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Independencia de Hispanoamérica: Tarde o temprano habían de separarse de España los
pueblos que creían haber llegado a la mayoría de edad. El ejemplo de los Estados
Unidos obraba como un aliciente fortísimo, pero fueron las doctrinas de la
Ilustración, y de un modo especial el ejemplo de la
Revolución Francesa, las que
impulsaron a los criollos a desear la separación.
A fines del siglo XVIII
existía en América un ambiente de oposición a la política excesivamente
centralista de los Borbones. Incluso se habían producido algunos conatos de
lucha, como el caso del caudillo indio que se hacía llamar
Tupac Amaru, y que al
frente de grupos de indígenas luchó contra las tropas españolas en el Perú, pero
todos los casos más o menos esporádicos fueron reprimidos con energía por los
virreyes. Al mismo tiempo castigaron con gran severidad toda propaganda de tipo
subversivo o liberal que se realizara en las colonias.
Uno de los primeros
intelectuales que empezó a sembrar la semilla de la libertad fue el colombiano
Antonio Nariño (1765- 1823). Ya en tiempo de Carlos III, y más tarde durante el
reinado de Carlos IV, los ministros que tuvieron cierta visión política, como
Floridablanca, e incluso Godoy, aconsejaron a los monarcas españoles conceder
cierta autonomía y sustituir a los virreyes por infantes de España, con lo cual
la unión de los reinos americanos sería puramente personal y podrían elegir sus
gobernantes y administrarse con cierta libertad respecto la burocracia española.
Los soberanos se negaron a aceptar reformas fundamentales y aunque Carlos III
(imagen)
permitió la libertad de comercio con numerosos puertos españoles, entre ellos el
de Barcelona, con lo cual Sevilla perdió el monopolio que ejercía desde la
conquista, las medidas adoptadas para hacer frente a un cambio político fueron
escasas e inútiles.
Los criollos, hijos de españoles que se sentían americanos,
veían cómo iba cobrando importancia el comercio y prosperaba el país que seguía
en manos de "gachupines", es decir, gentes venidas de España al amparo de un
nombramiento real. Por esta razón fueron casi siempre criollos, en general
grandes terratenientes, los que dieron mayor impulso a los movimientos
revolucionarios de independencia. Junto a ellos existían elementos intelectuales
en contacto con las logias masónicas de Londres y Cádiz, encargadas de infiltrar
la doctrina secesionista y liberal en los medios cultos de cada país.
Cuando
España cayó bajo el poder napoleónico y se quedó sin rey, las colonias no
quisieron reconocer a Bonaparte y aprovecharon la ocasión para crear movimientos
separatistas que al principio sólo pretendían reformar la estructura de la
administración. (imagen Napoleon) Tampoco aceptaron la autoridad de la Junta Suprema de España y
crearon sus propias Juntas, que fueron el germen de los gobiernos
independientes. Como la metrópoli no podía ni impedir ni dirigir este
movimiento, los hechos se produjeron en los primeros momentos sin apenas
resistencia por parte de las tropas realistas españolas, pero cuando Fernando VII recuperó el trono se produjo una violenta reacción contra el levantamiento y
se formalizó la lucha.
FRANCISCO DE MIRANDA.
Había nacido en Venezuela (1756-1816) y fue un tipo extraordinario, mezcla de
aventurero y hombre de armas. En el Ejército español había alcanzado la
graduación de capitán y cuando estalló la guerra por la independencia de los
Estados Unidos combatió al lado de Washington para pasar luego a Francia y
unirse a los girondinos cuando la Revolución.
En 1806 intentó desembarcar en Venezuela para
ponerse al frente del movimiento separatista que empezaba a actuar, pero los
criollos no le secundaron por una razón digna de tenerse en cuenta: le apoyaba
descaradamente Inglaterra. Los criollos deseaban cortar la unión con España,
pero no someterse al dictado de otra potencia que, de haber triunfado en aquel
momento Miranda, hubiese ejercido una influencia decisiva. Más tarde volvió a
surgir esta figura y tomó parte activa en movimientos que luego se relatarán.
INTERPRETACIONES DE LA
INDEPENDENCIA DE AMÉRICA. Hubo un tiempo en que los historiadores de
Europa explicaban la independencia de América como el resultado ineludible d una
ley biológica: los pueblos que alcanzan su mayoría de edad, los pájaros que
crían alas y se alejan de sus padres. Tal habría ocurrido con España y sus hijas
americanas. Esta teoría respondía, en cierto modo, a un fatalismo histórico, a
algo inexorable que obedecía a leyes biológicas y no había podido evitarse. No
obstante, pronto surgieron otras teorías. Las doctrinas racistas del conde de
Gobineau y del inglés Chamberlain, que se fundaban en las diferencias de las
razas para explicar los procesos históricos, hicieron creer, especialmente a los
americanos, que la independencia de América había sido producto del choque entre
indios y españoles o criollos y españoles. Los nativos, por envidia, rivalidad o
simple odio a sus padres, habrían hecho una revolución para ocupar los empleos
que, de otra manera, no podían alcanzar. La teoría racista coincidió en cierto
modo con la económica, nacida de las doctrinas de
Carlos Marx y Federico Engels.
Los americanos, según los creyentes en esta interpretación histórico-económica,
estaban hartos de las prohibiciones comerciales que imponía la Madre Patria. El
monopolio de los comerciantes de Cádiz habría hecho pensar en la independencia
del Nuevo Mundo y ésta se habría realizado en los momentos en que España estaba
en guerra con Napoleón y no podía dominar debidamente a los sublevados. Han
creído en esta doble interpretación los más eminentes historiadores de América
y, en particular, de la Argentina, donde todavía es enseñada, como Bartolomé
Mitre, Vicente Fidel López y otros muchos. A comienzos del siglo XIX surgieron
otras interpretaciones.
El francés Marius André creyó que América se había
sublevado y hecho independiente por amor a la religión católica, temerosa de que
los ingleses alejasen el catolicismo y los americanos cayesen en el
protestantismo o el ateísmo. Las guerras de México, donde los rebeldes eran
acaudillados por los sacerdotes Hidalgo y Morelos, podían ser un ejemplo y una
prueba. La teoría de André causó sensación, porque rompía con las tradiciones
económicas y racistas; pero pronto se comprobó que no era exacta, que no
coincidía con la realidad. La independencia del Nuevo Mundo,
incuestionablemente, había nacido de otras causas. ¿Cuáles podían ser? Como
reacción aparecieron dos nuevas interpretaciones. Una atribuía a la sociedad
secreta de la masonería los trabajos que habían llevado a la independencia. Sus
fundamentos eran firmes.
Los grandes hombres de la independencia, como
San
Martín, Miranda, Bolívar,
Belgrano y tantos otros habían sido masones. Pero otra
teoría significó la anulación de esta última interpretación. La independencia,
aseguraron unos autores, nació en las conspiraciones de los jesuitas expulsados
por el rey Carlos III en 1776. Para recuperar sus bienes y vengarse de un
monarca adverso a la orden, habrían contribuido a producir la independencia del
Nuevo Mundo. Fue, entre otros, un padre jesuita, el reverendo Padre Miguel
Batllori, quien demostró la inconsistencia de esta tesis. En la Argentina, en
torno al 1910, nacieron las primeras dudas sobre las tesis tradicionales.
Fue el
jurista José León Suárez quien expuso la teoría de que la independencia
argentina no nació de causas económicas o raciales, sino de ideales políticos y
que, en un principio, los americanos no estuvieron en contra de Fernando VII,
sino a su favor. La independencia habría surgido más tarde, al desengañarse los
americanos de los propósitos fernandistas. Esta teoría encontró la oposición de
los historiadores argentinos y americanos más destacados de aquel entonces. El
doctor Ricardo Levene (imagen) y otros, siguiendo a Mitre y a Vicente Fidel López,
defendieron la vieja tesis economista y racista y, además, agregaron una teoría
conspiracionista de políticos que se reunían en asambleas misteriosas y
trabajaban por la independencia del Nuevo Mundo. El precursor Miranda los habría
guiado desde Londres con su correspondencia. Al mismo tiempo, en España, tomaba
fuerzas otra interpretación. La Independencia de América habría sido obra de los
políticos ingleses.
Para vengarse de la ayuda que los españoles habían dado a
los colonos de la América del Norte en su lucha contra la Gran Bretaña, los
ingleses habrían ayudado secretamente a los hispanoamericanos para separarse de
España. La presencia de algunos ingleses en los ejércitos liberales de América
sería una prueba confirmatoria. Los historiadores oscilaban entre las
influencias indígenas, criollas, inglesas, francesas, económicas y masónicas,
sin saber qué rumbo tomar. Las teorías de José León Suárez no eran compartidas
por los defensores de tantas otras suposiciones. En 1940 comenzó a hacer oír una
nueva interpretación el argentino Enrique de Gandía. A su entender, ninguna de
las teorías conocidas estaban en condiciones de explicar satisfactoriamente la
génesis de los acontecimientos. La verdad es, según él, muy distinta y fácil de
comprender. La familia real española estaba deshecha por sus disputas internas,
originadas por la rivalidad que existía entre la política de Manuel Godoy y las
aspiraciones del heredero al trono, el joven Fernando VII.
El emperador Napoleón
se aprovechó de esta división para su beneficio, atrayéndose a las dos partes y
usurpando luego el trono de España para dárselo a su hermano José. El pueblo
español primero se libró de Manuel Godoy, el "Príncipe de la Paz", por medio del
motín de Aranjuez, en marzo de 1809 y en seguida se levantó contra los
franceses, en Madrid, el 2 de mayo de ese mismo año. Y España, sin rey ni
autoridades, comenzó a gobernarse por sí misma. En cada ciudad se formó una
junta popular que regía los destinos de la comunidad. Era evidente que el poder
de los reyes quedaba desbordado por un pueblo que ansiaba liberarse no sólo de
los franceses, sino de la secuela fatídica de los borbones. Las juntas se
levantaban sobre el principio de los derechos naturales del hombre.
Los hombres
son libres e iguales. Santo Tomás ha enseñado que Dios da el poder a los hombres
cuando se reúnen en sociedad y que éstos pasan una parte de ese poder a un
gobernante, hasta que se lo retiran si el gobierno no cumple sus mandatos. Sobre
este principio se gobernó el pueblo español en su lucha contra los franceses.
América recibió emisarios españoles que inducían a las principales ciudades a
crear juntas como en España. Esto se conjugaba con la creciente necesidad de las
colonias de liberarse de esa avasallante situación caótica que imponía sus
reales en el comercio, en las actividades ecónomicas internas y en todas las
manifestaciones de vida activa.
Así es como se intentó crear algunas juntas,
pero los gobernadores y virreyes, que no querían perder sus empleos, no las
aceptaron sino hasta muy tarde, cuando la Junta Central ya gobernaba a nombre de
Fernando VII (imagen). La primera junta de este tipo en América fue instalada en
Montevideo, por Martín de Alzaga, en 1808. Es interesante consignar que Alzaga,
destacado combatiente contra las invasiones inglesas a Buenos Aires y síndico de
esa ciudad, fue condenado por su actividad realista después de la instalación
del Primer Gobierno Patrio. La instalación de juntas gubernativas en América se
aceleró con la noticia de la caída de la Junta Central que obedecía a Fernando
VII. El 19 de abril de 1810 se creó la Junta de Caracas y el 25 de mayo la Junta
de Buenos Aires, luego de una fallida junta organizada por el mismo virrey
Cisneros con el objeto de detener las pretensiones patriotas de gobierno propio.
La creación de las Juntas en América, según Gandía, no fue una solución
definitiva.
Habían seguido el ejemplo de España, es cierto, pero muchos
políticos querían seguir el ejemplo diferente: la obediencia a un Consejo de
Regencia que se había instalado en Cádiz. Este consejo, ilegal, formado por su
propia voluntad, sin el voto de los españoles ni de los americanos ni el
conocimiento de Fernando VII, pretendía mandar sobre toda América. Para ello
aseguraba a las autoridades existentes que las mantendría en sus puestos. Es
lógico que se apresurasen a reconocerlo y obedecerlo y se entablase, por tanto y
en seguida, una lucha feroz entre los partidarios de las Juntas populares y los
defensores del Consejo de Regencia. El historiador Gandía ha señalado y
destacado estos hechos como factores que presentan la antiguamente llamada
revolución americana como una perfecta guerra civil. No hubo, según él,
revolución en América en contra de España ni de Fernando VII.
En todas las
ciudades en donde se suspendió o echó a los virreyes fue por el odio que todos,
españoles y criollos, tomaron hacia la situación existente en el gobierno
español, en su dinastía real y a las arbitrariedades que dichos factores
provocaban. Al mismo tiempo, al aclamar en todas partes a Fernando VII, se
afirmaba la esperanza de conseguir una situación apta para el desenvolvimiento
liberal de todos los territorios del tambaleante imperio español. Hay
historiadores que creen en una posible "máscara de Fernando VII", es decir, en
una simulación de innumerables políticos y todos los pueblos de América, que
habrían proclamado su fidelidad a Fernando y habrían deseado, secretamente, la
instauración de un sistema de gobierno independiente. Es evidente que ha habido
ciertos americanos que en ello confiaban y perseveraban.
El ejemplo de Mariano
Moreno en el Río de la Plata es aleccionador. Pero en su conjunto, las
condiciones para la independización total de los pueblos americanos de la
dominación española aún no estaban a punto y por ello es que se produjeron
tantas vacilaciones, incertidumbres y fracasos en las medias tintas del primer
período independendista que podemos hacer extender, generalizando, hasta 1816.
Por esta razón, los partidarios de la escuela "simulacionista" son cada día
menos. La independencia, según la tesis que ellos refutan, llegó cuando los
americanos comprendieron que Fernando VII, de regreso al trono, en 1814, no
quería permitir un sistema constitucional, ni una forma democrática de gobierno,
aún dentro de una monarquía, ni un "status" conveniente para los pueblos e
intereses de las antiguas colonias.
Para vivir con libertad y constitución, como
se ansiaba en España y sostenía el partido liberal, se declaró la independencia
de toda América, de las "Provincias Unidas de la América del Sud", como consta
en el Acta de la Independencia, en la ciudad de
Tucumán, el 9 de julio de 1816.
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