Se llama así a la proyectada
invasión a Rusia que a causa de su fracaso, marca el comienzo del fin de la
expansión alemana. El invierno más crudo del siglo (40
grados bajo cero en Leningrado)
atrapa a los atacantes en plena campaña. Esta se inicia en junio de 1941, sin
declaración de guerra previa y en un rápido avance tácticamente similar al
desarrollado en Polonia. El avance por el centro tiene como objetivo la ciudad
de Moscú, y el del sur, alcanzar los campos petrolíferos del Caúcaso.
El
ejército soviético, mal armado, mal pertrechado y sobre todo, mal conducido a
raíz de las "purgas” (Stalin hizo ejecutar a muchísimos oficiales en los que no
tuvo confianza absoluta), permite los alemanes “embolsar” ejércitos rusos
completos (en la gran bolsa de Kiev son tomados 665.000 prisioneros, muertos
300.000 rusos, capturados 3.500 cañones y 884 blindados). Un párrafo aparte
merece el logro más extraordinario de los rusos.
Para evitar que la industria
pesada soviética cayera en manos alemanas, Stalin y sus consejeros idearon
llevar todas las fábricas posibles del otro lado de los montes Urales.
En un esfuerzo increíble,
trabajando contra reloj, miles fábricas son desmanteladas hasta él último
tornillo, subidas sus partes en camiones, vaciados los camiones en trenes y
trasladados al este junto con sus operarios. Este esfuerzo posibilita la
salvación de Rusia y su posterior contraofensiva.
Hitler creía que la rapidez en la acción era imprescindible para evitar lo que
consideraba una grave amenaza, es decir, que las «infrahumanas» razas eslavas
llegasen a superar en número a los «arios».
Mas
allá de exterminar al «bolchevismo judío», la industria y la expansión alemanas
necesitaban la mano de obra y los recursos de aquella extensa región. Ese fue
ciertamente el principal objetivo de Hitler al lanzarse a la conquista de
Noruega y de Francia en 1940, pero era fundamental neutralizar el frente oeste,
plan que se vio sin embargo abortado al negarse Churchill a negociar la paz con
Alemania después de la caída de Francia en 1940.
La «Operación
Barbarossa» (o Barbarroja) se lanzó a las tres de la madrugada del 22
de junio de 1941. Abrió un frente de 2.000 kilómetros de longitud en el que
combatieron 140 divisiones con un total de tres millones y medio de hombres. Las
tropas alemanas se abrieron en abanico, hacia Leningrado, Moscú y Kiev y tomaron
a Stalin desprevenido. No creía que los alemanes llegasen a atacar, por lo menos
en aquellos momentos. Pero, una vez que Stalin no tuvo más remedio que reconocer
su error, su reacción fue fulminante.
El 3
de julio de 1941 llamó a su pueblo a «combatir sin piedad» en la «gran guerra
patriótica». Fue una guerra total sin precedentes, con el concurso de todos los
efectivos humanos y económicos. Incluso las mujeres fueron movilizadas, y 80.000
de ellas se integraron en unidades de combate del ejército soviético.
La
guerra no empezó bien para Stalin. A lo largo de 1941, el ejército alemán barrió
el territorio soviético. Pero, a medida que se retiraban, las tropas soviéticas
pusieron en práctica la táctica de «tierra quemada», destruyendo las casas, los
depósitos de combustible y las fincas.
En
los frentes, el Ejército Rojo sufrió una carnicería y los millones de soldados
soviéticos que cayeron prisioneros fueron tratados con suma brutalidad. No eran
considerados «compañeros de armas» sino «inútiles bocas que alimentar». Los
mataban sobre el terreno y, quienes sobrevivían, morían de hambre, a causa de
extenuantes trabajos forzosos o víctimas de enfermedades mortales como el tifus,
entre tres y cuatro millones de prisioneros soviéticos murieron en cautividad.
Para
mayor ensañamiento, las tropas alemanas no sólo se cebaron en los militares sino
también en los civiles. En la población ucraniana de Kerch los nazis asesinaron
a 170.000 civiles. De los 25 millones de soviéticos que murieron, la mitad
fueron civiles. Para poder seguir avanzando, las tropas alemanas tenían que
subsistir con lo que saqueasen. De ahí que los campesinos fuesen quienes más
sufrieron. Ciudades enteras fueron arrasadas y las mujeres y los niños
asesinados en masa. Una orden del alto mando militar alemán, del 6 de junio de
1941, disponía que los soldados fusilasen a todos los militares del Ejército
Rojo y a todos los judíos.
Gran
parte de las matanzas las llevaron a cabo unidades especiales de las SS
alemanas, llamadas Einsatzgruppen. Estos miembros de las SS y de las
unidades de la policía, ayudados en muchos casos por soldados del ejército
regular, mataron cruelmente a los comunistas y, sobre todo, a los judíos fuera
de las líneas del frente. Los antisemitas locales fueron alentados a organizar
matanzas en sus poblaciones. Inicialmente, las víctimas eran apaleadas hasta la
muerte o fusiladas en masa junto a fosas comunes, pero en la primavera de 1942
fueron gaseadas en las cámaras de los campos de exterminio. El gas era
considerado un medio más eficiente de asesinar a gran número de personas, aparte
de que a los perpetradores les resultaba psicológicamente más fácil.
No
obstante, de manera gradual, las tropas soviéticas empezaron a darle la vuelta a
la situación. La brutalidad alemana, unida al fortalecimiento del sentimiento
nacionalista y a la reorganización del Ejército Rojo, empezó a surtir efecto. En
términos militares, las batallas más decisivas tuvieron lugar en Leningrado,
Moscú, Stalingrado y Kursk. La campaña de Leningrado fue muy larga pero Hitler
estaba resuelto a conquistar la ciudad porque la consideraba la «cuna del
bolchevismo».