvieron que ser rescatados por un barco.
Cosa extraña, esta aventura fracasada cautivó la imaginación del mundo entero.
Héroe otra vez, Amundsen fue buscado por doquier. Su retorno a Oslo, donde
salieron a su encuentro cientos de embarcaciones, las multitudes por las calles
para el desfile en su honor, el banquete en el palacio real, presidido por el
rey en persona, fueron descritos por Amundsen como "el recuerdo imperecedero de
lo mejor de una vida".
Aunque perdida su confianza en los aviones, Amundsen estaba convencido de que
era posible un vuelo de continente a continente pasando por el polo, pero en
dirigible. Admundsen y Ellsworth consiguieron una de estas aeronaves del
gobierno italiano, después de algunas negociaciones. Fue bautizado el Norge y
partió de Spitsbergen el 11 de mayo de 1926. Iban a bordo Amundsen, Lincoln
Ellsworth y Umberto Nobile, piloto y autor de los planos del dirigible. Al
siguiente día, a la 1:25 a.m., dejaron caer jubilosamente las banderas noruega,
estadounidense e italiana en el polo Norte. El 14 de mayo descendieron en el
poblado de Teller, Alaska, a 75 kilómetros de Nome. Habían volado 5457
kilómetros en 72 horas y habían sido los primeros en viajar por aire de Europa a
América del Norte.
Entonces se inició la gira más triunfal de la vida de Amundsen. En Estados
Unidos, Noruega y Japón, las multitudes lo vitorearon como nunca. Pero se venían
enturbiando las relaciones entre Amundsen y Nobile. Poco después del vuelo,
cuando los aeronautas llegaron a Seattle, Amundsen y Ellsworth seguían vistiendo
sus deslucidas ropas de faena ante las multitudes entusiastas; Nobile apareció
con un deslumbrante uniforme. Al considerar que por la importancia concedida al
peso, sólo se había admitido llevar lo esencial a bordo del Norge, se suscitaron
resentimientos. Luego Amundsen empezó a criticar el diseño del Norge, y Nobile
se dedicó a menospreciar el papel de Amundsen en el vuelo. No tardó en surgir la
enemistad.
Aún así, el 28 de mayo de 1928, cuando Amundsen, que tenía ya 56 años, supo que
el Italia, nuevo diseño de Nobile, había caído en el Ártico, se lanzó sin
vacilar al rescate de su antiguo colega. Meses después se halló un flotador de
su hidroavión en el mar de Noruega septentrional, pero Amundsen jamás fue
encontrado. (Nobile y su expedición fueron rescatados el 22 de junio.)
Así, el hombre que desde la juventud fue irresistiblemente atraído por el
Ártico, halló allí su tumba. Sin duda, lo que de él escribió su viejo amigo
Fridtjof Nansen no fue sino el eco de los sentimientos de muchos: "Halló", dice
de Amundsen, "una tumba ignorada bajo el hielo inmóvil; pero estoy seguro de que
su nombre brillará largamente como nuestras auroras boreales. Llegó a nosotros
como un meteoro que fulgurara en los cielos tenebrosos. De pronto el astro se
extinguió y quedamos abandonados mirando tristemente el lugar vacío."
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