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Se
puede hacer biocombustibles con maderas o cañas, con semillas o con estiércol;
se hace con remolachas, frutas, arroz y hasta con el aceite usado de las papas
fritas. Provienen de la biomasa, es decir, de toda la materia orgánica que se
encuentra en la tierra, constituyen una fuente de energía renovable y, como sus
propiedades son similares a los combustibles originados del petróleo, se pueden
mezclar ambos en cualquier proporción sin problemas. Los biocombustibles más
usados son el biodiesel y el bioetanol.
El
primero se obtiene del aceite vegetal (puede ser de soja, girasol, colza, palma)
nuevo o usado, o de las grasas animales que descartan los frigoríficos tras la
faena (sebo de vaca, búfalo, pescado, pollo). Su combustión genera, de acuerdo a los componentes que incluya la
preparación, un olor similar a las galletitas dulces recién horneadas o al de
las frituras. Puede usarse puro o mezclado con gasoil.
Por su parte, el bioetanol se alcanza a través de la fermentación de las
materias primas ricas en sacarosa (caña de azúcar, melaza, sorgo), en almidón
(granos de maíz, cebada, trigo, papa), o en celulosa (pastos, pajas, maderas, y
algunos residuos agrícolas). Se lo puede combinar con naftas o utilizarlo puro,
como sustituto del combustible fósil.
El biocombustible tiene sus ventajas: reduce al 80 por ciento las emisiones de
C02, causantes del efecto invernadero; disminuye las emisiones de azufre,
principal motivo de la lluvia ácida; es biodegradable y duplica la vida útil de
los motores por la óptima lubricidad que, especialmente, tiene el biodiésel.
El CO2 (dióxido de
carbono) es un gas que emana de toda combustión de elementos carbónicos.
(Orgánicos), es decir, combustibles fósiles, entre otros.
El CO2 regula la
temperatura de nuestro planeta. Si aumenta la cantidad de CO2 en la
atmósfera, la temperatura sube. Si disminuye la cantidad de CO2, la
temperatura baja.
El utilizar petróleo y sus
derivados, por ejemplo en forma de bencina o diesel, se libera el CO2 que
fue sacado de su circulo natural y almacenado bajo tierra hace millones de
años atrás. Esto introduce más CO2 a la atmósfera, lo que contribuye a que
la temperatura de la tierra AUMENTE. Y A UNA VELOCIDAD QUE YA ESTARÍA CASI
FUERA DE CONTROL.
Las plantas ABSORBEN y
ALMACENAN CO2 durante todo el transcurso de su vida. La combustión de
plantas o de origen vegetal, por ejemplo el Biodiesel, NO libera más CO2 de
lo que las plantas naturalmente han almacenado y que de todas formas se
hubiera liberado al morir ésta. Por esta razón que la combustión de éstos,
no se considera como aportantes de extra CO2.
1 litro de bencina genera
2,3 kilogramos (sí, kilos) de CO2, y no solo eso; al estar el motor frío (en
las mañanas de invierno por ejemplo) y los 5 primeros kilómetros, la emisión
de CO2 es de hasta un 50% sobre lo normal.
Se calcula que los gases
contaminantes incluyendo el CO2 se deben reducir en un 80% (sí, 80 por
ciento) los próximos 50 años si se desea detener el sobrecalentamiento del
planeta.
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Todos
los vehículos están en condiciones de utilizarlo: autos, camiones, maquinarias.
Incluso, el año pasado, la Fuerza Aérea Argentina realizó una prueba en un avión
Pucará A-561: se le agregó un 20 por ciento de biocombustible en base a aceite
de soja al JP1, combustible de mayor octanaje
que utiliza la aviación. Los
resultados fueron óptimos.
En
principio, la sensación de transitar en vehículos que funcionan a base de
biocombustible alivia. Consciente de la simpleza que encierra el proceso para su
fabricación, la comparación con el petróleo es inevitable: costosos estudios
para encontrarlo, su extracción y el traslado, los precios del barril, la
contaminación y guerras desatadas en su nombre. Así es que el biocombustible
aparece como la mejor posibilidad de sustituir al petróleo, de precio alto y
escaso.
Además, según los especialistas, América Latina tiene el potencial para cubrir
una buena parte de la demanda mundial futura y la producción de biocombustibles
crece año tras año. En la actualidad, en Brasil, la caña de azúcar, con la que
se elabora la cachaça, sirve para producir casi la mitad del combustible
que utilizan los autos, a un precio un 40 por ciento más barato en relación con
los combustibles tradicionales. A partir de este año, el combustible utilizado
por la totalidad de los camiones, tractores y autos brasileños debe tener por lo
menos un pos un dos por ciento de biodiesel; en 2013 será un cinco por ciento.
En la Argentina, la ley establece que en 2010 el oil y la nafta deberán incluir
al menos un cinco por ciento de combustibles verdes. Para ese año el país
necesitará ,600.000 toneladas de Biodiésel para mezclar con gasoil y 160.000
toneladas de etanol para agregar a las naftas, por lo que la producción de
oleaginosas en la pampa húmeda sobraría para abastecer al mercado local.
El
uso de estos combustibles es visto como una posibilidad cierta para atenuar el
cambio climático y reducir la vulneralidad de sociedades que dependen del
petróleo, como los Estados Unidos. Para ello se necesitan suelos adecuados,
climas favorables y buena topografía, una condición que hoy garantizan países
como la Argentina, Brasil o Paraguay, ya que poseen extensiones aptas. A su vez,
éstos ya han tomado la decisión de no detener la intensificación de la
agricultura, y sus proyecciones de siembra están creciendo de manera exponencial.
Sin
embargo, el fenómeno de los combustibles es complejo y también entraña riesgos
si se piensa en una producción desbocada. Por otra parte, la agricultura es tina
de las actividades humanas que modifica la cobertura y la calidad de los suelos.
Las consecuencias: se perderán especies y se verá afectada la diversidad. Uno de
los problemas más serios de la producción masiva de biocombustible es el costo
ambiental que significará atender a la creciente demanda mundial. La expansión
de la frontera agropecuaria para incrementar las plantaciones de soja, cultivo
más que rendidor, resulta sorprendente. Durante la década del 80, Brasil produjo
la tala de 800.000 hectáreas por año. En la Argentina, hasta el año pasado
cuando se aprobó la ley que regula el desmonte, había un promedio de
deforestación anual cercano al 300 por ciento, algo así como ¡quince veces! la
superficie de la Ciudad de Buenos Aires.
La
soja es el cultivo de mayor expansión en la región y, sólo en la Argentina, hay
ocho plantas (y cinco más en ejecución) para exportar millones de toneladas con
destino a la fabricación de biocombustibles. El otro punto de discusión —quizás
el dilema central— tiene que ver con el incremento del precio de los alimentos,
ya que las materias primas de los biocombustibles son a la vez fuente de
proteínas de la población.
El
impacto en los precios dependerá de la materia prima que se utilice para
producir biocombustible. Por ejemplo, si al total del combustible consumido en
el mundo se le agregara un diez por ciento de bioetanol harían falta 20 millones
de hectáreas cultivadas con caña de azúcar o unos 220 millones con maíz o trigo.
En ambos casos, la cantidad es enorme.
El
relator especial de la ONU Jean Ziegler, aseguró recientemente que
“para llenar el tanque de un auto (50 litros) con biocombustible, se necesitan
unos 200 kilos de maíz, cantidad suficiente para alimentar a una persona durante
un año’ Una de las claves para garantizar los recursos naturales en el futuro
podría ser la elaboración de biocombustibles en el ámbito local con insumos de
fácil obtención. Un agricultor que labore unas 50 hectáreas puede cubrir sus
necesidades de combustible con solo dedicar un 2 por ciento de su terreno para
biodiésel.
De
este modo el pequeño productor tendría la posibilidad de elegir de acuerdo a su
conveniencia si sube el precio del gasoil fósil, optará por elaborar biodiésel a
menor costo, y si baja tendrá la opción de vender su grano y comprar gasoil.
Algo así como tener “el pozo de petróleo” en el campo. Conviene no dejar de lado
la dimensión ambiental, social y energética ante el desafío que impone el
agotamiento de los recursos naturales. Las necesidades locales deberían tener
prioridades sobre el comercio global, tomando en cuenta que la destrucción de
ecosistemas originales afectará a todos por igual. Es indiscutible la necesidad
de buscar el equilibrio entre el volumen de consumo y las posibilidades de
generación que nos ofrece el planeta.
Es
central la comunión de decisiones estratégicas que permitan elegir el tipo de
cultivos más adecuados para que ocupen la menor extensión de tierra posible
logrando el mayor rendimiento para la obtención de combustibles, sin que esto
produzca una merma en la oferta alimentaria. El consenso debería ser posible
dada la variedad de fuentes orgánicas que permiten la elaboración del biodiésel
y aquí la intervención de los Estados para defender el interés común será
fundamental frente a la lógica de mercado que tradicionalmente no ha tenido en
cuenta las variables ambientales.
Fuente Consultada: Revista Selecciones Por
Sergio Elguezábal
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