Una de las
familias más poderosas del siglo XV fue la de los Borgia. Este núcleo valenciano
(Borgia es la italianización del apellido Borja) intentó someter a media Italia,
bajo el influjo de la Santa Sede, hasta el punto de querer convertirla en una
pseudo-monarquía hereditaria. En la actualidad, Italia se encuentra unificada,
pero en el renacimiento estaba conformada por un puzzle de ducados,
repúblicas y reinos. Dentro de esta poderosa familia, tres de sus miembros han
pasado a la historia: el Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y sus hijos César y
Lucrecia.
Rodrigo de
Borja nació en Játiva, cerca de Valencia, el 1 de enero de 1431. Su tío materno
(en ese momento era Obispo de Valencia y luego se convertiría en Calixto III) lo
envió a estudiar a Bologna y en febrero de 1456, cuando tenia 24 años, fue
nombrado diácono cardenal. Gracias a sus contactos con los monasterios y
obispados, Rodrigo se convirtió en vice-cónsul de la Santa Sede en 1457, una
sede que, manteniéndola bajo los cuatro papas siguientes, le permitió acumular
una vasta fortuna de tal manera que fue reconocido como el segundo cardenal más
rico.
Así, Rodrigo
prosperó rápidamente en los tres años que su tío fue pontífice, además realizaba
estudios legislativos en la Univesidad de Bologna. En este período, Calixto III,
encomendó a su sobrino numerosas misiones, la más destacada fue el Oficio de
Vicecansiller Vaticano, lo que le permitiría al futuro Alejandro VI ponerse en
contacto con aquellas redes neurálgicas que estructuraban el complejo estado.
Cuando
Calixto III falleció, en 1458, Rodrigo había tejido las alianzas necesarias para
mantenerse en la “tupida telaraña del poder”. Pronto se estableció en Roma sin
perder contacto son Valencia. Más allá de sus numerosas obligaciones, no
descuidó sus relaciones privadas. Así, tuvo 10 hijos conocidos a lo largo de su
vida, ya sea siendo Cardenal o Pontífice. De sus hijos se destacaron César,
Juan, Lucrecia y Jofre, frutos de su romance con Vanozza Catanei, su amante
preferida. Sólo estos cuatro fueron reconocidos como los legítimos Borgia, los
otros, representaron un papel más modesto, y fueron relegados al ostracismo en
la mayor parte de los casos.
SU ELECCIÓN
PAPAL: la venta de cargos era una práctica común en la Roma del renacimiento: se
vendían indulgencias, se remataban capelos cardenalicios y hasta el puesto de
sumo pontífice. Sin embargo, Rodrigo debió ofrecer una suma considerable, porque
su contrincante, el Cardenal Della Royere) era un candidato con un respaldo
económico considerable.
El papado
le costó a Rodrigo Borgia centenas de miles de ducados, además de favores y
títulos. El contexto a finales del conclave dibujaba un panorama complicado:
Della Royere contaba con un depósito de 200.000 ducados de oro del rey de
Francia, más otros 100.000 de la República de Génova. Incluso, era el protegido
del rey francés y contaba con los votos de los cardenales de ese país. Y
solamente quedaban cinco votos para comprar. No obstante, a Borgia no le faltaba
dinero y estaba dispuesto a arriesgar su capital para asegurarse un buen
negocio, tal vez el mejor de la época: ser Papa. De esta manera, al mayor de sus
rivales, el cardenal Sforza de Milán, le envió cuatro mulas cargadas de plata,
el cardenal aceptó y con eso obtuvo su apoyo; al cardenal Orsini le cedió varios
castillos y, de esa manera, se aseguró la ayuda de esa familia romana. Además,
decidió regalar algunas abadías y mansiones. Ya casi sin nada que ofrecer,
descubrió que aún le faltaba un voto. Sin embargo, el Cardenal Gherardo de
Venecia, se lo concedió de manera gratuita. La razón de este apoyo gratuito, los
historiadores se lo atribuyen a su senilidad, ya que tenía 96 años.
Luego de
esta búsqueda de contactos, Borgia consiguió su objetivo, fue elegido Papa por
la cónclave de 1492, como bien se demuestra, esta elección atendió a cuestiones
políticas mas que religiosas. Della Royere, consciente de la situación a la que
se hallaba expuesto, huyó para salvar su vida y no regresó hasta diez años
después, luego del fallecimiento del Papa Alejandro. Se comenta que durante la
ceremonia, Giovanni de Médici le susurró al cardenal Cibó: “Ahora ya estamos en
las garras del que quizá sea el más sanguinario de los lobos, o huimos o, qué
duda cabe, nos devorará a todos”.
Como se
expresó anteriormente, el Papa Alejandro había sido con anterioridad
vicecanciller de la Iglesia, general de sus ejércitos y prefecto de Roma.
Incluso se había convertido en una persona de confianza para los cuatro papas
precedentes. En realidad, era un sagaz diplomático desempeñando funciones de
legado de la Santa Sede ante las cortes europeas. Demostraba con toda certeza
que reunía, pues, las condiciones precisas para gobernar unos estados —los
pontificios— que buscaban su engrandecimiento territorial y político, ajenos a
que constituían el patrimonio material de una organización eclesiástica de
finalidad exclusivamente espiritual.
Y
realmente, Alejandro VI realizó un magistral “gerenciamiento” de su tiempo, ya
que supo coordinar variadas actividades, una implacable persecución de sus
enemigos (reales o imaginarios), conjuntamente con el manejo de la vida marital
de su hija Lucrecia, para obtener más poder, sin dejar las múltiples correrías
eróticas, que no pensaba abandonar por ocupar la silla de Pedro.
LA VIDA OSCURA
DE ALEJANDRO VI: A lo largo de su vida Rodrigo matizaba su vocación y su carrera
eclesiástica con su tendencia a los variados placeres eróticos. De esta forma,
eran conocidos sus amoríos con una viuda y también con su hija, Vanozza Catanei,
quien fue el amor de su vida (según sus biógrafos). Además, en su juventud
protagonizó una orgía en Siena de la cual fueron excluídos maridos, novios,
hermanos y deudos, con el objetivo de que no existieran incómodas trabas a la
hora de expresar la lujuria. Asimismo, otra orgía organizada en unas termas (una
suerte de “spa” erótico de avanzada) le valió en su momento las severas
reprimendas del papa Pío II.
El hecho más
significativo de la vida del Papa Alejandro VI fue el asesinato que cometió a la
edad de 12 años. En su España natal, entre juego y juego, el jovenzuelo no
vaciló en hundir repetidas veces su arma blanca (como veremos luego, afición que
se repite en la familia) en el estómago de otro infortunado niño.
Como
anteriormente se mencionó, Alejandro VI tuvo diez hijos ilegítimos conocidos.
Cuatro de sus hijos los había concebido con Vanozza Catanei, su supuesto gran
amor. Sin embargo, ese amor se fue extinguiendo. De esta forma, a la edad de 58
años tomó otra amante, Giulia Farnese, joven de sólo 15 años, recién desposada
con Orsmo Orsini. El marido de Giulia, nunca demostró incomodidad ante el hecho
de que su esposa fuera famosa en toda Italia con dos motes: uno muy literal: “la
ramera del papa” y otro más agudo, del orden de la ironía: “la esposa de
Cristo”.
Giulia, que
era muy bella —Rodrigo Borgia siempre tuvo un gusto exquisito para elegir sus
mujeres— no era tonta y, además, buena hermana ya que aprovechó su relación con
el Papa para conseguir el capelo cardenalicio para su hermano, el futuro Pablo
III. Como se puede apreciar, los italianos eran afectos a los motes e hicieron
también lo suyo con el hermano de Giulia: sabiendo que el título de cardenal de
su hermano era fruto de sus manejos, no tardaron en nombrarlo como “el cardenal
enaguas”. Con Gíulia, el papa tuvo una hija, Laura. En vano fueron los intentos
por hacerla pasar por una Orsini (y asi salvarla de su condición de hija
ilegitima) ya que Laura era el vivo retrato de su padre.
Alejandro VI
tuvo dos hijos más con Giulia, Juan y Rodrigo. Sin embargo, el respeto por la
vida familiar no era una costumbre del pontífice, paralelamente seguía
manteniendo orgías sexuales. En relación con ellas, Alejandro VI disfrutaba
tanto de ser un participante activo como de ser un simple voyeur que se
complacía con sólo mirar. No obstante, otro rumor que causaba un gran escándalo
eran las supuestas relaciones incestuosas entre Alejandro VI y su hija Lucrecia.
Pero por ahora no ahondaremos en esos detalles porque la vida de Lucrecia como
la de su hermano César serán tratados en apartados diferentes.
Alejandro,
padeció sífilis, sin embargo no fue esa enfermedad la que causó su muerte.
Sucedió durante unas de las tantísimas noches de placer a las que el papa era
tan afecto. Se cuenta que su muerte fue presagiada por un extraño suceso: en
plena luz del día, un búho entró volando por la ventana y expiró a los pies del
pontífice. Cuando el sol cayó, comenzó el habitual jolgorio donde no faltaban
mujeres y vino a granel. Pero, parte del vino estaba envenenado. La versión más
verosímil afirma que el mismo César había vertido veneno en la bebida (que debía
ser ingerida por unos ricos cardenales a los que era preciso eliminar) y que,
por equivocación, el brebaje envenenado fue a dar a la boca del papa y hasta del
mismo César. El veneno que causó la muerte del pontífice era cantarella,
poderoso veneno inventado por el mismo hijo del prelado, que combinaba una dosis
letal de arsénico, con vino y menudos de pollo. Sin embargo César, debido a su
juventud y fortaleza, pudo recuperarse. Su padre no contó con la misma suerte,
las sales arsenicales minaron su estómago y, durante horas, agonizó en su lecho
con la cara amarilla, los ojos inyectados en sangre y sin poder deglutir. Luego,
su rostro se tomó morado, sus labios se hincharon monstruosamente y su piel
comenzó a descortezarse.
Cuando el
cadáver fue colocado entre dos cirios encendidos, se había tomado de un profundo
color negro y de su boca manaba abundante espuma. A esa altura, el cuerpo había
perdido toda forma humana y era tan alto como ancho. Y por más que su previsor
hijo César había ordenado sellar la habitación para que los codiciosos
cardenales no pudieran saquearla, éstos fueron más fuertes que la orden y se
abalanzaron sobre el horrendo cadáver para hacerse de las joyas que hubieran ido
a dar (de manera infructuosa) a una tumba. Luego de que los presentes saquearon
el cuerpo, fue todo un trabajo ponerlo en el ataúd pero, a fuerza de presión y
de golpes, lograron introducirlo en el féretro. Lo que no resultó posible fue
colocar la tapa y el heredero de Pedro debió contentarse con ser tapado con un
tapiz.
Luego se
procedió a trasladar el cadáver. En un principio, los sacerdotes no autorizaron
su entrada para ser enterrado en la basílica. Finalmente accedieron y se
depositó el féretro, por un breve lapso, en la cripta de San Pedro. En 1610, los
despojos fueron expulsados de la basílica y, en la actualidad, reposan en la
iglesia española de Vía de Monserrato. Alejandro VI fue precoz asesino, hábil
político, instigador, asistente a orgías y supuesto padre incestuoso. Más allá
de estas macabras características, fue un sincero devoto de la Virgen María e
impulsó la costumbre de tocar el Angelus tres veces al día.
Fuente Consultada: Basado en Wikipedia y La Vida de los
Papas S. Fontana- Traidores de Cristo René Chandelle