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EL ESTADO
TEOCRÁTICO CALVINISTA DE GINEBRA Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO
En Ginebra se
produjo un encuentro entre la ciudad y un hombre que tendría importantes
consecuencias en la historia universal. La ciudad, situada en el cruce de las
rutas comerciales, estaba en guerra con sus señores, el obispo y el Duque de
Saboya: ambos obstaculizaban el desarrollo de su comercio y le apretaban el
cinturón. Dada la situación, los ciudadanos pidieron ayuda a los suizos, quienes
acudieron de buen grado e hicieron huir al obispo y al duque. Como el clero
católico era considerado un enemigo, la ciudad adoptó la Reforma.
Dos meses
después, el destino se presentó en la ciudad en la persona de Juan Calvino
(1536).
Calvino era de
Noyon, Francia, y había estudiado derecho; pero a través de sus escritos se
había hecho un nombre como teólogo reformista. Creía en la predestinación (en el
destino), es decir, en que desde el principio de la Creación Dios había
predeterminado ya quién se salvaría y quién se condenaría. A primera vista, esta
absurda doctrina parece decir que la moral no puede influir sobre el
comportamiento humano, pues todo está escrito. Y así es desde el punto de vista
tecnico; pero, desde el punto de vista práctico, dice más bien lo contrario:
puesto que
obrar y vivir en el temor de Dios se interpreta como síntoma de que se es uno de
los pocos elegidos, todos desean descubrir en sí mismos los signos de la gracia
divina y obran convenientemente. La doctrina de Calvino era una especie de
profecía que se cumplía a sí misma.
También tenía
su propio sistema inmunológico: en caso de persecución, la constante
preocupación por salvarse convertía la ascesis y la perseverancia en un signo
evidente de que se estaba entre los elegidos. Hacía que el individuo
desarrollara una conciencia moral elitista y que se sintiera parte de la
comunidad de los santos. Quien perseguía a los calvinistas, los fortalecía.
Ocurría lo mismo que en la paradójica amistad entre sádicos y masoquistas.
Cuando Calvino
llegó a Ginebra, colaboró con el reformador Guillermo Farel, en trance de
implantar un riguroso régimen moral. Contra él se rebeló el partido libertino
(término que tomó el significado de desenfrenado o vicioso en la
contrapropaganda de Calvino) y echó a los reformadores de la ciudad. El obispo
católico regresó, y con él la arbitrariedad y la corrupción que tanto
perjudicaban al comercio. Arrepentidos, los grandes comerciantes hicieron volver
a Calvino y le transfirieron todo el poder.
Calvino se
convirtió en una suerte de ayatolá protestante y fundó un Estado teocrático. Si
la utopía se ha realizado en algún lugar, ha sido en Ginebra entre 1541 y 1564
bajo la dirección de Calvino, cuyo sistema se convirtió en el modelo de la
mayoría de las comunidades fundamentalistas y puritanas de Holanda, Inglaterra y
Estados Unidos.
El principio
supremo del Estado teocrático radicaba en la afirmación de que el derecho y la
ley de la comunidad están escritos en la Biblia. La interpretación de esta ley
es tarea de los pastores y de los mayores (presbíteros). La autoridad terrenal
también está subordinada a su organo supremo (en Ginebra, el Consistorio). Esto
suponía implantar una teocracia (poder de Dios) como en el antiguo Israel. La
asistencia a la misa se hizo obligatoria y la virtud se convirtió en ley. El
placer o, según se mire, el vicio quedó prohibido. Concretamente, se prohibieron
las canciones indecorosas, el baile, el juego, el alcohol, los bares, los
excesos gastronómicos, el lujo, el teatro, los cortes de pelo llamativos y la
ropa indecente. Se determinó el número de platos que podía tener una comida. Los
adornos y las joyas resultaban tan molestos como los nombres de santos, ante los
que se prefería nombres bíblicos como Habacuc o Samuel. Sobre la prostitución,
el adult~rio, la blasfemia y la idolatría pesaba la pena de muerte. Sin embargo,
Calvino permitió el préstamo de dinero a cambio de intereses, siempre que éstos
no fueran abusivos.
La idea de la
elección por la gracia, la importancia de las Sagradas Escrituras, la relevancia
concedida no a la conciencia sino a la ley, y la autorización de prestar dinero
a cambio de intereses, aproximaban a los calvinistas al pueblo de Israel, al
tiempo que los distanciaban de los luteranos. Pero, sobre todo, hicieron perder
terreno al antisemitismo, consiguiendo que en los países en los que caló el
calvinismo, como Holanda, Inglaterra y Estados Unidos, el antisemitismo fuera
insignificante a diferencia de lo que ocurrió en España, Francia, Memania,
Polonia y Rusia.
El régimen de
Calvino en Ginebra era totalitario. Los mayores y los pastores, verdaderos
policías de la moral, controlaban cada movimiento, tomando declaración y
expulsando de la ciudad a los que incurrían en alguna falta.
Sin embargo, la
fama de Ginebra se extendió por toda Europa. Los viajeros quedaban encantados al
comprobar que en la ciudad no había ni robos, ni vicio, ni prostitutas, ni
asesinatos, ni enfrentamientos entre partidos. Escribían a sus casas diciendo
que allí la delincuencia y la pobreza eran desconocidas. Lo que reinaba era el
cumplimiento del deber, la pureza de costumbres, la caridad y la ascesis
mediante el trabajo.
Pues, según
Calvino, uno de los mandamientos del Señor era éste: el hombre no ha
de desaprovechar inútilmente el tiempo que Dios le ha dado, y silo hace, esto es
un signo de que se condenará. Si, por el contrario, lo aprovecha debidamente en
el trabajo, esto significa que está entre los elegidos. Si ve aumentar su dinero
como resultado de su trabajo, esto también indica que es uno de los elegidos, lo
que convence siempre a los afortunados.
Consecuencia:
el calvinismo armonizaba perfectamente con los intereses comerciales de Ginebra,
con el capitalismo en general y con la búsqueda del éxito propia del
norteamericano. Así nos lo enseña Max Weber, el padre de la sociología alemana,
en su libro sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Por lo
tanto, si el luteranismo había posibilitado
el matrimonio entre la religión y el Estado, el calvinismo hizo
posible el matrimonio entre la religión y el dinero.
La Reforma
ayudó al nacimiento de la modernidad.
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