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LECCIÓN XIX: ORGANIZACIÓN DE LA MONARQUÍA IMPERIAL.
DESDE DIOCLECIANO HASTA JOVIANO
(285-364).
1. Organización del imperio por Diocleciano.—
Aunque de un origen humilde, nacido en Dalmacia, Diocleciano, dotado
de grandes talentos militares, se había elevado a los primeros
puestos por su propio mérito; y proclamado emperador a la
muerte de Numeriano y de Carino, manifestó en el trono sus grandes
dotes de hombre político y de gobierno.
Los males que aquejaban al imperio tenían muy diverso
origen. La escasa importancia del poder imperial, cuyas atribuciones
no estaban bien determinadas; el desorden y la tiranía de la
administración provincial; y las exigencias crecientes cada día de
los pueblos bárbaros en las fronteras. Estas tres causas podían
estimarse como las principales y más influyentes en la decadencia de
Roma, y Diocleciano se propuso remediarlas, empleando con este fin
su poderosa iniciativa y su incansable actividad.
Diarquía.
En primer lugar rodeó su persona del fausto y de la pompa de los
monarcas orientales; y tomó como asociado a Maximiano, con el
título de Augusto, distribuyéndose entre ambos las provincias,
reservándose Diocleciano el Oriente, y eligiendo para su residencia
la ciudad de Nicomedia; y quedándose en Occidente Maximiano,
que se estableció en Milan.
Ambos se rodearon de una corte numerosa, teniendo a sus órdenes las
legiones correspondientes para contener a los bárbaros. Entre tanto,
Roma fue abandonada; el senado y las magistraturas romanas perdieron
por esta causa la escasa importancia que aun conservaban; y fue
abolida la guardia pretoriana.
2. Guerras en Oriente y Occidente.
— La división del imperio tenía por objeto
facilitar la guerra contra los pueblos que habitaban en las
fronteras; con cuyo fin se eligieron por capitales las dos ciudades
mejor situadas, Nicomedia y Milán.
En la primera guerra Maximiano sometió y castigó duramente a los
paisanos de la Galia (Bagodas) que agobiados por la miseria
se habían sublevado contra los romanos. Tuvo que hacer la paz con
Carausio, que se había declarado emperador independiente en la
Bretaña; y derrotó a los Francos en las orillas del Rhin, reparando
las fortalezas entre este rio y el Danubio. En el Oriente,
Diocleciano venció a los Persas y Sarracenos; también a los Godos y
Sármatas en las orillas del Danubio.
3. La Tetrarquía.
— No bastando la actividad de los dos Augustos para contener las
frecuentes irrupciones de tantos pueblos que por diferentes puntos
atacaban el imperio, Diocleciano creyó necesario dar participación
en el gobierno a dos nuevos auxiliares, con el nombre de Césares,
que venían a desempeñar las funciones de lugartenientes de los
dos emperadores, a quienes habían de suceder.
Fueron nombrados
Galeno, César de Diocleciano, y Constancio Cloro de
Maximiano, repartiéndose las provincias entre los cuatro de la
manera siguiente: Diocleciano se encargó del Asia y el Egipto, y
dejó a Galeno Grecia, Tracia, Mesia, Panonia, etc., estableciéndose
en Sirmium: Maximiano se reservó la Italia y el África, y
encomendó a Constancio Cloro la España, las Galias y la Bretaña,
eligiendo por capital a Tréveris (Augusta Treverorum).
4. Reformas administrativas de
Diocleciano. — La Tetrarquía, o división del
imperio en cuatro gobiernos, se relacionaba con la administración de
las provincias, que Diocleciano se propuso reformar. En primer lugar
igualó a Italia con las provincias, despojándola del privilegio que
siempre había tenido de no pagar tributos. Disminuyó la autoridad de
los prefectos, y de los gobernadores, dividiendo las grandes
provincias, y estableciendo los vicarios o subprefectos.
Diocleciano llevó los beneficios de su gobierno a las letras y al
derecho, ordenando las primeras codificaciones que se conocen en la
historia con el nombre de Gregorio y hermógenes. Favoreció la
industria y el comercio; y procuró con singular esmero los adelantos
de la agricultura, mejorando la condición de los colonos.
5. Nuevas guerras en Oriente y
Occidente. — Los dos Augustos y los dos
Césares, comenzaron la guerra con los pueblos limítrofes a sus
respectivos gobiernos. En Oriente Diocleciano venció a Achileo que
se había apoderado del Egipto; y Galerio fue encargado de la guerra
con los Persas, que al mando de Narsés, habían invadido Armenia,
aliada de Roma: y aunque en una primera expedición estuvo en peligro
de perder su ejército en los desiertos de la Persia, consiguió
después vencer a Narsés, que tuvo que pedir la paz, cediendo la
Mesopotamia y quedando el Tigris como limite del imperio. La paz de
Nisibis se celebró con gran solemnidad en Roma.
Entre tanto, en Occidente Maximiano derrotó en África al usurpador
Juliano; y Constancio Cloro venció a los bárbaros en las orillas del
Rhin persiguiéndolos hasta el Weser; pasó a Bretaña y concluyó con
el gobierno independiente de Carausio.
6.
Abdicación de Diocleciano y Maximiano.
— Cansado de los negocios, debilitado por las enfermedades,
insensible a los goces y hastiado de las ilusiones del mando,
Diocleciano resolvió abdicar el imperio, cediendo además a las vivas
instancias de Galerio; y puesto de acuerdo con su colega Maximiano,
en un mismo día abandonaron ambos el trono, sucediéndoles los dos
Césares, Galerio y Constancio Cloro.
Diocleciano se retiró a su pueblo natal de Salona en
Dalmacia, donde pasó los últimos años de su vida, dedicado
exclusivamente al cultivo de sus jardines.
Galerio y Constancio Cloro nombraron Césares a Maximino Daia y a
Severo. Constantino, hijo de Constancio, permaneció algún tiempo al
lado de Galerio que, envidioso de sus relevantes condiciones, le
hubiera quitado la vida a no temer una sublevación en el ejército,
entusiasta del hijo de Constancio. Este llamó a su hijo a Bretaña,
donde se encontraba; muriendo poco después en Evoracum (York)
dejando por sucesor a Constantino, que fue nombrado Augusto por las
legiones.
7.
Juicio sobre el reinado de Diocleciano.
— No se puede negar la grandeza del reinado de Diocleciano. Cuando
el mundo romano se hundía bajo el inmenso desorden de la anarquía
militar, Diocleciano, dotado de grande energía y de mayor actividad,
consiguió evitar por el pronto su ruina, y comunicar nuevos alientos
a aquel cuerpo moribundo, merced a lo cual pudo prolongar todavía
cerca de dos siglos su existencia.
Pero Diocleciano, que no era un talento de primer orden, a pesar
de sus grandes dotes, no podía conocer, y no conoció las causas
principales de la decadencia del imperio; así es que sus
disposiciones contribuyeron unas a mejorar grandemente la situación
de la sociedad, mientras que otras produjeron el efecto enteramente
contrario.
Diocleciano consiguió dar unidad y moralizar un tanto la
administración provincial; realizó con valor la igualdad en los
impuestos; concluyó con el despotismo de los pretorianos, y
favoreció la agricultura, la industria y el comercio. Pero no acertó
a rodear la monarquía de las instituciones políticas que le eran
necesarias contentándose con encumbrar la persona del monarca,
revistiéndola de la pompa y del fausto oriental; pero dejando la
institución tan expuesta como estaba antes a los vaivenes de la
política y a la fuerza ciega de los acontecimientos.
La diarquía, y después la tetrarquía, si bien es cierto que eran
el único medio de contener las irrupciones de los bárbaros,
sembraron también el germen de división en el imperio, que dará sus
frutos más adelante en tiempo de Teodosio. Y esta división por una
parte, y por otra el abandono de Roma, concluyeron con la fuerte
unidad, característica de la política romana, que siempre había
estado representada en la gran ciudad como cabeza del mundo.
Por último, aunque compelido por Galerio, Diocleciano cometió la
torpeza y la inhumanidad de ordenar la última y más cruel
persecución contra los cristianos.
8. Seis emperadores a la vez.
— A la muerte de Constancio Cloro, según el orden
establecido por Diocleciano, quedó ocupando el primer lugar de la
Tetrarquía el otro Augusto, Galerio, quien se dio por colega a
Severo que era ya César; mientras que Constantino el hijo de
Constancio, a pesar de haber sido proclamado Augusto por las
legiones de Bretaña, tuvo que resignarse a desempeñar el papel de
César.
Por otra parte, el disgusto general en Italia contra Galerio, por
la exacción de los tributos que ordenaba la ley de Diocleciano, y el
descontento de los romanos por haber perdido su ciudad la
preeminencia de capital del imperio, dio por resultado una
sublevación general en Roma, en la que fue proclamado emperador
Majencio, hijo de Maximiano, quien volvió a tomar el
titulo de Augusto que antes había tenido como colega de Diocleciano.
Severo, el Augusto nombrado por Galerio, desde Milan se dirige
contra Majencio y Maximiano, pero no pudiendo penetrar en Roma,
abandonado por sus tropas, y perseguido por Maximiano, tuvo que
encerrarse en Rayana, y tomada la ciudad, fue condenado a muerte.
Galerio intentó vengar la muerte de su colega, pero mal recibido
en Italia, hizo la paz con Majencio y Maximiano, reconociéndolos
como soberanos, y nombró Augusto a Licinio en sustitución de
Severo. De esta manera se elevó a seis el número de Augustos, que
fueron, Maximiano y Majencio en Italia y África,
Constantino en las Galias, Galerio y Licinio en
Iliria, y Maximino Daia en Oriente.
9. Guerras entre los Augustos.
— Semejante división no podía subsistir, porque todos los
Augustos aspiraban a la dominación única en el Imperio. Las luchas
comenzaron entre Majencio y su padre Maximiano: vencido este último,
se refugió al lado de su yerno Constantino, en busca de su apoyo
para recuperar el trono. Constantino se negó a esta pretensión, y el
ambicioso anciano conspira contra él; descubiertas sus
maquinaciones, tuvo que huir de Tréveris, y perseguido por su yerno,
se quitó la vida en Marsella. Poco después acaba Galerio sus días,
publicando antes de morir el edicto de tolerancia en favor de los
cristianos.
Vencedor de Maximiano, Constantino pasa a Italia, donde su cuñado
Majencio se había hecho odioso por sus crueldades; y entablada la
guerra entre ellos, Constantino sustituye la antigua bandera romana
por el Lábaro con la cruz y el nombre de Jesucristo, en
recuerdo de un sueño, en el cual se le apareció un anciano
manifestándole una cruz con esta inscripción, In hoc signo vinces.
Constantino derrota en Turin, en Verona y en el Puente Milvio,
a Majencio, que murió ahogado en el Tíber; siendo recibido con
trasportes de alegría en Roma, donde consiguió restablecer el orden,
y atraerse los ánimos del pueblo y del senado, y procuró alejar las
legiones mandándolas a pelear contra los bárbaros de Germania.
Licinio, dueño del Oriente, había establecido alianza con
Constantino, casándose con su hermana Constancia; y derrota en
Andrinópolis a su César, Maximino Daia, que se suicidó poco después.
De los seis Emperadores sólo restaban Constantino en Occidente, y
Licinio en Oriente. Reunidos ambos en Milan, publicaron el edicto de
tolerancia religiosa para todos los cultos, poniendo fin de
esta manera a las persecuciones contra los cristianos. Pero
aspirando ambos a dominar en todo el imperio, la guerra no se hizo
esperar. Licinio fraguó una conspiración contra su cuñado, y
descubierta por éste, se entabló la lucha, en la que Licinio después
de haber sido derrotado, pidió y obtuvo la paz, cediendo a
Constantino Panonia, Iliria, Macedonia y Grecia.
Después de algunos años de tranquilidad entre los dos emperadores,
que Constantino emplea en combatir a los Godos en la Panonia, la
Iliria y la Dacia, la guerra estalla entre ellos, bajo el pretexto
de que Licinio perseguía a los cristianos, a pesar del edicto de
Milan. Licinio fue derrotado en Andrinópolis y en Calcedonia, y
muerto poco después en Tesalónica de orden de Constantino, quedando
éste como único emperador.
10.
Constantino único emperador. Fundación de Constantinopla.
— Por la muerte de Licinio quedó Constantino como único dueño del
Imperio; con objeto de terminar las cuestiones religiosas
entre Arrió y san Atanasio, obispo de Alejandría, reunió el primer
concilio ecuménico en Nicea.
De regreso en Roma, Constantino manchó su historia mandando quitar
la vida a Crispo, su hijo más querido, y a su madrastra
Fausta, acusados de incesto y adulterio; cuyo hecho fue
severamente reprobado por su virtuosa madre santa Helena, y del cual
se arrepintió bien pronto el mismo Constantino.
Estos acontecimientos contribuyeron quizá a confirmar a
Constantino en su idea de fundar una nueva capital del Imperio, Roma
apegada a sus antiguas instituciones, y centro del paganismo, no
podía convenir al fundador de una nueva monarquía, ni al protector
de una nueva religión. Y esto unido con la magnifica situación de
Bizancio; colocada entre dos mares y uniendo dos continentes; y su
proximidad al Danubio por una parte, donde constantemente amenazaban
los Godos, y por otra al Eúfrates donde acampaban los Persas,
decidió a Constantino o elegir aquel lugar para su nueva residencia;
en muy poco tiempo Bizancio se aumentó considerablemente, se
embelleció con magnificas construcciones, y Constantino
estableciéndose en ella, y dándole el nombre de Constantinopla, la
enriqueció con todos los privilegios de la antigua capital del
mundo.
11. Reorganización del Imperio por
Constantino. — Constantino se propuso
completar la organización política de Diocleciano, centralizando el
poder en manos del emperador, igualando la condición de todas las
provincias, y concluyendo con el predominio de la fuerza militar.
En primer lugar rodeó su persona de altos dignatarios, y
funcionarios privilegiados que vinieron a sustituir a la antigua
nobleza, dándoles los nombres pomposos de ilustres, nobilísimos,
patricios, honorables y perfectísimos. Creó un consejo
privado, una especie de ministerio, formado de siete personajes de
la principal nobleza, encargados de la alta administración del
Estado, y de los cuales dependían un gran número de funcionarios de
distintas categorías.
Para la mejor administración y gobierno del Imperio, Constantino
lo dividió en cuatro prefecturas del pretorio, que fueron,
Galia, Italia, Iliria y Oriente, poniendo al frente de cada una un
prefecto. Las prefecturas fueron divididas en diócesis,
gobernadas por subprefectos; y las diócesis en provincias,
dirigidas por procónsules o gobernadores. Esta división, sin
embargo, no destruía la unidad del Imperio; pues si esas autoridades
eran iguales entre si, sobre ellas existía el dominio soberano del
emperador, del que todas dependían. Era, pues, la misma tetrarquía
de Diocleciano, pero no expuesta a la división, por la existencia de
un poder supremo que todo lo domina. Con objeto de evitar las
sublevaciones de los prefectos, Constantino les concedió funciones
administrativas y judiciales, pero les privó del poder militar.
Para concluir con el predominio de la fuerza militar, Constantino
comenzó suprimiendo la guardia pretoriana, y disminuyendo el
contingente de las legiones de 6,000 a 4,500 hombres. Dividió las
tropas en palatinas, las que daban guarnición en las
ciudades, y fronterizas las que ocupaban campamentos
fortificados para contener a los bárbaros en los confines del
Imperio. Los jefes superiores de la milicia, llamados magistri
militum, fueron dos al principio, y cuatro después; teniendo
bajo sus ordenes los condes y los duques, etc. Desde este tiempo los
bárbaros, como los romanos, eran admitidos igualmente en las
legiones.
Una administración relativamente tan complicada aumentó
considerablemente los gastos, y hubo necesidad de aumentar también
los tributos, y crear nuevos impuestos, que todos vinieron a pesar
sobre los propietarios, los senadores y el comercio, por estar
exentos de moda tributación el clero, la nobleza y la milicia.
12. Últimos actos de Constantino.
— Constantino completó la organización monárquica y
consiguió remediar los males que corroían el Imperio: habían vencido
a los Francos, Alemanes Godos y Sármatas: recibió embajadores hasta
de pueblos lejanos solicitando su amistad; pero a pesar de haber
presidido el Concilio de Nicea, en sur últimos años prestó su apoyo
al hereje Arrio, desterró a san Atanasio, y fue bautizado, según se
cree, poco antes de morir, por el obispo arriano Eusebio de
Cesárea.
13. Juicio sobre el reinado de
Constantino. — Pocos personajes presenta la historia,
sobre los cuales se hayan emitido juicios tan diversos y
contradictorios, como respecto de Constantino ensalzándolo e
deprimiéndolo, según el aspecto bajo el cual se considere su
reinado. Y la verdad es que sus actos dan motivo suficiente para esa
diversidad de Opiniones.
No es posible negar a Constantino dotes superiores como hombre
político y de gobierno, actividad incansable en sus propósitos, amor
a la cultura y civilización; ni seria justo desconocer los servicios
inmensos que prestó al mundo romano, y con él a la humanidad, no
sólo por la organización dada al Imperio, y por los beneficios de
una larga paz, sino más principalmente por haber dado la libertad a
los cristianos en la predicación y propaganda del Evangelio,
prestando así su poderoso amparo a la única idea que podía salvar a
la sociedad moribunda.
Pero en cambio de tantos beneficios, su memoria está manchada por
la muerte de su hijo Crispo, acusado tal vez sin razón por su
madrastra, y por la muerte de esta misma; y si favorece a los
cristianos, no por eso se despoja por completo de sus preocupaciones
paganas, levantando por un lado magníficos templos al Dios
verdadero, y reparando por otro el templo de la Concordia, y
consultando a los arúspices.
Sin embargo, estas inconsecuencias tienen su explicación.
Constantino había sido educado en el paganismo, que estaba llamado a
desaparecer, y tenía delante de si una religión que lo había de
sustituir: no son de extrañar sus dudas y vacilaciones entre el
mundo que se iba, pero que era conocido, y la nueva idea, cuyo
alcance moral y político no era dable a Constantino prever.
14. Los hijos de Constantino.
— Por el testamento de Constantino había de dividirse el
Imperio entre sus tres hijos, dando a Constancio el Oriente,
a Constante la Italia y África, y a Constantino II
el Occidente; señalándose algunas provincias a sus sobrinos
Dalmacio y Annibaliano.
Creyéndose perjudicados con esta repartición los hijos de
Constantino, y descontentos los nobles y el ejército, en una
sublevación de la guardia de palacio perdieron la vida los sobrinos
y parientes de Constantino, salvándose únicamente Galo
y Juliano, niños todavía.
Libres de la concurrencia de sus parientes, Constancio, Constante
y Constantino, se repartieron el Imberio. Constancio en
Oriente, para defender a Cosroes, rey de Mesopotamia y
aliado de Roma, se empeñó en guerra contra Sapor II,
rey de Persia, perdiendo la batalla de Singara; pero la
defensa de Nisibis, y una invasión de los Masagetas en la
Persia, obligaron a Sopor a hacer la paz con los romanos.
En Occidente Constantino II, como el mayor de los
hermanos, pretendió despojar de la Italia a Constante, y perdió la
vida en una batalla cerca de Aquileya. Dueño Constante de todo el
Occidente, provocó con su tiranta una sublevación en las Galias, por
la cual fue proclamado emperador Magnencio, perdiendo la vida
el hijo de Constantino. Constancio, libre de la guerra de los
persas, se dirigió contra Magnencio, que perdió la batalla de
Mursa, suicidándose después.
15. Constancio único emperador.
— Por la muerte de Magnencio quedó Constancio único dueño de
todo el Imperio que había regido su padre Constantino. Incapaz para
gobernar, entregó al eunuco Eusebio la dirección del Estado cruel y
supersticioso, persigue a los obispos, y destierra al papa
Liberio, que se niegan a aprobar algunos dogmas del concilio
arriano de Sirmium.
Constancio había nombrado César a su primo Galo; y desconfiando de
su lealtad, lo hizo decapitar en Pola de Istria. Entre tanto,
la conducta de Constancio había producido un disgusto general en el
Imperio, a la vez que los Bárbaros intentan pasar la frontera en
Oriente y Occidente.
En esta situación, Constancio nombró César a su otro primo
Juliano, encargándole la guerra contra los francos y alemanes, y él
se encaminó a combatir a los Godos en el Danubio, y a los persas en
Oriente.
16. Juliano en las Galias.
— Suspicaz y receloso, Constancio había dejado muy escasas
fuerzas a Juliano para combatir a los Bárbaros. Sin embargo, después
de algunos descalabros, logró reunir un pequeño ejército, con el
cual consiguió derrotar a los Francos y alemanes, les tomó a Colonia
y les obligó a pasar el Rhin.
Asegurada de este modo la frontera, Juliano volvió a Lutecia
(París) que era su residencia habitual, dedicándose a
mejorar la administración y promover la prosperidad de las Galias.
Entre tanto, su primo Constancio, envidioso de sus triunfos y
temeroso de su poder, le ordena el envío de sus mejores tropas a
Oriente para combatir a los Persas. Su ejército se niega a
marchar, y proclama Augusto a Juliano. Entabla éste
negociaciones con Constancio para que aprobara el nombramiento; y
negándose a ello, se dirigió contra Juliano, muriendo de enfermedad
en Tarso do Cilicia, dejando por sucesor al mismo Juliano.
17.
Juliano el Apóstata. — Siendo el único
individuo que quedaba de la familia de Constantino, y habiéndose
distinguido tanto en su gobierno de las Galias, Juliano fue
proclamado con entusiasmo en todo el imperio.
En el poco tiempo que dirigió los destinos de Roma, reformó la
fastuosa prodigalidad de la corte, expulsando los eunucos,
cocineros, barberos, y mujeres de mal vivir, que había
imperado en los tiempos anteriores, disminuyendo por estos medios
una quinta parte de los impuestos. Restableció el orden en el
imperio, mejoró la administración y gobernó con justicia, mostrando
su gran capacidad en el trono, combates había manifestado sus
talentos militares combatiendo los Bárbaros.
Sin embargo, abjurando el cristianismo, se propuso restablecer el
culto pagano; y aunque no empleó la crueldad de las persecuciones de
Decio y Diocleciano se valió de Otros medios pacíficos, pero más
perjudiciales a la fe que las mismas persecuciones.
En su persecución solapada contra el cristianismo, comienza
proclamando la libertad religiosa, favoreciendo sin embargo el
paganismo, alejando a los cristianos de los cargos públicos,
cerrándoles sus escuelas, privando de sus bienes y privilegios a las
iglesias, y concediéndolos a los templos y al culto pagano.
Poco después en guerra contra los persas, pasó Eúfrates y Tigris,
internándose en desiertos, y aunque consigue a unas ventajas, perdió
la vida en una batalla.
18.
Juicio sobre el reinada de Juliano el Apóstata.
— Juliano había sido educado en sus primeros años en las
máximas del cristianismo; y completó sus estudios en Atenas,
dedicándose con verdadero afán a conocer la literatura y la
filosofía griega, adoptando los principios del estoicismo.
Como general y como César en las Galias, su conducta merece los
mayores elogios, conciliándose por ella la afección del ejército y
de los pueblos. Como emperador procuró entronizar las costumbres y
los principios de los estoicos. Como cristiano, con sus
procedimientos maquiavélicos, con el ridículo y con la sátira, hizo
mas daño a la nueva religión que los más crueles perseguidores.
19. Joviano.
— No habiendo designado sucesor Juliano, en el mismo campo de
batalla fue proclamado por los generales Joviano, que tuvo
que aceptar la paz de Dara, cediendo a los persas algunas
provincias del Imperio, y que reintegró a los cristianos en los
derechos que tenían antes de Juliano. Murió antes de llegar a
Constantinopla, sucediéndole Valentiniano.
RESUMEN
DE LA LECCIÓN XIX.
—1. Diocleciano procuró remediar los males que aquejaban al
imperio. Rodeo su persona del fausto de las monarquías orientales
tomó por asociado a Maximiano, encargándole el gobierno de
Occidente, y él se reservó el Oriente.
—2. Maximiano venció a los Bagodas, paisanos de la Galia; reconoció
a Carausio emperador de la Bretaña; derrotó a los francos y reparo
las fortalezas entre al Rbin y el Danubio. Diocleciano venció a los
godos y sármatas, a los persas y a los sarracenos.
—3. Para atender mejor a la guerra contra los Bárbaros, fueron
nombrados dos nuevos, auxiliares con el titulo de Césares, que
fueron Galeno y Constancio Cloro; creándose de esta manera la
Tetrarquía o gobierno de cuatro, repartiéndose entre ellos las
provincias.
—4. Diocleciano igualó a Italia con las provincias en lo relativo a
tributos, disminuyó la autoridad de los prefectos y gobernadores; y
favoreció las letras y el derecho, la agricultura, industria y
comercio.
—5.
Diocleciano venció a Achileo en Egipto, y Galeno derrotó a Narsés
rey de Persia, obligándolo a pedir la paz, cediendo a Roma la
Mesopotamia. En Occidente Maximiano derrotó en África al usurpador
Juliano, y Constancio Cloro venció a los Bárbaros, y concluyó con el
gobierno de Carausio en la Brotada.
—6. En un mismo día abdicaron Diocleciano y Maximiliano,
sucediéndoles los dos Césares, los cuales tomaron el título de
Augustos, y nombraron nuevos Césares a Maximino Daia y a Severo. AL
morir Constancio Cloro dejó por sucesor a su hijo Constantino, que
fue nombrado Augusto por las legiones.
— 7. Diocleciano consiguió prolongar por algún tiempo la existencia
del imperio: realizó grandes reformas beneficiosas, pero no acertó a
rodear la monarquía de las instituciones que necesitaba; la
Tetrarquía sembró el germen de división, que se aumentó con el
abandono de Roma: y los cristianos sufrieron en este tiempo una
cruel persecución.
—8. A la muerte de Constancio Cloro, el otro Augusto, Galerio,
se dio por colega a Severo: en Roma fue proclamado
Augusto Majencio, hijo de Maximiano, y este mismo
volvió a tomar ese título, que tuvo antes con Diocleciano; Severo,
en guerra con Maximiano y Majencio, se encerró en Ravena, y tomada
la ciudad, fue condenado a muerte. Galerio se dio entonces por
colega a Licinio. Además Constantino era Augusto en
las Galias, y Maximino Daia en Oriente.
—9. Majencio derrotó a su padre Maximiano, que perseguido también
por su yerno Constantino, se quitó la vida. Este último vence a
Majencio, que muere ahogado en el Tiber. Maximino Daia, derrotado
por Licinio en Andrinópolis, se quitó la vida: Galerio había muerto
tiempo antes. Constantino y Licinio, solos emperadores, publicaron
en Milán el edicto de tolerancia religiosa: declarada la
guerra entre ellos, fue vencido Licinio, y perdió la vida poco
después en Tesalónica.
— 10. Constantino, único emperador, reunió el Concilio en Nicea;
mandó quitar la vida a su hijo y a su esposa; y trasladó la corte a
Bizancio que tomó el nombre de Constantinopla.
—11. Constantino rodeó su persona de altos dignatarios y
funcionarios privilegiados: creó un Consejo privado, o
ministerio. Dividió el imperio en cuatro prefecturas, éstas en
diócesis, y las diócesis en provincias; suprimió la guardia
pretoriana, dividió las tropas en palatinas y fronterizas; y aumentó
considerablemente los impuestos.
—12. Constantino venció a los Bárbaros y organizó el imperio; pero
en sus últimos tiempos desterró a San Atanasio, protegió el
arrianismo, y fue bautizado poco antes de morir por Eusebio de
Cesárea.
—13. Constantino tenía dotes superiores como hombre de gobierno y
prestó inmensos servicios al imperio y a la humanidad; pero su
memoria está manchada por la muerte de su hijo, y por sus
preocupaciones paganas.
— 14. Constantino dejó el imperio a sus hijos Constancio, Constante
y Constantino. Constancio hace la paz con el rey de Persia;
Constantino pierde la vida al querer despojar a Constante de la
Italia; y éste muere poco después en las Galias donde fue proclamado
Majencio, que en guerra a su vez con Constancio, fue derrotado y se
suicidó.
— 15. Constancio, único emperador, entrega el gobierno a los
eunucos, persigue a los obispos, y destierra al papa: manda
decapitar a su primo Galo, y nombra César a Juliano.
— 16. Juliano venció a los francos y alemanes, y promovió la
prosperidad de las Galias. El ejército lo proclama Augusto:
Constancio se niega a reconocerlo como tal, y marchando contra él,
muere de enfermedad en Tarso.
—17. Juliano fue reconocido con entusiasmo en todo el imperio.
Reformó la prodigalidad de la corte, disminuyó los impuestos,
restableció el orden, mejoró la administración y gobernó con
justicia. Abjuró el cristianismo y persiguió de una manera solapada
a los cristianos; muriendo poco después en guerra con los persas.
— 18. Juliano es digno de elogio por su conducta en las Galias, y
por su política en el trono. Como cristiano es digno de reprobación
por estos procedimientos maquiavélicos contra la nueva religión.
—19. Joviano reintegró a los cristianos en sus derechos y firmó la
vergonzosa paz de Dara, cediendo algunas provincias a los
persas. |
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