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Hasta el 27 de
junio de 1967, la forma de transporte más segura conocida por el
hombre había sido la cápsula espacial. Docenas de astronautas
estadounidenses y cosmonautas soviéticos habían ido al espacio en
cohetes gigantescos, abastecidos por una mezcla explosiva de oxígeno
líquido e hidrógeno. Habían dado vueltas alrededor de la tierra
cubriendo millones de kilómetros. Habían caminado en el espacio con
sólo las delgadas capas de tela de sus trajes separándolos de la
muerte instantánea. Habían regresado a la tierra en las bolas de
fuego de sus cápsulas que con precisión chapoteaban en los océanos.
Sus máquinas espaciales eran aparentemente infalibles, una maravilla
tecnológica....
La tripulación de la nave espacial Apolo I, estaba compuesta por
tres experimentados hombres llamados: Virgil “Gus” Grissom, Ed
White y Roger Chaffee, eran grandes pilotos y miembros
confiables de los cuerpos de la Administración Nacional de
Aeronáutica y del Espacio. Eran miembros del proyecto Apolo para
poner el primer hombre en la luna.

A los tres hombres se les pidió que se
presentaran a servicio en la plataforma de lanzamiento 34 del Centro
Espacial Kennedy cerca de Cocoa Beach, Florida, para una serie más
de tediosos ensayos dentro del estrecho módulo de mando. Pasarían un
día entero con sus trajes espaciales, incómodamente atados con
cinturones de seguridad y acostados de espalda en la cápsula,
repitiendo una y otra vez la rutina de adiestramiento de cabina del
piloto. La vibración de la estruendosa aceleración del despegue no
vendría hasta un mes después.
Durante cinco horas repetitivas
llevaron a cabo el adiestramiento Cus Grissom, un piloto de la
Fuerza Aérea de 40 años de edad, un as de la guerra de Corea y
veterano de dos misiones espaciales anteriores, gritó las respuestas
claras que mostraba la consola de su computadora de control y el
tablero de instrumentos, a las peticiones de información del control
de tierra.
Un técnico del control de Tierra fue
el primero en notar el mal funcionamiento su monitor de televisión,
conectado a una cámara dentro de la cápsula del Apolo lanzó de
pronto una luz totalmente blanca y luego se oscureció. Intrigado, se
inclinó para ajustar los controles de brillo y contraste.
Mientras hacía esto, una voz
angustiada gritó por los altoparlantes y audífonos de control de
tierra:
“Fuego. ..huelo fuego...” Hubo tres segundos de silencio y
luego la voz de Ed White: “Fuego en la cabina del piloto...”
Las grabadoras en el control de tierra
captaron siete segundos de chasquidos y golpes para abrir el
escotillón; luego, la voz de Roger Chaffee suplicando: “Estamos
incendiándonos sáquennos de aquí...” Luego hubo un silencio.
En sólo cuatro minutos un equipo de
emergencia había corrido a toda velocidad desde la sala de control
de concreto a prueba de explosión en el nivel del piso y llegado a
la parte superior de la torre de lanzamiento por un elevador de alta
velocidad. Con las manos ampolladas por la superficie chamuscada de
la cápsula, dos de los hombres abrieron a la fuerza la escotilla
principal. Ya era demasiado tarde. Los miembros de la tripulación
del Apolo 1 estaban muertos. Habían muerto en cuestión de segundos,
yacían tendidos sin vida en posición de despegue, en la parte
superior de un cohete de tres pisos vacío, inmóviles a "sólo" 75
metros de la tierra.
Luego de semanas de investigaciones la
causa mas probable del incendio que mató a Gus Grissoni, Ed White y
Roger Chaffee fue un alambre suelto que habría echado chispas poco
peligrosas detrás del tablero de control, pero que en el oxígeno de
la cabina, se convirtió en la mecha de una bomba incendiaria.
El desastre del Apolo I retrasó 18
meses el programa espacial estadounidense de vehículos tripulados,
hasta que la cápsula interior fue rediseñada con aislante eléctrico
a prueba de chispas y con un nuevo escape rápido que podía ser
abierto fácilmente por los astronautas desde el interior. |