|
¿Las
peores universidades del mundo? Un ranking de las mejores
doscientas universidades del mundo realizado por el suplemento educativo del
periódico británico The Times les dio una pésima nota a las universidades
latinoamericanas:. algún el estudio, hay una sola universidad de la región que
merece es en esa lista. Y está casi al final: en el puesto 195. ¿Son tan malas A
universidades latinoamericanas?, me pregunté cuando leí el estudio ¿Nos están
contando cuentos de hadas quienes dicen que nuestros académicos y científicos
triunfan en los Estados Unidos y Europa? ¿O es que el ranking de The Times
de
Londres está sesgado a favor de universidades de los países ricos?
Según el listado de The Times,
las mejores universidades del mundo están en los Estados Unidos, encabezadas por
Harvard, la universidad de California en Berkeley y el Instituto Tecnológico de
Massachusetts. De las veinte mejores universidades del planeta, son de los
Estados Unidos, y les siguen las de Europa, Australia, Japón. China, India e
Israel. La única universidad latinoamericana que aparece en la lista es la
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) un monstruo de 269.000
estudiantes que —salvo unas pocas excepciones, como sus escuelas de Medicina e
Ingeniería— se encuentra entre las más obsoletas del mundo, especialmente si se
tienen en cuenta enormes recursos estatales que recibe.
Cuando hice un programa de
televisión con varios rectores universidades latinoamericanas para que opinaran
sobre este ranking la mayoría puso el grito en el cielo. ¡No es cierto!, decían
varios. calumnias! Si nuestras universidades fueran tan malas, no tendría tantos
profesores en Harvard, Stanford o La Sorbona, proclamaban que el sondeo del
Times era sesgado, decían: probablemente quienes lo habían hecho se basaron en
opiniones de académicos de los Estados Unidos y Europa, y en trabajos
científicos publicados en las principales revistas académicas internacionales,
que están escritas en ingles. Ahí, las universidades latinoamericanas estaban en
clara desventaja, señalaban. Uno de los pocos que dio la nota discordante fue
Jeffrey Puryear, uno de los máximos expertos internacionales en temas de
educación en América latina, y funcionario del Diálogo Interamericano, un centro
de estudios en Washington D.C. “No me extrañan para nada los resultados
generales del sondeo”, dijo Puryear, encogiéndose de hombros, ante la mirada
atónita de algunos de los panelistas. “Gran parte de las universidades
latinoamericanas son estatales, y los gobiernos no les exigen mucho en materia
de control de calidad. Y cuando intentan exigirles calidad, las universidades se
resisten escudándose en el principio de la autonomía universitaria”, agregó.
Cuando llamé a The Times para
preguntar cómo se había hecho el ranking, los responsables del índice me dijeron
que se habían basado en cinco criterios, incluyendo una encuesta entre
académicos de 88 países, un conteo del número de citas en publicaciones
académicas, y la relación numérica entre profesores y estudiantes en cada centro
de estudios. Sin embargo, el peso de las citas académicas en la evaluación total
era relativamente pequeño: contaban un 20 por ciento del total. Y también había
una adecuada representación geográfica, según The Times, de 1.300 académicos
entrevistados, casi trescientos eran de América latina. Si la encuesta hubiese
incluido más académicos de países en desarrollo, los resultados hubieran sido
parecidos, agregaron: la Universidad de Shanghai había hecho un ranking de las
mejores quinientas universidades del mundo, y su elección de las primeras
doscientas había sido bastante parecida.
En efecto, la Universidad Jiao
Tong de Shanghai, una de las más antiguas y prominentes de China, había
publicado su índice en 2004 con el objeto de orientar al gobierno y las
universidades chinas sobre dónde enviar a sus estudiantes más brillantes. Los
chinos habían hecho su ranking basados en el número de premios Nobel de cada
universidad, la cantidad de investigadores más citados en publicaciones
académicas y la calidad de la educación en relación con el tamaño de cada
universidad. Y el estudio había concluido que de las diez mejores universidades
del mundo, ocho eran de los Estados Unidos —encabezadas por Harvard y Stanford—
y dos de Gran Bretaña.
En la lista de la Universidad de Jiao Tong había
relativamente pocas fuera de los Estados Unidos y Europa: apenas 9 en China, 8
en Corea del Sur, 5 en Hong Kong, 5 en Taiwán, 4 en Sudáfrica, 4 en Brasil, 1 en
México, 1 en Chile y 1 en la Argentina. Y las latinoamericanas estaban lejos de
los primeros puestos: la UNAM, de México, y la Universidad de Sao Paulo, de
Brasil, estaban empatadas con otras que ocupaban los puestos 153 a 201, mientras
que la Universidad de Buenos Aires (UBA) estaba entre las cien empatadas entre
los puestos 202 y 301, y la Universidad de Chile, la Universidad Estatal de
Campinas y la Universidad Federal de Río de Janeiro, Brasil, aparecían junto con
casi un centenar de otras universidades entre los puestos 302 y 403”’
Lo cierto es que tanto el
ranking de The Times como el de la Universidad de Shanghai mostraban que los
gobiernos de América latina viven en la negación. La UNAM, que recibe del Estado
mexicano 1.500 millones de dólares por año, y la UBA, que recibe del Estado
argentino 165 millones de dólares anuales,12 son ejemplos escandalosos de falta
de rendición de cuentas al país. Ambas se niegan a ser evaluadas por los
mecanismos de acreditación de sus respectivos Ministerios de Educación, bajo el
pretexto de que son demasiado prestigiosas para someterse a un estudio
comparativo con otras universidades de su propio país. “La UNAM es una
institución cerrada a la evaluación externa”, me dijo Reyes Tamés Guerra, el
secretario de Educación de México, en una entrevista. “Prácticamente todas las
universidades públicas del país se han sometido a la evaluación externa, menos
la UNAM.”’ Y en una entrevista en la Argentina, el ministro de Educación Daniel Filmus me decía lo mismo sobre la UBA:
“Cuando empezamos a acreditar a las
universidades, la UBA decidió no acreditar. Apeló (en los tribunales). El
argumento es que tiene un nivel tal que no hay quién la acredite, y que atenta
contra la autonomía universitaria que un organismo externo a la universidad la
acredite. Hicieron un juicio contra el Ministerio de Educación”
Profesores sin sueldo, aulas sin computadoras
La UNAM de México y la UBA de
la Argentina son dos vacas sagradas en sus países, que pocos se atreven a
criticar, a pesar de que son monumentos a la ineficiencia, y una receta para el
subdesarrollo. Cuando se publicó el sondeo de The Times de Londres, por ejemplo,
la mayoría de los periódicos mexicanos publicó la noticia —tomada de los
jubilosos boletines de prensa de la UNAM— como si la evaluación hubiera sido
excelente.
El titular en la primera plana del Reforma, el periódico más
influyente de México, decía: “Está la UNAM entre las doscientas mejores” y
“La
Universidad Nacional Autónoma de México es una de las doscientas mejores del
mundo y es la única institución de educación superior latinoamericana en un
estudio realizado por el suplemento especializado en educación superior del
diario londinense The Times”, decía el artículo.
Y el rector de la UNAM, Juan
Ramón de la Fuente, salió a dar entrevistas radiales como si hubiera ganado una
competencia deportiva. De manera similar, cuando se dio a conocer el ranking de
la Universidad de Shanghai, otro periódico mexicano, La Jornada, tituló: “La
UNAM, la mejor universidad de América latina estudio mundial”. El subtítulo
decía que “ninguna institución de nivel superior privada figura en el ranking
internacional”, omitiendo señalar que ninguna universidad privada estaba
recibiendo un enorme subsidio estatal.
De hecho, la pobre ubicación de la UNAM
en ambos rankings —a pesar de recibir mucho más dinero del Estado que docenas de
universidades de otros países que salieron mejor posicionadas— y la ausencia de
otras universidades de América latina en el listado deberían haber generado un
debate nacional y regional. En Francia, cuando se conoció que el estudio de la
Universidad de Shanghai incluía sólo veintidós universidades francesas entre las
mejores del mundo, y que la primera estaba en el lugar número 65, se armó una
batahola, y motivó que la Unión Europea iniciara una investigación exhaustiva
sobre cómo mejorar el nivel de sus universidades.
Según todos los estudios
comparativos, los países latinoamericanos invierten menos en Educación que los
de Europa y Asia. Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia e Israel, por ejemplo,
destinan alrededor del 7 por ciento de su producto bruto anual a la educación.
Los países de la ex Europa del Este invierten alrededor del 5.
Comparativamente,
México destina el 4,4; Chile el 4,2; Argentina el 4; Perú el 3,3; Colombia el
2,5 y Guatemala, el 1,7. “Y no sólo gastamos menos, sino que la gastamos mal”,
me dijo Juan José Llach, un ex ministro de Educación de la Argentina. Según
Llach, casi la totalidad del gasto educativo de muchos países de la región se
destina a pagar salarios, y ni siquiera del personal docente, sino del personal
de mantenimiento y del administrativo. Según un estudio del Banco Mundial, el 90
por ciento del gasto público en las universidades de Brasil es para pagar
sueldos de personal actual y jubilado, y en la Argentina la cifra es del 80 por
ciento. Como resultado, el sistema universitario latinoamericano padece de “baja
calidad”, con universidades sobrepobladas, edificios deteriorados, carencia de
equipos, materiales de instrucción obsoletos e insuficiente capacitación y
dedicación de los profesores. El estudio señala que mientras en Gran Bretaña el
40 por ciento de los profesores universitarios tienen doctorados, en Brasil la
cifra es del 30, en la Argentina y Chile del 12, en Venezuela del 6, en México
del 3 y en Colombia del 2.
Increíblemente, casi el 40 por
ciento de los profesores de la Universidad de Buenos Aires son ad honorem:
trabajan gratis, porque la universidad más prestigiosa de la Argentina no puede
pagarles un sueldo. Según el censo docente de la UBA, hay 11.003 profesores que
trabajan gratis en sus trece facultades, la mayoría de ellos alumnos recién
graduados que enseñan bajo la denominación de “profesores auxiliares”.
¿Hay que subsidiar a los ricos?
Claro, se estarán diciendo
muchos, Noruega y Suecia pueden destinar el 7 por ciento de su producto bruto a
la educación porque no tienen gente que se muere de hambre. Sin embargo, muchos
otros países que han elevado enormemente su calidad de vida en las últimas
décadas no lo hicieron desviando fondos estatales de la lucha contra la pobreza,
sino haciendo que los estudiantes de clase media y alta paguen por sus estudios,
ya sea durante o después de los mismos. América latina, en efecto, es una de las
últimas regiones del mundo donde todavía hay países en los que se subsidia el
estudio de quienes pueden pagar.
Se trata de un sistema absurdo
por el cual toda la sociedad —incluidos los pobres— subsidia a un número nada
despreciable de estudiantes pudientes. Según el Banco Mundial, más del 30 por
ciento de los estudiantes en las universidades estatales de México! Brasil,
Colombia, Chile, Venezuela y la Argentina pertenecen al 20 por ciento más rico
de la sociedad.
“La educación universitaria en América latina sigue siendo altamente elitista, y
la mayor parte de los estudiantes provienen de los segmentos más adinerados de
la sociedad”, dice el informe. En Brasil, un 70 por ciento de los estudiantes
universitarios pertenecen al 20 por ciento más rico de la sociedad, mientras que
sólo el 3 por ciento del cuerpo estudiantil está compuesto por jóvenes que
vienen de los sectores más pobres. En México, el 60 por ciento de la población
estudiantil universitaria proviene del 20 por ciento más rico de la sociedad, y
en la Argentina, el 32.
Otro estudio, de la Unesco, calcula que el 80 por ciento
de los estudiantes universitarios brasileños, el 70 de los mexicanos y el 60 de
los argentinos vienen de los sectores más ricos de la sociedad. ¿Cómo se explica
eso? Los autores del estudio dicen que la razón es muy sencilla: los estudiantes
de origen humilde que fueron a escuelas públicas llegan tan mal preparados a la
universidad que la mayoría abandona sus estudios al poco tiempo de empezar. Eso
lleva a una situación paradójica, en la que los ricos están sobre representados
en las universidades gratuitas, por lo que el sistema “constituye una receta
para aumentar la desigualdad”, concluye el informe del Banco Mundial. En nombre
de la igualdad social, se está excluyendo a los pobres, al no darles la
posibilidad de recibir becas.
En años recientes, casi todos
los países europeos dejaron atrás la educación universitaria gratuita, para
cobrarles a quienes pueden pagar. Las universidades estatales de Gran Bretaña
comenzaron a cobrar a sus estudiantes en 1997. En España, los estudiantes en
todas las universidades públicas pagan unos 550 dólares por año, menos quienes
vienen de hogares pobres, o familias con más de tres hijos. María Jesús San
Segundo, la ministra de Educación del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero,
me señaló en una entrevista que el número de universitarios que no pagan
aranceles en su país es de “cerca de un 40 por ciento”.
Y los pagos del restante
60 por ciento de los estudiantes de clases medias y altas contribuyen a cubrir
un nada despreciable 15 por ciento del presupuesto universitario. La tendencia
europea es hacia el pago de los estudios. Según me dijo la ministra, casi todos
los países europeos financian alrededor del 20 por ciento de su presupuesto
universitario con aranceles que cobran a los estudiantes. En Alemania, luego de
una larga batalla legal, la Corte Suprema autorizó a todas las universidades a
cobrarles a sus alumnos, algo que ya venían haciendo algunas de ellas en varios
estados.
En algunos países
latinoamericanos ya se comenzó a corregir el subsidio a los ricos: Chile,
Colombia, Ecuador, Jamaica y Costa Rica tienen sistemas por los cuales los
estudiantes que pueden pagar deben hacerlo. Pero cuando la UNAM intentó
introducir un sistema parecido en México en 1999, durante el gobierno del
presidente Ernesto Zedillo, tuvo lugar una huelga estudiantil que paralizó la
universidad y obligó a las autoridades a dar marcha atrás. Cuando asumió Fox, ni
el gobierno ni las autoridades universitarias se animaron a reflotar el tema.
En China comunista, los estudiantes pagan:
Para
mi enorme sorpresa, me encontré que hasta en la China comunista los estudiantes
universitarios tienen que pagar sus estudios, y contribuir de esa manera a
subsidiar el aprendizaje de los más pobres y a mejorar el nivel de las
universidades. Eso ayuda a explicar el motivo por el cual, según el ranking de
The Times de Londres, la Universidad de Beijing está en el puesto 17 a nivel
mundial, la de Hong Kong en el 39 y la de Tsing Hua en el puesto 61, muy por
encima del puesto 195 en el que aparece la UNAM.
Y no es, como uno podría
suponer, porque los chinos les están otorgando más dinero a sus universidades
públicas. Todo lo contrario: el gobierno chino gasta apenas el 2,1 por ciento
del producto bruto nacional en la educación, menos que casi todos los países
latinoamericanos, según las cifras del PNUD. Las 1.552 universidades chinas se
han modernizado en parte gracias a los pagos de aranceles de sus estudiantes,
según me explicaron funcionarios chinos.
Cuando visité el Ministerio de
Educación en Beijing y entrevisté a varios de sus funcionarios, lo que más me
sorprendió fue que los pagos que hacen los estudiantes universitarios a sus
centros de estudios no tienen nada de simbólico. Al contrario, desde que se
terminó con la educación universal gratuita en 1996, las cuotas de los
estudiantes que están en condiciones de pagar han aumentado progresivamente. Zhu
Muju, una alta funcionaria del Ministerio, me dijo que “al principio se cobraba
el equivalente a 25 dólares por año por alumno. Pero la cifra ha crecido a entre
500 y 600 dólares anuales. Es mucho dinero para los estudiantes, pero las
matrículas constituyen una parte considerable de los ingresos de las
universidades”. De hecho, en 2003, las universidades chinas se financiaron en un
65 por ciento con fondos del Estado, y en un 35 por ciento con las cuotas que
pagan sus alumnos, según cifras oficiales. ¿Pero eso no iba contra todos los
principios de la izquierda en todo el mundo?, pregunté.
La funcionaria me miró
extrañada, y explicó: “China es un país con enormes necesidades educativas que
el gobierno no puede satisfacer. No podemos ofrecer educación gratuita. Creo que
el sistema actual es bueno: promueve el desarrollo de la educación y es un
estímulo para que los estudiantes se tomen su estudio más en serio y estudien
máS fuerte”. “Sólo los estudiantes más pobres, la mayoría de ellos en zonas
rurales, no pagan por sus estudios, y en muchos casos reciben subsidios
adicionales para poder estudiar sin necesidad de trabajar al mismo tiempo”,
agregó Zhu.
Qué ironía, pensé. Mientras los
sectores mas retrógrados de América latina seguían defendiendo la educación
universitaria gratuita, Y las universidades latinoamericanas tenían cada vez
menos dinero para comprar computadoras o pagarles a sus profesores, la mayor
potencia comunista del mundo estaba cobrando aranceles a millones de
estudiantes, y logrando colocar a sus universidades entre las mejores del
planeta. ¿Por qué la vieja guardia de la izquierda latinoamericana seguía
insistiendo en la educación gratuita para todos, incluso los ricos, cuando ni
los chinos comunistas lo hacían? Unos lo hacían por dogmatismo, otros por
ignorancia, y otros por considerar que, dados los niveles de corrupción en
América latina, el sistema de cobrarles a los ricos para becar a los pobres
nunca funcionaría. Según este argumento, la burocracia del sistema educativo se
encargaría de robarse una buena parle del dinero, y el resultado final sería que
los pobres se quedarían sin educación gratuita y sin becas. Teóricamente, el
argumento tiene cierto mérito, pero se desmorona ante el hecho de que en China
hay tanta o más corrupción que en América latina, y que, en el estado calamitoso
en que se encuentran las universidades latinoamericanas ahora, están perdiendo
ricos y pobres por igual. En lugar de tener escuelas ricas para estudiantes
pobres, tenemos un sistema de escuelas pobres que subvencionan a estudiantes
ricos.
¿Habría que instituir de
inmediato la universidad paga en países como la Argentina y México?
Probablemente sería un golpe demasiado fuerte para los sectores medios, que en
muchos países han sido los más castigados por recientes crisis económicas. Pero
existen alternativas intermedias, que ayudarían enormemente a aumentar el
presupuesto de las universidades y a becar a los pobres. Lo mejor, según deduje
después de entrevistar a docenas de educadores, sería adoptar sistemas mixtos,
como el de Australia, donde los jóvenes pueden estudiar gratuitamente, pero
deben pagar una vez que se gradúan y obtienen empleos bien remunerados. Las
universidades australianas se nutren en un 40 por ciento del presupuesto
estatal, otro 40 de los pagos que hacen los graduados una vez que alcanzan un
cierto nivel de salarios, y el 20 por ciento restante de la venta de servicios
al sector privado. Es un sistema mucho más generoso para los estudiantes que el
chino o el estadounidense, pero que podría contribuir en mucho a mejorar la
calidad y la igualdad social en las universidades latinoamericanas.
Entran casi todos, pero terminan pocos
Otro de los grandes absurdos de
algunas de las grandes universidades estatales latinoamericanas, que hace mucho
se abandonó en China, es el ingreso irrestricto, y la falta de controles para
impedir que haya estudiantes eternos. Bajo la premisa de que todos tienen
derecho a estudiar, muchas de las grandes universidades de México, Brasil y la
Argentina están garantizando que casi nadie pueda estudiar bien. Con los pocos
recursos que tienen, están manteniendo una enorme cantidad de estudiantes que
nunca terminan de recibirse.
En la Argentina sólo egresan dos de cada diez
estudiantes que entran en las universidades estatales. Eso significa que, en el
sistema universitario argentino, de casi 1,5 millones de estudiantes, los
contribuyentes están manteniendo a cientos de miles que nunca van a terminar sus
estudios. En México hay unos 1,8 millones de estudiantes de licenciatura, pero
se terminan titulando apenas poco más del 30 por ciento de los que ingresan
anualmente.26 En Chile y Colombia, que tienen cupos para entrar en las
universidades, la eficiencia universitaria es algo superior: se reciben entre
tres y cuatro de cada diez estudiantes que entran en las universidades
estatales.
En China existe un examen de
ingreso obligatorio para todas las universidades, que dura dos días y es rendido
anualmente por más de 6 millones de estudiantes. Y no es un examen fácil: un 40
por ciento de los aspirantes son reprobados, según el Ministerio de Educación.
La competencia para entrar en las mejores universidades es durísima. Poco antes
de mi visita a China, había explotado un escándalo de corrupción tras la
revelación del programa televisivo “Focus TV”, de la Cadena Central de
Televisión China (CCTV), de que tres empleados de la Universidad de Aeronáutica
y Astronáutica de Beijing habían extorsionado a varios estudiantes, exigiéndoles
el equivalente de 12 mil dólares a cada uno para ingresar en la universidad.
La CCTV había grabado las conversaciones telefónicas, y el caso había terminado en
condenas judiciales. Según la agencia de noticias oficial Xinhua, no se trataba
de un hecho aislado. Pocos meses antes, funcionarios del Conservatorio de Música
Xian, en la provincia norteña de Shaanxi, habían exigido sobornos de 3.620
dólares por cada estudiante admitido. El escándalo salió a la luz cuando algunos
estudiantes se negaron a pagar y avisaron a las autoridades. “Algunos críticos
aseguran que estos incidentes representan la punta del iceberg”, reconoció luego
el periódico gubernamental China Daily Obviamente, todos estos incidentes
ilustraban el extremo al que llegaba la competencia entre los jóvenes chinos
para entrar en las universidades.
Aunque las universidades chinas
admiten en su conjunto un promedio del 60 por ciento de los estudiantes que dan
el examen de ingreso, los porcentajes de quienes logran entrar en las mejores
universidades del país son del 10 o el 20 por ciento. En México, en cambio, la
universidad más grande del país —la UNAM— admite a un 85 por ciento d sus
alumnos sin examen de ingreso, según estimaciones de Julio Rubio, el
subsecretario de Educación Superior de México. La UNAM les concede un “pase
automático” a todos los estudiantes de la escuela secundaria de su red escolar,
lo que hace que muchos estudiantes vayan a estas escuelas para no tener que
rendir un examen de ingreso. “Ese ha hecho caer la calidad de la UNAM,” me dijo
Rubio en una entrevista. Comparativamente, unas 428 universidades públicas y
privadas d México ya están aplicando un examen de ingreso común.
En la Argentina pasa otro
tanto. Cuando le pregunté a Filmus, e ministro de Educación, por qué no existe
un examen de ingreso a la UBA, me señaló que en países con alta desigualdad
social, como h Argentina, un examen de ese tipo sería socialmente injusto. Los
jóvenes salen de la escuela secundaria mal preparados, y someterlos a un examen
de ingreso equivaldría a premiar a quienes fueron a escuelas secundarias
privadas.
Por eso hay un curso de ingreso básico, en el que si el joven aprueba
seis materias, entra en la universidad, explicó. Filmus agregó que, en la
práctica, el curso de ingreso es un filtro: el 50 por ciento de los alumnos no
aprueba las seis materias, y por lo tanto no ingresa en la universidad. “En la
práctica, tenes seis exámenes de ingreso, o ninguno, según cómo lo quieras
mirar”, concluyó.
Puede ser, pero la mayoría de los expertos internacionales en
políticas educativas coinciden en que sería muchísimo más provechoso que el
Estado destinara esos recursos a las escuelas primarias y secundarias, y evitara
el hacinamiento universitario, pues el 80 por ciento de los estudiantes no
llegan a recibirse.
El auge de los estudiantes extranjeros: China, al igual que India, está
creando una élite científico-técnica globalizada, capaz de competir con los
grandes países industrializados. Y lo está haciendo no sólo al modernizar sus
casas de altos estudios, sino al enviar a una enorme masa de estudiantes a las
mejores casas de altos estudios de los Estados Unidos y Europa. No sólo China e
India lo están haciendo: hay una avalancha de estudiantes de Corea del Sur,
Japón, Singapur y otros países asiáticos en las universidades estadounidenses y
europeas. Mientras tanto, el número de estudiantes latinoamericanos permanece
estancado o tiende a la baja.
En los Estados Unidos, la mayor
parte de los 572 mil estudiante universitarios extranjeros son de países
asiáticos. En total, hay 325 mil estudiantes de ese origen en las universidades
norteamericanas, comparados con 68 mil latinoamericanos. El país con más
universitarios en los Estados Unidos es India, con 80 mil estudiantes, seguido
por China, Col 62 mil, Corea del Sur, con 52 mil, y Japón, con 46 mil. O sea que
China por sí sola, tiene casi tantos estudiantes en Estados Unidos como todo los
países de América latina juntos. México tiene apenas 13 mil estudiantes
universitarios en los Estados Unidos, Brasil y Colombia unos 8 mil cada uno, la
Argentina 3.600 y Perú 3.400. Y la tendencia es a una brecha cada vez mayor:
mientras que India y China aumentaron en 13 y 11 por ciento, respectivamente,
sus estudiantes en universidades estadounidenses en 2003, el número de
latinoamericanos permaneció estancado, y el de sudamericanos cayó.
Contrariamente a lo que yo
creía, la avalancha de estudiantes extranjeros asiáticos no es resultado de
becas gubernamentales de sus países de origen. Cuando les pregunté a los
directivos del Instituto de Educación Internacional (IEI) en Nueva York a qué se
debe el extraordinario aumento de estudiantes de India y China, me respondieron
que es en gran medida por el auge de la inversión en educación de parte de las
familias asiáticas. Allan E. Goodman, el presidente del IEI, una organización no
gubernamental que promueve mayores intercambios estudiantiles internacionales,
me dijo que “la globalización está creando una clase media muy grande en India y
China, y de personas que valoran mucho la educación.
La gente allí está
dispuesta a hacer un gran esfuerzo financiero para invertir en la educación de
sus hijos”. Según Goodman, sólo el 2,5 por ciento de los estudiantes
universitarios extranjeros en los Estados Unidos tienen becas de sus respectivos
gobiernos o universidades, y los estudiantes asiáticos no son la excepción a la
regla.32
Todo esto no es una buena
noticia para América latina. Significa que los asiáticos están creando una clase
política y empresarial más globalizada que los países latinoamericanos, lo que
les dará mayores ventajas en el mundo de los negocios, las ciencias y la
tecnología. Si el consenso entre los académicos de todo el mundo es que los
Estados Unidos y Europa tienen las mejores universidades, como lo dicen los
rankings de The Times de Londres y la Universidad de Shanghai, no hay que ser un
futurólogo para sospechar que —en la era de la economía del conocimiento—
quienes se gradúen allí saldrán mejor preparados y tendrán mejores conexiones
personales y culturales con los países industrializados.
Sobran psicólogos, faltan ingenieros : Por increíble que parezca, en
la UNAM se gradúan quince veces mas psicólogos que ingenieros petroleros por
año. Efectivamente, en un país donde el petróleo continúa siendo una importante
industria, UNAM produce unos 620 egresados con licenciatura en Psicología,
en Sociología y sólo 40 en Ingeniería Petrolera por año. Y México dista
de ser un caso aislado.
En la UBA, de la Argentina, se reciben 2.400 abogados
por año, 1.300 psicólogos, y apenas 240 ingenieros y 173 licenciados en Ciencias
Agropecuarias. El Estado está produciendo cinco veces más psicólogos que
ingenieros. Si examinamos la población estudiantil en general, y no sólo los
egresados, los datos son más asombrosos aún: en el momento de escribirse estas
líneas, en la UNAM ha 6.485 estudiantes de Filosofía y Letras, y apenas 343
estudiando Ciencias de la Computación.
En total, el 80 por ciento de los 269 mil
estudiantes de la UNAM están siguiendo carreras de Ciencias Sociales
Humanidades, Artes y Medicina, mientras que sólo el 20 por ciento estudia
Ingeniería, Física o Matemática.35 En muchos casos, la falta de conexión entre
los programas educativos y las necesidades del merca do laboral hace que las
grandes universidades estén produciendo legiones de profesionales desempleados.
Un estudio de la Asociación Nacional de Universidades Mexicanas e Instituciones
de Educación Superior (ANUES) advierte que si México no hace algo para corregir
si sobreproducción de graduados universitarios sin potencial de trabajo se
encontrará muy pronto con 1,5 millones de profesionales desemplea. dos. “Esto
podría generar un problema social sin precedentes”, dice e estudio.
En la Argentina, el 40 por
ciento de los 152 mil estudiantes de la UBA está matriculado en Ciencias
Sociales, Psicología y Filosofía, mientras que sólo el 3 por ciento estudia
carreras relacionadas con la computación, Física y Matemática. En estos
momentos, hay unos 27 mil estudiantes de Psicología en la UBA, contra apenas 6
mil que cursan Ingeniería. “En la Argentina, hasta el año 2003, se graduaban
sólo 3 ingenieros textiles por año”, me comentó el ministro Fimus, con horror.
En las universidades más grandes de Brasil, el 52 por ciento de los estudiantes
está matriculado en Ciencias Sociales y Humanidades, mientras que sólo el 17
estudia Ingeniería, Física y Matemática, según el Ministerio de Educación. “En
vez de invertir tanto en formar más abogados, los gobiernos latinoamericanos
deberían invertir en la creación de escuelas intermedias e institutos técnicos”,
dice Eduardo Camarra, profesor de Ciencia Política y director del Centro tic
Latinoamérica y el Caribe de la Universidad Internacional de La Florida. “Las
economías latinoamericanas van hacia industrias con mayores requerimientos
tecnológicos, para producir exportaciones de mayor valor agregado. Necesitan mas
técnicos y menos licenciados en Ciencia Política”.
|