AMÉRICA LATINA
Fuente Consultada: Cuentos Chinos de Andrés Oppenheimer                                   Temas Tratados


 

 

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Por qué Holanda produce más flores que Colombia?

¿Cómo explicar que Holanda produce y exporta más flores cualquier país latinoamericano? Tal como lo señaló Míchael Porter, profesor de Harvard, América latina debería ser el primer productor mundial de flores: tiene mano de obra barata, un enorme territorio, mucho sol, grandes reservas de agua y una gran variedad de flora, sin embargo, el primer productor mundial de flores es Holanda, de los países con menos sol, territorio más pequeño y mano de más cara del mundo. La explicación es muy sencilla: lo que importa hoy en la industria de las flores es la ingeniería genética, la capacidad de distribución y el marketing.


Tulipanes en Holanda

Otro ejemplo es el de Starbucks, la empresa de locales de café más grande del mundo. Nació en los Estados Unidos en la década del setenta, y hoy tiene 6.500 tiendas de café en los Estados Unidos y otros 1.500 locales en 31 países. Según Enríquez Cabot, de cada taza de café de 3 dólares que se vende en locales en Estados Unidos, apenas 3 centavos van al productor de café latinoamericano. Lo que se cotiza en la nueva economía global no es el acto de plantar la semilla, ni la tierra donde es sembrada, sino la creación de la semilla en laboratorios genéticos. “En América latina, si seguimos pensando que por tener biodiversidad estamos salvados, vamos a tener cada vez más problemas. Todavía creemos que el petróleo, las minas o las costas marinas son lo más importante. Lo cierto es que, en términos económicos, es más fácil cometer errores cuando eres un país grande y rico en recursos naturales que cuando eres pobre y estás aislado”, dice Enríquez Cabot.

Efectivamente, la mayoría de los políticos y académicos latinoamericanos sigue recitando el cuento chino de que sus países tienen el futuro asegurado por ser poseedores de petróleo, gas, agua u otros recursos naturales. Lo que no dicen, quizá porque lo ignoran, es que los precios de las materias primas —incluso tras haber subido considerablemente en los últimos años— se desplomaron en más de un 80 por ciento en el siglo XX, y actualmente constituyen un sector minoritario de la economía mundial. Mientras en 1960, cuando gran parte de los actuales presidentes latinoamericanos se formaron políticamente, las materias primas constituían el 30 por ciento del producto bruto mundial, actualmente representan apenas el 4 por ciento. El grueso de la economía mundial está en el sector de servicios (68 por ciento) y el sector industrial (29 por ciento). Las empresas multinacionales de tecnología como IBM, o Microsoft, tienen ingresos muchísimo más altos que las que producen alimentos u otras materias primas. Mientras que a principios del siglo XX diez de las doce compañías más grandes de los Estados Unidos vendían materias primas (American Cotton Oil, American Steel, American Sugar Refining, Continental Tobacco y U.S. Rubber, entre otras), en la actualidad hay sólo dos en esa categoría (Exxon y Philip Morris).

Lamentablemente, a comienzos del siglo XXI, América latina sigue viviendo en la economía del pasado. La enorme mayoría de las grandes empresas latinoamericanas siguen en el negocio de los productos básicos. Las cuatro mayores empresas de la región —PEMF PDVSA, Petrobras y PEMEX Refinación— son petroleras. De las doce compañías más grandes de la región, sólo cuatro venden productos que no sean petróleo o minerales (Wal-Mart de México, Teléfonos de México, América Móvil y General Motors de México). Una buena parte de Sudamérica centra sus negociaciones comerciales con los Estados Unidos y Europa en exigir mejores condiciones para sus exportaciones agrícolas, algo que es totalmente legítimo justificado, pero que en muchos casos desvía la atención de los gobiernos de la necesidad de exportar productos de mayor valor agregado. Brasil y la Argentina hacen bien en exigir que los países ricos eliminen sus obscenos subsidios agrícolas, pero están concentrando sus energías en apenas una de las varias batallas comerciales que deberían estar librando. Están poniendo una buena parte de sus energías en ampliar su tajada del 4 por ciento de la economía mundial lugar de —además de seguir exigiendo el desmantelamiento de barreras agrícolas- iniciar una cruzada interna para aumentar la competitividad de sus industrias y entrar en la economía del conocimiento del siglo XXI.

Nokia: de la madera a los celulares

¿Deberían los países latinoamericanos dejar atrás su rol de productores de materias primas? Por supuesto que no. Cuando le hice pregunta a David de Ferranti, el ex director para América Latina Banco Mundial, meneó la cabeza, como diciendo que se trataba de una discusión superada. “La agricultura, la minería y la extracción de materias primas son áreas de ventajas comparativas para la Argentina, Brasil, Chile y varios otros países. Ellos deberían aprovechar la oportunidad para convertirse en productores más eficientes de estas materias primas, y diversificarse desde esas industrias a otras de productos sofisticados. Deberían hacer lo que hizo Finlandia”, señaló.

Finlandia, uno de los países más desarrollados del mundo, empezó exportando madera, luego pasó a producir y exportar bienes, más tarde se especializó en el diseño de muebles, y finalmente, paso a concentrarse en el diseño de tecnología, que era mucha más rentable. El ejemplo más conocido de este proceso es la compañía Filandesa Nokia, una de las mayores empresas de telefonía ce& del mundo. Nokia comenzó en 1865 como una empresa maderera, fundada por un ingeniero en minas en el sudeste de Finlandia. A mediados del siglo XX ya diseñaba muebles, y empezó a usar su creatividad para todo tipo de diseños industriales. En 1967 se fusionó con una empresa finlandesa de neumáticos y otra de cables, para crear un conglomerado de telecomunicaciones que hoy se conoce como Nokia Corporation y que tiene 51 mil empleados y ventas anuales de 42 mil millones de dólares. Es el equivalente a cinco veces el producto bruto anual de Bolivia, y más del doble del producto bruto anual de Ecuador.

Y algo parecido sucedió con la multinacional Wipro Ltd., de la India, que empezó vendiendo aceite de cocina, y hoy día es una de las empresas de software más grandes del mundo. El empresario Azim Premji —conocido por muchos como el Bill Gates de la India— llegó a ser el hombre más rico de su país, y el número 38 en la lista de los más ricos del mundo de la revista Forbes, transformando radicalmente su empresa familiar. Estaba estudiando ingeniería en la Universidad de Stanford, en los Estados Unidos, cuando murió su padre en 1966 y tuvo que regresar a su país a los 21 años para hacerse cargo de la empresa familiar, Western India Vegetable Products Ltd. (Wipro). La compañía estaba valuada en ese entonces en 2 millones de dólares, y vendía sus aceites de cocina en supermercados. Premji inmediatamente comenzó a diversificarse, empezando por producir jabones de tocador. En 1977, aprovechando el vacío creado por la expulsión de IBM del país, empezó a fabricar computadoras. El negocio fue prosperando, y la compañía comenzó a producir software hasta crearse una reputación de empresa innovadora, con gente creativa. Hoy día, Wipro Ltd. tiene ingresos de 1.900 millones de dólares por año, de los cuales el 85 por ciento proviene de su división de software, y el resto de sus departamentos de computadoras, de lámparas eléctricas, de equipos de diagnóstico médico y —aunque parezca un dato sentimental— de jabones de tocador y de aceites de cocina. La empresa ha triplicado su número de empleados desde 2002, a 42.000 personas, y su sede de la ciudad de Bangalore está contratando un promedio de 24 personas por día.

Al igual que Nokia y Wipro, hay cientos de ejemplos de grandes compañías que nacieron produciendo materias primas y se fueron diversificando a sectores más redituables. “El viejo debate sobre si es bueno o malo producir materias primas es un falso dilema”, me dijo De Ferranti. “La pregunta válida es cómo aprovechar las industrias que uno tiene, para usarlas como trampolines para los sectores más modernos de la economía.” Para hacer eso, la experiencia de China, Irlanda, Polonia, la República Checa y varios otros países demuestra que hay que invertir más en educación, ciencia y tecnología, para tener una población capaz de producir bienes industriales sofisticados, servicios, y fabricar productos de la economía del conocimiento.

El ranking de las patentes

Hoy día, el progreso de las naciones se puede medir en gran medida por su capacidad para registrar patentes de inventos en los mercados más grandes del mundo. Entre 1977 y 2003, la oficina de patente de los Estados Unidos registró alrededor de 1.631.000 patentes de ciudadanos o empresas estadounidenses, 537.900 de Japón, 210.000 de Alemania, 1.600 de Brasil, 1.500 de México, 830 de la Argentina, 570 de Venezuela, 180 de Chile, 160 de Colombia y 150 de Costa Rica. En 2OQ3 la oficina registró unas 37.800 patentes de empresas o inversores 4 Japón, 4.200 de Corea del Sur, 200 de Brasil, 130 de México, 76 de la Argentina, 30 de Venezuela, 16 de Chile, 14 de Colombia y 5 de Ecuador. O sea, mientras las empresas japonesas y surcoreanas generan fortunas en derechos de propiedad por tener una gran cantidad de patentó registradas en los Estados Unidos, las empresas latinoamericanas apenas registran un pequeño porcentaje del total. En las oficinas de patentes de los países latinoamericanos, la situación es parecida: en México apenas el 4 por ciento de las patentes registradas provienen de personas o empresas mexicanas; el 96 por ciento restante son de compañía multinacionales como Procter & Cambie, 3M, Kimberly-Clark, Pfizer, Hoechst y Motorola.

Los países que más patentes registran, claro, son los que más invierten en ciencia y tecnología. En esa categoría están los Estados Unidos, que invierten el 36 por ciento del total mundial destinado a investigación y desarrollo, la Unión Europea, el 23 por ciento, y Japón el 13. Comparativamente, los países latinoamericanos y caribeños convirtieron apenas un 2,9 por ciento del total mundial destinado a investigación y desarrollo en 2000, según la publicación Un mundo de Ciencias de la Unesco.

Y en materia de crear fuerzas de trabajo calificadas para fabrica productos de alto valor agregado, la situación de los países latinoamericanos no es mucho mejor. En China, por ejemplo, se gradúan 350.000 ingenieros por año, y en India unos 80 mil. Comparativamente, en México se gradúan 13 mil, y en la Argentina 3 mil, según datos oficiarles. Claro que China e India tienen poblaciones muchísimo más grandes, y por lo tanto producen más ingenieros. Pero su cantidad de graduados en ingeniería es un factor importante en la economía global: a la hora de escoger en qué países invertir, las empresas de informática y otros productos sofisticados van a buscar aquellos que tengan la mayor mano de obra calificada disponible, al mejor precio.

Según Mark Wall, presidente de General Electric Plastics en China y ex jefe de las operaciones de la empresa en Brasil, “China actualmente es el lugar más dinámico del mundo para la industria manufacturera”, no sólo por la mano de obra barata, sino por la mano de obra calificada. En China hay un verdadero ejército de ingenieros recién graduados, ávidos de conseguir empleo en las fábricas y dispuestos a trabajar cuantas horas sean necesarias para mejorar la calidad de sus productos. El clima es parecido al que existía en Silicon Vailey, California, en la década de los noventa: un entusiasmo enorme, que se traduce en cada vez más y mejores profesionales, y cada vez más inversiones en plantas de manufacturas, investigación y desarrollo de nuevos productos. General Electric abrió recientemente un centro de investigación en Shanghai, con unos 1.200 ingenieros y técnicos. Motorola ya tiene 19 centros de investigación en China, que producen nuevos productos para ese país, y para exportación. Los teléfonos celulares de Motorola en China ya han sido diseñados allí, para el mercado chino. Y no me extrañaría que, muy pronto, la tecnología de los teléfonos celulares chinos sea exportada a todo el mundo, además del aparato en sí: una de las cosas que más me impresionó en Beijing es que la gente usa sus teléfonos celulares en el subterráneo en movimiento, sin que se les corten las llamadas. En los Estados Unidos, por lo menos en mi caso —y ya he tenido varias marcas de celulares—, las llamadas se caen frecuentemente, incluso al aire libre. Según me enteré más tarde, Motorola desarrolla gran parte de estas nuevas tecnologías en Chengdu, la capital de la provincia de Sichuan, en el sudoeste de China, donde además de ofrecerse incentivos fiscales a las compañías extranjeras hay unas 40 universidades y más de 1 millón de ingenieros.

Los economistas ortodoxos y las instituciones financieras internacionales se acordaron tarde de la importancia de la educación en el desarrollo de las naciones: en la década de los noventa predicaron reformas económicas y políticas, pero sin incluir la educación entre las máximas prioridades. Y si algo quedó demostrado, es que los países latinoamericanos pueden cortar el gasto público, bajar la inflación, pagar la deuda externa, reducir la corrupción y mejorar la calidad de las instituciones políticas —como se los pide el FMI— y seguir siendo pobres, por no poder generar productos sofisticados. “Los mexicanos, brasileños, los argentinos, los chilenos y los africanos siguen reestructurando sus economías una vez tras otra... y permanecen pobres... y futuro es cada vez más oscuro... porque generan y exportan muy conocimiento”, señala Enríquez Cabot. Quizás hemos perdido demasiado tiempo en discutir qué modelo económico seguir, en lugar cómo mejorar la educación de nuestra gente.

       
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