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El chocolate
Otro alimento que hizo verdadero furor en Europa fue, el chocolate. Igual que el
café o el té, el chocolate, es un estimulante cuyo principio activo es la
teobromina, que significa «alimento de. los dioses». Este calificativo nos da
una descripción mucho más exacta de su uso que cualquier apoyo botánico.
En el Méjico azteca, donde por primera vez ¡o
vieron los europeos, el cacao era la bebida favorita de los emperadores, que
eran considerados dioses. El primer europeo que probó el chocolate fue Cortés,
invitado por Moctezuma, que se lo ofreció servido en una calabaza dorada.
Para preparar el chocolate, los mejicanos recogían
los frutos del árbol del cacao, que siempre está verde y cuyas flores amarillas
se parecen a las rosas. Luego partían las frutas y las exponían al sol hasta que
«sudaban». El siguiente paso consistía en moler las vainas en un molino que
llamaban metatl.
Thomas Gage, un inglés que iba a estar muy
relacionado con el chocolate, asegura que su nombre procede de la onomatopeya
choco-choco, que imita el chasquido del chocolate al entrar en contacto con
el agua, y de atle, el nombre del molino.
El chocolate era tan caro que difícilmente pudo
ser la bebida habitual de los campesinos pobres. En Méjico se utilizaba como
dinero en lugar de las monedas, de las que nunca se sirvieron los aztecas. Las
vainas de cacao se empaquetaban en bultos de 24.000 unidades, y éstos se
constituían en la medida estándar del dinero, con los
que los mejicanos y los mayas pagaban sus impuestos.
Tal y como lo tomaron Moctezuma y Cortés, el
chocolate era una bebida fría, no líquida, pero sí batida hasta conseguir una
consistencia parecida a la de la miel, por lo que había que tomarlo con cuchara.
Se mezclaba con toda clase de especias, incluyendo una que todavía se le añade
hoy en día: la vainilla. Los aztecas, además le ponían con frecuencia maíz
molido a su chocolate.
En manos europeas, el chocolate sufrió un
considerable cambio. Se convirtió en una bebida auténtica, pues era tan caro que
había que mezclarlo con agua. Sin embargo, se seguía batiendo y añadiéndole una
gran variedad de especias, según la fórmula propia de cada consumidor.
Lo más probable es que los aztecas le introdujesen
varios afrodisíacos naturales. De, hecho, tanto los franceses como los ingleses,
consideraban al chocolate como un afrodisíaco. Resulta característico de ambos
temperamentos nacionales el que, mientras los franceses bebían chocolate sin
ninguna prevención, estaban muy preocupados respecto al café, pues sus médicos
les habían asegurado que los dejaría impotentes. Los ingleses, por su parte,
estiman muy tranquilos con el café, pero les preocupaban los efectos que pudiera
tener el chocolate sobre la castidad de las mujeres (la castidad de los hombros
no se consideraba tan importante).
Al final del siglo XVIII ya no se consideraba que
el chocolate pudiese poner en peligro la virtud femenina. Se tomaba en toda
Europa, y fue una de las bebidas que hizo posible la revolución intelectual
europea, conocida
como el Siglo de las Luces. Las damas francesas de cierto rango organizaban
reuniones, y en sus salones se servía café o chocolate a sus imitados, que eran
todos intelectuales y hombres, excepto la anfitriona. Mientras sorbían su
chocolate discutían sobre los temas de actualidad y de política, como el de si
los poderes del rey de Inglaterra deberían ser limitados, o lo que se podría
hacer para mejorar la suerte cíe los campesinos.
El chocolate había perdido completamente su
exótica reputación, hasta tal punto que con frecuencia lo bebían las colegialas
y las monjas. Una de las entusiastas de esta bebida fue Madame d'Arestrel,
superiora del convento de la Visitación de Belley, y que tenía un joven amigo
llamado Anselme Brillat-Savarin.
La Revolución Francesa hizo que Anselme tuviese
que emigrar a Nueva York, donde tuvo que ganarse la vida tocando el piano en una
orquestina mientras pensaba en su gran obra gastronómica. En ella habría de
incluirse la receta que la madre superiora de Belley le había proporcionado para
hacer un buen chocolate.
«Hazlo en un recipiente de porcelana la noche
antes de que quieras beberlo. Luego déjalo reposar toda la noche. Con este
reposo adquiere una concentración y una textura aterciopelada que lo mejora
infinitamente. Dios no nos guardará rencor por este pequeño refinamiento. Al fin
y al cabo, ¿no es Él todo perfección?»
Fuente Consultada:
La Búsqueda de las Especias de
Ritchie |