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Al
desarrollarse el penúltimo año de lucha de la Segunda Guerra Mundial, el 4 de
noviembre de 1944, un buque de la Armada de los Estados Unidos halló, flotando
en el océano, cerca de las costas americanas del Pacífico, un gran trozo de tela
hecha jirones. Cuando se procedió a subirla a bordo se descubrió que llevaba
atada una carga de considerable peso. En el momento que ascendían la tela al
navío, la misteriosa carga se precipitó hacia el fondo del mar.
Sólo
se consiguió la tela que, evidentemente, había pertenecido a un globo. El hecho
de que llevara inscripciones en japonés fue suficiente para poner en sobre aviso
a los mandos norteamericanos, quienes creyeron que los nipones estarían
utilizando nuevas y extrañas formas de agresión. Ese mismo día, el general
Wilbur, del ejército de los Estados Unidos, recibió el primer informe sobre el
descubrimiento.
Transcurrieron dos semanas hasta que se encontraron, también en el mar, los
restos de otro globo. En breve tiempo se descubrió un tercero semi quemado en
Montana.
A
partir de estos hallazgos, los militares estadounidenses se percataron del
peligro que podía representar esta inédita modalidad de guerra puesta en
práctica por el enemigo; táctica que consistía en el bombardeo del territorio
americano haciendo uso de globos impulsados por el viento. Se calculaba la
posibilidad de un ataque japonés a gran escala mediante globos cargados de
explosivos. No se equivocaban en sus temores y sospechas los generales
norteamericanos.
En
breve se encontraron aproximadamente doscientos globos destrozados en el
noroeste del Pacífico y en el oeste de Canadá. Trozos de setenta y cinco, fueron
hallados en otras regiones o sacados de las aguas del océano. Los fogonazos
divisados en el cielo durante la noche evidenciaban que cien, más o menos,
habían explotado en el aire.
El
viento resultó un inesperado aliado de los nipones pues transportaba los globos
desde las islas del archipiélago del Japón hacia Alaska, el oeste americano e,
inclusive, a México.
Ante
la posibilidad de un ataque de envergadura, el general Wilbur solicitó de
inmediato el apoyo de los organismos gubernamentales en su totalidad. Los globos
japoneses aún no habían ocasionado ninguna víctima, pues todos los que habían
sido arrastrados por los vientos al continente americano habían caído en el mar
o en zonas rurales. Sin embargo se pensaba, no sin razón, que tarde o temprano
se precipitarían sobre las populosas ciudades.
Se
alertó a los guardabosques sobre el peligro y se les requirió que remitiesen a
las autoridades militares más cercanas cualquier trozo de globo u otras partes
de sus mecanismos que fuesen encontrados.
Antes
de continuar, veamos cómo surgió, en el Japón, la idea -tan maquiavélica y a la
vez revolucionaria- de cómo agredir a los Estados Unidos, en tiempos en que
ningún avión tenía la autonomía suficiente como para volar de Japón al
continente americano.
El
proyecto en cuestión nació cuando, en 1932, el profesor Nakayama, del
Observatorio Meteorológico de Takao, en Formosa, descubrió una corriente
atmosférica de gran altitud que circulaba desde las islas del Japón hasta la
costa oeste de Canadá y de los Estados Unidos. Nakayama la bautizó: el Jet-Stream.
Una
década después, el doctor Fujiwara, que meditaba alguna manera de bombardear a
los americanos en su propio suelo, sugirió que se aprovechara la corriente de
aire del ]et-Strecim para lanzar globos provistos de bombas.
Luego
de estudiar la velocidad del jet-Stream y las características meteorológicas de
los Estados Unidos en las diferentes épocas del año, Fujiwara expidió el
siguiente memorándum a las autoridades militares: “Durante la estación del
verano, en la época en que el jet-Strecim tiene poca intensidad, un globo
precisaría entre una semana y diez días para sobrevolar el Pacífico. La cantidad
de globos que llegarían a su objetivo no pasarían del 20 por ciento de los
lanzados”.
“En
el invierno -proseguía el informe- el trayecto no requeriría más que dos o tres
días y podría evaluarse en un 60 ó 70 por ciento el número de globos que
llegarían a su objetivo. El problema consiste en que durante la estación
invernal la nieve no permitiría la propagación de incendios” (...) “Consideramos
prácticamente imposible el lanzamiento durante el otoño y la primavera”,
finalizaba el informe.
Las
sugerencias de Fujiwara tuvieron éxito. El ejército japonés fabricó un modelo de
globo que fue denominado “A”, y la Armada otro, llamado “B”. A decir verdad,
ambos tipos eran análogos y tan sólo era diferente su fabricación.
Al
cabo de poco tiempo comenzó a escasear el hielo y el konnyciku (pasta gelatinosa
de la cocina japonesa) en Tokio. Esto sucedía porque dicho elemento culinario se
usaba como cola para pegar la envoltura de los globos. En cuanto al hielo, era
utilizado para fabricarlos a 55 grados bajo cero, que era la temperatura que
soportaría en la alta atmósfera durante su trayecto.
El
ejército japonés se interesó por el plan con mucha más decisión que la marina.
Cuando finalizó la contienda, el ejército había lanzado 9.000 globos de su tipo
“A”, mientras que la Armada Imperial sólo había arrojado 300 de su modelo “B”.
Con
un diámetro de diez metros, los globos se desplazaban a una altura que oscilaba
entre los 9.000 y los 11 .000 metros, desarrollando una velocidad de 30 a 32
kilómetros por hora. Cada uno llevaba un mecanismo que hacía detonar, de manera
automática, una bomba incendiaria y otras de fragmentación.
En
diciembre de 1 944, basándose en los escasos restos hallados, los peritos
norteamericanos habían diseñado en planos una reconstrucción hipotética del
ingenio enviado por los nipones. Se mandaron trozos de globos al Observatorio de
Investigaciones Navales, en Washington, como también al Instituto Tecnológico de
California. Los estudios evidenciaron que la envoltura de los globos era
fabricada con varias capas de papel pergamino de regular grosor que se pegaban
entre sí con cola vegetal. Los técnicos comprobaron que esta aparente
fabricación casera resultaba más idónea para retener el hidrógeno en el globo
que las mejores telas recauchutadas producidas por la industria en los Estados
Unidos.
Los
geólogos que estudiaron la arena contenida en las bolsas de lastre señalaron
cinco lugares en el Japón, de donde muy probablemente provendría. Se pidió a la
Fuerza Aérea que fotografiara dichas áreas. En las fotos de una de estas zonas
podía observarse una planta industrial alrededor de la cual se veían esferas de
color gris, lo que se interpretó como la presencia de globos. Al poco tiempo se
hallaba un globo gris sobrevolando 1 as inmediaciones de una ciudad del oeste de
los Estados Unidos.
¡La
hipótesis había sido confirmada!
Un
piloto norteamericano fue enviado con la misión de capturar ese globo. El
aviador decidió empujarlo hacia el campo propulsándolo con las ráfagas de aire
que producía su motor a hélice. Los golpes de aire hicieron que el globo
perdiera hidrógeno, cayendo lentamente a tierra. Los mecanismos que tenían por
fin producir la detonación de los explosivos no funcionaron.
¡Un
globo japonés intacto había caído en manos del ejército de los Estados Unidos!
El
globo coincidía a grandes rasgos con los diseños que se habían efectuado
basándose en deducciones. El ejército descubrió que cada globo estaba provisto
de 30 bolsitas que contenían 3 kilogramos de arena cada una. Cumplían ¡a función
de lastre. Iban cayendo de a una por un mecanismo guiado por un barómetro, el
cual las soltaba cuando el globo volaba por debajo de los 9.300 metros. También
estaba provisto de un aparato automático que abría una válvula de escape para el
hidrógeno cuando el globo superaba los 11.000 metros.
Cada
globo transportaba de 3 a 4 bombas de fragmentación de 15 kilogramos y una
incendiaria. Los explosivos estaban controlados por un mecanismo que los
arrojaba después de que todas las bolsas de arena hubieran sido lanzadas. Había
otro aparato que tenía la función de provocar la explosión del globo, luego de
que hubiesen sido arrojadas las cargas mortales. El hecho de que este
dispositivo no funcionara en ciertos globos permitió a los americanos incautarse
de algunos intactos.
Asimismo, los japoneses lanzaban un globo “guía sin bombas”, provisto de un
aparato que emitía señales de radio para indicar a la base en Japón si el
itinerario era correcto.
Luego
del estudio de los globos capturados y de su contenido, los norteamericanos se
dieron cuenta de que eran las bombas incendiarias las que representaban el más
grave peligro para ¡a nación. En la época de verano indudablemente producirían
incendios forestales. Por consiguiente, se organizaron tropas de paracaidistas
para que colaboraran con los guardabosques y bomberos. Sin embargo, silos
ataques hubieran sido en gran escala, esta movilización no hubiera servido de
mucho. Además, considerando ¡a posibilidad de que los japoneses lanzaran globos
provistos de preparados bacteriológicos con el fin de propagar epidemias, tanto
humanas como del ganado o de las cosechas, se tomaron los debidos recaudos
movilizando médicos, veterinarios y agrónomos. Se formaron equipos de
descontaminación y se almacenó -en lugares claves- desinfectantes, medicamentos
y máscaras antigás. A la vez se requirió a los ganaderos y agricultores que
informasen acerca de cualquier síntoma de enfermedades inusuales en el ganado o
sembradío.
Para
que los japoneses no tuvieran ningún conocimiento de los resultados obtenidos
con su ataque mediante globos, los medios de difusión americanos y canadienses
fueron persuadidos de que no mencionasen jamás cualquier noticia referente a los
globos nipones.
Si
bien en el Japón no se enteraban de sus propios éxitos, este silencio de la
prensa y la radio impedía que el pueblo americano tomase conocimiento del
peligro que lo amenazaba. En cierta oportunidad, un grupo de chicos que iban de
excursión encontraron uno de los globos caídos. Sin conocer el mortal peligro al
que estaban expuestos, lo arrastraron para llevárselo. Las bombas explotaron
muriendo cinco niños y una mujer. La prensa no publicó nada de lo ocurrido. Su
silencio fue total.
De
pronto -a fines de abril de 1 945- finalizó la caída de globos en Estados
Unidos. Transcurrieron días, meses; hasta que por fin terminó la guerra. ¿Por
qué razón había cesado el ataque, cuando era evidente que, de continuar, hubiera
provocado grandes desastres?
El
general Wilbur logró develar el misterio cuando, luego de firmado el armisticio,
viajó al Japón. Allí tuvo oportunidad de dialogar con el general Kusabc,, quien
había estado encargado de dirigir el ataque mediante globos. Kusabciv explicó al
militar norteamericano que en total se habían lanzado 9.000 globos, considerando
el ejército japonés que al menos el 1 0 por ciento de los mismos llegarían al
continente americano. Los primeros globos que atravesaron sin novedad el
Pacífico fueron lanzados el 1 de noviembre de 1944. Los mandos japoneses se
enteraron del globo que cayó en Montana. Sin embargo constataron con asombro el
silencio de los periódicos y de la radio americana.
Al
tener noticias únicamente del arribo a los Estados Unidos de un solo globo, el
Estado Mayor japonés comenzó a desaprobar el plan de Kusaba. Los superiores le
expresaron que la idea había sido buena, pero en la realidad se había revelado
un fracaso. El argumento más decisivo que presentaban los mandos consistía en
que se estaban despilfarrando las reservas de hidrógeno y de los demás
materiales, cuando precisamente el Japón se encontraba exhausto de reservas.
Todo este esfuerzo -decían- se desperdiciaba en un ataque que no daba fruto
alguno.
Por
último, a fines de abril de 1 945, se ordenó al general Kusaba detener
definitivamente los lanzamientos. El mando superior le reprochó: “Sus globos no
han llegado a los Estados Unidos. Si hubieran llegado, la prensa daría noticias
de ello. Los yanquis no pueden estar tanto tiempo callados”.
¡Qué
equivocados estaban los altos oficiales del Mikado! Las causas del fracaso no
eran atribuibles al general Kusaba sino a que las nevadas de invierno en
Norteamérica imposibilitaron el incendio de bosques. Si el ataque con globos
hubiera continuado hasta el verano, cuando las zonas boscosas del oeste se
encuentran secas, y silos nipones hubieran sostenido la cantidad de 1 00
lanzamientos por día, como lo hicieron en marzo de 1945, quizás hubieran
producido una gran catástrofe de destrucción y pánico. Por último, el silencio
de ¡a prensa fue la jugada psicológica maestra que cumplió su cometido a la
perfección, haciendo fracasar todo el plan japonés.
Fuente Consultada: Los Sucesos Más Insólitos
Herry B. Lawfort
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