¿Ha pensado alguna vez en el
coraje del primer hombre que, a bordo de una primitiva balsa, se lanzó al
mar desconocido y amenazador? Nuestros antepasados demostraron un valor
admirable, pues, al contrario de casi todos los animales, el hombre no sabe
nadar cuando nace: debe aprender a hacerlo, a veces con grandes esfuerzos.
Para esos hombres de épocas tan remotas, los lagos y los ríos eran barreras
infranqueables. Quizás, alguno de ellos, mientras estaba sobre el tronco de
un árbol, se vio arrastrado por la corriente y comprendió que tenía a su
alcance un medio de transporte práctico y relativamente seguro. Varios
troncos paralelos atados entre sí fueron las primeras balsas utilizadas por
los habitantes de los palafitos para llegar hasta su casa levantada sobre
estacas.
¿Cuánta paciencia y cuántas generaciones de hombres fueron necesarias para
descubrir instrumentos adecuados, antes de poder cortar un tronco y
ahuecarlo en forma de piragua? En algunos poblados de Asia y África se
utilizan aún canoas idénticas a las primitivas. En el archipiélago de Sonda
y en las islas Filipinas. los indígenas construyen piraguas con cañas y
pieles. Son embarcaciones livianas, perfectamente manejables, que tienen a
veces una gran vela triangular y un ingenioso sistema de balancines para
estabilizarlas. Se deslizan sobre las aguas, rozándolas apenas, como
silenciosas gaviotas.
DE MENFIS A CARTAGO:
Acerquémonos ahora al Mediterráneo, cuna de los primeros marinos. Estamos en
la orilla occidental del Nilo, alrededor del año 2000 antes de nuestra era.
Vemos el puerto de Menfis, donde hay grandes barcos con inmensas velas
triangulares. Son navíos de transporte mucho más sólidos que las
embarcaciones que recorren el Nilo entre Tebas y el mar: de una longitud de
treinta o cuarenta metros, con un palo central y una vela más ancha que
alta; su calado, apropiado para las aguas poco profundas del delta, no
excede de un metro.
En los primeros tiempos de su civilización, los egipcios habían construido
barcos iguales a los usados por los polinesios, es decir, un armazón de
madera revestida con pieles de animales. Después utilizaron exclusivamente
madera, que traían del Sudán: en Egipto no hay bosques y tal vez por ese
motivo la patria de los faraones fue una potencia terrestre que prefería no
correr aventuras en el mar. Sin embargo, fueron egipcios los primeros navíos
importantes 4ue cruzaron el Mediterráneo.
Casi en la misma época, aparecieron a lo largo de las costas asiáticas unos
navíos de aspecto muy distinto. No eran muy altos y su proa estaba armada
con un espolón cónico. Los tripulaban habilísimos marinos qué, desde Tiro,
Sidón y Cartago, navegaban hacia las islas lejanas y misteriosas- Esos
hombres audaces eran los fenicios, extraordinarios comerciantes que
desarrollaron una gran civilización; pero su imperio, basado en la fuerza
movediza del viento y de los mares, naufragó como una frágil embarcación.
Algunos bajorrelieves asirios y griegos nos muestran navíos iguales a los
que vemos en las figuras. Pero Ej. modelo asirio fue completamente
transformado gracias a los constructores navales de Tarsis y de Cartago, que
diseñaron barcos rapidísimos, especiales para largas travesías y para
ataques por sorpresa. Como no se atrevieron a construir naves de gran tamaño
por temor de que fueran menos sólidas, pensaron en colocar tres filas de
remeros en tres pisos, uno encima de otro.
Surgieron así los trirremes, que se conservaron sin grandes cambios durante
siglos y se emplearon tanto en la paz como en la guerra. Los dorios (que
eran uno de los pueblos helénicos) aprendieron el arte de navegar de estos
mercaderes-piratas, cuyos navíos estaban armados para expediciones de
corsarios y recorrían las costas del Ática o del Peloponeso. Existen
antiguos vasos griegos que reproducen trirremes y barcos comerciales
análogos a los cretenses y fenicios. Estos barcos tenían velas cuadradas,
con un castillete de popa muy alto y tres filas de remeros. Los timones eran
dos remos, anchos y chatos, ubicados en la parte posterior del barco, y los
maniobraban dos marineros a las órdenes de un piloto. Por estas
características los trirremes podían emprender largos viajes costeando el
Mediterráneo, sin riesgos excesivos y libres del temor de ser atacados por
los fenicios, fundadores de Cartago, que desde esa ciudad dominaban el mar
cercano.
Al contrario de los cartagineses, los romanos no tenían gran experiencia en
los combates navales; sus huestes, eran vencibles en tierra, no se sentían
seguras sobre las cubiertas de los trirremes. Añadiremos que el poderío de
la flota romana era inferior al de la fenicia. Pero ése no era obstáculo
para detener a los guerreros de Roma, que con sus barcos equipados con el
invento de Cayo Duilio (consistente en un puente levadizo provisto de
garfios, para facilitar el abordaje) habían derrotado ya a las pequeñas
flotas de las colonias griegas. Sin embargo, para enfrentar a los
cartagineses necesitaban naves más poderosas.
Tomando entonces como modelo un quinquerreme arrojado por el mar
sobre la costa de Ostia, aliada de Roma, Cayo Duilio ordenó la construcción
de cien de ellos. El quinquerreme era el último invento de los
fenicios: parecido al trirreme por su forma, pero de mayor tamaño y con
cinco filas de remeros. Los ingenieros romanos los hicieron más completos
agregándoles un castillo en la proa, desde donde se manejaba un puente
levadizo con poderosos ganchos; al bajar el puente, los ganchos sujetaban
fuertemente al barco enemigo; entonces los guerreros se lanzaban al
abordaje.
Al aproximarse la flota romana, seguros de lograr como siempre la victoria,
los cartagineses se aprestaron a la lucha. ¿Qué podían hacer contra el
poderío de Cartago esos campesinos tan poco acostumbrados a la furia del
mar? Dos horas después, las escuadras estaban tan cerca que podían oírse las
voces de los cómitres de las naves que marcaban el ritmo a los remeros.
Resplandecían al sol los cascos y las espadas de los hombres dispuestos a la
batalla. Cuál no seria la sorpresa de los cartagineses al ver que sus
adversarios se acercaban como verdaderos maestros en el arte de entablar la
lucha! A fuerza de remos, ejecutando una maniobra de sorprendente precisión,
los barcos romanos se acercaron a los cartagineses según un plan
rigurosamente estudiado. El choque se produjo con un ruido ensordecedor. Los
garfios inventados por Cayo Duilio, arrojados desde los puentes, se
aferraron como aves de presa a los quinquerremes cartagineses, y, con
rapidez increíble, los legionarios se precipitaron en los barcos enemigos.
Ese día, envuelta en llamas, la flota pánica se hundió en el Mediterráneo,
arrastrando consigo el poderío de la orgullosa Cartago.
MARE NOSTRUM:
Durante siglos los romanos dominaron el Mediterráneo al que llamaron Mare
Nostrum (mar nuestro). La perfección alcanzada por los constructores navales
ha sido comprobada con las naves que hace pocos años se sacaron del lodo
después del desecamiento del lago Nemi. Esos navíos se asemejan más a
los modernos que los de la Edad Media.
En la época imperial, Roma construyó cuadrirremes de 150 metros de
largo. Estaban armados con decenas de piezas de guerra ubicadas en torres y
su tripulación alcanzaba a mil hombres. Pero cuando desaparecieron todos los
adversarios dignos del poderío de Roma, los grandes navíos de guerra se
hicieron inútiles; la marina romana construyó entonces embarcaciones
livianas y rápidas, como las liburnias, de velamen reducido y
tonelaje muy inferior a los cuadrirremes, para el servicio de policía
contra los piratas y contrabandistas del Mediterráneo.
En cambio, aumentó considerablemente el tamaño de las naves mercantes
(llamadas “barcos redondos” por su forma), que tenían un velamen más
abundante, sostenido por un palo mayor y una especie de trinquete indinado
sobre la proa.
LOS VIKINGOS:
Llegamos al siglo IX de nuestra era. Mientras en el mar Egeo y en el Jónico
las galeras bizantinas se enfrentan con los sarracenos, en el mar del Norte
aparecen largas y gallardas embarcaciones. Un monje de Saint Call,
autor de las Gestas de Carlomagno, afirma haberlas visto a lo largo de las
costas del norte de Francia. Las tripulaban los vikingos, piratas
despiadados que asolaban las costas de Europa.
Los navíos de los vikingos tenían dos velas, proa puntiaguda y quilla plana.
Esos “dragones del mar” podían cruzar mares y remontar ríos. Existe incluso
la teoría de -que, arrastrados por algunas tormentas, pudieron llegar a
Groenlandia.
Llegaron hasta Francia y el sur de Italia, donde se los llamó normandos,
nombre derivado de “nor” y “man”, que significa “hombres
del norte”. Y así era, pues venían de Escandinavia. Existen
todavía iglesias y castillos edificados bor ellos, porque muchos de esos
paganos se convirtieron al cristianismo.
GALERAS DE LA EDAD MEDIA:
En la cuenca mediterránea, los dromones bizantinos se habían
modificado lentamente. Después del año mil las flotas de Bizancio, Venecia y
Génova, estaban integradas por navíos de alrededor de setenta metros de
largo, impulsados los remos y por dos velas latinas que se utilizaban cuando
viento era favorable. Estos barcos, aptos para la guerra y para las
expediciones de corsarios, eran muy angostos. Se llamaron galeazas, y todas
las embarcaciones construidas hasta el siglo XVII los tomaron como modelo.
Su armamento consistía en dos catapultas colocadas a proa. Más adelante
fueron reemplazadas por cañones. Además de la tripulación corriente,
llevaban un centenar de hombres armados. Los remeros estaban protegidos por
dos hileras de escudos, colocadas una encima de otra a lo largo del barco.
Dos grandes plataformas sostenían las máquinas de guerra, y allí estaban
también los combatientes.
Al recordar las antiguas galeras pensamos en horrendas cárceles flotantes.
Los remeros se llamaban galeotes y eran elegidos entre los condenados a
prisión que por su fortaleza física podían soportar el trato cruel que les
daban. Encadenados a sus bancos y apaleados por los cómitres, su condena
terminaba únicamente con la muerte.
Los barcos mercantes medievales, construidos según el modelo de los navíos
romanos, empezaron a realizar largos viajes en el siglo XII , escoltados por
galeras ligeras. Estos navíos tenían un castillete en la proa y otro en la
popa; su velamen, hábilmente dispuesto, podía aprovechar hasta los vientos
más leves. Se transformaron después en carabelas de poco tonelaje, como la
Niña y la Pinta de Colón, o en enormes naves de tres palos. Durante las
cruzadas se abrieron anchas puertas en los costados de las suaves para poder
embarcar o desembarcar caballos.
Observemos que la existencia del Occidente cristiano se debe en buena parte
a las galeras y a todos los barcos impulsados a remo. En efecto, después de
un millar de años de guerras inútiles, los occidentales comprendieron que
debían unirse contra el poderío turco, cada vez más amenazador. El 7 de
octubre de 1571, en aguas de Lepanto (Grecia), la flota cristiana, al mando
de don Juan de Austria, se enfrentó con más de doscientas naves turcas.
Españoles, venecianos, genoveses y pontificios, unidos ahora por una causa
común, lanzaron sus galeras al ataque; los cañones tronaron durante largas
horas y, al atardecer, cincuenta barcos turcos estaban en el fondo del mar y
117 habían sido apresados. La derrota de Lepanto debilitó el poder del
Sultán. Europa tomó el impulso hacia la supremacía mundial que debía
conservar durante siglos.
La navegación a vela era un arte muy difícil;
reclamaba rapidez en el cálculo, conocimiento del mar y de los vientos,
inteligencia y coraje.
En el siglo, XIV el descubrimiento de la brújula y su perfeccionamiento por
Flavio Gioja, de Amalfi, alrededor del año 1300, inauguraron el
segundo ciclo de la navegación. Gracias a ese instrumento maravilloso,
Europa podía aventurarse a descubrir tierras desconocidas. Se empezó por las
Canarias, Maderas, las Azores, las islas del Cabo Verde, y se concluyó con
las Indias Orientales y América.
Cuando en la noche del 15 de marzo de 1493 la Niña ancló de regreso en aguas
de Palos, nadie tuvo una clara visión de la importancia del hecho. El mismo
Colón no se había dado cuenta de que el voluminoso cuaderno de bitácora que
llevaba bajo el brazo abría una nueva era para la humanidad.
En 1497, Vasco de Gama dobló el cabo de Buena Esperanza. En 1520, Magallanes
y Elcano encontraron, en el extremo sur de América, un estrecho que les
conduciría al Pacífico. Las grandes rutas del mundo quedaban abiertas, Pero
la navegación de alta mar, sin puertos donde recalar, tornaba inadecuado el
empleo de los remos. El uso de las velas cuadradas se difundía cada vez más,
y el velamen, al disminuir sus dimensiones, acrecentaba la posibilidad de
mejores maniobras, más rápidas y de mayor seguridad.
En el siglo XVI, el invento de la corredera (instrumento para medir la
velocidad de los barcos) y de las nuevas cartas de navegación, permitieron a
los marinos calcular su ruta con mayor exactitud. Los progresos realizados
en los instrumentos de la astronomía náutica y en los cronómetros aumentaron
la seguridad.
Al final del siglo XVIII , gracias a los sextantes, aparatos que sirven para
medir ángulos y distancias, a los relojes marinos y a las cartas de marear,
los barcos siempre podían establecer su posición con exactitud.
Entre tanto las carabelas, las galeras, las grandes carracas y las naves
ligeras llamadas caiques habían desaparecido o se las había transformado.
Los galeones españoles que realizaban un activo comercio entre América y
España fueron construidos según el modelo de los antiguos navíos y tenían
una arboladura —artimón, palo mayor y trinquete— que soportaba un velamen
poderoso. El viento los impulsaba gracias a la eficaz disposición de las
velas. Esas naves tenían un castillo de popa donde estaba el puente de
mando; iban fuertemente amadas para hacer frente a cualquier peligro.
Francia, España, Inglaterra y Holanda estuvieron casi continuamente en
guerra durante 200 años. Piratas y corsarios se aventuraban a través de los
mares y se ensañaban con los barcos que apresaban y saqueaban. Los jefes
musulmanes consideraban esa clase de bandolerismo como una profesión.
Después del galeón, demasiado pesado y sobrecargado, se construyeron naves
más esbeltas, que hoy se llamarían hidrodinámicas. El velamen era más alto y
facilitaba las maniobras; gracias a él, las embarcaciones se deslizaban más
velozmente. Pero los constructores navales no habían sido nada más que
buenos carpinteros y desconocían muchos problemas de la arquitectura
náutica.
En el siglo XVIII , la Academia de Ciencias de Francia llamé a
concurso a los grandes estudiosos de la geometría para mejorar la forma, el
velamen, la distribución de la carga y la propulsión. El ingeniero Sané,
francés, construyó los mas perfectos navíos de alta mar. Durante las guerras
de la Revolución Francesa, varios de ellos cayeron en manos de los ingleses
que los utilizaron como modelo.
Generalmente las velas toman el nombre del palo que las sostiene. Hay velas
cuadradas (como la gran vela y el trinquete), trapezoidales o cangrejas como
las gavias del mastelero mayor y los perroquetes, y triangulares como los
foques y las latinas. Relativamente sencilla en las goletas o en los
bergantines, la navegación era un arte muy difícil en los barbos de gran
calado. Cada una de sus velas debía ser orientada exactamente según la
dirección y las variaciones del viento, para alcanzar el máximo de velocidad
con el mínimo de riesgo.
En la época de la navegación a vela, la vida de los marinos era muy penosa.
De noche o de día, a menudo en plena tormenta, los gavieros (grumetes de
vigía) debían trepar y aferrarse a la arboladura, orientar o amurar las
velas, mientras otros tripulantes debían maniobrar los pesados palos
horizontales cada vez que la nave cambiaba de rumbo.
En los navíos del Estado la alimentación no era buena y a menudo se echaba a
perder en los largos cruceros por los mares cálidos. Sin embargo, la pasión
por el mar era tan fuerte que hacia olvidar todas las penurias.
Los barcos se clasificaban en primera, segunda y tercera categoría, según el
tonelaje y el armamento. En el siglo XVIII , los navíos de línea estaban
artillados con cien cañones y desplazaban seis mil toneladas, y las fragatas
estaban armadas con piezas de artillería cuyo número oscilaba entre treinta
y sesenta. Para escolta y exploración se empleaban naves más pequeñas como
las corbetas, los bergantines y las embarcaciones ligeras de un solo palo
llamadas cuteres”.
A
principios del siglo XIX, la navegación a vela alcanzó su apogeo con los
grandes barcos rápidos y seguros que a gran velocidad cruzaban los océanos
con su velamen desplegado.
En ese entonces se creía que los barcos de vapor—se los llamaba aún “piróscafos”—
sólo podrían servir para la navegación fluvial. En nuestros días, únicamente
por depone navegamos, corremos regatas y realizamos cruceros en barcos a
vela. ¿Acaso podemos comprender, de este modo, los sacrificios, angustias y
penurias de los antiguos navegantes? ... Para tener una leve idea, espiemos
un poco en el libro de viajes de Colón: “En ochenta días de espantable
tormenta no vi el sol ni las estrellas del mar: los navíos tenían rumbos
abiertos, rotas las velas, perdidas anda y jarcia, y barcas y bastimentos.
La gente enferma. Ahí estaba Fernando, mi hijo, con sus trece años. De
verlo, el dolor me arrancaba el alma”