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“Si me matan... Yo sacaré mis brazos de la tumba y seré mas fuerte"
- Minerva Mirabal -
La Independencia de 1816 señaló el momento cúlmine de un período
de disputas, de intereses encontrados y de valores nobles que eran
escudados por hombres dispuestos a morir por la libertad de la
Patria Naciente.
Sin embargo, no fue la única independencia. Ignoramos que las
mujeres no fueron simples espectadoras. Ellas también fueron
protagonistas y luchadoras. Ellas han intervenido activamente y nos
han legado lecciones de firmeza, entusiasmo y fervor. Como sostiene
Ricardo Levene, “… uno de los definidos propósitos en el plan
general de la Revolución de 1810 fue la emancipación moral y social
de la mujer”. Es decir, las luchas de las primeras décadas del siglo
XIX, permitieron equilibrar las asimetrías entre sexos.
La causa independentista marcó una bisagra en el protagonismo de las
mujeres. Según Elsa Jascalevich, la Revolución de Mayo fue un hecho
tan decisivo en todos los órdenes, que la mujer comprendió de
inmediato que también para ella se abría una era distinta, plena de
posibilidades hasta entonces no entrevistas ni sospechadas. Ella,
que había padecido del doble sojuzgamiento del poder político y de
su condición femenina, sintió que este cambio representaba por lo
menos un aflojamiento de la cadena.
Algunas mujeres inflamadas de ese fervor patriótico, y desbordadas
por el llamado de la vocación, participaron en enfrentamientos
bélicos, a veces garantizando la logística militar como espías o
emisarias, otras peleando cara a cara y cuerpo a cuerpo con el
invasor. Muchas quedaron en el anonimato, pero hubo nombres que la
memoria rescató: Juana Azurduy, Martina Silva Gurruchaga, Manuelita
Sáenz, Pascuala Balvás. Ellas fueron algunas nuestras Madres de la
Patria.
Pero minimizada por su condición de negra, podemos destacar con
gratitud a María Remedios del Valle, conocida como La Capitana, y
participante de la campaña al Alto Perú. Hacia 1827 subsistía a
la buena de Dios, mendigando en las iglesias y comiendo las sobras
de los conventos. Mostraba sus cicatrices de guerra en los brazos y
las piernas, juraba haber sido nombrada “Capitana” por Belgrano, y
reclamaba a las nuevas generaciones que renueven el fervor de luchar
por una patria independiente.
En ese estado misérrimo la encontró el Gral. Viamonte, quien
conmovido, solicitó al Estado una pensión y un reconocimiento. Un
despacho de la Sala de Representantes del 11 de octubre de 1827
resolvió que “la suplicante gozara del sueldo de Capitán de
Caballería”. Pero este órgano legislativo pertenecía a la provincia
de Bs. As. y el dictamen nunca se aplicó.
Su desgraciado final presagiaba lo que marcaría una constante
entre funcionarios y representantes del pueblo a lo largo de dos
siglos: la falta de memoria, la avaricia, la desidia.
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