|
Bessemer, Sir Henry
(1813-1898) Inventor británico, nacido en Charlton,
Hertfordshire, y autodidacta, en gran medida. Fue un inventor
prolífico, pero se le conoce sobre todo por sus innovaciones en la
siderurgia que elevaron enormemente la producción anual de acero en
Inglaterra, consiguiendo un acero de gran calidad, disponible a un
costo muy reducido.
Henry Bessemer había inventado un tipo
nuevo de proyectil que, al girar en vuelo, daba a las piezas de
artillería un alcance mayor y una precisión hasta entonces
desconocida.
Napoleón
III, nuevo emperador de Francia, mostró interés en el invento y se
ofreció para financiar nuevos experimentos. Bessemer (que era
inglés, aunque hijo de francés) accedió, pero advirtió que el nuevo
proyectil requeriría cañones de un material mejor que el hierro
fundido que por entonces se conocía: un cañón de hierro fundido
estallaría bajo la gran presión explosiva que hacía falta para
disparar el nuevo proyectil.
Bessemer no sabía nada de la
manufactura del hierro, pero decidió aprenderlo. Así fue como en
1854 terminó una era y comenzó otra nueva. Henry Bessemer, que había
nacido en Inglaterra el 19 de enero de 1813, contaba ya en su haber
con una serie de inventos; pero al lado de la empresa que estaba a
punto de atacar eran simples bagatelas.
Durante más de dos mil años, el hombre
había utilizado el hierro como el metal común más duro y resistente
que conocía. Se obtenía calentando mineral de hierro con coque y
caliza. El producto resultante contenía gran cantidad de carbono
(del coque) y recibía el nombre de «hierro fundido» o «fundición».
Era barato y duro, pero también quebradizo; bastaba un golpe fuerte
para partirlo.
El carbono era posible eliminarlo del
hierro fundido a base de mezclarlo con más mineral de hierro. El
oxígeno del mineral se combinaba con el carbono del hierro fundido y
formaba monóxido de carbono gaseoso, que se desprendía en burbujas y
ardía. Atrás quedaba el hierro casi puro, procedente del mineral y
del hierro fundido: es lo que se llamaba «hierro forjado» o «hierro
pudelado». Esta forma del hierro era resistente y aguantaba golpes
fuertes sin partirse. Pero era bastante blando y además caro.
En 1850 la producción de acero en Bretaña era
aproximadamente 50.000 toneladas. De este total, el 85% se produjo
en Sheffield. Por 1880, la producción de acero con el sistema
Bessemer estaba sobre un millón de toneladas de una producción de
acero total país aproximada de 1.300.000 toneladas.
Sin embargo, había otra forma de
hierro que estaba a mitad de camino entre el arrabio y el hierro
forjado: el acero. El acero podía hacerse más fuerte que el arrabio
y más duro que el hierro forjado, combinando así las virtudes de
ambos. Antes de Bessemer, había que convertir primero el arrabio en
hierro forjado y añadir después los ingredientes precisos para
conseguir el acero. Si el hierro forjado era ya caro, el acero lo
era el doble. Metal bastante escaso, se utilizaba principalmente
para fabricar espadas.
La tarea que se propuso Bessemer fue
la de eliminar el carbono del arrabio a precios moderados. Pensó que
el modo más barato y fácil de añadir oxígeno al hierro fundido para
quemar el carbono era utilizar un chorro de aire en lugar de añadir
mineral de hierro. Pero el aire ¿no enfriaría el hierro fundido y lo
solidificaría?
Bessemer empezó a experimentar y no
tardó en demostrar que el chorro de aire cumplía su propósito. El
aire quemaba el carbono y la mayor parte de las demás impurezas, y
el calor de la combustión aumentaba la temperatura del hierro.
Controlando el chorro de aire, Bessemer consiguió fabricar acero a
un coste bastante inferior al de los anteriores métodos.
En 1856 anunció los detalles del
método. Los industriales siderúrgicos estaban entusiasmados e
invirtieron fortunas en «hornos altos» para manufacturar acero por
el nuevo sistema. Imaginaos su horror cuando descubrieron que el
producto era de ínfima calidad; Bessemer, acusado de haberles tomado
el pelo, volvió a los experimentos.
Resultó que en este método no se podía
utilizar mineral que contuviera fósforo; el fósforo quedaba en el
producto final y hacía que el hierro fuese quebradizo. Y había dado
la casualidad de que Bessemer utilizara mineral de hierro libre de
fósforo en sus experimentos.
Anunció este hallazgo, pero los
industriales no prestaban ya oídos: estaban hasta la coronilla de
los hornos de Bessemer. Así que éste pidió dinero prestado e instaló
sus propias acerías en Sheffield, Inglaterra, en 1860. Importó
mineral sin fósforo de Suecia y comenzó a vender acero de alta
calidad a 100 dólares menos la tonelada que ninguno de sus
competidores. Aquello acabó con toda reticencia.
Hacia 1870 se hallaron métodos de
resolver el problema del fósforo, lo cual permitió aprovechar los
vastísimos recursos norteamericanos de mineral de hierro. Bessemer
fue ennoblecido en 1879 y murió en Londres, rico y famoso, en 1898.
El acero barato permitió construir
obras de ingeniería que hasta entonces no se habían podido ni soñar.
Las vigas de acero se podían utilizar ahora como esqueletos para
sostener cualquier cosa imaginable. Los ferrocarriles comenzaron a
recorrer continentes enteros sobre carriles de acero y grandes
navíos de acero empezaron a surcar los océanos. Los puentes
colgantes salvaban ríos, los rascacielos iniciaron su escalada a las
alturas, los tractores eran ahora más fuertes, y no tardaron en
aparecer los automóviles con bastidores de acero. Y en el mundo de
la guerra empezaron a tronar cañones más potentes que ponían a
prueba nuevos blindajes, más resistentes.
Murió así la Edad del Hierro y comenzó
la del Acero. Hoy día el aluminio, el vidrio y el plástico han
impuesto su ley allí donde la ligereza importa más que la
resistencia. Pero cuando lo que interesa es este factor, seguimos
viviendo en la Edad del Acero.
Fuente:
Momento Estelares de la
Ciencia - Isaac Asimov
Microsoft ® Encarta ® 2000 |