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La cultura de la evaluación
La cultura de la evaluación, una cuestión pendiente para América Latina.
Cuando se habla de evaluar la educación, se suele asociar a la evaluación con
una calificación, con una dicotomía entre hacer las cosas bien y hacerlas mal.
Se generan muchas reticencias porque la palabra evaluar es para el estudiante
una nota, para el profesor un atropello a su forma de hacer las cosas y para el
administrador algo impensable o tal vez una oportunidad para demostrar cuan bien
están las cosas que él dirige.
Sin embargo, la evaluación es ciertamente algo más: es el único medio que
tenemos para tomar decisiones sobre la educación.
“La evaluación es un proceso complejo y
multidimensional que comprende distintos componentes: visiones, valores,
comportamientos, rutinas, contexto organizacional, y social, experiencias
pasadas y presentes (…)”
En general los que participan en el campo educacional, tienen un concepto muy
pobre sobre lo que representa la evaluación. Esto conlleva que las decisiones
que se toman en materia académica en un colegio, en una Universidad o, incluso,
que toma el mismo Ministerio de Educación, se basan casi exclusivamente en los
resultados de pruebas estandarizadas. Es necesario crear una cultura real de
evaluación al interior de las instituciones educativas para poder tomar
decisiones informadas y con criterios reales. Al hablar de cultura de la
evaluación se hace referencia a la necesidad de evaluar permanentemente.
“La evaluación es más que dar una nota o ”rellenar las
bolitas” de una encuesta en un momento puntual; es un ejercicio mucho más
profundo que se debe desarrollar constantemente, clase a clase, día a día. Es
una recolección de información detallada para mejorar la educación. Un profesor
que le pregunta a sus estudiantes que tal le parecen los métodos de enseñanza
que él utiliza, qué tan adecuadas son las oportunidades de aprendizaje de sus
clases, qué tal hace las cosas. Un estudiante que le pregunta a su profesor en
qué puedo mejorar, qué debo hacer para comprender mejor, qué tengo que hacer
para llegar a ser un buen profesional. Un administrador que le pregunta a todo
su personal (profesores y estudiantes) cómo podemos hacer de la educación que
impartimos la mejor.”
Lo imprescindible es que la evaluación no tenga connotaciones negativas, es
decir, sinónimo de reprobar una materia o un trabajo. Al contrario, la
evaluación debe ser una oportunidad para mejorar y hacer la cosas cada vez
mejor. Por esta razón, deberíamos alegrarnos al ver evaluaciones con resultados
que muestran también las cosas que están mal.
El desconocimiento sobre la profundidad y la complejidad de la evaluación
provoca que se diseñen modelos de evaluación para mostrar sólo los aspectos
positivos, “lo que está bien”, de esta forma se elimina toda posibilidad de ver
los errores para cambiar y transformar a partir de ellos.
Al respecto se puede preguntar ¿por qué ese afán de mostrar que se hacen las
cosas bien?
“Es evidente que la evaluación tiene unas implicaciones políticas importantes: a
ningún rector le gustaría mostrar que los estudiantes bajo su mandato no
estuvieron contentos con las clases que recibieron, por el contrario, les
gustaría mostrar que todos los profesores llegaron a tiempo, le entregaron un
programa a sus estudiantes y que se cumplieron todas las clases. Es por eso que
se evalúa lo que no tiene sentido evaluar, lo que no da información suficiente
para tomar decisiones.”
Lo que se hace evidente entonces es que hay que cambiar de actitud frente a la
evaluación. La evaluación es una especie de válvula que muestra qué cuestiones
se pueden mejorar y a partir de ellas, transformemos nuestras prácticas. Evaluar
no es malo, por el contrario, evaluar es el camino para no seguir haciendo las
cosas mal. Hay que otorgarle el verdadero sentido a la evaluación para poder
lograr un cambio educativo, y por lo tanto, de nuestra sociedad.
En Latinoamérica se han generado algunos debates en torno a cuáles serían las
transformaciones que se deberían producir para construir una cultura de la
evaluación. Algunos teóricos hacen referencia a la necesidad de adoptar rankings
de estudiantes, como los que se llevan a cabo en los países desarrollados, en
otras palabras fomentar la cultura de la competencia.
Un claro ejemplo de este tipo de cultura se produce en China donde los maestros
hacen rankings de las notas que sacan los alumnos de sus clases, luego las
colocan en la pizarra para que todos las vean. En este sentido, los estudiantes
chinos son muy buenos en los exámenes, porque están acostumbrados desde muy
chicos a que los evalúen desde el primero hasta el último de la clase.
Algunos expertos en educación internacional como Jeffrey Puryear, vicepresidente
para Política Social del Diálogo Interamericano y director del programa de
educación de dicha organización, existen soluciones para aquellos países que
tienen “rezagos educativos”. Las mismas se basan en la adopción de tres
objetivos: mayor participación de los padres en la educación de sus hijos,
aplicación de estándares más exigentes desde la escuela primaria, es decir la
permanente evaluación de los estudiantes y el sistema de rendición de cuentas de
profesores directores de escuela.
Según Puryear, “en los sistemas educativos latinoamericanos prácticamente no hay
consecuencias. Pueden existir profesores buenos o malos, pero eso no importa, ya
que no hay ninguna diferencia en cómo son tratados: un maestro no pierde su
trabajo por un mal desempeño, ni gana más por su buen desempeño”. En varios
países Asia, al igual que en Nueva Zelanda, Australia y Holanda, se han hecho
reformas educativas para incentivar la rendición de cuentas y evaluación de los
estudiantes y sus escuelas, con excelentes resultados agregó. “En
América latina se consideró prioritaria la cantidad, no la calidad. Y eso es un
grave problema”, concluyó.
Sin embargo, existe un peligro en querer adoptar aquellas políticas generadas
para países que tienen trayectorias muy diferentes a los países
latinoamericanos. Al respecto Daniel Filmus (foto), el ex Ministro de Educación
argentino expresó que “el problema nuestro con los rankings es que muchas veces
terminan defendiendo no la capacidad, ni la calidad, sino el nivel
socioeconómico”. En la Argentina hay enormes desigualdades sociales, que hacen
que los jóvenes vayan a escuelas primarias y secundarias de calidades
diametralmente opuestas y lleguen a la universidad con niveles de preparación
muy distintos. “Si el chico no fue al jardín de infantes, después fue, una
pésima escuela básica, y después fue a una escuela media donde no se estudia, va
a estar en desventaja con otro que va a un muy buen jardín de infantes, y
después fue a una muy buena escuela bilingüe privada. Entonces, la pregunta es
cómo nivelar”.
Filmus
coincidió en la necesidad de construir una cultura de la evaluación.
“Acá en la Argentina tenemos un retraso en ese sentido. En
los últimos treinta años no ha habido una cultura de la excelencia, ni del
esfuerzo, ni del trabajo. Tenés un desarrollo y una cultura que está mucho más
vinculada a lo que los argentinos llaman el zafe, o sea, pasar de grado, que al
éxito basado en el esfuerzo, el trabajo y la investigación. El tema es cómo
introducir la cultura de la calidad”, afirmó.
Frente a este contexto, la cultura de la evaluación no se asocia con el hecho de
llegar a una evaluación indiscutible, objetiva o imparcial, sino a la
posibilidad de ampliar su alcance, de incrementar los esquemas de percepción e
interpretación para llegar a apreciaciones mucho más comprensivas, fundamentados
en el valor sustantivo de la evaluación que se realza sobre una connotación
meramente instrumental.
Es un concepto vinculado al cambio, a la institución, por cuanto promueve a la
evaluación como un elemento esencial en el desarrollo organizacional, vinculado
al mejoramiento continuo, al cumplimiento de objetivos y metas y a la búsqueda
de la calidad y de la excelencia académica.
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