La Biblioteca de Alejandría, Historia e Incendio

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Sobre la Biblioteca de Alejandría

Fue en Alejandría, durante los seiscientos años que se iniciaron hacia el 300 a. de C., cuando los seres humanos emprendieron, en un sentido básico, la aventura intelectual que nos ha llevado a las orillas del espacio. Pero no queda nada del paisaje y de las sensaciones de aquella gloriosa ciudad de mármol.

La opresión y el miedo al saber han arrasado casi todos los recuerdos de la antigua Alejandría. Su población tenía una maravillosa diversidad. Soldados macedonios y más tarde romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, mercaderes judíos, visitantes de la India y del África subsahariana —todos ellos, excepto la vasta población de esclavos— vivían juntos en armonía y respeto mutuo durante la mayor parte del período que marca la grandeza de Alejandría.

La ciudad fue fundada por Alejandro Magno y construida por su antigua guardia personal. Alejandro estimuló el respeto por las culturas extrañas y una búsqueda sin prejuicios del conocimiento. Según la tradición —y no nos importa mucho que esto fuera o no cierto— se sumergió debajo del mar Rojo en la primera campana de inmersión del mundo. Animó a sus generales y soldados a que se casaran con mujeres persas e indias. Respetaba los dioses de las demás naciones.

Coleccionó formas de vida exóticas, entre ellas un elefante destinado a su maestro Aristóteles. Su ciudad estaba construida a una escala suntuosa, porque tenía que ser el centro mundial del comercio, de la cultura y del saber. Estaba adornada con amplias avenidas de treinta metros de ancho, con una arquitectura y una estatuaria elegante, con la tumba monumental de Alejandro y con un enorme faro, el Faros, una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Pero la maravilla mayor de Alejandría era su biblioteca y su correspondiente museo (en sentido literal, una institución dedicada a las especialidades de las Nueve Musas). De esta biblioteca legendaria lo máximo que sobrevive hoy en día es un sótano húmedo y olvidado del Serapeo, el anexo de la biblioteca, primitivamente un templo que fue reconsagrado al conocimiento. Unos pocos estantes enmohecidos pueden ser sus únicos restos físicos. Sin embargo, este lugar fue en su época el cerebro y la gloria de la mayor ciudad del planeta, el primer auténtico instituto de investigación de la historia del mundo. Los eruditos de la biblioteca estudiaban el Cosmos entero. Cosmos es una palabra griega que significa el orden del universo. Es en cierto modo lo opuesto a Caos. Presupone el carácter profundamente interrelacionado de todas las cosas. Inspira admiración ante la intrincada y sutil construcción del universo. Había en la biblioteca una comunidad de eruditos que exploraban la física, la literatura, la medicina, la astronomía, la geografía, la filosofía, las matemáticas, la biología y la ingeniería. La ciencia y la erudición habían llegado a su edad adulta. El genio florecía en aquellas salas. La Biblioteca de Alejandría es el lugar donde los hombres reunieron por primera vez de modo serio y sistemático el conocimiento del mundo.

Además de Eratóstenes, hubo el astrónomo Hiparco, que ordenó el mapa de las constelaciones y estimó el brillo de las estrellas; Euclides, que sistematizó de modo brillante la geometría y que en cierta ocasión dijo a su rey, que luchaba con un difícil problema matemático: "no hay un camino real hacia la geometría"; Dionisio de Tracia, el hombre que definió las partes del discurso y que hizo en el estudio del lenguaje lo que Euclides hizo en la geometría; Herófilo, el fisiólogo que estableció, de modo seguro, que es el cerebro y no el corazón la sede de la inteligencia; Herón de Alejandría, inventor de cajas de engranajes y de aparatos de vapor, y autor de Autómata, la primera obra sobre robots; Apolonio de Pérgamo. el matemático que demostró las formas de las secciones cónicas (1) —elipse, parábola e hipérbola—, las curvas que como sabemos actualmente siguen en sus órbitas los planetas, los cometas y las estrellas; Arquímedes, el mayor genio mecánico hasta Leonardo de Vinci; y el astrónomo y geógrafo Tolomeo, que compiló gran parte de lo que es hoy la seudociencia de la astrología: su universo centrado en la Tierra estuvo en boga durante 1500 años, lo que nos recuerda que la capacidad intelectual no constituye una garantía contra los yerros descomunales. Y entre estos grandes hombres hubo una gran mujer, Hipatia, matemática y astrónoma, la última lumbrera de la biblioteca, cuyo martirio estuvo ligado a la destrucción de la biblioteca siete siglos después de su fundación, historia a la cual volveremos.

Los reyes griegos de Egipto que sucedieron a Alejandro tenían ideas muy serias sobre el saber. Apoyaron durante siglos la investigación y mantuvieron la biblioteca para que ofreciera un ambiente adecuado de trabajo a las mejores mentes de la época. La biblioteca constaba de diez grandes salas de investigación, cada una dedicada a un tema distinto, había fuentes y columnatas jardines botánicos, un zoo, salas de disección, un observatorio, y una gran sala comedor donde se llevaban a cabo con toda libertad las discusiones críticas de las ideas.

El núcleo de la biblioteca era su colección de libros. Los organizadores escudriñaron todas las culturas y lenguajes del mundo. Enviaban agentes al exterior para comprar bibliotecas. Los buques de comercio que arribaban a Alejandría eran registrados por la policía, y no en busca de contrabando, sino de libros. Los rollos eran confiscados, copiados y devueltos luego a sus propietarios. Es difícil de estimar el número preciso de libros, pero parece probable que la biblioteca contuviera medio millón de volúmenes, cada uno de ellos un rollo de papiro escrito a mano. ¿Qué destino tuvieron todos estos libros? La civilización clásica que los creó acabó desintegrándose y la biblioteca fue destruida deliberadamente. Sólo sobrevivió una pequeña fracción de sus obras junto con unos pocos y patéticos fragmentos dispersos. Y qué tentadores son estos restos y fragmentos. Sabemos por ejemplo que en los estantes de la biblioteca había una obra del astrónomo Aristarco de Samos quien sostenía que la Tierra es uno de los planetas, que orbita el Sol como ellos, y que las estrellas están a una enorme distancia de nosotros. Cada una de estas conclusiones es totalmente correcta, pero tuvimos que esperar casi dos mil años para redescubrirlas. Si multiplicamos por cien mil nuestra sensación de privación por la pérdida de esta obra de Aristarco empezaremos a apreciar la grandeza de los logros de la civilización clásica y la tragedia de su destrucción.

Hemos superado en mucho la ciencia que el mundo antiguo conocía, pero hay lagunas irreparables en nuestros conocimientos históricos. Imaginemos los misterios que podríamos resolver sobre nuestro pasado si dispusiéramos de una tarjeta de lector para la Biblioteca de Alejandría. Sabemos que había una historia del mundo en tres volúmenes, perdida actualmente, de un sacerdote babilonio llamado Beroso. El primer volumen se ocupaba del intervalo desde la Creación hasta el Diluvio un período al cual atribuyó una duración de 432.000 años, es decir cien veces más que la cronología del Antiguo Testamento. Me pregunto cuál era su contenido.

[...]

Sólo en un punto de la historia pasada hubo la promesa de una civilización científica brillante. Era beneficiaria del Despertar jónico, y tenía su ciudadela en la Biblioteca de Alejandría, donde hace 2.000 años las mejores mentes de la antigüedad establecieron las bases del estudio sistemático de la matemática, la física, la biología, la astronomía, la literatura, la geografía y la medicina. Todavía estamos construyendo sobre estas bases. La Biblioteca fue construida y sostenida por los Tolomeos, los reyes griegos que heredaron la porción egipcia del imperio de Alejandro Magno. Desde la época de su creación en el siglo tercero a. de C. hasta su destrucción siete siglos más tarde, fue el cerebro y el corazón del mundo antiguo.

Alejandría era la capital editorial del planeta. Como es lógico no había entonces prensas de imprimir. Los libros eran caros, cada uno se copiaba a mano. La Biblioteca era depositaria de las copias más exactas del mundo. El arte de la edición crítica se inventó allí. El Antiguo Testamento ha llegado hasta nosotros principalmente a través de las traducciones griegas hechas en la Biblioteca de Alejandría. Los Tolomeos dedicaron gran parte de su enorme riqueza a la adquisición de todos los libros griegos, y de obras de África, Persia, la India, Israel y otras partes del mundo. Tolomeo III Evergetes quiso que Atenas le dejara prestados los manuscritos originales o las copias oficiales de Estado de las grandes tragedias antiguas de Sófocles, Esquilo y Eurípides. Estos libros eran para los atenienses una especie de patrimonio cultural; algo parecido a las copias manuscritas originales y a los primeros folios de Shakespeare en Inglaterra. No estaban muy dispuestos a dejar salir de sus manos ni por un momento aquellos manuscritos. Sólo aceptaron dejar en préstamo las obras cuando Tolomeo hubo garantizado su devolución con un enorme depósito de dinero. Pero Tolomeo valoraba estos rollos más que el oro o la plata. Renunció alegremente al depósito y encerró del mejor modo que pudo los originales en la Biblioteca. Los irritados atenienses tuvieron que contentarse con las copias que Tolomeo, un poco avergonzado, no mucho, les regaló. En raras ocasiones un Estado ha apoyado con tanta avidez la búsqueda del conocimiento.

Los Tolomeos no se limitaron a recoger el conocimiento conocido, sino que animaron y financiaron la investigación científica y de este modo generaron nuevos conocimientos. Los resultados fueron asombrosos: Eratóstenes calculó con precisión el tamaño de la Tierra, la cartografió, y afirmó que se podía llegar a la India navegando hacia el oeste desde España. Hiparco anticipó que las estrellas nacen, se desplazan lentamente en el transcurso de los siglos y al final perecen; fue el primero en catalogar las posiciones y magnitudes de las estrellas y en detectar estos cambios. Euclides creó un texto de geometría del cual los hombres aprendieron durante veintitrés siglos, una obra que ayudaría a despertar el interés de la ciencia en Kepler, Newton y Einstein. Galeno escribió obras básicas sobre el arte de curar y la anatomía que dominaron la medicina hasta el Renacimiento. Hubo también, como hemos dicho, muchos más.

Alejandria era la mayor ciudad que el mundo occidental había visto jamás. Gente de todas las naciones llegaban allí para vivir, comerciar, aprender. En un día cualquiera sus puertos estaban atiborrados de mercaderes, estudiosos y turistas. Era una ciudad donde griegos, egipcios, árabes, sirios, hebreos, persas, nubios, fenicios, italianos, galos e íberos intercambiaban mercancías e ideas. Fue probablemente allí donde la palabra cosmopolita consiguió tener un sentido auténtico: ciudadano, no de una sola nación, sino del Cosmos (2). Ser un ciudadano del Cosmos...

Es evidente que allí estaban las semillas del mundo moderno. ¿Qué impidió que arraigaran y florecieran? ¿A qué se debe que Occidente se adormeciera durante mil años de tinieblas hasta que Colón y Copérnico y sus contemporáneos redescubrieron la obra hecha en Alejandría? No puedo daros una respuesta sencilla. Pero lo que sí sé es que no hay noticia en toda la historia de la Biblioteca de que alguno de los ilustres científicos y estudiosos llegara nunca a desafiar seriamente los supuestos políticos, económicos y religiosos de su sociedad. Se puso en duda la permanencia de las estrellas, no la justicia de la esclavitud. La ciencia y la cultura en general estaban reservadas para unos cuantos privilegiados. La vasta población de la ciudad no tenía la menor idea de los grandes descubrimientos que tenían lugar dentro de la Biblioteca. Los nuevos descubrimientos no fueron explicados ni popularizados. La investigación les benefició poco. Los descubrimientos en mecánica y en la tecnología del vapor se aplicaron principalmente a perfeccionar las armas, a estimular la superstición, a divertir a los reyes. Los científicos nunca captaron el potencial de las máquinas para liberar a la gente (3). Los grandes logros intelectuales de la antigüedad tuvieron pocas aplicaciones prácticas inmediatas. La ciencia no fascinó nunca la imaginación de la multitud. No hubo contrapeso al estancamiento, al pesimismo, a la entrega más abyecta al misticismo. Cuando al final de todo, la chusma se presentó para quemar la Biblioteca no había nadie capaz de detenerla.

Sobre Hipatia y la Biblioteca de Alejandría

El último científico que trabajó en la Biblioteca fue una matemática, astrónoma, física y jefe de la escuela neoplatónica de filosofía: un extraordinario conjunto de logros para cualquier individuo de cualquier época. Su nombre era Hipatia. Nació en el año 370 en Alejandría. Hipatia, en una época en la que las mujeres disponían de pocas opciones y eran tratadas como objetos en propiedad, se movió libremente y sin afectación por los dominios tradicionalmente masculinos. Todas las historias dicen que era una gran belleza. Tuvo muchos pretendientes pero rechazó todas las proposiciones matrimoniales. La Alejandría de la época de Hipatia —bajo dominio romano desde hacía ya tiempo— era una ciudad que sufría graves tensiones.

La esclavitud había agotado la vitalidad de la civilización clásica. La creciente Iglesia cristiana estaba consolidando su poder e intentando extirpar la influencia y la cultura paganas. Hipatia estaba sobre el epicentro de estas poderosas fuerzas sociales. Cirilo, el arzobispo de Alejandría, la despreciaba por la estrecha amistad que ella mantenía con el gobernador romano y porque era un símbolo de cultura y de ciencia, que la primitiva Iglesia identificaba en gran parte con el paganismo. A pesar del grave riesgo personal que ello suponía, continuó enseñando y publicando, hasta que en el año 415, cuando iba a trabajar, cayó en manos de una turba fanática de feligreses de Cirilo. La arrancaron del carruaje, rompieron sus vestidos y, armados con conchas marinas, la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas, su nombre olvidado. Cirilo fue proclamado santo.

La gloria de la Biblioteca de Alejandría es un recuerdo lejano. Sus últimos restos fueron destruidos poco después de la muerte de Hipatia. Era como si toda la civilización hubiese sufrido una operación cerebral infligida por propia mano, de modo que quedaron extinguidos irrevocablemente la mayoría de sus memorias, descubrimientos, ideas y pasiones. La pérdida fue incalculable. En algunos casos sólo conocemos los atormentadores títulos de las obras que quedaron destruidas. En la mayoría de los casos no conocemos ni los títulos ni los autores. Sabemos que de las 123 obras teatrales de Sófocles existentes en la Biblioteca sólo sobrevivieron siete. Una de las siete es Edipo rey. Cifras similares son válidas para las obras de Esquilo y de Eurípides. Es un poco como si las únicas obras supervivientes de un hombre llamado William Shakespeare fueran Coriolano y Un cuento de invierno, pero supiéramos que había escrito algunas obras más, desconocidas por nosotros pero al parecer apreciadas en su época, obras tituladas Hamlet, Macbeth, Julio César, El rey Lear, Romeo y Julieta.

Notas
1. Llamadas así porque pueden obtenerse cortando un cono en diferentes ángulos. Dieciocho siglos mas tarde Johannes Kepler utilizaría los escritos de Apolonio sobre las secciones cónicas para comprender por primera vez el movimiento de los planetas.
2. La palabra cosmopolita fue inventada por Diógenes, el filósofo racionalista y crítico de Platón.
3. Con la única excepción de Arquímedes, quien durante su estancia en la Biblioteca alejandrina inventó el tornillo de agua, que se usa todavía hoy en Egipto para regar los campos de cultivo. Pero también él considero estos aparatos mecánicos como algo muy por debajo de la dignidad de la ciencia.

Por Carl Sagan (COSMOS)

LOS DIRECTORES DE LA BIBLIOTECA

El primer directo d la Biblioteca fue Zenòdoto de Efeso (325-260 a.C.). Su labor mas recordada consistió en la edición de clásicos como Homero. Riguroso, marcaba con signos los versos dudosos y orientaba al lector al explicar el sentido de las frases difíciles. Algunos autores consideran a Zenódoto como el responsable de haber dividido los poemas homéricos en 24 libros. Uno de sus principales escritos fue una Vida de Homero, en el que discutía todas las leyendas en torno al gran poeta épico.

Apolonio de Rodas (fl. h. 295 a.C), poeta, sucedió a Zenódoto en la biblioteca, y como buen discípulo, lo atacó violentamente en Contra Zenódoto, donde evidenció los errores conceptuales y gramaticales de la edición de Homero. De modo inexplicable, Apolonio fue destituido de su cargo, a pesar de haber sido tutor de Ptolomeo III Evergétes, quien no sintió el menor agradecimiento por él y nombró a Eratóstenes como director.

Eratóstenes (276-195 a.C.) fue designado director tras la marcha de Apolonio y modificó la imagen de los bibliotecarios al combinar su actividad crítica con la científica. Era originario de Cirene y en su juventud había viajado a Atenas, en busca de conocimiento. Se convirtió allí en discípulo de Zenón de Citio, y escuchó a los filósofos Aristón de Quíos y Arcesilao de Pitane. Ávido de saber, aprendió matemáticas en la Academia, la escuela de filosofía de Platón.

Al asumir la dirección de la biblioteca, Eratóstenes emprendió una gestión que combinaba la investigación científica con la literaria. Sorprendió a todos al medir la circunferencia de la Tierra en 252.000 estadios (unos 39.690 kilómetros). Hoy en día, las mediciones, mejoradas con satélites y computadoras, han calculado la longitud de la circunferencia terrestre en 40.067,96 kilómetros. Consciente de no ser un gramático como sus antecesores, Eratóstenes se llamó a sí mismo filólogo?19 Murió porque se negó a comer.

Calimaco de Cirene (310-240 a.C.),120 para algunos director y para otros simplemente colaborador121 de la biblioteca, se enfrentó a Apolonio y lo ridiculizó en decenas de ingeniosos epigramas. También atacó a Platón y lo consideró un pésimo crítico literario, enemigo de la verdadera poesía. El Léxico de Suda atribuye a Calimaco la paternidad de 800 rollos de papiro, de lo que apenas queda una colección de 6 himnos, 63 epigramas algunas elegías, y cientos de fragmentos recopilados.

Calimaco demostró ser un escritor competente, pero como bibliotecario contribuyó con un aporte insoslayable en la historia de los estudios bibliográficos. Durante meses, hizo un catálogo biobibliográfico de los clásicos más relevantes contenidos en la biblioteca de Alejandría. El título de este trabajo, que ocupó 120 libros, era Tablas de todos los que fueron eminentes en literatura en todos los géneros.

El método consistió en dividir las obras en más de ocho géneros: retóricos, legisladores, misceláneos, filósofos, historiadores, médicos, poetas épicos, poetas trágicos y poetas cómicos. Según Ateneo, Calimaco tenía la costumbre de concluir sus reseñas con el número de líneas de las obras completas de los autores. También dejó otro catálogo titulado Tabla de escritores dramáticos ordenados cronológicamente desde los primeros tiempos.

Calimaco tuvo seguidores. El más conocido acaso fue Hermipo de Esmirna (III a.C.),126 historiador y filósofo. Además de él, Calimaco encontró alumnos diligentes en Istro de Cirene (siglo III a.C), compilador de materiales históricos, y Filostéfano, geógrafo.

Aristófanes de Bizancio (257-180 a.C.) obtuvo el cargo de director de la biblioteca en el 195 a.C. Gramático respetado, constituyó la escuela analógica y editó a Homero; se ganó, además, el derecho a establecer los nombres de los clásicos obligatorios en toda Grecia. Sus léxicos de arcaísmos y revisión de las Tablas de Calimaco le garantizaron adeptos incondicionales.

Aristarco de Samotracia (220-143 a.C.) ascendió a la dirección de la biblioteca apoyado por su antecesor, para quien la continuación de los estudios gramaticales era un asunto de honor. En 800 libros comentó a los principales poetas y delimitó importantes problemas propios de la obra de Homero. De él, como del resto de los mencionados (excepto Apolonio de Rodas), no ha sobrevivido siquiera un tratado íntegro.

Algunos ayudantes de la biblioteca fueron recordados por haber sido, ante todo, notables escritores. Licofrón de Calcis (fl. 257 a.C), asesinado con flechas, sobresalió por su doble condición de creador y crítico. Afortunado, es uno de los pocos autores de quien leemos un extenso poema íntegro (Alejandra en 1.474 versos), aunque sus versiones críticas no existan.

Otro notable autor de la escuela de Aristarco fue Dídimo de Alejandría (65a.C-10 d.C), gramático apodado Calcentéreo por unos y Bibliólata por otros (debido a su facilidad para olvidar lo escrito al terminar un libro), autor de unos 3.500 rollos completamente perdidos. Apoyado por los catálogos, escribió comentarios a cada uno de los poetas y estudió con profusión la estructura de la prosa de los oradores.

El asesinato de Ptolomeo VII Neofilopátor, hacia el 144 a.C, desató una crisis. Aristarco y todo su grupo de seguidores, sin vacilaciones, huyeron de Alejandría. Ptolomeo VIII, a quien sus contemporáneos odiaban, designó como director de la biblioteca a un militar sobre quien desconocemos absolutamente todo. Desde ese momento, no se supo nada más de los bibliotecarios.

Fuente Consultada: Historia Universal de la Destrucción de los Libros de Fernando Báez

PARA SABER MAS...
¿Qué era el museo de Alejandría?
El museo estaba colocado bajo la advocación de las Musas. Sus grandes edificios alojaban a sabios de todos los países, físicos, matemáticos, astrónomos, médicos y geógrafos que en e; tenían a su disposición colecciones científicas y verdaderos laboratorios. Además de proseguir sus investigaciones, impartían cursos. Euclides redactó allí sus 13 libros, base de las matemáticas durante 20 siglos. Arquímedes perfeccionó sus descubrimientos técnicos. Eratóstenes determinó la circunferencia de la tierra, y Erasístrato llegó a establecer la diferencia entre nervios motores y nervios sensitivos.

¿Qué papel desempeñaron las grandes bibliotecas?
La biblioteca de Pérgamo contaba con 400.000 volúmenes, y la de Alejandría con 700.000. Resultado del mecenazgo de los reyes, constituyeron formidables instrumentos de trabajo para los sabios. En ellas tuvo su origen. por otro lado, una nueva ciencia, la Filología que apareció en Alejandría. Gramáticos y eruditos se dedicaron en dichos establecimientos al estudio crítico de los textos griegos, llegando a efectuar ediciones de los poemas de Hornero y de Hesíodo. Así, Aristarco en Alejandría, y Grates de Malos en Pérgamo.

¿Cuál fue el destino de Atenas?
La ciudad perdió su poderío político, pero siguió siendo próspera. Vivió del comercio del trigo, de la alfarería y, en el s. I a.C., de las reproducciones de sus obras maestras antiguas con destino a los romanos hacendados. Pero su principal labor emanó cada vez más de su procedimiento educativo. Al formar profesores difundió en ,el mundo helenístico sus métodos fundados en el gimnasio, lugar de formación del cuerpo y el espíritu.

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Sonico Meneame

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