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La cultura de la evaluación

Existe un consenso cada vez mayor entre los expertos internacionales en educación en que la mejor receta para mejorar el nivel educativo de los jóvenes no es simplemente invertir más dinero en las escuelas, ni aumentar las horas de estudio, ni reducir el número de estudiantes por aula, sino crear una cultura de la evaluación que obligue a los estudiantes a superarse cada vez más. Si fuera una cuestión de dinero, China y Corea del Sur, cuyos gobiernos le destinan mucho menos dinero a la educación que otros países, deberían estar entre los más atrasados del mundo en la materia. Y tampoco es una cuestión de horas de clase ni de tamaño de los grupos, ya que varios países como Noruega y Austria, con una gran diferencia en estos parámetros, alcanzan los mismos resultados en exámenes estandarizados. Sin embargo, hay una constante: la mayoría de los países cuyos alumnos resultan bien posicionados en los estudios comparativos son los que realizan rankings de sus estudiantes, sus profesores y sus escuelas. O sea, los que fomentan una cultura de la competencia, en la que el sistema educativo debe rendir cuentas constantemente ante el gobierno y ante los padres.

Zhu Muju, la alta funcionaria del Ministerio de Educación que entrevisté en Beijing, me dijo que los maestros en China hacen rankings de las notas que sacan los alumnos de sus clases, y las ponen en la pizarra para que todos las vean. “Los estudiantes chinos son muy buenos en los exámenes, porque están acostumbrados desde muy chicos a que los evalúen desde el primero hasta el último de la clase. Eso hace que sean muy competitivos y se esfuercen por ver cómo mejorar sus notas para subir en la lista”, dijo Zhu. La funcionaria agregó que “nosotros en el gobierno no alentamos esta práctica de hacer rankings”, pero era claro que tampoco la estaban desalentando. Lo mismo con los rankings de las universidades, agregó: estimulan a que las universidades se superen, y permiten al Estado evaluar los resultados de su inversión en educación.

Para Jeffrey Puryear, el experto en educación internacional del Diálogo Interamericano en Washington D.C., los países con rezagos educativos deberían adoptar tres objetivos básicos, además de una mayor participación de los padres en la educación de sus hijos: la aplicación de estándares más exigentes desde la escuela primaria, la evaluaci6;, de los estudiantes, y el sistema de rendición de cuentas de profesores directores de escuela. Sobre este último punto, señaló que “los productores de la educación tienen que rendir cuentas ante alguien, tal vez: los padres de familia, o la sociedad en general. No se puede permitir, que hagan cualquier cosa, y que no existan consecuencias para su desempeño”. Y Según Puryear, “en los sistemas educativos latinoamericanos prácticamente no hay consecuencias. Pueden existir profesores buenos o malos, pero eso no importa, ya que no hay ninguna diferencia en cómo son tratados: un maestro no pierde su trabajo por un mal desempeño, ni gana más por su buen desempeño”. En varios países Asia, al igual que en Nueva Zelanda, Australia y Holanda, se han hecho reformas educativas para incentivar la rendición de cuentas y evaluación de los estudiantes y sus escuelas, con excelentes resulta agregó. “En América latina se consideró prioritaria la cantidad, no la calidad. Y eso es un grave problema”, concluyó.

Sin embargo, aunque muchos ministros de Educación latinoamericanos están de acuerdo en que los países que adoptaron una cultura de la calidad mejoraron sus sistemas educativos, la mayoría considera que dichas reformas son un privilegio para países más desarrollados Filmus (foto), el ministro de Educación argentino, me dijo que “el problema nuestro con los rankings es que muchas veces terminan defendiendo no la capacidad, ni la calidad, sino el nivel socioeconómico”. En la Argentina hay enormes desigualdades sociales, que hacen que los jóvenes vayan a escuelas primarias y secundarias de calidades diametralmente opuestas y lleguen a la universidad con niveles de preparación muy distintos. “Si el chico no fue al jardín de infantes, después fue, una pésima escuela básica, y después fue a una escuela media donde no se estudia, va a estar en desventaja con otro que va a un muy buen jardín de infantes, y después fue a una muy buena escuela bilingüe privada... Entonces, la pregunta es cómo nivelar”, dijo. Y la forma de y nivelar, según Filmus, no es implementando un examen de ingreso drástico en las universidades que castigue a los menos privilegiados, sino dándoles cursos adicionales en la secundaria para capacitarlos, y un curso de ingreso en la universidad para posibilitarles ponerse al día. Sin embargo, el ministro coincidió en que su país se beneficiaría de una mayor cultura de la evaluación. “Acá en la Argentina tenemos un retraso en ese sentido. En los últimos treinta años no ha habido una cultura de la excelencia, ni del esfuerzo, ni del trabajo. Tenés un desarrollo y una cultura que está mucho más vinculada a lo que los argentinos llaman el zafe, o sea, pasar de grado, que al éxito basado en el esfuerzo, el trabajo y la investigación. El tema es cómo introducir la cultura de la calidad”, afirmó. Las actuales autoridades argentinas habían decidido que la mejor manera de hacerlo era empezando por la evaluación y acreditación de las carreras universitarias. No se trataba de una mala estrategia. Pero, al igual que en México, se estaban estrellando contra una muralla de hierro en la universidad más grande del país.

       
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