|
Después de las guerras medicas ,
Atenas, orgullosa de gloria y rica por las conquistas, brillo con esplendor
extraordinario. esa es la época en que nos ofrece el cuadro mas perfecto de la
vida griega.El bienestar y la
alegría del hogar, llamaban muy poco la atención al griego, porque su mayor
parte de tiempo lo pasaba ocupado en sus negocios, ejercicios físicos, política
y ceremonias.
Vivía no para su familia, sino para la ciudad, por lo que el lujo
de esta (no en todos los caos) era su orgullo. Se contentaba personalmente con
una vida sencilla y modesta, con tal que los monumentos y fiestas a sus dioses
provocaran admiración universal.

La Acrópolis Griega
La Ciudad:
Atenas no era una ciudad con casas
altas ni calles anchas. Las casa se agrupaban en la falda del Acrópolis
según el capricho del dueño, y formaban un dedalo de callejuelas de que solo los
antiguos barrios indígenas de la ciudades argelinas pueden dar una idea. Luego
del incendio de la ciudad por lo persas, se reconstituyó Atenas, se crearon
barrios nuevos en que se plantaron árboles , las casas fueron mas espaciosas y
las calles se trazaron a cordel, pero en realidad todo esto solo se hizo en los
barrios mas ricos. Los comerciantes permanecieron en sus casuchas de la antigua
Atenas.
LA VIDA PÚBLICA :
La vida de un ciudadano de Atenas
puede compararse con la de un hombre que fuera en tiempo
ordinario a la vez comerciante y diputado, y que en ciertos casos fuera llamado
por elección o porque le tocara la suerte, a ser magistrado empleado de menor
categoría u oficial. Todos los ciudadanos eran iguales en derechos y tomaban
parte en el gobierno y en la administración pública. Este gobierno de un estado
en que el pueblo ejerce la soberanía, se llama democracia.
La democracia: “La constitución
que nos rige, dice Pendes, ha recibido el nombre de democracia porque su fin es
la utilidad del mayor número y no la de una minoría.” El filósofo Aristóteles
resume poco más o menos en estos términos el funcionamiento de la democracia. Es
preciso que los magistrados sean elegidos por todos o por sorteo; que las
dignidades no se distribuyan según la importancia de la fortuna; que las
funciones no duren nunca muy largo tiempo, que todos los
ciudadanos sean llamados a juzgar con
los tribunales, y, por último, que la decisión de todas las codas dependa de la
Asamblea general de los ciudadanos ».
Así se procedía en Atenas.
Cualquier ciudadano, sin que se tuviera en cuenta su nacimiento o su fortuna,
podía aspirar a los honores y a alcanzarlos, pues los cargos de arconte, de
senador y de juez eran sorteados todos los años. Todo ciudadano participaba del
gobierno, porque él decidía con su voto si las leyes propuestas habían o 00 de
entrar en vigor ya en Atenas, ya con el resto del imperio. También tenía derecho
a gozar de comodidades, puesto que, con el fin de que hasta los pobres pudieran
desempeñar los cargos públicos, se imaginó que éstos fueran retribuidos y que se
retribuyera la presencia en la Asamblea; por
consiguiente, cumplir con los deberes de ciudadano, fue un verdadero oficio
para el ateniense.
Esta democracia era en ,realidad
una aristocracia. Los electores eran poco numerosos (15,000 a lo sumo), y la
Asamblea era como una reunión pública en -a que todo el mundo se
conocía. Tenían esclavos para atender a los
trabajos, y súbditos para abastecer de dinero a la ciudad. La vida era barata, y
con poco gasto podía tenerse un buen pasar. Todos los años se designaba por
sorteo a 6,000 ciudadanos para que fueran magistrados,
con lo cual se llegaba al resultado de que la mitad de la ciudad administraba a
la otra mitad. Nada es menos conforme con el concepto de las democracias
modernas; en éstas, aunque la masa electoral la compongan millones de miembros,
el pueblo encomienda a mandatarios el cuidado de
gobernarlo, mientras que èl se
dedica a trabajar para vivir.
PERICLES:
En Atenas, dice Fenelón, todo dependía del pueblo y pueblo
dependía de la palabra ». El verdadero dueño d Atenas era el hombre que hablaba
en público, o sea el orador. Este papel lo representó de manera particularmente,
brillante Pendes, jefe del partido popular, que pertenecía por su nacimiento a
la familia de Pisistrato y a la de los antiguos reyes de Atenas. Al prestigio de
su cuna unía los atractivos de un ingenie esmeradamente cultivado. Maestros
suyos fueron varios filósofos célebres, y había adquirido todos los
conocimientos de que ha menester un hombre de estado. Tuvo miras muy liberales
en todas las cosas, y en el se adunaban el carácter recto
y franco, y un desinterés tal que la calumnia nunca pudo cebarse en él. Su
modestia inspiró confianza, y su elocuencia le llevó a ser el verdadero amo del
pueblo. De aquí el que sin haber ejercido jamás un cargo político y sin que
hubiera sido arconte siquiera, gobernara realmente a Atenas.
PERICLES. —
Busto del museo británico. Por lo común, los bustos
antiguos, aunque llevan grabado el nombre de la persona que representan, son
obras Caprichosas. El de Peri-des es uno de los pocos que se exceptúan. Tiene
cabellera abundante y rizada; la cara, rodeada de una barba espesa, es regular y
denota gravedad y nobleza. El labio interior es un poco grueso. — Obsérvese la
visera levantada del casco: bajada,
cubría completamente la cara: en los ojos, sólo tiene dos huecos.
Sus discursos influyeron
grandemente en la marcha de los negocios públicos; influencia que siempre se
ejerció en vista de acrecentar los derechos y el poder del pueblo, de extender
el imperio de Atenas y de favorecer el desarrollo de las letras y de las artes.
He aquí por qué este Período, el más glorioso de Atenas, ha sido llamado el
siglo de Pericles.
EL AGORA: La asamblea
del pueblo, en la que reinò Pericles,
se celebraba en una colina frente al Acrópolis, en el Pnix, o bien en las faldas
mismas del Acrópolis, en el teatro de Baco y, de ordinario, en el ágora, es decir
la plaza del mercado. Todos los ciudadanos de la población y del campo tenían el
derecho de asistir a ellas. La reunión se efectuaba tres veces al mes, no
contadas las sesiones extraordinarias. Los atenienses, locuaces por lo general,
mataban el tiempo discurriendo mientras llegaba la hora de la sesión. Llegada
ésta, los guardias escitas, encargados de mantener el orden en la ciudad,
tendían de un extremo a otro del ágora una cuerda cubierta de polvo rojo, y
empujaban a los presentes hacia el lugar de la asamblea. Los que acudían tarde,
eran también marcados de rojo en la espalda y debían pagar una multa.

La sesión estaba presidida por una
comisión del Senado, y empezaba con un sacrificio. Después un heraldo leía la
proposición de ley preparada por el Senado, y preguntaba « ¿Quién quiere hablar?
» Los oradores se presentaban y tomaban sucesivamente la palabra, subiendo sobre
una plataforma de piedra desde donde podían ser vistos y oídos por todos. El
pueblo, ávido de elocuencia, escuchaba los debates con pasión y después votaba
levantando las manos. Su decisión no tenía apelación.
LOS HELIASTAS: Juntamente
con el tribunal aristocrático del Areópago, prosperó el sistema de tribunales
compuestos de ciudadanos-jueces o, dicho de otro modo el
juicio por jurados.
Cada año se sorteaban entre 6,000
ciudadanos los 5,000 que debían repartirse en diez secciones de
500 miembros, secciones llamadas dicastenas. El dicastero que
debía conocer de cada proceso, era designado por sorteo la misma mañana en que
se daba vista de la causa, bajo la presidencia de un arconte. Se llamó hélico
la reunión de los 5,000 jurados o heliastas. Los acusados debían defenderse
sin auxilio de abogados.. Los que no podían hacerlo, aprendían de memoria una
defensa hecha por personas conocedoras, llamadas logógrafos. El tiempo de la
defensa estaba limitado y marcado por un reloj de agua llamado clepsidra.
La sentencia se pronunciaba a raíz del voto emitido por medio de guijarros,
negros en caso de fallo condenatorio, y blancos si el fallo era absolutorio.
LA TRIBUNA DEL
PNIX: El Pnix, que estaba en una colina,
frente al Acrópotis, era uno de los sitios donde se reunía la Asamblea
popular. La tribuna era una sencilla meseta de piedra
tallada en la roca, con un tramo de tres escalones para
subir a ella.
Así se gobernaba administraba y
juzgaba el pueblo de Atenas por sí mismo; pero tal régimen se
prestaba a excesos, si bien es verdad que a garantía de aquella constitución
estaba en el respeto que tenían los atenienses a las decisiones tomadas por la
mayoría. Ese respeto del voto, fundamento de las democracias, era prueba de que
tenían la verdadera educación de la libertad.
EL PODER MARITIMO Y EL PIREO:
Esta democracia necesitaba grandes
recursos para subsistir; Ática, como Inglaterra de hoy, no producía no
suficiente siquiera para alimentar a sus habitantes, y el pan que comían era
hecho con el trigo llevado de Tracia por mar. Los atenienses tenían que buscar
fuera los recursos que les faltaban; estaban forzados a procurárselos ya en sus
colonias, ya en el extranjero; por consecuencia, era menester que fueran dueños
del mar.

Puerto de Pireo en
Atenas
El centro del comercio y del poder
marítimo de Atenas, el puerto del Pireo, reunía todos los almacenes, astilleros
y arsenales: lo completaban los d9s puertos de guerra de
Zea y de Muniquia; estaba rodeado de murallas, y unido a Atenas por los Muros
Largos, entre los cuales se abrigaba un camino fortificado a ambos lados en toda
su longitud: el puerto del Pireo llegó a ser el centro de un movimiento
comercial importantísimo. Fue almacén o depósito de los trigos de Tracia y de
Egipto, de la pesca del mar Negro, de los metales del norte, de los tapices
telas de oriente, de los cedros, de la púrpura y de la cristalería de Fenicia,
del lino de Egipto, y de los vinos y frutos de las islas. En el Pireo vivía una
población cosmopolita en la cual predominaba el elemento levantino, de toda
procedencia. Esos extranjeros, domiciliados en Atenas, que se llamaban
metecos, y no eran ciudadanos, soportaban algunas de las cargas de éstos,
tal el servicio en la marina, y debían pagar, a menudo, censos extraordinarios.
LA CLERUQUIA:
Para asegurar la libre navegación de las flotas atenienses, Pendes hizo
establecer en todos los puntos que dominaban los caminos del mar, colonias
fortificadas, género de colonias entonces completamente nuevo, que se llamaban
cleruquias, así como los ingleses en los tiempos modernos han creado las
ciudadelas marítimas de Gibraltar, Malta y Adén. Las cleruquias, puntos de apoyo
de las escuadras, consolidaron el poder de Atenas, permitiendo utilizar la gente
menesterosa que, empleada en poblarías, daba, por decirlo así, las guarniciones
de estas ciudadelas. Hubo puntos de apoyo en Eubea, en Naxos, en Macedonia y en
Tracia.
Esas colonias no eran ciudades
independientes como las antiguas colonias griegas, sino que formaban parte de
los dominios atenienses; sus habitantes seguían siendo ciudadanos de Atenas y
conservaban todos sus derechos civiles.
LA MARINA Y
EL EJERCITO:
Para mantener su preponderancia, Atenas tuvo que hacer
la guerra a los persas, dominar revoluciones y conquistar nuevos territorios.
Con este fin aumentó el número de sus barcos de guerra,
que llegó hasta 300, y modificó además el carácter de su ejército de tierra. El
núcleo de éste continuó siendo el cuerpo de hoplitas; pero se aumentó la fuerza
de caballería y de infantería ligera, armas necesarias para las expediciones en
terreno muy diverso.
Estos cuerpos auxiliares se compusieron principalmente de
soldados mercenarios, entre los cuales conviene distinguir los peltastos,
cazadores cubiertos con una coraza de tela fuerte, que usaban una especie de
adarga llamada pelta. espada larga y dardo, soldados que combatían dando vueltas
alrededor de los hoplitas.
Una singularidad del ejército
ateniense consistía en que los generales o estratégicos eran nombrados por
elección, manera que el pueblo tenía que intervenir en la dirección de la
guerra.
LOS IMPUESTOS El
sostenimiento de estas fuerzas y los gastos de gobierno democrático exigían
mucho dinero. Atenas tenía tres fuentes principales de recursos 1) el
producto de las minas de plata del Laurio y de las minas de oro de Tracia; 2) el
tributo de los aliados y 3) a los impuestos.
Los impuestos
ordinarios eran aduanas, consumos, contribución a cargo de los extranjeros y, en
tiempo de guerra, el impuesto de rentas. Había también tributos extraordinarios
llamados liturgias, que sólo pagaban los liturgos,
esto es, los ciudadanos más ricos. Las principales liturgias eran la
tricrarquia o armamento de un trirreme; la coregia u organización de
una representación dramática. Nos extrañará la cantidad e importancia de los
impuestos; pero vale recordar que el griego consideraba que debía al estado la
vida, el tiempo y los caudales que éste creía necesario exigir.
|