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Los
seres humanos llevaban una vida nómada. Mientras la caza constituyó la fuente
principal de alimento, hubieron de estar dispuestos a seguir las manadas
migratorias. Aun en el caso de que vivieran de plantas y de animales no
migratorios, una tribu establecida demasiado tiempo en un mismo lugar acabaría
por agotar sus posibilidades alimentarias, y se vería obligada a trasladarse en
busca de pastos frescos.
Incluso cuando los seres humanos se convirtieron en ganaderos, continuaron
siendo nómadas, pues debían conducir sus rebaños de vez en cuando a los nuevos
pastos impelidos por los cambios de estación o por el agotamiento de los
recursos.
Sin
embargo, hacia 8000 a. J.C., en la misma región donde se domesticó por vez
primera a los animales, acaeció algo nuevo, que anunciaba un cambio de magnitud
superior a cualquier otro desde que se empezó a usar el fuego.
Lo
que sucedió fue que se domesticaron» las plantas. De algún modo, a los seres
humanos se les ocurrió plantar deliberadamente semillas, aguardar a que
crecieran, regarlas y esperar su maduración, al tiempo que procedían a la
destrucción de las plantas competidoras. Luego, aquellos vegetales se
recolectaban y se servían como alimento.
Era
un trabajo tedioso y agotador, pero el resultado fue, sin duda, que así podía
obtenerse gran cantidad de alimento, mucho más que cazando y recolectando, o
incluso más que practicando la ganadería, pues la vida vegetal es más fecunda
que la animal.
El
advenimiento de la ganadería y la agricultura, en particular esta última,
significó que un área determinada de tierra podía sustentar una población más
numerosa que antes. Hubo menos hambrunas, sobrevivió un mayor número de niños, y
la población se incrementó.
La
agricultura dio comienzo en el norte del Irak, donde crecían el trigo y la
cebada silvestres, y estos cereales fueron los primeros «domesticados». Los
granos se molerían para obtener harina, la cual puede almacenarse durante meses
sin echarse a perder, y se convierte, tras la cocción, en un sabroso y nutritivo
pan.
Pese
al incremento del suministro alimentario, los granjeros debieron de ser muy
conscientes de su tarea, que equivalía a una forma de esclavitud que el recurso
a los animales apenas mitigaba. El relato bíblico del jardín del Edén pudo
deberse a unos agricultores que evocaban con nostalgia una especie de «edad
dorada» en que los humanos cazaban y recolectaban libres y en relativa
ociosidad, y se interrogaban sobre qué sucedió para que se vieran arrancados de
semejante Elíseo, y se les forzara a ganar el pan con el sudor de su frente.
A los
dos primeros hijos de Adán se les asignaban las funciones de pastor —Abel— y
agricultor —Caín—. Los agricultores incrementaban su número antes que los
ganaderos, y podemos imaginar muy bien que las superficies dedicadas al cultivo
se extendían y se afianzaban, invadiendo espacios que previamente habían
utilizado con toda libertad los pastores. (Lo mismo ocurrió en el Oeste
norteamericano, cuando los granjeros se asentaban en un terreno y cercaban sus
parcelas, para desconcierto de los cowboys nómadas.) No es, pues, de maravillar
que la Biblia pinte a Caín como el matador de Abel.
Ante
todo, la agricultura condenó a los seres humanos a una existencia sedentaria.
Una vez establecida una explotación, ya no cabía el nomadismo. Los agricultores
debían permanecer en su alquería, la cual estaba fijada en un lugar concreto.
Una
vida sedentaria tiene sus riesgos. Mientras los seres humanos fueron cazadores y
recolectores o, incluso, pastores, el peligro podía ser evitado. Si una tribu
hambrienta merodeaba por los alrededores, con el propósito de apoderarse del
alimento que pudiera encontrar, la tribu que la había precedido podía huir, si
consideraba que luchar resultaba demasiado peligroso.

En
cambio, los agricultores no podían huir, al menos sin abandonar sus granjas y
ver malogrado el trabajo de toda una vida, y verse ellos mismos condenados a la
inanición. Cuando la población hubo crecido gracias a la agricultura, acabó por
no poder hallar suficiente alimento para sustentarse, salvo continuando con las
labores agrícolas, lo que equivalía a emprender un camino sin retorno posible.
Así
pues, los agricultores se vieron obligados a prepararse para luchar a toda
costa, y se reunieron a fin de prestarse protección mutua. Encontrarían un lugar
apropiado en una elevación del terreno (desde la cual podían arrojar con
facilidad proyectiles hacia abajo, mientras que el enemigo tendría que
dirigirlos hacia arriba, con lo que perderían parte de su efecto) con suministro
de agua asegurado (se puede permanecer sin alimento cierto tiempo, pero no sin
agua). Allí construirían sus casas y rodearían éstas con una muralla protectora.
El resultado seria una ciudad, y sus habitantes serian, pues, ciudadanos.
En el
norte del Irak, por ejemplo, cerca del lugar donde se iniciaron la ganadería y
la agricultura, quedan restos de una ciudad antiquísima, fundada tal vez en el
8000 a. J.C., en el lugar llamado Jarmo. Se trata de una colina baja, en la que
a partir de 1948 el arqueólogo norteamericano Robert J. Braidwood comenzó a
excavar cuidadosamente. Encontró restos de casas de delgadas paredes hechas de
barro apisonado, y divididas en pequeñas habitaciones. La ciudad debió de
albergar entre cien y trescientas personas, pero otras ciudades no tardaron en
incrementar su tamaño.
La
agricultura permitió a quienes se ocupaban en esta actividad producir más
alimento del que precisaban sus familias. Esto significó que las gentes podían
dedicarse a otras tareas aparte cultivar la tierra —por ejemplo, a la artesanía
o el arte— y comerciar con sus productos a cambio de algo del excedente de otro
agricultor. Por vez primera, los seres humanos hallaron tiempo para pensar en
algo que no fuera la próxima comida. Por añadidura, la estrecha convivencia
urbana facilitó los intercambios, y las innovaciones e ideas de uno podían ser
transmitidas rápidamente a los demás.
Como
resultado de ello, el advenimiento de la agricultura y de las ciudades significó
asimismo el inicio de un nuevo y más complejo género de vida que llamamos
civilización (de una palabra latina que significa ("habitante de la ciudad»). El
área civilizada era pequeña al principio, pero fue extendiéndose hasta ocupar
virtualmente, en nuestros días, el mundo entero.
Fuentes: Historia y
Cronología de la Ciencia y los Descubrimientos de Isaac Asimov
Enciclopedia Encarta - Enciclopedia Electrónica - Wikipedia
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