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Los
almirantes de la Marina japonesa y estadounidense habían crecido con la idea de
que la acción decisiva en el Pacífico sería como en los tiempos de los barcos de
vela: dos grandes flotas de combate enfrentadas una a la vista de la otra, con
los fuertemente blindados y armados acorazados que decidían el resultado de la
lucha.
Durante casi una generación los estrategas navales de ambas naciones habían
considerado un enfrentamiento de esta naturaleza, razón por la cual el Japón y
Estados Unidos habían construido grandes acorazados, y los esfuerzos de desarme
en los años 20 se habían concentrado en la reducción del tamaño y número de
acorazados de las flotas
del planeta.
Sin
embargo, el hundimiento del acorazado británico Príncipe de Gales por la
aviación japonesa y la batalla del mar de Coral demostraron que el futuro de la
guerra naval residía en el aviador naval y no en el capitán de un acorazado. La
batalla del mar de Coral dejó una lección: la era de
los acorazados había terminado. El bando que primero se diera cuenta de esto
ganaría la guerra en el Pacífico.
La trampa japonesa:
El
almirante japonés Yamamoto buscaba tomar Midway, última base estadounidense en
el Pacífico fuera de Hawai. La posesión de Midway no solamente ampliaría la zona
defensiva japonesa: obligaría además a los estadounidenses a reaccionar pues no
podían darse el lujo de perder la isla.
Yamamoto esperaba que el enemigo
respondiera sacando a relucir sus portaaviones para detener a los japoneses o
intentar recuperar la isla. En consecuencia el almirante japonés reunió la mayor
flota de combate jamás vista en el océano Pacífico: 160 barcos (ocho de ellos
portaaviones) y 400 aeroplanos. Esta enorme flota esperaría hasta que los
estadounidenses se acercaras a Midway; entonces los portaaviones y grandes
acorazados japoneses acabarían con ellos de una vez por todas.
Un asunto riesgoso:
Despegar un avión de la cubierta de un portaaviones es peligroso, y aterrizar
en un atemorizante y reducido espacio en cualquier condición climática lo es
todavía más. La Marina moderna posee hoy electrónica refinada, navegación de
lujo y aviones de gran capacidad que valen millones de dólares, ¡y aun así sigue
siendo peligroso! Esos pilotos de 1942 debían tener ojos y mucha esperanza.
Recibían orientación general sobre la ubicación de los blancos y debían
escudriñar cuidadosamente el océano en busca del menor signo de presencia de un
barco. Una vez ubicado el blanco atacaban y (si sobrevivían a los aviones
enemigos y al fuego antiaéreo) daban media vuelta para encontrar sus propios
barcos antes de que se agotara el combustible.
Atacar un barco desde el aire con
un torpedo o una bomba era un arte en sí mismo. El piloto de torpedo tenía que
aproximarse al barco tan cerca del agua como fuera posible y soltar el torpedo a
una distancia de sólo centenares de metros. Mientras tanto el blanco disparaba
todos los cañones que podía contra él y los cazas enemigos trataban de
destruirlo. El piloto de un avión de bombardeo en picada se ubicaba a varios
miles de metros directamente sobre el blanco comenzaba un picado vertical y caía
casi 500 kilómetros por hora hasta encontrarse a un centenar de metros sobre el
blanco. Entonces soltaba la bomba —en el momento preciso si quería que la bomba
diera en el blanco y explotara— mientras nivelaba el avión y ascendía de un
tirón por el aire. Si tenía suerte los cazas no lo destruirían, el fuego
antiaéreo no lo tocaría y sus bombas caerían donde se suponía que debían hacerlo
para que no tuviera que repetir de nuevo tan loca maniobra.
Si e! piloto volvía del ataque y
tenía suerte, el portaaviones estaría más o menos en el mismo lugar en que se
hallaba en el momento del decolaje. Si no, tenía dos alternativas: buscarlo
hasta que bien aterrizaba a salvo sobre el puente de tablas de madera del
portaaviones con un choque controlado que hacia vibrar sus huesos, o volaba
hasta agotar el combustible y hundía su avión en océano. Pilotos de esta
naturaleza, aptos para librar la guerra de modo tan despiadado—tanto
estadounidenses como japoneses- , no abundaban.
EL PLAN JAPONÉS:
De acuerdo con su plan, Yamamoto dividió la flota en tres fuerzas:
* La primera llevaría a cabo un ataque contra
las islas Aleutianas para desviar la atención estadounidense del ataque a Midway.
* El propio Yamamoto comandaría la principal
flota de ataque japonesa en la crucial batalla contra la flota estadounidense.
* Una tercera flota llevaría las tropas de
desembarco anfibias que debían capturar Midway.
* Una pantalla protectora de submarinos
patrullaría las aguas entre Pearl Harbor y Midway en busca de indicios de la
flota estadounidense.
EL PLAN AMERICANO:
El plan del almirante japonés Yamamoto
era bueno, pero el almirante estadounidense Nimitz llevaba ventaja, al menos
inicialmente:
* Nimitz estaba al tanto del plan
japonés. La intercepción de los códigos secretos japoneses le había dado
nuevamente una comprensión detallada del plan japonés y tiempo de sobra para
preparar un plan contrario para Midway.
Nimitz
decidió que no habría lucha naval gigantesca frente a Midway, según esperaba
Yamamoto. Comprendió además que sus acorazados no le serían útiles. La ventaja
residía en los portaaviones, que podían atacar blancos a larga distancia, de
suerte que confiaba en la sorpresa y en la habilidad de sus aviadores navales
para compensar la superioridad numérica japonesa.
*
Nimitz tenía más portaaviones de los que
pensaba el enemigo. Además de los dos portaaviones conocidos por los
japoneses había uno adicional —el USS Yorktown —, que éstos creían haber hundido
en la batalla del mar de Coral. No obstante las cuantiosas averías sufridas por
la nave, las tripulaciones de
Pearl Harbor lograron el milagro de
dejarla lista para combatir de nuevo en menos de 72 horas, no en los tres meses
que habría sido de esperar. Sin embargo, a pesar de todas estas ventajas, los
estadounidenses no eran superiores.
Yamamoto disponía de más unidades y de un inmenso océano para ocultarse. Nimitz
comprometería en la batalla todos los portaaviones estadounidenses, 12 cruceros,
14 destructores y 19 submarinos, fuerza de un tamaño irrisorio frente a la flota
japonesa desplazada hacia Midway. Para Estados Unidos Midway era una empresa
riesgosa y plagada de obstáculos.
La bombas sobre Midway: La de Midway sería
la batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico y, al final,
cambiaría el curso de la contienda y el futuro de la guerra naval.
Primera fase: El 3 de junio de 1942 los japoneses dieron inicio a la
primera fase de la batalla con ataques aéreos contra bases estadounidenses en
las islas Aleutianas. Las fuerzas japonesas desembarcaron en Kiska
el 6 de junio y al día siguiente en Attu. Además, su aviación llevó a
cabo incursiones por las islas.
Aunque Nimitz había enviado una fuerza naval para enfrentar la invasión, la
aviación de tierra detuvo a la flota japonesa. Para Yamamoto la patraña de las
islas Aleutianas parecía haber funcionado. En realidad la flota
estadounidense de portaaviones se encaminaba hacia Midway, hecho que Yamamoto
desconocía. Informado gracia5 a la intercepción de las claves, Nimitz había
despachado su flota días antes de que los submarinos japoneses llegaran a
buscarla. Los japoneses ignoraban todo. Las cosas marchaban para ellos de
acuerdo con el plan.
Sequnda fase: 4 de junio Yamamoto comenzó el 4 de junio la segunda fase de
la batalla con un ataque a Midway El almirante envió la mitad de sus aviones a
Midway y retuvo la otra mitad por si aparecía la flota estadounidense. Cuando
los aviones regresaron de Midway quedó claro que se requería otro ataque.
En el
momento en que los japoneses armaban los aviones para un segundo ataque, el
almirante Nagumo recibió noticias alarmantes: uno de los aviones de
reconocimiento reportaba la presencia de barcos enemigos, entre los cuales había
posiblemente un portaaviones. En el momento en que Nagumo recibía la información
sobre las naves estadounidenses, los aviones del USS Hornet, del Enterprise y
de Yorktown estaban ya en vías de atacar los portaaviones japoneses.
Nagumo descargó las bombas de sus aviones y los rearmó con torpedos para
enfrentar la más peligrosa amenaza. Así, en el momento en que aparecieron los
aviones estadounidenses, los portaaviones japoneses tenían más de 100 aviones en
los puentes, llenos de combustible, y pirámides de bombas y torpedos dispuestas
sobre y debajo del puente de despegue.
Los
aviones estadounidenses comenzaron su ataque con torpedos. Los pilotos de los
lentos aviones provistos de torpedos mantuvieron el rumbo y fueron derribados
uno tras otro por los cazas japoneses que protegían los portaaviones. Los pocos
que lograron lanzar sus torpedos erraron el blanco. La destrucción de los
aviones con torpedos estadounidenses significaba que sus portaaviones estaban al
alcance de los aviones con torpedos de Nagumo.
En
pocos minutos Nagumo estaría en capacidad de lanzar su propio ataque contra los
estadounidenses, pero no tuvo tiempo. Fuera del sendero conocido: el milagro de
McClusky Wade McClusky, teniente y comandante estadounidense, mandaba una
escuadrilla de 33 aviones de bombardeo en picada del USS Enterprise, que
andaba en busca de los portaaviones japoneses.
Los
aviones de McClusky, cortos de combustible, debían regresar pronto. De
súbito al comandante se le ocurrió la idea de abandonar la ruta preestablecida y
buscar en otra parte. Minutos después los divisó. De hecho, los había ya
encontrado precisamente después de que el último avión con torpedo terminara su
fatal carrera. Los cazas japoneses estaban todos cerca del agua, lo cual
permitió que los bombarderos de McClusky se acercaran sin interferencia.
Entonces aparecieron los aviones de bombardeo en picada del USS Yorktown y
McClusky dio la señal de ataque. El resultado fue devastador.
Tomados enteramente por sorpresa, sin protección de sus propios aviones y con
los puentes repletos de armas y combustible, los portaaviones japoneses eran
presa fácil. Dos portaaviones quedaron envueltos en llamas en minutos y luego le
tocó el turno al tercero. El último tuvo suerte: evitó el ataque aéreo y lanzó
sus propios aviones contra el Yorktown, averiándolo con bombas y torpedos
hasta dejarlo fuera de combate en medio del mar. Los estadounidenses abandonaron
el barco. Sin embargo, los aviones de Estados Unidos, rearmados y reabastecidos
de combustible, hallaron el último portaaviones japonés y lo destruyeron.
Yamamoto intentó continuar la lucha con sus acorazados, pero los contendores no
estaban interesados en exponer los suyos. La fuerza estadounidense se retiró,
dejando a los japoneses sin alternativa distinta de la de abandonar el ataque a
Midway.
Un
crucero japonés fue destruido en el ataque aéreo y un submarino japonés hundió
un destructor estadounidense y la carcaza abandonada del Yorktown. No
hubo más pérdidas en la batalla. Los estadounidenses perdieron 137 aviones y 300
hombres, y los japoneses perdieron 330 aviones y 3.500 hombres, muchos de ellos
muy diestros y experimentados pilotos de combate. Análisis estratégico de la
batalla de Midway.
ANÁLISIS DE ESTA BATALLA: La historia de la
batalla de Midway es en esencia la de una confrontación entre métodos nuevos y
viejos de librar batallas navales. El almirante japonés Yamamoto representaba el
viejo estilo: quería enfrentar la flota estadounidense en una batalla de
superficie con el empleo de acorazados. El almirante estadounidense Nimitz, por
su parte, dejó a sus acorazados detrás y confió en un nuevo estilo de guerra
naval, en el cual los barcos no combatían a la vista el uno con el otro. En
cambio los aviones, lanzados desde los barcos, sería el factor decisivo.
En la
batalla de Midway triunfó el nuevo concepto de combate. Los estadounidenses
hicieron gala de su fe en el portaaviones, y Yamamoto, con toda su confianza en
los portaaviones, concentró casi todo su poder en los acorazados, que en esencia
eran inutilizables. La pérdida de cuatro portaaviones, y el hecho de que Estados
Unidos construía más portaaviones que los japoneses (en proporción de 13 a 6,
respectivamente), acabó con el dominio japonés en el Pacífico.
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