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Víboras.
Cuando se habla de animales venenosos, casi siempre se piensa en
serpientes. El riesgo resulta importante, sobre todo en los países
tropicales, donde las especies venenosas (cobras, crótalos, mambos,
víboras, etc.) son numerosas, y donde los habitantes andan, a
menudo, descalzos. Se calcula en 30 000 el número de personas que
anualmente mueren por mordedura de serpiente.
Algunas serpientes poseen unos dientes
llamados colmillos venenosos; por el conducto que los recorre puede
circular el veneno. Este veneno es producido por una glándula
salival modificada y transformada en una glándula venenosa.
La mayoría de las culebras no poseen
colmillos venenosos. Además, su veneno se encuentra muy diluido en
la saliva. La culebra de Montpellier posee, sin embargo, colmillos
venenosos conectados con una glándula funcional, pero colocados
hacia el fondo de la boca, por lo que difícilmente pueden resultar
peligrosos para el hombre.
Por el contrario, las víboras disponen
de colmillos venenosos situados en la parte delantera de la boca.
Estos colmillos, atravesados por un conducto, se encuentran
replegados hacia atrás cuando la boca está cerrada, aunque se
levantan en el momento de la picadura. Las glándulas venenosas, al
ser comprimidas por un músculo, expulsan el veneno como si se
tratase de una jeringa. Este veneno está compuesto en un 90 % de
proteínas, a las que se añaden iones de zinc, cobre y magnesio. La
acción del veneno da lugar a la formación de trombos sanguíneos y,
en consecuencia hipotensión y edemas.
Entre las diversas víboras destacan:
la víbora común, que se encuentra desde el nivel del mar hasta los
3.000 m. de altitud y vive en el SO de Europa; la víbora
delataste, que vive en pedregales y zonas de poca vegetación en
la península Ibérica y el NO de África (montes del Atlas); la víbora
pelíade, del centro y N de Asia y Europa; la víbora de
cuerno, que vive en bosques, chaparrales, etc., del O de Asia y SE
de Europa; la víbora de Orsini, que se encuentra entre los 1.000 y
los 2.500 m. de altitud en Asia central y centro y E de Europa; la
víbora cornuda, que frecuenta zonas áridas y arenosas del N de
África y Oriente medio; la víbora de Gabón, propia de las zonas de
matorrales de África, y la víbora nariguda, que se caracteriza por
sus apéndices nasales y vive en América Central.
Según las estadísticas, el 43 % de las
picaduras de víboras se sitúan, en el caso del hombre adulto, en los
pies o en la parte inferior de las piernas. En los niños este
porcentaje sube hasta el 71 %. Manos y antebrazos son afectados en
el 51 % de los adultos y sólo en un 28 % de los niños.
La picadura, en el primer momento,
sólo provoca un poco de dolor, aunque éste aparezca con mayor
intensidad más tarde. El edema, en cambio, aparece en seguida,
acompañado de problemas digestivos, neurológicos, cardiovasculares,
etc. La gravedad de la picadura es muy variable. Contrariamente a lo
que se podría creer, sólo el 10 % de las picaduras de víbora son
graves. Los casos mortales todavía resultan más raros (quizás el 1
%). Las víctimas que corren un mayor riesgo son las de poco peso y,
en especial, los niños.
El peligro potencial que representan
las víboras no es motivo que justifique la destrucción sistemática
de que son objeto, ya que afecta de rebote a las demás especies de
serpientes.
Aves.
De cuando en cuando, la prensa recoge la noticia de que una persona
ha sido picoteada por un grupo de aves. En este senado la película
de Alfred Hitchcock Los pájaros ha lo fluido mucho en la imaginación
popular. La realidad, sin embargo, resulta mucho menos espectacular.
Las rapaces que a veces atacan a alguien son casi siempre ejemplares
escapados de zoológicos o de casas particulares y que habían sido
adiestrados para la cetrería.
Estas aves, acostumbradas a la
presencia humana, “marcadas” por ella, se acercan espontáneamente al
hombre. Lo hacen, sin embargo, sin cuidado y tienen tendencia, por
ejemplo, a colocarse sobre la cabeza o los hombros de los paseantes.
Estos, impresionados por el pico y las garras, piensan que se trata
de un ataque.
En los demás casos, el ave no hace más
que defender su nido o su territorio. Las especies de talla media o
grande no dudan en “amenazar” a un perro o aun ser humano que
atraviese su territorio. En la mayoría de los casos, el ave se lanza
en picado en dirección al intruso, y luego, en el último momento,
desvía su trayectoria.
Con ciertas especies las cosas van un poco más lejos.
Este es el caso del págalo (pariente
de las gaviotas, con el plumaje pardo y que nidifico en las regiones
nórdicas, como Islandia, por ejemplo), que es célebre por sus
costumbres piratas: acosa a las otras aves marinas, hasta obligarlas
a soltar el pescado que han capturado y que el págalo atrapa,
después, al vuelo. Los págalos no dudan en atacar al hombre que
penetra en su territorio de nidificación. Literalmente, lo
“abofetean” con sus alas.
Una creencia secular que se ha
mantenido casi hasta nuestros días sostenía que las águilas eran
capaces de raptar a los niños. Los pocos casos citados no resisten
una investigación seria. Una rapaz del tamaño del águila real podría
llevarse por los aires, como máximo, a un bebé de 7 Kg. y a
condición de aprovechar una fuerte corriente de aire ascendente.
De hecho, todos los rumores que surgen
de vez en cuando y que ponen en entredicho a rapaces, lobos, linces
y gatos salvajes no son más que la expresión interesada de una
animadversión hacia la existencia de vida salvaje. La ignorancia
conduce al miedo, el miedo al odio y el odio a la destrucción.
Resulta fácil comprender que tal estado de ánimo dificulte las
medidas de protección de la naturaleza y las reintroducciones de
especies desaparecidas. Es necesario constatar, por otro lado, que
la tradición cultural de muchos países europeos ha fomentado el
miedo a la naturaleza, a excepción, tal vez, de la cultura
británica, más proclive a la protección de la launa salvaje. Por
fortuna, las ideas proteccionistas son cada vez más frecuentes en
Europa.
Simios.
Los exploradores y cazadores europeos del siglo pasado presentaron
al gorila como un mono terrible, capaz de matar a un elefante o...
de raptar a las mujeres. Esta imagen ha llegado hasta nosotros de la
mano del cine, la novela y la publicidad de los circos. De hecho, el
gorila es un primate pacífico que sólo en muy raras ocasiones
resulta peligroso, como, por ejemplo, si se amenaza a sus casas. La
imagen clásica del gorila profiriendo gritos espantosos y
golpeándose el pecho, por muy impresionante que sea, está destinada
sólo a intimidar.
Conviene recordar, sin embargo, que
los primates superiores (gorila, chimpancé y orangután) están
dotados de una fuerza considerable: un chimpancé, por ejemplo, es
capaz de derribar aun hombre cogiéndolo por la mano. Además, estos
monos poseen unas mandíbulas muy desarrolladas. Relativamente
frecuentes y graves resultan los accidentes provocados por
chimpancés en zoológicos y circos. Hay que ser prudente con estos
animales, ya que no son animales de compañía, y menos en estado
adulto. Razón demás para respetar las convenciones internacionales
que los protegen.
(sigue parte I) |