HISTORIA DEL GENOCIDIO ARMENIO

LA MASACRE DE MILES DE ARMENIOS POR EL  GOBIERNO TURCO (LOS JÓVENES TURCOS)

 

 

 

 

Adolf Hitler

Josef Stalin

Pol Pot

Genocidio Judío

Solución Final en Alemania Masacres Humanas

EL GENOCIDIO ARMENIO:
Por Pablo Salvador Fontana. *
El Genocidio Armenio es el primer ensayo del nazismo y antecedente de lo que se ha dado en llamar “la Solución Final”. El permiso necesario que encontraron muchos gobiernos para ejercer su poder y eliminar a un pueblo que actuaba en oposición a sus intereses.

Como un engranaje perfectamente calculado, el plan implicaba que la masacre jamás fuera reconocida oficialmente ni mucho menos castigada: de ahí, que en la actualidad aún se siga negando desde distintos sectores, tanto en Turquía como a nivel internacional.
 

HISTORIA DEL GENOCIDIO: Dos millones de personas vivían en Armenia Occidental bajo el dominio del Imperio Otomano antes de la Primera Guerra Mundial, mientras que Persia dominaba la región oriental que más tarde sería anexada a Rusia. A pesar de las diferencias étnicas y religiosas (cristianos los armenios y musulmanes los turcos) y de ser un pueblo conquistado que vivía subyugado social, económica y culturalmente, durante 600 años no hubo enfrentamientos armados entre ambos.

Hasta que hacia fines del siglo XIX, impulsados por las ideas progresistas que llegaban de Europa, algunos grupos de armenios comenzaron a dar muestra de querer modificar sus condiciones de vida. Pero Armenia continuaba siendo ese territorio clave, cruce de caminos comerciales entre Oriente y Occidente, motivo por el cual el Imperio no estaba dispuesto a aceptar el desmembramiento. Y, ante las primeras rebeliones, llegaron las primeras respuestas. Dos masacres anunciaron lo que vendría: entre 1894 y 1897 fueron asesinados más de 200 mil armenios, y en 1909 se sumaron 30 mil a la lista.



Cuando estalló la Primera Guerra, en 1914, todo armenio barón y menor de 45 años que habitaba en Turquía fue obligado a enlistarse en las tropas otomanas, ahora controladas por un grupo de universitarios militarizados conocidos como los Jóvenes Turcos (miembros del partido Comité de Unión y Progreso, CUP), para luchar junto a Alemania contra la amenaza zarista.

En el bando enemigo, los armenios rusos formaban parte del ejército del zar y debieron ir al frente europeo. Pero el resultado no fue el esperado. Por un lado estuvo la negativa de los armenios que formaban parte de las tropas del Imperio Otomano a iniciar acciones contra los armenios que habitaban territorio ruso; y por el otro, las acciones subversivas de armenios rusos en territorio otomano desataron la ira turca.

Y la represalia no se hizo esperar: los soldados armenios fueron culpados de traición por su sola nacionalidad, desarmados y enviados a realizar trabajos forzados. Los Jóvenes Turcos habían comenzado su fase antiarmenia. (Imagen: Lideres de los Jóvenes Turcos)

El Comité de Unión y Progreso (CUP) o Ittihad ve Terakkí Jemiyettí, conocido popularmente como los "Jóvenes Turcos". Tres figuras del CUP controlaban el gobierno; Mehmet Talaat, Ministro del Interior en 1915 y Gran Primer Ministro en 1917 (Grand Vizier); Ismael Enver, Ministro de Guerra y Ahmed Jemal, Ministro de Marina y Gobernador Militar de Siria.

Fue así que el 24 de abril de 1914 se formó una Organización Especial (OS) integrada por ex presidiarios entrenados para limpiar de armenios el territorio turco. Se ordenó una deportación masiva hacia la Mesopotamia y el desierto que, durante más de un año, se extendió en las zonas de influencia y en los campesinados alejados de cualquier territorio de conflicto.

Cada armenio contaba con dos días para abandonar su hogar. A los más influyentes, a los más preparados, se los fusilaba directamente, y el resto debía lanzarse hacia una de las tantas caravanas por el desierto en que las que se sucederían las matanzas indiscriminadas, los abusos contra mujeres y niños, el abandono de personas hasta su lenta y agónica muerte por hambre y sed. Hubo en esos éxodos más de 25 campos de concentración, en su mayoría abiertos, y se hundieron en el mar barcos cargados de víctimas.

El desierto se cubrió de cadáveres sin tumba. Hasta que ya casi, no quedó nadie. De dos millones de armenios sobrevivieron menos de 600 mil, y ninguno en territorio otomano.


Los que lograron escapar de la deportación se ocultaron gracias a la ayuda de funcionarios conocidos, amigos o misioneros, y se exiliaron donde pudieron: Siria, el Líbano, Rusia. Y de allí a cualquier parte del mundo.
 

DE LA NEGACIÓN AL HABLA:

Guerra entre pueblos, esgrimieron los turcos. Ataque en legítima defensa. Deportación por cuestiones estratégicas. El genocidio fue negado desde el primer día en que comenzó. Y a lo largo del siglo XX Turquía se encargó de cuidar y mantener su maquinaria del olvido. La intención era clara: borrar las huellas de la existencia armenia, por todas las vías posibles.

A la muerte tangente, real, vino a sumarse entonces la muerte simbólica: aquí no ha ocurrido nada, no hay nada que transmitir. Arando cementerios, deportando a los niños en edad de recordar, imponiendo leyes totalitarias que restringen el acto mismo del habla, el Estado turco quiso llevar el negacionismo al extremo. No dejar rastros.


Lejos, diseminados por Europa, América y Asia, los sobrevivientes, que llevaron con ellos la memoria, callaron. Llevados a comenzar una nueva vida, con sus familias desintegradas, mutiladas, muertas, no tenían a quién contar. Así, el duelo de todo un pueblo nunca pudo ser hecho, porque para eso es necesario decir. Un testigo que hable y uno que esté dispuesto a escuchar. Creer en lo que se escucha y autentificar de esa forma la vivencia. Recién entonces, el duelo podría hacerse efectivo.

VOCES QUE DICEN:
Alejandro Schneider, es doctor en Historia, director del Proyecto Exilio Político Armenio y codirector del Programa de Historia Oral de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Él, lo supo desde un primer momento, de la necesidad de contar, por eso, junto con un grupo de investigadores de la UBA y de la Fundación Luisa Hairabedian, crearon en la Argentina el primer Archivo de Relatos Orales que funcionan en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras.

Un Archivo de la palabra, que rescata para el mundo la memoria de los sobrevivientes del genocidio que llegaron en un exilio forzado a nuestro país. Porque hoy a los 90, 100, y hasta 104 años de edad esos testigos necesitan llevar a cabo la transmisión: son los niños deportados que habían presenciado el horror y que podían y aún pueden, recordar.
 

Dice Schneider: “Nos interesa preservar la historia y la memoria, la historia oral en particular permite dar voz a quienes no la han tenido. Porque los armenios fueron un pueblo perseguido, torturado, asesinado es que nosotros tenemos que dar a esos sobrevivientes para constituir la historia, dar una respuesta al negacionismo histórico.”
 

La metodología es analizar historias de vida en base a entrevistas semiabiertas donde el entrevistado cuenta cómo era su infancia, a qué se dedicaban sus padres, cuántos hermanos tenía, en qué barrio vivía, si llegaba a estudiar, cómo era el pueblo, cómo era la relación con los turcos.
 

Y la más frecuente pregunta de las víctimas cuando alguien se le acerca a preguntar por lo sucedido es: ¡pero usted! ¿por qué tardó tanto en llegar?. Yo quiero ser útil para que se sepa la verdad.


La antropóloga, Lucila Tossounian, explica que “… las sensaciones son múltiples, son relatos muy cargados y hay que estar muy pendientes del otro. Son personas muy grandes que de repente tienen que cortar el relato por el llanto o por la bronca.”

La mayoría de los involucrados en el proyecto son jóvenes descendientes de armenios que al presente bromean por el “ian” que homologa los apellidos y les permite definirse como “la nueva generación”. Esta “nueva generación” no reconocen su armeneidad a través de símbolos y valores tradicionales sino por la búsqueda que les permite reencontrarse con una historia tantas veces negada.

Uno se los grandes interrogantes dejados por las grandes masacres es cómo se puede contar el dolor. Y lo que esta experiencia de los relatos hace es, justamente, mostrar que existen varios caminos. Un camino es el que dice Alexis Papazian, recién recibido de Historiador: “…yo a mis abuelos, que eran sobrevivientes, no los conocí, y mis padres no hablaban del tema, con lo cual nunca sabía bien qué decir sobre el genocidio armenio. Tenía un vacío no sé si de información, pero sí de transmisión familiar. Si ellos pueden contar, es justamente porque esas experiencias se las están transmitiendo a un entrevistador. En el entorno familiar no es siempre tan fácil: la ausencia de transmisión también es una forma de relato; que no me haya enterado también es lo que hace en algún punto que hoy esté acá.”

ARCHIVO: En el Archivo, trabajan doce recopiladores, jóvenes profesionales de Antropología, Sociología, Historia, Filosofía y Derecho que, además de entrevistar sobrevivientes en Buenos Aires, han viajado a San Luís, Córdoba y Montevideo. Toman a la palabra como tesoro invaluable, camino hacia la verdad. La metodología de la Historia Oral pone a la palabra casi en el plano de igualdad con el testimonio escrito. Y hasta ahora, dicen los investigadores que todos los relatos orales coinciden en los incendios de casas, en las violaciones de niños y mujeres, en las caravanas de la muerte por el desierto. Ahí queda saturado el criterio de verdad y se llega a la conclusión de que esto evidentemente existió y que no se puede negar.


Sin embargo, la mitad de los sobrevivientes luego de dar su testimonio, falleció poco tiempo después. ¿Es posible vincular ambos hechos, el testimonio y su muerte?. ¿Es posible pensar que descansan en paz habiendo entregado esa historia que cargaron durante tantas décadas?. En cualquier caso, para los investigadores, el apuro corre en paralelo al trabajo hecho. Entonces, la tarea de recopilación se convierte en una tarea contra reloj. El lema es: “donde halla un sobreviviente, allá vamos”. Porque el propósito principal es el de crear una base de datos con testimonios de personas que en cinco o diez años no van a vivir. Lo que se trata de lograr es la creación de un registro que haga a la memoria, y también que sirva como prueba de lo que sucedió.


LA CAUSA Y LA FUNDACIÓN: Además de todo lo registrado en los Archivos, se encuentra la lucha que comenzó hace algunos años, el escribano Gregorio Hairabedian, cuya familia paterna y materna fue diezmada en el genocidio.

El mismo, inició una “Causa por el Derecho a la Verdad y el Derecho contra el Estado de Turquía”. Fueron años de estudio que hasta incluyeron una lectura exhaustiva de la causa del caso “Rodolfo Walsh”, el proceso efectuado contra Augusto Pinochet por el juez Baltasar Garzón y finalmente lo que sería la señal de largada que tanto estaba esperando: las acciones iniciadas por los familiares de los desaparecidos durante la última dictadura militar argentina una vez abolidas las leyes de Punto Final y Obediencia debida.


Dice Hairabedian: “…encontré que había un paralelo entre las motivaciones que los genocidas tuvieron allá por 1915 y las que tuvieron acá en 1976. Hay una matriz común que es la de extirpar, la de exterminar un pueblo determinado. Eso me hizo pensar que era posible llevar a juicio el exterminio de cientos de miles de personas entre los cuales se encontraban todos mis ancestros, calculados en más de cincuenta personas.”
 

Luego de una primera resolución negativa que fue apelada, el juez Norberto Oyarbide hizo lugar al pedido del escribano y emitió exhortos a todos los países involucrados en la causa para que abrieran sus archivos y enviaran a la Argentina las pruebas necesarias.


Al poco tiempo, su hija Luisa Hairabedian se convirtió en su abogada y, cuando las respuestas favorables de los primeros países empezaron a llegar, los dos entendieron que iba ser necesario viajar a Europa para buscar personalmente las pruebas y seguir adelante con el juicio. Entonces iniciaron gestiones con cancilleres, embajadores, abogados y juristas, y lograron despabilar el adormecido sistema jurídico internacional que se empecinaba en olvidar lo ocurrido. Varios documentos provenientes de Estados Unidos, Francia, Alemania y España fueron llegando de a poco.

Sin embargo, el destino tiende sus redes, va trazando el camino sin explicar por qué: a cuatros años de trabajar en el proceso, Luisa murió en un trágico accidente de autos. Y acá es cuando entró a escena Federico Gaitán, su hijo de 23 años, que pasó a convertirse en la voz cantante del juicio y en recopilador de testimonios orales. Para darle aún, un sustento más sólido a su trabajo, abuelo y nieto decidieron crear una Fundación que llevara el nombre de Luisa (“Luisa Hairabedian”) y tuvieron los mismos desafíos que ella tenía en vida. Así, casi sin proponérselo, lograron algo que hasta entonces parecía imposible: sumar a todas las instituciones armenias a la causa, que trascendió la historia de la familia para devenir causa de toda una comunidad.

Las respuestas positivas lentamente comenzaron a llegar, como de Bélgica e Inglaterra, aunque el Vaticano y Rusia aún no han contestado, ya se puede acreditar que en Armenia hubo un delito de “lesa humanidad”. Una vez que se logren reunir todas las pruebas, el juez emitirá un petitorio con el procedimiento a seguir.

Lo que venga de ahora en adelante no será una tarea sencilla, y para comprobarlo alcanza con echar un vistazo a la situación actual del otro lado del océano. Los únicos casos que existen en la Justicia Internacional sobre el genocidio armenio tienen que ver con reclamos patrimoniales o pedidos de resarcimiento económicos de descendientes armenios estadounidenses. Mientras la Unión Europea evalúa el ingreso de Turquía a la mega-alianza económica, ese país continúa rigiéndose bajo una ley cuyo Código Penal establece que la sola mención del genocidio es punible con un castigo que va de los tres a los diez años de cárcel. Los intelectuales armenios siguen siendo perseguidos por su armeneidad, y los poquísimos turcos que se animan a tener una visión opuesta a la del gobierno deben exiliarse, como sucedió con el Premio Nóbel de Literatura, Orhan Pamuk. Con respecto a la causa argentina, el gobierno turco respondió a los exhortos diciendo simplemente que no le correspondía informar ni abrir archivos. Pero, pese a todo, los Hirabedian siguen firmes en su lucha, alentados por los logros que obtuvieron hasta el momento.

Mientras tanto, Turquía continúa con la postura negacionista, y los actuales gobernantes son encubridores, lo cual también los inculpa. Si hubo un delito, se debe mostrar en una instancia judicial, por eso la tarea es obligar a Turquía a ir a un juicio. Y la familia Hirabedian piensa en positivo al respecto, dicen: “…sabemos que vamos a llegar a Europa. Y si no llego yo, llegará mi nieto: nos guían las dos grandes banderas que la humanidad tiene siempre que levantar: la de la verdad y la de la justicia. Porque además sabemos que desde nuestra particularidad armenia estamos también trabajando en la lucha por la verdad y la justicia en cualquier rincón del mundo”.

RELATO SOBRE RELATO:
Fue la escritora Claudia Piñeiro, autora del best seller “Las viudas de los jueves”, quien recogió la historia de esta familia para contarla en una obra de teatro. Bajo el título “Un mismo árbol verde”, el núcleo de la trama es el genocidio armenio, corriendo un paralelo con nuestra última dictadura militar. Como ella misma dice, Piñeiro no hizo más que dar forma a hechos que le contaron, porque Luisa Hairabedian era su amiga y, con el proyecto de armar entre ambas el guión de una película, le relataba los dramas que había atravesado su abuela: el sufrimiento por la usurpación y expulsión de su casa familiar, las atrocidades a las que sometían a los deportados, la muerte de cinco de sus hijos por hambre en la caravana con la que atravesó el desierto, la supervivencia en medio del terror, su llegada a la Argentina donde volvería a enfrentarse con el pasado cuando los militares irrumpieran en su casa para secuestrar y torturar a sus nietas.

Relato basado en relato de historias secretas pasadas de generación en generación. Dice Claudia Piñeiro: “Muchas veces sucede que alguien se acerca a un escrito creyendo que la historia que tiene para contar es única y merece ser escrita, como si ponerlo en letras sobre un papel, pasar de lo oral a lo escrito, le diera otra categoría. Pero no siempre esas historias llegan a comprometer la voluntad de la escritura. En este caso, la pasión con que Luisa contaba su historia hizo que la sintiera como propia.”

Por eso, a tres años de la muerte de su amiga, se propuso completar esa tarea proyectada en conjunto a través de “Un mismo árbol verde”, reestrenada en el teatro con el auspicio de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación con la actuación de Marta Bianchi y Noemí Frenkel. Cruce entre realidad y ficción, podría decirse que todo está ahí: los estragos del vínculo madre-hija, el recuerdo del pánico, la iniciativa del juicio político, los militares argentinos irrumpiendo con una violencia que llevó a la metzma (como se nombra en armenio a la abuela) a gritar desesperada: ¡Volvieron los turcos!, mientras la separaban de su nieta.

Lo que revela el profundo temor de que la historia se repita. Como en la Colonia Penitenciaria de Kafka, cuando los seguidores de quien aplicaba la tortura con una máquina de tallar la condena sobre el cuerpo dicen que ya llegarán tiempos en que ellos y su métodos podrán volver a la luz.
 

Tal vez el haber oído, el no haber inventado sino recibido, lo que hace que Claudia Piñeiro sienta que la historia no es suya. Por eso, hoy en día cede lo que cobra por derechos de autor a la Fundación Hairabedian. Dice la autora: “A pesar de haber hecho un trabajo profesional, yo siento una especie de pudor, no sé si la historia es mía. Tengo una sensación de que en algún punto no me pertenece”.Pero tal vez lo importante no sea eso, sino el propósito. La voluntad. La certeza de que, de una u otra forma, determinadas cosas deben se dichas: los hechos, como las palabras, no tienen dueño. Y en boca de la misma Piñeiro: “Solo la memoria de todos puede evitar nuevos genocidios”.


EL INTELECTUAL VALIENTE:

En un territorio donde ciertos tabúes operan como leyes, pocos son los intelectuales que se atreven a hablar. Es que, en Turquía, pronunciar algunas palabras significa estar cometiendo un crimen. No es necesario ir muy atrás en el tiempo para entender los riesgos de emitir una opinión “impropia” en ese país: Hrant Dink, periodista y editor de Agos (el diario para la minoría armenia que se distribuye en esa región), fue acribillado a principios de 2007 en la puerta de su trabajo mientras era sometido a un juicio bajo el cargo de haber denigrado la integridad turca al haber utilizado, presuntamente, la palabra genocidio.

El Nóbel de Literatura Orhan Pamuk, por su parte, debe vivir actualmente en el exilio por haber respondido en una nota periodística que: “30 mil Kurdos y un millón de armenios murieron en estas tierras”. Y aunque ni Pamuk ni Dink pronunciaron jamás la terrible palabra, el temeroso gobierno turco debe enfrentarse hoy, a un intelectual que no sólo lo dijo en una columna del Agos sino que lo repite cada vez que puede. “Lo ocurrido entre 1915 y 1917 no puede ser llamado de otro modo que como un genocidio”

Taner Ackham, sociólogo e historiador turco que viene investigando el tema desde hace más de quince años. También es Profesor del Centro de Estudios sobre Holocaustos y Genocidios de la Universidad de Minnesota en Estado Unidos y del Instituto Internacional de Estudios sobre Genocidios y Derechos Humanos de la Universidad de Toronto en Canadá.

Ackham ya había sido condenado bajo el artículo 301 en 1976. Pero fue específicamente por el caso Dink que volvió a tener problemas legales en Turquía. Antes de la muerte de su colega, él había escrito una columna en su defensa en la que decía que Dink nunca utilizó la palabra genocidio. El no se involucraba en esa discusiones. Si alguien le preguntaba, sólo decía: “Pueden llamarlo como quieran. Yo sé lo que sucedió con mi gente”. Entonces, dice Ackham: si decir genocidio es un delito y el que lo dice merece ser perseguido, Hrandt Dink debe ser tachado de esa lista. Yo soy el que comúnmente utilizo la palabra genocidio en mis artículos en Agos porque creo que lo que ocurrió en 1915 y 1917 debe ser llamado de esa forma. Espero que este artículo sea utilizado como una prueba de mi culpabilidad”.

Obviamente, Taner Ackham se jugó la vida al escribir esas palabras. El clima de linchamiento generalizado no lo amedrentó, ni lo hizo una vez asesinado Dink. Con ese temple que adquieren quienes se mueven en el camino de verdad, en una entrevista telefónica Ackham despersonaliza la causa en su contra considerándolo “un caso contra un individuo que no tiene implicancias prácticas –de hecho puedo caminar libremente por Turquía hasta que sea dictada la sentencia-, pero sí políticas. Hay un sector muy conservador en Turquía que no está interesado en que el país ingrese a la Unión Europea y este tipo de cosas sirve para que eso no ocurra. Ellos son los que quieren radicalizar a la opinión pública en este aspecto”.



Desde ese mismo punto de vista, se mantiene escéptico con respecto a un futuro reconocimiento del genocidio por parte del gobierno turco. “Están tan alejados de reconocerlo que ni siquiera ocupa un lugar en sus agendas. Son firmes en su negación y se pudieron mantener en esa postura porque recién ahora puede ser un problema para diplomáticos o interesados en ingresar a la UE. Y precisamente el hecho de que ahora sea un problema para ese proyecto es lo que lleva a los sectores conservadores a reafirmar aún más su postura negacionista”.
 

Con respecto al lugar que ocupan los intelectuales para que la situación cambie, Ackham es claro a la hora de marcar lo que lo diferencia de la tendencia generalizada: “Los intelectuales turcos no tienen una posición clara en este tema. Es más creo que ni siquiera les preocupa”, plantea con una inspiración triste y finaliza diciendo: “Generalmente centran la discusión del genocidio alrededor del problema de la libertad de expresión porque creen que, una vez que se pueda hablar del tema, el problema estará resuelto. Pero yo estudio el tema desde hace más de 15 años y he escrito un libro como “A Shameful Act”, que fue publicado en Turquía y agotó una primera edición, porque creo que son cosas como ésas las que contribuyen a que se aprenda sobre este genocidio”.

LA MISMA COSA:

La famosa frase de T.W. Adorno: “cómo escribir poesía después de Auschwitz”, es trasladable a otros horrores y a otras imposibilidades de dar cuenta por medio del lenguaje. Pero lo que plantea Adorno no es una aseveración sino una pregunta: “¿Cómo hacerlo?”.
Fue la escritora, Claudia Piñeiro, autora del best seller “Las viudas de los jueves”, quien recogió la historia de una familia tras el genocidio, para contarla en una obra de teatro, bajo el título “Un mismo árbol verde”. El núcleo de la trama es el genocidio armenio, haciendo un paralelo con nuestra última dictadura militar.
 


Dice la autora: “Será por eso que, se trate de la Shoah, del genocidio armenio o de los exterminios realizados por al dictadura militar en argentina, nos encontramos todo el tiempo con escritores, filósofos, ensayistas y hasta poetas intentando encontrar esa palabras que den cuenta de los hechos que no dejan de ser siempre la misma cosa. Y digo cosa a propósito, para señalar esa dificultad, la de encontrar las palabras justas que logren nombrar lo tremendo, lo aberrante, lo incomprensible de ciertos crímenes perpetrados en las mismas sociedades en las que vivimos”.

Continúa diciendo: “El nombre de la obra, por ejemplo: ¿Por qué “Un mismo árbol verde?”. A veces, los pueblos o las personas creen decir lo mismo y sin embargo hablan de cosas diferentes. Hay ciertas palabras que no nombran lo mismo, teniendo en cuenta la historia personal, las vivencias, las realidades de quienes las pronuncian. El hambre, ¿puede ser lo mismo para el que pasó hambre en una guerra o en un destierro, para quien está en los límites intolerables de la pobreza, que para alguien que cuando siente hambre va a la heladera y se sacia?. Quienes tenemos qué comer ¿podemos saber exactamente lo que nombra la palabra “hambre” cuando la pronuncia otro? O “tortura”, o “humillación”, o “justicia”.

El título habla de eso, según Piñeiro, del valor relativo de las palabras. Encontrarlas, encontrar las respuestas al cómo que plantea Adormo, es una tarea difícil que puede llevar a resultados no del todo satisfactorios.
 

Y finaliza diciendo que: “A esta altura, aprendimos que la memoria es un valor superior que justifica ciertos errores que podamos cometer al intentar describir el horror. El único valor que puede ayudarnos a no repetir siempre la misma historia”.

* Profesor de Historia

BIBLIOGRAFIA:
Hobsbawm, Eric, “El siglo XX”, Crítica.
Barruti, Soledad y Gorodischer, Violeta, Página 12, edición del 15.4.07. /Radar.

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