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Las teorías sobre el universo:
En la antigüedad hubo muchas teorías sobre el universo, a veces fantasiosas. La
forma general del universo fue imaginada primero como una campana, o una especie
de cúpula, incluso, en una antiquísima leyenda china, como un paraguas. Más
tarde, se consideró que la bóveda celeste era perfectamente esférica y que
rodeaba por todos lados el globo terrestre. Encajadas en la bóveda celeste,
todas las estrellas, consideradas también como esencias perfectas e
incorruptibles, sedes naturales de los dioses y de toda sublime manifestación de
armonía, participaban solemnemente en el movimiento (aparente) de rotación del
cielo.
¿Cuáles eran, para los antiguos, las dimensiones y los límites del universo?
Para Aristóteles, el universo era finito, esférico y perfecto. El estagirita
creía que el universo estaba formado por un número finito de esferas, cincuenta
y cinco exactamente. Para Anaxágoras, en cambio, era infinitamente extenso y
estaba formado por infinitos elementos, llamados gérmenes universales u
homeomerías. En Grecia, la concepción del universo estuvo siempre condicionada
por exigencias y consideraciones de orden filosófico y religioso.
El
mero hecho de pensar en el universo como en una enorme esfera planteaba
inmediatamente una importantísima cuestión: ¿cuál era el
centro de la gran esfera celeste, el punto real o imaginario en torno al cual
giraba todo el universo?
Para
todos los astrónomos, matemáticos y filósofos griegos y alejandrinos el problema
no se planteaba siquiera. Como hemos visto, estos sabios imaginaban la Tierra
como una esfera suspendida en el espacio. Además, observando el cielo, habían
llegado a la conclusión de que todos los cuerpos celestes, el Sol, la Luna y las
estrellas, giraban a su alrededor con regularidad. Ello les condujo a la teoría
según la cual la Tierra, inmóvil en el espacio, se encontraba en el centro del
mundo. Una concepción similar lograba explicar de un modo simple y exaustivo
todo el dinamismo celeste, salvando al mismo tiempo la unidad y la perfecta
armonía del universo. Los círculos, las esferas y los movimientos circulares
eran considerados como otros tantos símbolos de perfección. Por otra parte, a
los griegos, por razones religiosas y filosóficas, les repugnaba la idea de que
en el universo hubiese elementos inarmónicos, cosas imperfectas.
Pero
esta teoría empezó a no satisfacer a algunos astrónomos de aquella época, que
lamentaban que no explicase el movimiento anómalo de los planetas. Entre éstos
figuraba Heráclides Póntico, discípulo de Platón, quien, estudiando los
movimientos de Mercurio y Venus, comprendió claramente que su centro de
revolución debía ser el Sol. Pero también sostuvo que los demás planetas giraban
alrededor de la Tierra. En la estela de este genial precursor, muchos trataron
de demostrar que todos los planetas giraban en torno al astro del día.
Aristarco y el sistema
heliocéntrico: La primera verdadera
formulación de la teoría heliocéntrica fue debida a Aristarco de Samos,
astrónomo griego del siglo III a. C. Según esta teoría, todos los planetas,
incluida la Tierra, giran alrededor del Sol. Aristarco situó la Tierra entre
Venus y Marte; reconoció que la Tierra recorría una órbita completa en un
período de un año y aseveró, por último, que el cielo de las estrellas fijas (la
bóveda celeste) se encontraba a una distancia del Sol prácticamente infinita. De
ahí sacó la conclusión de que en el centro del universo no se encontraba la
Tierra sino el Sol, por lo que nuestro planeta no sólo giraba alrededor del
astro sino también sobre su propio eje. Significativas, aunque aproximadas,
fueron las primeras investigaciones de este extraordinario científico de la
antigüedad sobre las distancias entre los cuerpos celestes. Aristarco calculó
que la distancia de la Tierra a la Luna estaba en una proporción de 1 a 19 con
la distancia de la Tierra al Sol. La Luna tenía un diámetro igual a 0,36 veces
el terrestre y el Sol uno igual a 6,75 veces el de nuestro planeta.
Por
tanto, Aristarco ideó y describió con gran agudeza y exactitud lo que
actualmente llamamos sistema solar. Su teoría, sin embargo, no convenció a los
sabios de su tiempo y fue duramente combatida. Sólo muchos
siglos después fue retomada y revalorizada por el científico Copérnico.
El sistema geocéntrico:
En el bando no heliocéntrico, se intentó, científicamente, dar orden y armonía a
la concepción global del universo. A esta tarea se dedicó principalmente la
astronomía griega, apoyándose en las grandiosas conquistas realizadas en los
campos geométrico y matemático. Platón pidió a su discípulo y hábil matemático
Eudoxo de Cnido (h. 406-355 a. C.) que explicara los movimientos regulares de
los planetas. De ahí surgió una compleja teoría, llamada de las esferas
homocéntricas, que logró explicar satisfactoriamente la cuestión. Por medio de
esferas, cuyo centro coincidía con el de la Tierra, Eudoxo, llamado también «el
divino», logró dar razón de los movimientos de a Luna, del Sol y de los planetas
recurriendo exclusivamente a movimientos circulares. Así se salvaba el
presupuesto fundamental, el geocentrismo (del griego ghe, tierra),
concepción según la cual la Tierra ocupaba el centro del universo.
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