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El cólera —una afección que es
endémica en la India y en algunos países tropicales, y que produce brotes
epidémicos en algunas regiones de clima templado, como la Argentina— no es una
enfermedad nueva. A principios del siglo XIX, Europa sufrió varias epidemias que
llegaron de Oriente. Los especialistas estaban cada vez más seguros de que el
contagio se producía a través del agua.
El cólera tiene su origen en los deltas pantanosos y densamente poblados de los
ríos indios Ganges y Brahmaputra. Desde allí, hace tiempo que se extendió a Asia
y África. Es una enfermedad de la mucosa intestinal y una de las peores
epidemias de la humanidad; en la primavera de 2006 todavía causó varios miles de
víctimas mortales en África y más exactamente en Angola y Sudán.
En
1854 se produjo un brote de cólera en Londres. El médico inglés John Snow
(1813-1858) estudió la incidencia geográfica de dicha enfermedad y la comparó
con la red de suministro de agua. Descubrió, por ejemplo, que quinientos de los
casos diagnosticados correspondían a personas que vivían en un radio de pocas
manzanas.
Esas familias obtenían el agua de una bomba que la extraía a muy pocos
metros de una tubería de desagüe. Snow consiguió que la bomba dejara de
utilizarse, y la incidencia del cólera disminuyó enseguida.
John Snow
(1813-1858), ciudadano ejemplar y el médico útil.
Demostró que el cólera se transmite por el agua contaminada, y él hizo el arte
de la anestesia una ciencia.
Snow
no podía saberlo, pero el microorganismo responsable del mal era el Vibrio
cholerae, una bacteria que fue descubierta casi cuarenta años más tarde por
el microbiólogo alemán Robert Koch (1843-1910). El Vibrio cholerae se
propaga por el agua y los alimentos contaminados con las heces de los enfermos.
Los
síntomas del cólera se manifiestan rápidamente. Los pacientes sufren una diarrea
intensa, que les provoca deshidratación porque pierden un gran volumen de
líquido y de sales minerales. En los casos más severos aparecen vómitos y
calambres.
Lo
más importante es reponer enseguida las sales y los líquidos perdidos, en forma
oral o intravenosa. La recuperación es rápida, en general la enfermedad no se
prolonga más de una semana. Sin embargo, sin la terapia adecuada la tasa de
mortalidad del cólera sobrepasa el 50%.
El Vibrio cholerae produce una
enterotoxina que estimula la eliminación
de líquido, y que es la responsable de los síntomas de la enfermedad. Las
últimas investigaciones apuntan a diseñar una vacuna que posea esta toxina en
forma inactiva, para que el organismo adquiera inmunidad.
Medidas preventivas:
Lo más importante para prevenir el cólera es
tener buenas infraestructuras para el abastecimiento de agua limpia para el
consumo humano y canalización de las aguas residuales como alcantarillado.
También es necesario tomar medidas higiénicas como lavarse bien las manos en la
preparación y conservación de los alimentos. La vacuna inyectable que se
utilizaba en el pasado ya no se recomienda. Existen vacunas orales, pero su
protección no es del 100% por lo que se recomienda seguir igualmente las medidas
higiénicas en las zonas con cólera.
El hígado cumple una función muy importante en nuestro organismo.
Es un órgano más voluminoso de
nuestro cuerpo, y uno de los más importantes
en cuanto a la actividad metabólica
del organismo, órgano esencial para la vida y tiene por funciones: secretar la
bilis, formar el glucógenos, fijar la grasa, convertir las sustancias
nitrogenadas en urea, contribuir a la formación y destrucción de los hematíes y
neutralizar, fijar o destruir los venenos, toxinas o bacterias.
Es el encargado de
neutralizar las sustancias tóxicas que ingresan en el cuerpo y que podrían
producimos un daño enorme. Así, las alteraciones del funcionamiento hepático
pueden provocar consecuencias graves. En algunos casos, el problema es tan serio
que es necesario reemplazar el órgano dañado. Pero
existen otros trastornos bastante más frecuentes en los que se produce una
inflamación aguda del hígado. A estas afecciones se las agrupa bajo el nombre de
Hepatitis.
Existen tres clases distintas de esta enfermedad. Las formas B y C son las más
peligrosas, se transmiten por transfusiones de sangre o por contacto sexual. La
hepatitis A, en cambio, se contagia por vía digestiva, a través de alimentos,
excreciones de insectos, agua o heces contaminadas. Las
hepatitis A y B son las más frecuentes. La hepatitis A, la más benigna de las
tres, es endémica en algunos países de América Central y toda la población la
contrajo alguna vez.
Las
tres formas de hepatitis son causadas por virus, pero sólo para las formas A y B
existen vacunas que se administran preventivamente (antes de contraer la
enfermedad). La hepatitis A es curable y en general no presenta complicaciones.
La B y la C, en cambio, pueden volverse crónicas y derivar en cirrosis o cáncer
de hígado, y requerir un trasplante del órgano. Como en todas las enfermedades,
es fundamental el diagnóstico precoz, mediante chequeos periódicos, si se
sospecha haber estado en contacto con una persona enferma.
La
hepatitis C es causada por el virus HCV (por su sigla en ingles), causa
inflamación hepática, suele ser asintomática, si no es detectada y
tratada en forma temprana puede producir fibrosis, cirrosis, e incluso cáncer
hepático (hepatocarcinoma). El virus fue reconocido, recién en el año 1989,
antes se denominaba hepatitis no A -no B, hasta que finalmente se la identificó
como Hepatitis C y se estudió las características de este virus, que difiere de
las otras formas de hepatitis. Una de las principales características de la
Hepatitis C es que en la mayoría de los casos no presenta síntomas visibles,
hasta que no está en un período avanzado o bien en su etapa aguda, que muchas
veces es confundido con un malestar hepático, dado que los síntomas de su etapa
aguda suelen permanecer poco tiempo.
Si la
infección ha estado presente durante muchos años, el hígado puede tener
cicatrización permanente, una afección llamada cirrosis. En muchos casos, puede
no haber síntomas de la enfermedad hasta que se haya desarrollado la cirrosis.
La fiebre tifoidea es una
enfermedad contraída y transmitida sólo por la especie humana. En este caso, la
“mala de la película” es la salmonela (Salmonella typlti, S. paratyphi y S.
schottmülleri), una bacteria que se contagia cuando se ingiere agua, leche o
alimentos que hayan estado en contacto con las heces o la orina de los
portadores o enfermos.
En la
mayoría de los casos la infección se produce por consumir bebidas y alimentos
contaminados. Destacan: la leche, el queso, los helados y otros derivados
lácteos, los mariscos que crecen en lugares cercanos a puntos de eliminación de
las aguas residuales, las verduras regadas con aguas fecales, los huevos,
algunas carnes y el agua.
La enfermedad se manifiesta unas tres semanas después del contacto con la
bacteria y los síntomas más frecuentes son vómitos y diarreas, acompañados de
escalofríos, sudoración, cansancio, fiebre alta y fuertes dolores. Cuando no se
trata, llega a perforar los intestinos. Una complicación poco frecuente de la
fiebre tifoidea es la parálisis ascendente, que se apodera poco a poco del
cuerno e impide la respiración.
La evolución puede ser hacia la
curación o complicarse con lesiones cardiacas severas, hemorragias
gastrointestinales que pueden llegar a la perforación intestinal, alteraciones
neurológicas importantes o cronificar la infección, dando lugar al estado de
portador.
El
tratamiento consiste en la administración de antibióticos, especialmente el
dorainfenicol, que da muy buenos resultados. En las ultimas décadas la
incidencia de la enfermedad ha disminuido gracias a la pasteurización de la
leche, la mejora de los sistemas sanitarios y la potabilización del agua.
Algunas medidas de prevención son:
-
Higiene básica, como
lavarse las manos antes de comer.
-
No comer alimentos
preparados en puestos callejeros
-
No tomar bebidas con
hielo
-
Abstenerse de tomar
infusiones o té en lugares que no gocen de su
confianza, a no ser que se hayan tratado
correctamente o se hayan preparado con agua mineral.
-
No ingerir productos
lácteos, excepto si está completamente seguro de que
han sido pasteurizados.
-
Las verduras y
hortalizas han de consumirse cocidas y cuando aún
estén calientes. Si prefiere consumirlas crudas,
debe sumergirlas previamente, durante al menos cinco
minutos, en una solución de agua potable clorada con
cuatro gotas de lejía de una concentración de 50
gramos de cloro por litro.
-
La fruta debe ser
lavada antes de pelarla.
-
Los pescados y
mariscos no deben consumirse crudos
(Fuente Consultada:www.dmedicina.com)
El botulismo
es la enfermedad
“emblemática” en la tecnología de alimentos.
Es una de las
patologías más comunes provocadas por toxinas. La enfermedad es producida por
una bacteria, el Clostridium botulinum. Se manifiesta con un cuadro
neurológico muy grave y sólo un tercio de las personas afectadas sobrevive. El
botulismo no es una infección, sino una intoxicación.
Se
conocen tres formas de botulismo: la de origen alimentario (clásica); el
botulismo por heridas (cuadro raro, producido por la contaminación de una herida
en la cual surge un medio anaeróbico) y el botulismo del lactante. La diferencia
entre estas tres formas es el sitio de producción de la toxina, pero en todas
actúa la neurotoxina botulínica, la cual lleva a una parálisis fláccida al
bloquear la liberación de acetilcolina, un neurotransmisor, en las
uniones sinápticas y neuromusculares.
Los
síntomas comienzan a manifestarse rápidamente, entre 18 y 24 horas después de la
ingestión de la toxina, entre ellos disfagia, boca seca, trastornos visuales
como diplopía (visión doble) , incapacidad para deglutir y para hablar. No hay
fiebre ni síntomas gastrointestinales. La muerte se produce por parálisis
respiratoria o paro cardíaco.
El
botulismo, produce un cuadro grave de parálisis en algunos nervios y músculos
del cuerpo.
Es muy poco frecuente gracias a las numerosas formas de prevención existentes,
pero de contraerla, la mortalidad sin tratamiento es del 60% y con él es del
20%.
El
botulismo del lactante afecta sobre todo a niños menores de un año y es debido a
la ingestión de esporas, y no de la toxina preformada, como en el caso del
botulismo de origen alimentario. La miel es un vehículo común para la
diseminación de as esporas. Los primeros síntomas son: estreñimiento; letargia;
intranquilidad; falta de apetito; dificultad para deglutir; pérdida de control
de la cabeza e hipotonía.
La
enfermedad evoluciona hasta producirse una debilidad generalizada y, en algunos
casos, insuficiencia y paro respiratorios. Algunos estudios sugieren que el 5%
de los casos del síndrome de muerte súbita del lactante se debe al botulismo. El
tratamiento del botulismo de origen alimentario y el causado por heridas
consiste en la inyección de la antitoxina botulínica (un producto equino), que
es efectiva si se la administra rápidamente.
La bacteria que produce esta
patología proviene del suelo, pero crece y se multiplica sobre todo en vegetales
y también en animales. El Clostridium
botulinum se desarrolla en ausencia de oxígeno, por lo que los alimentos
enlatados mal conservados son un lugar ideal para su desarrollo. Además, al ser
una bacteria esporulada soporta la temperatura de 100° C durante 7 horas, lo que
hace que en ninguna conserva de baja acidez (alto pH, por encima de 4,5)
esterilizada en Baño María se haya destruido la espora en caso de encontrarse en
el producto elaborado.
Las
principales fuentes de diseminación del botulismo son: hortalizas y frutas
ensaladas en el hogar; vísceras de peces sin cocinar; salchichas o carnes
ahumadas o en conserva; mariscos, etc. Para que haya botulismo, se da una
cocción inadecuada durante el envasado, sin una cocción ulterior suficiente
Algunas medidas preventivas
(Fuente Consultada:www.alimentacion-sana.com.ar)
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