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Henrietta
Swan Leavitt (1868-1921) se licenció en 1892 en la Society for the Collegiate
Instruction of Women (más adelante llamado el Radcliffe College), dedicó un año
a estudios de posgraduado y en 1895 se ofreció voluntaria para hacer trabajos
pesados en el Observatorio de Harvard. Una crisis familiar la obligó a
trasladarse a Wisconsin en 1900. Dos años después escribió al director, E. C.
Pickering, y le contó cuántas ganas tenía de regresar con lo que él financió el
viaje de regreso y le concedió un puesto fijo con sueldo. A excepción de la
larga convalecencia en Wisconsin después de una enfermedad, pasó el resto de la
vida en Cambridge.
Su trabajo en el observatorio consistía en buscar estrellas
variables en placas fotográficas de los cielos australes. Dicho en pocas
palabras, descubrió 2.400 estrellas variables. Las más importantes fueron las
variables cefeidas, supergigantes amarillas que se encienden deprisa y se apagan
poco a poco.
Antes
que estudiar las estrellas desperdigadas por toda la Vía Lactea, Leavitt se
concentró en las cefeidas de la Pequeña Nube de Magallanes, la irregular galaxia
que acompaña a la Vía Láctea. Está tan lejos —a unos 200.000 años luz— que todas
las estrellas que hay allí pueden considerarse a la misma distancia de la
Tierra, exactamente igual que, para quien está en Tacoma, todo el que hay en
París puede considerarse a la
misma
distancia. En el caso de las estrellas básicamente a la misma distancia, las
diferencias visibles de brillo se vuelven reales; las estrellas que parecen más
brillantes son más brillantes.
Al ir
colocando todas las cefeidas en una carta, Leavitt descubrió algo
sorprendentemente útil: cuanto más brillante era la estrella, más lenta era la
velocidad a la que variaba. Las cefeidas relativamente tenues —estrellas un
centenar de veces más brillantes que el Sol— pulsan deprisa, contrayéndose y
expansionándose en el curso de un día o dos. Las cefeidas medianas disminuyen de
la máxima magnitud y la recuperan en alrededor de cinco días. Las cefeidas
brillantes, que resplandecen con la luminosidad de 10.000 soles, tienen un
periodo que dura hasta cincuenta y cuatro días.
Así
que, silos astrónomos conocían la longitud del ciclo de una cefeida, podían
calcular su brillo intrínseco y, comparando lo brillantes que parecían con lo
brillantes que se sabía que eran, era posible calcular su distancia.
No
obstante, por una u otra razón, todas las primeras mediciones que se realizaron
utilizando este método estaban equivocadas. Ejnar Hertzsprung, famoso por el
diagrama de Hertzsprung-Russell, que traza el derrotero de las estrellas,
estimaba que la Pequeña Nube de Magallanes estaba a 30.000 años luz de
distancia: una desmesurada subestimación. Harlow Shapley utilizó estrellas
variables para calcular la distancia a los cúmulos globulares y,
consiguientemente, pudo estimar nuestra posición dentro de la Vía Láctea, así
como el tamaño de la galaxia, aunque esta cifra le salió tres veces demasiado
grande. Y Edwin Hubble calculó la distancia —bueno, la mitad de la distancia— a
Andrómeda.
La
diferencia entre las distancias reales (tal como las entendemos ahora) y las de
estas primeras estimaciones podría parecer risiblemente inmensa. Sin embargo,
las distancias astronómicas son tan enormes que si una estimación se desvía en
un factor 2 —lo que significa que la distancia correcta seria de la mitad de la
estimación oficial—, la cosa no está tan mal, sobre todo teniendo en cuenta lo
que significarían un factor 10, 100 o 1.000. Las primeras estimaciones hechas
utilizando las cefeidas estaban equivocadas por varias razones, entre otras por
un defecto al calcular el efecto del polvo y el gas interpuestos, y, lo que es
más importante, por no sospecharse la existencia de dos clases de variables
cefeidas:
las
cefeidas de Tipo I que se encuentran en los brazos en espiral de las galaxias; y
las cefeidas de Tipo II, más viejas y apagadas, que se encuentran en las
galaxias elípticas, los cúmulos globulares y el halo galáctico.
Una
vez hechas estas correcciones, las variables cefeidas permitieron a los
astrónomos calcular toda clase de distancias. Pero las cefeidas tenían sus
límites. Pese a ser brillantes, sólo era posible detectarlas en la treintena o
así de galaxias más próximas. Más allá ya no se encontraban. De manera que los
astrónomos tuvieron que buscar otras candelas estándar visibles a mayores
distancias. Utilizaron las débiles estrellas RR de Lyrae, otra forma de
variables; cúmulos globulares, enjambres esféricos de hasta millones de
estrellas; nebulosas planetarias; y supernovas, que pueden detectarse a
distancias millares de veces más lejanas que las cefeidas. Aunque las cefeidas
eran indicadores más fidedignos que ninguno de estos otros objetos más
brillantes, su campo era tan limitado que de alguna manera casi llegaron a
parecer extravagantes.
Pero
eso era antes del Telescopio Espacial Hubble. Pese a los defectos, este
instrumento ha detectado veintisiete variables cefeidas en una galaxia que se
estimaba situada a 16 millones de años luz. Su brillo intrínseco se conoce y por
lo tanto no sólo es posible calcular la distancia correcta sino que los
científicos también pueden compararlas con otras estrellas, incluidas las
supernovas. Estas mediciones ayudarán a los astrónomos a convertir las
supernovas en candelas estándar. Mientras tanto, las estrellas descodificadas
por Henrietta Swan Leavitt siguen siendo los mojones del universo y retienen su
posición de mejores indicadores de la distancia en todos los firmamentos
estrellados.
Fuente Consultada: El Universo Para Curiosos
de Nancy Hathaway
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