EL CACIQUE PINCÉN, Historia

HISTORIA DE LA PATAGONIA: CONQUISTA DEL DESIERTO, EL CACIQUE PINCÉN FUE TOMADO PRISIONERO

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En diciembre de 1878 los diarios de Buenos Aires daban cuenta de la llegada, en calidad de prisionero, del cacique pampeano Vicente Pincén, quien había sido tomado escapando de su toldería en Cura Malal, atacada por sorpresa por fuerzas que respondían a las órdenes del entonces coronel Conrado Villegas.

Remitido a Junín, de allí fue trasladado a esta capital donde quedó alojado en el cuartel de un batallón de infantería. Lo acompañaron en su cautiverio varias mujeres, algunas o todas, esposas de él, varios de sus hijos y algunos hombres de su tribu. (foto izq. "Que me saquen como entro en pelea")

La fama de Pincén era mucha, como asimismo la de su oponente el general Villegas con quien diera para la Historia como para la narrativa popular, numerosos episodios llenos de sagacidad, audacia y coraje. Ahora en. Buenos Aires, Pincén sólo provoca la curiosidad pública: (...) Muchas personas fueron ayer a conocer personalmente al cacique. Pincén se muestra muy abatido.

Al día siguiente de su llegada, producida ésta el 12 de diciembre de aquel año, una extraña procesión callejera llamó la atención de los paseantes de la aún tranquila ciudad. El cronista del diario La Nación la registra, como a todo incidente callejero que tuviera lugar, dejándonos el relato de lo que aconteció con observaciones detalladas muy del estilo de la época, en la cual no se concebía la nota escueta, descarnada, sin juicios de valor e inclusive sin su cuota de humor.

El interés que esta nota presenta no es sólo debido a su pintoresquismo: nos echa luz sobre el origen de las fotos tomadas a Pincén que se han conservado y difundido hasta hoy y de las características con que fueron hechas. La más conocida de estas lo presenta semidesnudo, en una pose "para retratarse" que no era la más apropiada para un indígena de alguna importancia y menos para un cacique de su categoría.

La toma de este retrato, presuntamente d'aprés nature —para usar el lenguaje de la época y sus implicancias— se debió a la intervención del doctor Francisco P. Moreno, interesado en preservar para el futuro, por el aún novedoso medio de la fotografía, un testimonio cultural en vías de extinción.

El anónimo redactor nos cuenta:
Ayer a medio día fueron conducidos del cuartel del 6 de línea donde se hallan alojados, a la fotografía de Pozzo, establecida en la calle de Victoria esquina San José, el cacique Pincén, sus varias mujeres, sus muchos hijos y todos los indios que con él fueron tomados prisioneros y con él se encuentran aún.

Se los llevaba para retratarlos, accediéndose a un pedido que en tal sentido había hecho el mencionado fotógrafo.

La traslación de Pincén y sus compañeros se hizo en un carruage (sic), en un carro de mudanzas y a pie. En el carruage iban Pincén, un indio que está herido en una pierna y no puede caminar, el fotógrafo y un soldado.
En el carro iban las mujeres y los muchachos.

Y a pie los demás indios, escoltados por algunos soldados del 6 de línea.

En el acto de llegar la comitiva pampeana a la fotografía, ésta se llenó de curiosos, que de algo sirvieron, pues a moción del fotógrafo, se acordó que cada uno de los curiosos contribuyera con 5 $ m/c. destinados a formar una regular cantidad que en ese mismo momento fue distribuida entre los indios. Pincén fue el primero en recibir su correspondiente cuota, que alcanzaba casi a siete pesos!

 


El cacique Pincén y su familia. Foto obtenida por Antonio Pozzo el 13 de diciembre de 1878, en Buenos Aires. (Archivo General de la Nación).


Comenzó en seguida la operación de fotografiarlos.

También esta vez, Pincén fue el primero. Se le retrató sentado sobre una roca (de utilería, suponemos), vestido de poncho, chiripá y bota de potro.

En esta posición, nadie que lo viera podrá imaginar que este hombre era el feroz guerrero de la pampa. Su actitud, en verdad, de todo tenía, menos de viril y mucho menos de guerrera.

Luego se hizo un segundo retrato del cacique, formando grupo con cuatro de sus hijos.

En el tercer retrato entraron los ocho hijos de Pincén, que con él fueron tomados prisioneros y tres de.sus mujeres. La menor de esta no muestra tener más de diez y siete años, y sin embargo es madre de dos hijos, uno de los cuales es de cuatro años.

El cuarto retrato lo formaron todos los indios de lanza y la familia de un capitanejo comprendido entre ellos.
Con esto hubo de darse por terminada la operación fotográfica; pero entre los espectadores se hallaba el señor D. Francisco P. Moreno, y esta circunstancia dio lugar a la parte más interesante de este episodio.

El señor Moreno, es sabido, ha atravesado la pampa explorándola (sic) hasta sus confines, y ha vivido largos meses entre los indios, estudiando sus costumbres y su dialecto, a la vez que practicando las demás investigaciones científicas que constituían el objeto de su viaje.

El señor Moreno se hallaba, pues, en condiciones de poder entablar envidiables diálogos con Pincén, y así se hizo, llenándose éste de satisfacción, que se reflejaba vivamente en su fisonomía, al encontrar un cristiano que hablaba su lengua, que conocía las comarcas en que había nacido y vivido, y que le daba detalles sobre los sitios por él tan queridos y sobre otros caciques que, como él hasta hace poco se consideran los dueños soberanos de la vasta pampa.

Atraído Pincén por estos hechos, accedió a hacerse retratar tal como era, cuando vivía libre y era obedecido por su poderosa tribu.

El Sr. Moreno había llevado del Museo Antropológico, de que es Director*, todos los objetos necesarios para este fin, entre ellos una lanza que perteneció a un capitanejo del mismo Pincén, muerto hace años en las inmediaciones del fortín "Machado".

Cuando el indio vio la lanza, experimentó (sic) una emoción tan viva, que sus ojos relampagueaban y se ajilaba (sic) fuertemente su pecho.

En el acto se quitó el poncho y las dos camisas que llevaba, quedando así únicamente con el pequeño chiripá.
Se ciñó la frente con una vincha, tomó unas boleadoras que le dio el Sr. Moreno y comenzó a arreglarlas a su estilo para convertirlas en arma de combate, tal cual ellos la usan para sus ataques y sus defensas.

Largo rato demoró en esta operación hasta que los nudos quedaran hechos a su entero gusto. Entonces las colgó de sus hombros, cruzándolas sobre el pecho y las espaldas.

En seguida tomó la lanza; la blandió repetidas veces, mirándola con cariño "por haber pertenecido a un valiente", como lo dijo él mismo, y contestando a una invitación del señor Moreno, para que se hiciera retratar como un hueichave (guerrero), dijo: "Que me pongan como entro en pelea."

Inmediatamente el indio tomó su actitud guerrera, afirmando el cuerpo y enristrando la lanza como si esperase al enemigo para lanzarse furioso sobre él. El rostro del cacique parecía iluminado por una luz siniestra.
¡Qué recuerdos no cruzarían en ese momento por su imaginación!

En esa actitud fue retratado.

Quizás es la primera vez que la fotografía copia del natural un cuadro tan interesante y tan orijinal (sic) por todos los detalles que lo rodean.

En seguida se hizo otro retrato del mismo Pincén acompañado de sus dos hijos mayores, adornados con redecillas y otros objetos que el Sr. Moreno proporcionó, y con esto se dio por terminada la tarea.

Momento después, el cacique con sus mujeres, con sus hijos y con sus compañeros de cautiverio, regresaban al cuartel del 6 de línea en el mismo coche y en el mismo carro que les había conducido a la extraña casa que tan vivas emociones les había proporcionado.

Francisco P. Moreno, quien en esos días había sido nombrado doctor en ciencias de la Universidad de San Carlos (actual Universidad Nacional de Córdoba, Argentina), regresó a "su" museo —otra de sus iniciativas— las prendas que sirvieron para fijar una imagen viva y genuina, con elementos originales, por medio de un procedimiento técnico idóneo. Los elementos volverían a ocupar su lugar en las vitrinas, ahora ya definitivamente.

Pero recurramos a otra crónica, pintoresca ésta, surgida del encuentro de Pincén con el perito Moreno en la casa de fotografía, para terminar nuestra recreación de ese momento. Se trata de un relato más de aquellos que hicieron la fama de este bravo cacique de las pampas:

Pincén en la pampa. La circunstancia de haberse retratado al famoso cacique Pincén en el mismo traje y con las mismas armas de que hacía uso cuando guiaba su poderosa tribu sobre las poblaciones fronterizas, ha hecho conocer un interesante episodio de la vida aventurera de este personaje; episodio referido por el mismo cacique a uno de los caballeros que presenció aquella operación y que conoce el idioma de los habitantes de la pampa (Francisco P. Moreno).

Durante una tenaz persecución de que fue objeto hace años la tribu de Pincén, un oficial consiguió alcanzar al cacique y descargó sobre él su revólver. La bala penetró en las espaldas de Pincén, que cayó a tierra sobre su lanza.
El oficial sujetó su caballo al lado del cuerpo del indio, que parecía inanimado, y le gritó:
-"¿Estás muerto Pincén?"
— "No -contestó el cacique—. Estoy encogido. "
El oficial voleó la pierna para bajar del caballo. En ese mismo instante el indio se ir-guió con la rapidez del tigre y clavó su lanza en las espaldas del oficial
Y Pincén agregaba textualmente (sic):
—El cristiano murió primero que Pincén y yo me fui en su caballo.

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 20  Año IV - 1984 - Nota de Juan María Veniard

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