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EL CABALLO Y EL HOMBRE: De los seres no humanos que acompañaron a nuestros primitivos, el caballo se ganó un lugar privilegiado en la historia, porque juntos hicieron historia. Hubo tiempos en que fue sustento, contribuyó en los asentamientos como bestia de tiro y carga, fue el primer medio veloz de transporte e incomparable aliado en las guerras.

El animal, tal como es conocido, es producto de una larga evolución que le llevó desde pequeño mamífero acompañante a figura casi mítica. Milenios

 atrás el caballo era un animalito del tamaño de tu perro con cuatro dedos en las manos y tres en las patas en lugar de cascos. Los investigadores más reconocidos (Charles Darwin, Thomas Henry Huxley, Wladimir Kowalewsky, Joseph Leidy, Othniel Charles Marsh) asumen que los fósiles reconocerían una antigüedad cercana a los cincuenta millones de años. La teoría más reconocida sustentada por la mayoría de los tratados de hipología, aseguran que el caballo de Przewalsky, habitante de las llanuras de Mongolia el el ancestro original. Existen algunos ejemplares conservados en zooloógicos.

La cebra, el anagro, hemíono o asno silvestre, asno y mula, forman parte de la misma familia. Pero el caballo difiere de todos por su tamaño, estructura robusta, crines y cola abundante.

El itsmo de Bering, apenas una callejuela de tierra que unía Alaska y Siberia, que luego se abrió dando lugar al actual estrecho de Bering (por Vitus Jonassen Bering, 1681-1741, explorador danés al serio de Rusia), fue el puente natural usado por los animales para ajar desde el norte de América al continente asiático. Diez mil años atrás, se extinguieron en los territorios americanos y sólo regresarían n los conquistadores para aposentarse, procrear y extenderse como nacidos para vivir en esas tierras, como si sus genes hubiesen reconocido la cuna ancestral.

El más famoso hipólogo de la antigüedad fue Jenofonte (430-355 de C.), historiador griego, discípulo de Sócrates, que escribió varias obras fundamentales y algunas sobre los caballos, cría, cacería, quitación y psicología de la doma.

Su transformación se fue gestando paulatinamente junto a los humanos. No apareció como un extraño. En los primeros tiempos, cuando los hombres aprendieron a dominar los ímpetus equinos y pudieron subírseles al lomo, lograron prodigios. La capacidad motora se acrecentó muchas veces. La distancia y el poder. Se podía ir y volver rápidamente. Arrasar aldeas vecinas, alcanzar al que fugaba, asestar golpes desde la altura, infundir miedo. Los cuerpos de hombre y caballo se mimetizaron. Eran uno. Pero el humano daba las órdenes y el manso dejó domar y dominar.

Estaba dispuesto a servir. Como medio transporte era incansable. Se alimentaba con poco; dormía en cualquier lado; requería escasa atención. Con un tiempo de gestación de ce meses, a pocas horas de su nacimiento el recién nacido se incorpora y aprendía a caminar solito. Abría los ojos y ya era independiente.

La relación hombre/mujer/niños/ancianos con el caballo se hizo fácil y necesaria. Se aprendía a montarlo desde la infancia y se lo dominaba hasta la ancianidad. Era juego, transporte, diversión, medio de carga y traslado de enfermos. Les sirvió cuando fueron nómades. Cuando se asentaron en villorios. Cuando debieron huir. Sobre su lomo dormían. Con su cuerpo generoso se cubrían de los ataques.

El caballo caminaba o corría; cruzaba vados, desiertos o pedregales. Trepaba cerros o volaba en las llanuras. Un caballo entrenado y fuerte podía alcanzar velocidades cercanas o superiores a los sesenta kilómetros por hora a campo traviesa y montados.

Piénsese que habrían de pasar decenas de miles de años para que los seres humanos alcanzaran, con las primeras locomotoras a vapor, los veinte kilómetros horarios y a fines del siglo XVII, los cincuenta.

En aquellas primeras andanzas, donde el paso del tiempo no abrumaba ni exigía apuros insolentes, cuando el hombre pudo aliarse físicamente a su corcel, se sintió alado. Había adquirido una condición nueva y prodigiosa. Una más que sumaba a sus recientes conquistas fabulosas; el fuego, por ejemplo.

La herradura, desarrollada posteriormente con el descubrimiento del hierro, dotó al animal de una capacidad motriz muy superior e inigualada hasta muchos siglos después sólo por medios mecánicos, en aquellos tiempos insoñables. Atila, Gengis Kan, los persas, Alejandro Magno, montaron y con quistaron enormes territorios.

Los romanos construyeron hipódromos para carreras con carros de dos, tres y cuatro caballos (bigas, trigas y cuadrigas). El más grande fue el Circus Maximus, que tenía seiscientos metros de largo y cieno cincuenta de ancho y capacidad para doscientos mil espectadores. El más famoso auriga que registra la historia fue Diocles, que desde el año 130 participó en más de cuatro mil carreras ganando mil quinientas pruebas.

Cuenta la leyenda árabe que Mahoma ordenó dejar sin agua a una tropilla de caballos durante siete días. Cuando los liberaron, todos corrieron al abrevadero, pero bastó que el Profeta los llamara, para que cinco yeguas se arrimaran a él prestamente antes de beber un sorbo

Todos los purasangres árabes descienden de esas cinco yeguas que crearon una de las razas más fuertes, sufridas y veloces del mundo. Mahoma predicó la importancia del caballo en la vida árabe y en el  Corán hay una mención “por cada grano de cebada que hayas dado a un caballo, Alá perdonará un pecado”.

La aparición de Hernán Cortés deslumbró con su armadura de metal,vociferante, con sus cabellos y barbas rojizas, imaginado como un posible Quetzalcoatl (serpiente emplumada), desparramando terror, tronando con su pólvora... y montado sobre un monstruo indescriptible, aun para la fértil imaginación de los aztecas. Ellos, que dominaban la agricultura, la metalurgia, las artes, la astronomía, el calendario, no pudieron con el caballo. Excedía sus culturas. Y además, cuando veían que de esa bestia de dos cabezas se desprendía un cuerpo vivo y beligerante, asociaban la monstruosidad del cuatro patas con el ensañamiento del dos patas recién desmontado. Nunca visto ni soñado. Un animal del que se desprende otro... aunque este último era más parecido a ellos que el desmontado.

La ausencia de la rueda en las sociedades americanas previas al descubrimiento, pareciera estar ligada a la falta de caballos; el principio ir era conocido pues se han encontrado juguetes rodantes. Pero la rueda como fenómeno de transporte no se concretó hasta la llegada del caballo, porque fueron ellos los que le dieron sentido. La rueda se asocia al caballo como dos partes de un fenómeno que cambió la vida de los seres humanos. Antes, el tronco de árbol y otros elementos circulares que rodaban, fueron adquiridos en ciertas etapas del desarrollo. Y costó mucho. El cuerpo humano y de los animales y la naturaleza no ofrecen ejemplos copiables, como si lo circular no existiese y sólo pudiera ser inventado.

Cuando se pensaba en la posibilidad de acrecentar el tamaño, falcaba tracción. La rueda estaba allí, cerca, pero para qué servía, era impracticable, hasta que se la asoció al caballo. La rueda con el empuje humano ofrecía las ventajas de una carretilla de la que ya disponían, aunque con el método de arrastre personal.

Cuando dominaron al caballo, imaginar dos ruedas multiplicó sus aperitos. Un carro equivaldría a varios hombres y los traslados se harían con más facilidad y extensión, pudiéndose portar hasta la propia vivienda.

De la asociación surgirían los caminos más estables que ya habían marcado otros animales. Las ruedas tenían peso y profundidad y perduraban sus huellas. Fue elemento de transporte vital y decisivo. Y  a su vera surgieron poleas, sinfines, norias para asistir en pozos de agua, minas, alfarería.

El hombre es el ser más imaginativo, creador y dominante. Dominador del fuego. Poseedor de un lenguaje. Organizado en clanes. Con sentido del pasado y del futuro. Con alimento al alcance de sus manos; rico en proteínas y grasas que hacían innecesario comer  todo el tiempo. Ese tiempo servía para descansar, reponerse y seguir  tentando. Armado con poderes a distancia. Observador nato. Instructor y amo de los animales que lo rodeaban. Montado sobre un corcel que le daba poderes mágicos, como pájaros que volaban. Como tigres por su fuerza y velocidad. Avasallantes. Y además, pensaban. Imaginaban.

Fuente Consultada: Abuelo,...Es Verdad? Luis Melnik

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