BIOGRAFÍA SANTO TOMAS DE AQUINO
Summa Teológica, La Escolástica

LA ÉPOCA DORADA DE LA ESCOLÁSTICA

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Tomás de Aquino encarna la época dorada de la escolástica, caracterizada por la construcción de grandes sistemas filosóficos: majestuosas catedrales conceptuales elevadas hacia Dios y cuyos cimientos arraigan en la terrenal filosofía aristotélica.

Nacido hijo de un rico conde, estudió en Padua y enseñó en las escuelas dominicanas de Estrasburgo, Polonia y París. Difundió las doctrinas aristotélicas en el mundo latino. Santo Tomás fue considerado el más grande teólogo de la Edad Media. Su doctrina, dentro de la corriente escolástica, se llama el tomismo. En París escuchó las lecciones de Alberto Magno.

Escribió la Suma Teológica donde expresa "que quiere tratar lo que se refiere a la religión cristiana según el modo más conveniente para enseñar a los que comienzan". Su obra, la Suma contra los Gentiles (se refiere a los herejes y a los infieles) refuta las doctrinas que
atacan la fe católica.

Tomás de Aquino nació en el año 1225 en Roccasecca. Hijo de una noble familia estudió en el monasterio de Montecasino y después en la Universidad de Nápoles. En el año 1243 entra en la orden dominica y toma los hábitos, entablando relación con Alberto Magno, con quien estudiará en Colonia. En 1252 ejerce como maestro de teología en la Universidad de París, y en otras ciudades europeas, como Roma, Bolonia y Nápoles. Muere el 17 de marzo de 1274 en Fossanova, camino del segundo concilio de Lyon.

Podemos distinguir dos periodos en el pensamiento de Tomás de Aquino: el primero se desarrolla entre los años 1245 y 1259 y está marcado por el predominio de las influencias aristotélicas (Avicena y Alberto Magno) y las neoplatónicas (San Agustín y el pseudo Dionisio). Entre las obras más importantes de esta etapa destacan los Comentarios a las Sentencias de Pedro Lombardo, el opúsculo titulado De ente et essentia y el libro primero de la Summa contra gentiles. La función de esta obra era servir de apoyo a los predicadores que tenían que discutir con judíos y musulmanes, valiéndose de argumentos racionales y filosóficos sin tener que recurrir a los puramente teológicos.

El segundo periodo abarca aproximadamente los años 1259 a 1273, época de gran inestabilidad debido a las controversias mantenidas entre los

 franciscanos (de orientación agustiniana) y los dominicos (aristotélicos>. Tomás de Aquino desarrolla en esta fase una síntesis de los problemas filosóficos más relevantes y ampliamente discutidos en este momento: la relación entre la fe y la razón, la cuestión de la creación, etc. Además de finalizar la Summa contra gentiles, pueden mencionarse entre las obras de este momento; Quaestiones disputatae, De malo y De anima; opúsculos contra los averroístas como De aeternitate mundi y De unitate intellectus. De este periodo data la obra más importante de Tomás de Aquino: la Summa theologica, en la que logra una armoniosa síntesis entre teología y filosofía.

Tomás de Aquino es principalmente un teólogo, y su filosofía está al servicio de la religión, es decir, no cabe la posibilidad de que una verdad racional contradiga o refute una verdad revelada. Filosofía y teología, representantes de dos ámbitos de conocimiento heterogéneos e independientes entre sí <razón y fe>, no se contradicen mutuamente, porque ambas tienen el mismo objeto material (lo real), pero no el mismo objeto formal: la filosofía ha de partir de los datos empíricos, utilizando la mera luz de la razón para conocer lo real. La teología estudia lo real apoyándose en las verdades de la Revelación, accesibles únicamente a través de la fe. La filosofía opera de abajo hacia arriba; la teología, de arriba abajo.

El cometido fundamental de la filosofía es el de ayudar a la teología utilizando a razón como instrumento para demostrar rigurosamente algunas de las verdades reveladas: los preámbulos de la fe, zona de confluencia entre los misterios que sobrepasan nuestro conocimiento (artículos de la fe) y las verdades racionales comunes a todos los hombres.

La teología tomista

La demostración de la existencia de Dios llevada a cabo por Tomás de Aquino está enmarcada dentro de su sistema teológico. La teología tiene como objeto el conocimiento de Dios y por ello, su orden de exposición es, como se ha indicado, de arriba hacia abajo, es decir, prima el conocimiento de Dios sobre sus criaturas.

Tomas de Aquino ‘distingue sin embargo, dos acepciones distintas de teología: una teología natural que estudia a Dios, en tanto que causa de los entes finitos; esto es, de los seres contingentes, y una teología sobrenatural: conocimiento de Dios en cuanto Dios, es decir a través de la Revelación divina.

Las dos Summas de santo Tomás versan sobre teología natural: ya que en los entes finitos su esencia no incluye su existencia (son contingentes), habrá que explicar su existencia a partir de la existencia de un ser necesario, cuya esencia sí coincida con su existencia.

La cuestión tomista de la demostración de la existencia de Dios proviene de su necesidad de demostración racional. Una demostración es una argumentación mediante la cual se extrae una conclusión a partir de determinadas premisas ciertas. La existencia de Dios es algo evidente por sí mismo (per se), pero no lo es en cuanto a nosotros o para nosotros (quoad nos). Distingue así, Tomás de Aquino entre:

— Proposiciones per se nota: proposiciones evidentes por sí mismas al estar su predicado incluido en el concepto de sujeto. El predicado «existe» de la oración «Dios existe» está incluido en su noción de sujeto, al ser Dios el ser en el cual coinciden esencia y existencia (Dios es su existencia, est suum esse).

— Proposiciones perse nota etiam quoad nos: proposiciones evidentes por sí mismas y también para nosotros. La proposición «Dios existe» es evidente por sí misma pero no para nosotros, ya que al ser la mente humana finita y limitada, ignoramos el contenido de la esencia y de la existencia de Dios y, por tanto, desconocemos la naturaleza divina y necesitamos de su demostración racional.

Por este motivo, si queremos saber si Dios existe hemos de recurrir al desarrollo-de una demostración racional que nos pondrá de manifiesto la veracidad o falsedad de la proposición «Dios existe». Pueden darse, sin embargo, dos tipos de demostraciones:

• Demostraciones a priori: las que constituyen aquel tipo de razonamientos que opera desde el principio a la consecuencia, o lo que es lo mismo, de la causa al efecto.

• Demostraciones a posteriori: son los razonamientos cuyo orden va del efecto a la causa.

En el caso de la demostración de la existencia de Dios, será necesaria una demostración a posteriori, es decir, a partir de los efectos que produce la causa (Dios) que queremos demostrar. Esto significa demostrar su existencia a partir de las criaturas, del mundo, de lo creado por Dios. Por ello, a los argumentos tomistas se les denomina cosmológicos, porque parten del mundo (cosmos). La existencia de Dios se infiere del mismo examen de los entes finitos. Sin causa (Dios), no habría efectos (Universo)

Las cinco vías tomistas

El esquema general de las cinco argumentaciones a posteriori de la existencia de Dios es el que sigue:

Se parte de un hecho de evidencia sensible, constatable mediante el testimonio de los sentidos (el movimiento, por ejemplo). A continuación se aplica a ese punto de partida el principio de causalidad eficiente: todo lo que sucede ha de tener una causa productora. La razón de todo efecto es depender de una causa, sin la cual no se daría. En tercer lugar, es imposible proceder al infinito en la serie de causas que están subordinadas unas a otras.

Por lo tanto, ha de haber una primera causa qué esté fuera de la serie causal; es decir, esta primera causa no debe ser a su vez causada, ya que no sería primera. Como conclusión, puede afirmarse que esa primera causa incausada es lo que todos llaman Dios, por lo tanto: Dios existe.

La primera y más clara se funda en el movimiento. Es innegable, y consta por los sentidos, que en el mundo hay cosas que se mueven. Pues bien, todo lo que se mueve es movido por otro, ya que nada se mueve más que en cuanto está en potencia respecto a aquello para lo que se mueve.

En cambio, mover requiere estar en acto, ya que mover no es otra cosa que hacer pasar algo de la potencia al acto, y esto no puede hacerlo má5 que lo que está en acto, a la manera como lo caliente en acto, y. gr., el fuego, hace que un leño, que está caliente en potencia, pase a estar caliente en acto.

Ahora bien, no es posible que una cosa esté a la vez en acto y en potencia respecto a lo mismo, sino respecto a cosas diversas: lo que es caliente en acto, no puede ser caliente en potencia, sino que en potencia es, a la vez, frío. Es, pues, imposible que una cosa sea por lo mismo y de la misma manera motor y móvil, como también lo es que se mueva a sí misma. Por consiguiente, todo lo que se mueve es movido por otro. Pero, silo que mueve a otro, es, a su vez, movido, es necesario que lo mueva un tercero, y a ése otro.

Mas no se puede seguir indefinidamente, porque así no habrá un primer motor y, por consiguiente, no habría motor alguno, pues los motores intermedios no se mueven más que en virtud del movimiento que reciben del primero, lo mismo que un bastón nada mueve si no lo impulsa la mano. Por consiguiente, es necesario llegar a un primer motor que no sea movido por nadie, y éste es el que todos entienden por Dios (Summa Theologica, 1 q.2, a.3).

ALGO MAS...

Entre los pensadores de este período se destaca Santo Tomás de Aquino (1225-1274), un religioso que rescató el pensamiento económico de Aristóteles y lo complementó con otras ideas provenientes del cristianismo.

Santo Tomás aceptaba la propiedad privada, pero, a diferencia de los romanos, entendía que debía estar limitada por razones de fuerza mayor. Así creía que, por ejemplo, si una persona se encontraba en la indigencia y pasaba hambre, las personas que disponían de una gran riqueza debían desprenderse de lo que no les resultara necesario, para ayudarla a paliar su situación.

Por otra parte, entendía que los intercambios debían regirse por el "justo precio", que era aquel que permitía intercambiar cosas de igual valor, sin pérdida o beneficio para ninguna de las dos partes.

Tampoco aceptaba el cobro de intereses, dado que consideraba al dinero como un bien más. Esto significa que el deudor debía devolver la misma suma de dinero que había recibido. Según Santo Tomás, cobrar intereses implicaba vender el tiempo y esto era patrimonio exclusivo de Dios.

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