De
este modo, en la segunda mitad del siglo XIX se desarrolló una corriente
ideológica autónoma denominada «anarquismo», de gran aceptación entre las masas
populares, que compitió con el marxismo en capitalizar el movimiento obrero. No
obstante, su proyección histórica fue menor que la del socialismo científico,
tanto por sus propias limitaciones teóricas cuanto por la mayor represión de que
fue objeto.
El
anarquismo no es una doctrina rígida y monolítica, sino que posee múltiples
variantes, inherentes a su propia naturaleza, que insiste en el adogmatismo, la
libertad de elección y la primacía del criterio individual. En conjunto,
constituye un sistema de pensamiento que pretende transformar la estructura de
la sociedad sustituyendo el estado por fórmulas de cooperación no
gubernamentales entre individuos enteramente libres.
1) La
autonomía individual. El análisis de la naturaleza humana parte de un hecho
incontrastable: su libertad absoluta. Los anarquistas propugnan el antiautorítarismo y desdeñan los poderes autolimitados, como la democracia
parlamentaria, pues implica la delegación de la soberanía individual y la
renuncia a la toma de decisiones personales. Desconfían de los partidos
políticos en cuanto reproducen las relaciones de poder en su organización
interna.
2) La
revolución anarquista. Se busca la libertad total con un sentido solidario: no
habrá libertad individual sin libertad comunitaria. Los anarquistas se
consideran apolíticos y antipolíticos, rechazan la acción política y la propia
conquista del estado. Sus medios de lucha son esencialmente sociales y
económicos. La revolución social dependerá de la actuación libremente adoptada
por cada individuo soberano: se afirma un voluntarismo revolucionario, contrario
a las tesis marxistas.
3) La
nueva sociedad. «Destruyo y edifico» es el lema de Proudhon. Simboliza las dos
vertientes de la teoría anarquista. Por un lado, la necesidad de
abolir el estado, las naciones y sus
relaciones de propiedad mediante la violencia. Por otro, la creación
del verdadero
orden social asentado en principios morales defensores de la libertad e igualdad
de todos los in dividuos: la instauración del socialismo libertario.
El
individualismo de concepto e interpretación propio del anarquismo
no excluye tendencias al pensamiento de grupo, forjadas a partir de
circunstancias comunes y afinidades personales. La impronta marcada por autores
sobresalientes se traduce en el reconocimiento de sus aportaciones por parte del
movimiento anarquista.
De
este modo, surgieron diversas corrientes o escuelas englobadas bajo el título
genérico de «anarquistas». Sus diferencias estriban, en gran medida, en
actitudes y conceptos variados o contrapuestos acerca de los métodos
revolucionarios (el recurso a la violencia) y la Organización económica de la
nueva sociedad.
1)
Individualistas y nihilistas. Max Stirner (1 806-1 856) plasmó en El único y su
propiedad una visión individualista del hombre, despojado de cualquier
referencia social. Exalta como único valor el «yo», preconizando una «unión de
egoístas» y el enriquecimiento personal sin ninguna solidaridad. Esta
interpretación dedvó en el nihilismo, que rechaza cualquier principio moral o
ley natural.
2)
Mutualistas. Seguidores de Proudhon, creyeron en la resolución del problema
social sin violencia. El cambio llegaría de la proliferación de sociedades de
apoyo mutuo que aseguraran la justicia a través del intercambio recíproco de
bienes, servicios y valores morales.
3)
Anarco-colectivistas. También llamados bakuninistas, en honor del ruso Mijail
Bakunin (1814-1876) (imagen) , impulsor del
movimiento anarquista en Europa. Bakunin
heredó de Proudhon el federalismo y la importancia concedida a las asociaciones
de obreros. En cambio, entendía que la violencia era consustancial a la
revolución. Cataloga al campesinado no propietario como el principal motor
revolucionario y defiende la colectivización de los medios de producción a cargo
de instituciones (comunas) de voluntaria integración, pero manteniendo el
salario como forma de distribución de la producción.
4)
Anarco-comunistas. El príncipe ruso Piotr Kropotkin (1842-1 921) revitalizó el
anarquismo sobre fundamentos científicos y con un componente ético más acusado.
En contra de los anarco-colectivistas, negó la validez del salario como forma de
retribución en la sociedad futura. El principio «de cada uno según sus recursos,
a cada uno según sus necesidades» recoge el espíritu de esta escuela, cuyo
proyecto se denomina «comunismo libertario».
5)
Anarco-sindicalistas. Esta doctrina predica la fusión del anarquismo con el
sindicalismo. El sindicato se convierte en el centro de la actividad obrera y
los medios de lucha y concienciación se amplían. Incluían una nueva táctica, la
huelga general, con la que se pretendía el colapso del sistema
capitalista , y en última instancia, la revolución.