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La década del ‘60 ha sido uno de
los períodos de renovación cultural más importantes del siglo XX. Los hábitos,
las estéticas, los gustos, las tendencias creadas durante el período han
incidido hasta nuestros días y, probablemente, continúen influyendo en el cambio
de siglo.
La expansión de las empresas
trasnacionales:
Para
comprender la gran renovación cultural que se produjo en la Argentina durante
los años ‘60, hay que tener en cuenta un proceso socio económico de dimensión
mundial que se desarrolló a partir de mediados de la década del ‘50: ¡a
expansión de las empresas trasnacionales (o multinacionales), de origen
principalmente norteamericano. Estas empresas utilizaron el excedente de capital
producido durante los años ‘50, para transferirlo en forma de préstamos o en
forma de inversiones a otros países: a Europa occidental, a Japón y a América
latina.
¿Qué
clase de empresas eran las que se expandían? Principalmente empresas petroleras,
industrias auto motrices y de artículos para el hogar bancos, supermercados y
cadenas hoteleras. Con excepción de las empresas petroleras, se trataba de
industrias productoras de bienes durables —autos, televisores, heladeras,
lavarropas de empresas de servicios —bancos ‘, hoteles—, que hasta
entonces hablar representado casi un lujo: tanto un auto como una recorrida de
tres semanas por Europa habían sido consumos destinados a un mercado reducido.
Los cambios sociales
Esta
expansión de las empresas trasnacionales estuvo vinculada a otro fenómeno
socioeconómico. Uno de los rasgos de la prosperidad iniciada en ¡os ‘50 fue el
aumento de los índices de empleo y la mejora del salario real en los países
desarrollados. Con trabajadores mejor pagos, el consumo aumentó.
En
todo el mundo, las grandes multinacionales requirieron una masa de profesionales
y empleados especializados. Así, se expandió una clase media asalariada: los
trabajadores de “cuello blanco” (camisa y corbata), con una relativamente buena
capacidad de consumo. Dentro de ese sector social surgió un nuevo grupo de gran
poder adquisitivo: el de los ejecutivos, empleados de alta jerarquía que ocupan
cargos directivos.
En
América latina, la radicación de empresas multinacionales se combinó con las
políticas desarrollistas impulsadas por los gobiernos locales entre fines de los
años ‘50 y principios de los ‘60. En la Argentina, se produjo un fenómeno
similar al del mundo desarrollado: aumentó el empleo industrial, se desarrolló
el sector de servicios —y con él, la clase media asalariada— y se formó el nuevo
grupo social de los “ejecutivos”.
La educación universitaria
Otro
rasgo del período, que puede remontarse a la década del ‘50, fue la gran
expansión de la matrícula universitaria, es decir, un aumento de la cantidad de
estudiantes. Este fenómeno, en principio cultural, está relacionado con la
expansión económica. Las empresas comenzaron a demandar una mejor formación de
sus empleados jerárquicos y los jóvenes de la próspera clase media descubrieron
que, para desarrollarse profesional-mente, era necesario estudiar en la
universidad. Al mismo tiempo, durante este período se produjo el ingreso masivo
de las mujeres a la universidad.
El
gran crecimiento de la matrícula universitaria trajo varios problemas aún no
definitivamente resueltos: ¿Cómo enseñar a tantos estudiantes? ¿Se puede enseñar
bien a tantos estudiantes? ¿Se debe mantener un sistema universitario tan
expandido? Estas preguntas se convirtieron en “el problema de la masividad de la
enseñanza universitaria”. Universidades como la de Roma o la de Bolonia
continúan hoy albergando una población estudiantil altísima. Universidades como
la de París fueron divididas en unidades descentralizadas: París I, París II,
París III, etcétera. El sistema universitario norteamericano se multiplicó en
una infinidad de centros académicos
de
diversa jerarquía y calidad educativa. En la Argentina, hubo diferentes
políticas al respecto. El gobierno de Frondizi terminó con el monopolio estatal
de enseñanza universitaria y autorizó la creación de universidades privadas,
laicas o confesionales. A principios de la década del ‘70, el gobierno del
general Lanusse impulsó la creación de nuevos centros universitarios en el
conurbano bonaerense (Luján, Lomas de Zamora) y en varias ciudades provinciales
(Río Cuarto, Salta), para desconcentrar la demanda estudiantil de las
universidades tradicionales (Córdoba, Buenos Aires, Tucumán, La Plata, la
Universidad del Litoral).
La internacionalización y la
fragmentación de la cultura:
junto
con la trasnacionalización de las economías, se produjo una internacionalización
de las pautas culturales. Los hábitos cotidianos y las costumbres de cada sector
social —los horarios, la manera de viajar al trabajo, la decoración de una casa,
la alimentación, la organización del tiempo libre— comenzaron a mostrar
similitudes en casi todas las grandes ciudades del mundo capitalista, tanto en
Buenos Aires como en San Pablo, Nueva York o París. Un ejemplo de esta
internacionalización es la difusión, en los años ‘60, del Jean, que se
transformó en una de las indumentarias más homogéneas del mundo capitalista. El
jean es un pantalón de trabajo y de descanso, de jóvenes y de adultos, de ricos
y de pobres, de varones y de mujeres. Esta última característica —un mismo tipo
de ropa para varones y mujeres— devino en un nuevo estilo: el unisex. La
uniformización de la indumentaria y de la moda cubrió también las diferencias de
género entre varones y mujeres. [as mujeres se “masculinizaron”: se puso de moda
el cabello muy corto, cortado a la garçon, y los hombres se “feminizaron”: se
dejaron el cabello largo.
Un
cambio explosivo en la indumentaria femenina fue la minifalda, que se difundió
con rapidez por el mundo capitalista, tal vez porque se acomodaba bien a la
liberalización de las costumbres.
Esta
tendencia a la uniformidad tuvo, como contrapartida, una fragmentación interna
de las sociedades, que ya no se correspondía con la división en clases sociales.
Por ejemplo, en 1963 un joven roquero de clase media de Buenos Aires tenía más
elementos en común con un joven rockero londinense que con su padre porteño. Y
un joven universitario cordobés podía entenderse mejor con otro universitario
parisino que con sus profesores locales.
Así,
en el seno de las sociedades capitalistas surgieron diversos tipos de
subculturas. La más importante de todas fue la cultura juvenil que, con los
años, fue fragmentándose cada vez más en diversas “tribus” de jóvenes urbanos.
Un ejemplo argentino: mientras algunos jóvenes se integraban al movimiento de
rock nacional (argentino), otros se sumaban a la militancia en partidos de
izquierda. Unos y otros compartían algunas costumbres —el pelo largo, la ropa
informal, el jean— pero, al mismo tiempo, expresaban tendencias culturales muy
diferentes.
Los
jóvenes rockeros se congregaban alrededor de la música. Seguían con a-tención
los movimientos juveniles norteamericano e inglés. Podían escuchar, según la
“tribu” a la que pertenecieran, a los norteamericanos Bob Dylan y posteriormente
al grupo The Doors, o a los grupos ingleses The Beatles —tal vez el fenómeno
cultural más importante de la década del 60— o The Rolling Stones. Los rockeros
no pertenecían a los ámbitos universitarios, abjuraban de la práctica política y
leían preferentemente poesía de autores norteamericanos de la llamada Generación
Beat, como el poeta Allen Ginsberg y el novelista Jack Kerouac. Un ensayo del
novelista inglés Aldous Huxley, Las puertas de la percepción, se convirtió en
una suerte de evangelio para la nueva generación.
Los
jóvenes de izquierda, en cambio, eran estudiantes universitarios, militantes de
partidos políticos, lectores ávidos y desordenados, cuya principal preocupación,
a principios de los ‘60, era comprender la relación entre el peronismo
proscripto y la clase obrera. Estaban influidos por el pensamiento del líder
chino Mao Tse Tung, por la Revolución
Cubana, comandada por Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, y por los
movimientos anticolonialistas africanos. Los jóvenes de izquierda argentinos
intentaban alcanzar un “socialismo nacional”, que sintetizara el pensamiento
marxista y la realidad latinoamericana.
La marca y la moda :
La
uniformidad de las pautas culturales tuvo contrapartidas. ¿Cómo distinguirse en
medio de tanta uniformidad? Por la “marca”. En la década del ‘60, las marcas
—los sellos distintivos de cada producto— adquirieron un valor sin precedentes.
Cada marca pasó a tener un significado particular, a ser un símbolo de mayor o
menor prestigio (de status, como ‘comenzó a decirse en la época). La marca era y
sigue siendo una señal de distinción. El jean es, nuevamente, un buen ejemplo.
En la Argentina, a partir de la década ‘60 y durante veinte años, se sucedieron
diversas marcas de jean. Cada marca que aparecía en el mercado superaba en
prestigio a la anterior. Los viejos pantalones Far West —el jean de los ‘60—
fueron superados, hacia fines de la década, por los Lee. Levi’s superó a Lee,
Wrangler superó a Levi’s, y luego Calvin Klein superó a Wrang le r.
Junto
a la marca, surgió otra señal de distinción: el diseño. Los diseñadores de
modas, —pero también de autos, de muebles, de interiores— adquirieron muchísimo
prestigio. Los consumidores exigían, cada vez con mayor velocidad, novedades que
les permitieran distinguirse. Los diseñadores de moda —en particular, los
franceses— aprovecharon esa situación para instalar tiendas o boutiques de
indumentaria prét-á-porter (lista para usar) y convertir en marcas sus nombres y
apellidos. En poco tiempo, Christian Dior, Yves Saint Laurent, Pierre Cardin y
muchos más establecieron cadenas de tiendas en todo el mundo, que vendían sus
nombres y sus diseños. Año tras año, realizaban desfiles en los que mostraban
sus novedades y se disputaban el reinado de la moda. La haute couture
(alta costura), hasta entonces privativa de grupos sociales reducidos, se había
democratizado.
La televisión y la publicidad:
¿Cómo
fue posible una difusión tan acelerada y homogénea de las nuevas pautas
culturales en todo el mundo capitalista?
La
televisión fue un instrumento de esa difusión. La gran expansión de la
televisión es un fenómeno de la década del ‘60. La televisión requería de
ciertas condiciones que se conjugaron en este período: emisoras, capacidad
industrial para producir miles y miles de aparatos, y capacidad económica de la
gente para comprarlos. La primera emisora argentina —Canal 7, hoy ATC— se
inauguró el 1 7 de de octubre de 1951. Durante casi una década, fue la única del
país. El gran salto de a televisión argentina se produjo entre junio de 1 960 y
julio de 1 961, con la inauguración de tres canales: Canal 9, Canal 13 y Canal
11.
El
otro instrumento fue la publicidad. A partir de la década del ‘60, la publicidad
se profesionalizó. Por un lado, se comenzó a estudiar la composición de un
mercado, con técnicas de investigación que provenían de la sociología. Los
publicitarios reemplazaron el concepto de “sociedad” y “grupos sociales” por el
de “mercado” y “segmentos del mercado”. Los “estudios de mercado” (encuestas)
permiten determinar segmentos sociales —varones, mujeres, jóvenes, profesionales
universitarios, amas de casa, empleados— y niveles sociales, según la capacidad
adquisitiva. De este modo, los publicitarios podían detectar gustos,
expectativas, deseos y opiniones de los posibles consumidores. Al mismo tiempo,
podían evaluar cuál era el medio de comunicación más apto para promocionar un
producto destinado a un público determinado: por ejemplo, la publicidad de un
nuevo lavarropas debía hacerse en aquellos medios de comunicación que llegaban
al segmento de amas de casa.
A ese
conjunto de técnicas de investigación y penetración del mercado se las bautizó
con un término inglés: marketing. Pero, fundamentalmente, la publicidad
desarrolló un complejo sistema de comunicación de símbolos que permiten asociar
a los productos con determinados beneficios. Esos beneficios no son
necesariamente de utilidad. La mayoría de las veces, la publicidad asocia
productos con placer, con bienestar, con prestigio social, con seguridad, con
sensualidad, con éxito, con tranquilidad. Cada producto es un símbolo, y
consumirlo es, a la vez, satisfacer un deseo personal y dar una señal a la
sociedad.
Fuente Consultada:
Historia Argentina
Lucas Luchilo-Silvia O. Romano-Gustavo L. Paz
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