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Se trata de uno de los solteros
más codiciados y, al mismo tiempo, de una “oveja negra” de esa elite por haber
integrado las fuerzas radicales que años antes revolucionaron la provincia de
Buenos Aires. Ambos rasgos, el de “niño bien” y el de político radical, son
constantes en su vida.
Su
familia era de “abolengo patricio” por ambas ramas. Hijo del primer intendente
de la ciudad de la Capital, el roquista Torcuato de Alvear, y de Elvira Pacheco,
nació el 4 de octubre de 1868 en la ciudad de Buenos Aires. Máximo Marcelo
Torcuato de Alvear era el menor de siete hermanos, y como tal el mimado de su
madre, que buscaba en él consuelo por la prematura muerte de tres de sus hijos.
Por el lado paterno, era nieto del general Carlos María de Alvear, miembro de la
Logia Lautaro, vencedor de Montevideo, director supremo en 1815, comandante en
jefe del ejército republicano en la guerra contra el Brasil, que pasó de
unitario a diplomático rosista. El abuelo materno era el general Ángel Pacheco,
veterano de las guerras de la Independencia y principal jefe de los ejércitos de
Rosas, derrotado en Caseros.
Mal alumno en el Colegio Nacional de Buenos Aires,
culminó sus estudios medios en Rosario, y en 1886 ingresó en la Universidad
porteña para cursar abogacía. Allí, se sumó a los jóvenes que se oponían al
“unjcato” de Miguel Juárez Celman y convocaron al mitin del Jardín Florida de ll
de septiembre de 1889. Su firma, junto a muchas otras, apareció en el manifiesto
que proclamaba “la resolución de los jóvenes de ejercitar los derechos políticos
del ciudadano, animados de grandes ideales y para
provocar el despertamiento de la vida cívica
nacional”.
A los 23 años, Marcelo adhiere
al liderazgo naciente de Yrigoyen y se proyecta como su discípulo dilecto. En la
zona chacarera de la bonaerense Chacabuco garantiza la limpieza de los comicios
para gobernador de 1892. En la revolución del ‘93, toma el estratégico nudo
ferroviario de Temperley. Además, con menos de cien voluntarios se apodera de la
comisaría local. Tres días después llega Yrigoyen y consolida el triunfo. El
radicalismo celebra una asamblea en Lomas de Zamora que designa a Juan Carlos
Belgrano gobernador provisorio y Alvear es nombrado su ministro de Instrucción y
Obras Públicas. Ante la intervención federal, los radicales deponen las armas,
pero Marcelo se ha probado ya en la primera línea de combate.
Un
dandy del 900:Cierto ceceo que Marcelo trataba de dominar no le impidió ser un afable
conversador y animador de tertulias, aunque, si se ponía de mal humor, resultaba
bastante violento. Le dedicaba muchas horas a las prácticas atléticas, la
natación, el box y el tiro al blanco. Frecuentaba el Jockey Club, la Sociedad
Sportiva y el Círculo de Armas. Alvear disfruta y derrocha su fortuna que, cada
tanto, se recupera con el fallecimiento de alguna tía rica. Es hombre de la
noche, aunque no muy mujeriego, e invariablemente se instala en Mar del Plata
durante el verano. En las juergas suele ser un poco “suelto de lengua” y amigo
de hacer bromas pesadas.
Rápidamente pierde su juvenil cabellera ensortijada, y
será “el Pelado” para los caricaturistas. En 1898, una prometedora cantante de
ópera llegó a Buenos Aires. Regina Pacini, hija de un barítono italiano y una
dama portuguesa, venía deslumbrando a los públicos europeos y se presentó
rodeada de fama en el Teatro San Martín. Alvear, como toda la alta sociedad
Porteña, concurrió a esas veladas y se enamoró perdidamente de la bella mujer de
27 años. Soportando la oposición de su familia, Marcelo durante ocho años la
persiguió por San Petersburgo, Viena, Londres, Lisboa, Montecarlo, Milán,
Berlín, enviando a sus camarines flores y costosos regalos que Regina,
invariablemente, devolvía.
Cuando finalmente logré
enamorarla y se casaron, el 26 de abril de 1901, el regalo de bodas fue propio
de la realeza: una villa de estilo normando ubicada en las afueras de París. El
“Manoir de Coeur Vo1am” tenía varias hectáreas de parque. Ella se esforzó por
vencer las resistencias de su familia política; renuncié a cantar en público y
en adelante sólo lo hizo en la intimidad de las tertulias.
Afincado en París, la frustrada revolución radical
de 1905 no lo conté entre sus hombres. En 1912, la Ley Sáenz Peña modificó el
horizonte electoral y los radicales abandonaron el abstencionismo. La UCR se
organizó rápidamente se presenté a elecciones y Marcelo T. de Alvear fue elegido
diputado por la Capital. Regresó para asumir su banca, y a poco de llegar fue
elegido presidente del exclusivo Jockey Club, mostrando a la vez su carácter de
político popular y de líder aristocrático. Como parlamentario tuvo una destacada
actuación. Impulsó las leyes de empleos civiles, de organización del Ejército y
de casas baratas para empleados y obreros, las dos últimas sancionadas en
septiembre de 1915. Al año siguiente nuevamente se postuló como diputado, esta
vez por la provincia de Buenos Aires y resultó electo en los mismos comicios que
llevaron a Yrigoyen a la Presidencia. Para el Peludo, Marcelo era hombre de
confianza. Con Europa convulsionada por el desarrollo de la Gran Guerra, el
destino de Alvear fue nuevamente París, ahora como enviado extraordinario y
ministro plenipotenciario. Durante cinco difíciles años, cumplió misiones en el
viejo continente, mientras Regina dirigía un hospital de sangre y se ocupaba
personalmente de los heridos.
Acompañado en la fórmula por Elpidio González, un
rosarino de prestigio político en Córdoba, Alvear es elegido en 1922. Está en el
exterior cuando recibe la comunicación del Colegio Electoral. En su viaje de
regreso, visita varios países europeos y hace escalas en el Brasil y el Uruguay
aceptando invitaciones en su carácter de presidente electo. La Argentina que le
tocó gobernar vivía la bonanza económica de los años veinte. La recuperación del
comercio internacional después de la guerra mejoré la balanza externa argentina,
aunque se produjeron síntomas de dificultades. El área cultivada sufrió un
estancamiento, que se vio compensado por una mejora en los rindes. La industria,
que se había beneficiado de las dificultades para importar durante la guerra,
retrocedió. Sin embargo, la introducción de nuevos rubros, como
electrodomésticos y armadoras de autos, mostraba una pujanza algo engañosa con
el ingreso de inversiones extranjeras, en especial estadounidenses. En materia
petrolera, Alvear dejó de lado la orientación yrigoyenista y aceptó la
explotación mixta. La Cámara de Diputados en 1927 aprobó la tesis nacionalista,
pero el proyecto se detuvo en el Senado
Con
algunas medidas del gobierno, el impulso reformador que había iniciado en el
gobierno de Yrigoyen se vio refrenado. Se modificó la reglamentación de la ley
de inmigración estableciendo limitaciones, y los avances en la legislación
laboral fueron obra de los proyectos socialistas presentados en Diputados.
Aunque no se produjeron grandes conmociones sociales, entre 1922 y 1928 se
registraron más de 500 huelgas, con la adhesión de casi medio millón de
trabajadores. En el campo internacional, Alvear dejó de lado la política
yrigoyenista. Intentó adherir a la Sociedad de las Naciones, pero en el
Congreso prevaleció la postura que había sustentado Yrigoyen. No obstante, el
país estuvo representado en las conferencias de carácter técnico y las
delegaciones argentinas se lucieron en las Conferencias Panamericanas de Chile
(1923) y Cuba (1928). Además, la Conferencia Internacional del Trabajo de 1928
fue presidida por el argentino Carlos Saavedra Lamas.
En el
Congreso se hizo evidente el acuerdo entre los radicales “antipersonalistas”
y los conservadores. Los seguidores de don Hipólito acusaron de “contubernio” a
sus adversarios, que contaban Con el visto bueno de Alvear y eran mayoría en su
gabinete. Estas disputas llevaron a la división de la UCR. El carácter
heterogéneo del partido que intentaba conciliar intereses de sectores muy
distintos, la carencia de un programa definido y la falta de una fuerza
conservadora independiente que contrapesara la presencia electoral de la UCR
contribuyeron a esa escisión.
Terminada su presidencia, Alvear se alejó de la política. Regresó a París y dejó
encargado el loteo de su última propiedad en Buenos Aires, ubicada en Don
Torcuato. Paseó por Europa con Regina y no lo sorprendió demasiado la noticia
del golpe militar de Uriburu. El 21 de julio de 1932 , Alvear regresa al país y
retorna la conducción partidaria, manteniendo un “perfil bajo”. Pero no
todos comparten su prudencia: en diciembre, otra revuelta radical es descubierta
y Alvear, Pueyrredón, Tamborini, y el general Dellepiane son apresados.
Ironía de la historia, su lugar de detención es el crucero 25 de Mayo, comprado
durante su gobierno. Por poco tiempo comparte su prisión con Yrigoyen primero a
bordo y luego en la isla Martín García. El Peludo, con su salud quebrantada es
liberado poco después.
Finalmente,
en abril de 1933, tras cuatro meses de prisión, Alvear fue puesto en libertad.
A los
72 años y enfermo, Alvear sólo mantiene formalmente la conducción del
radicalismo. Dedica sus energías a la construcción de su villa de descanso en
Don Torcuato. La tarea para él merece el esfuerzo; intuye que será su última
morada. La ausencia de su mano firme en la conducción de la UCR inicia la
debacle. El partido pierde la mayoría en Diputados en 1942, cuando ya están en
el horizonte las elecciones presidenciales del año siguiente. Don Marcelo pasa
unas cortas vacaciones en Mar del Plata y regresa, con prescripción de reposo
absoluto. Se instala en su nueva villa, postrado la mayor parte del día sobre un
sillón de ruedas; recibe las últimas y lapidarias noticias del partido —crisis,
comisiones de investigación interna, renuncia de Tamborini que aparece como el
“chivo expiatorio” del retroceso electoral—, y dicta a su secretario la renuncia
al Comité Nacional. Le piden que la reconsidere y por un momento Alvear amenaza
con un retorno heroico.
El 22 de marzo de 1943, un día antes de la reunión del
Comité que decidiría el futuro del partido, la noticia sacudió a la Nación:
Alvear, el aristócrata, el “dandy”, el revolucionario, el deportista, el elegido
de Yrigoyen, el amante apasionado de la soprano, el que compartió veladas con
reyes y emperadores y pasó días de oprobio en la cárcel Y el exilio, don
Marcelo, había muerto un día de lluvia persistente. Lo velaron en la Casa
Rosada, con el ceremonial de presidente. El féretro salió en una cureña con la
solemne guardia de los Granaderos. Los boinas blancas forcejearon y rompieron la
liturgia y las barreras de contención, se apoderaron del elegante cajón y, a
empujones con la policía, lo llevaron a pulso hacia la Recoleta.
Fuente Consultada: El Libro de Los Presidente
Argentinos del Siglo XX-Deleis-Titto-Arguindeguy
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