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El
régimen rosista empezaba a ser más tolerante con sus opositores. Muchos habían
regresado, cansados de esperar el fin del tirano. Mariquita Sánchez, por
caso, se entretenía tocando el piano y recibiendo a unos pocos amigos fieles en
su casa de la calle Florida. Una tediosa monotonía caracterizaba la vida pública
y privada. Xavier Marmier, hombre de letras que visitó Buenos Aires en
1850, se aburrió mucho en las tertulias donde no se podía hablar de otra cosa
que de modas y banalidades.
Ludovico Besi, un prelado italiano que vino
como legado papal ese mismo año, se sintió asqueado ante la
ostentación de la
obsecuencia por parte del clero porteño. El obispo local había tolerado la
supresión de las fiestas religiosas decretada por el gobierno para que la gente
trabajara un poco más. El espionaje, la delación y la inmoralidad eran moneda
corriente. Los jesuitas, llamados por Rosas de regreso al país, se habían ido de
nuevo porque no admitían los actos de sumisión que se les imponían.
Transgredir la ley se pagaba cruelmente. Esto le
sucedió a Camila O’Gorman, una jovencita que se enamoró del teniente cura
del templo del Socorro, Uladislao (o Ladislao) Gutiérrez. La pareja
escapó a Corrientes para poder vivir sin trabas su amor, no advirtiendo el
escándalo que dejaban atrás. Rosas, disgustado porque los emigrados de
Montevideo denunciaban el libertinaje de la sociedad federal, decidió dar un
escarmiento: ordenó apresar a la pareja y la hizo fusilar aduciendo que ése era
el castigo dispuesto por la antigua legislación española para los amores
sacrílegos. Esta conmovedora tragedia, que ocurrió en el Campamento Militar de
Santos Lugares en 1848, contribuyó a demostrar que el uso arbitrario del poder
era la esencia del régimen.
(Fuente Consultada: Argentina, Historia del
País y De Su Gente - María Saenz Quesada)
Los
O’Gorman eran irlandeses, por eso era muy común que visitara la casa de esta
familia un curita muy joven que no hacía muchos meses había llegado a la
parroquia del Socorro. Había nacido en Tucumán, pertenecía a una familia
adinerada, era muy apuesto con su pelo moreno y su sonrisa franca, tenía
veinticuatro años y se llamaba Ladislao Gutiérrez. Una de las hijas de los
O’Gorman se llamaba Camila, tenía veinte años y era de una belleza serena pero
deslumbrante. Su espíritu era festivo y romántico. Era la niña mimada de la
casa. Es imposible saber cómo empezó todo. El caso es que Camila y Ladislao se
enamoraron. Sabían lo que significaba aquello y ambos pedían perdón a Dios por
lo que no podían y no sabían refrenar. Juzgarlos sería demasiado fácil.
Camila y Ladislao deciden fugarse. En los últimos días de 1847 salen por la
noche, él de paisano, ella con un modesto vestido. Pocas horas después, la
familia de Camila denuncia la desaparición de la joven y comienza una afiebrada
búsqueda. Ellos pertenecen también a una familia socialmente acomodada y con
contactos en los mandos, por lo que las autoridades, sin imaginar el escándalo
en ciernes, agotan los recursos para encontrarla.
Solo
al advertir la desaparición del padre Ladislao e hilar algunos hechos que antes
parecían casuales pero ya no, comienzan a entrever la verdad. Crece la
desesperación. Ni los familiares de Camila ni las autoridades eclesiásticas
saben qué hacer. La noticia toma estado público y se la califica como un "crimen
horrendo”. Todo Buenos Aires habla de la pareja y nadie sabe dónde están. Nadie.
La
policía de Juan Manuel de Rosas busca afanosamente a los protagonistas del
“crimen horrendo”. El gobernador de Tucumán, Celedonio Gutiérrez, tío de
Ladislao, se presura a enviar, sin motivo alguno, un regalo valioso al
Restaurador: dos sillas talladas a mano que, más que eso, es una manera de decir
de que se lava las manos por la actitud de su sobrino y acepta disciplinadamente
las decisiones del poderoso Rosas, sean las que fueren.
Camila y Ladislao, mientras tanto, lograron abordar una pequeña embarcación en
el Tigre convenciendo al capitán para que los dejara en Goya, Corrientes. El
hombre desconoce la identidad de sus casuales pasajeros. Ellos llevan documentos
falsos donde él figura como un comerciante jujeño llamado Máximo Brandier
y ella como su esposa, Valentina Desán de Brandier, Al poco tiempo, la
pareja abre una escuela en Goya y comienzan a dar clases a los habitantes del
lugar, que enseguida se encariñan con ambos como si hubieran vivido allí desde
siempre. La casa de ellos es pequeña pero limpia y decorosa.
Dedican casi todo su tiempo a la enseñanza y a amarse con mucha ternura. Puede
decirse que son felices, tal vez hasta muy felices, pero nada es eterno. Un día
hay una fiesta en Goya y ellos asisten. Allí, un hombre recién llegado de
Buenos Aires los reconoce. Se acerca a Ladislao, que por supuesto viste de
paisano, y le pregunta a quemarropa con un tono lleno de ironía: Cómo está Ud.,
padre Gutiórrez? ¿Hace mucho que no va por Buenos Aires?”. De
responderle, Ladislao debió decirle que pronto se cumplirían seis meses
desde el día en que huyeron de la ciudad, pero fingió no escuchar nada y se fue
para otro lugar la fiesta. El tipo se quedó mirándolo, con una sonrisa maliciosa
y sin esperar una respuesta, que ya estaba dada.
Camila y Ladislao decidieron no huir. Tal vez pensaron que el tiempo había
ablandado las opiniones, quizá creyeron que no debían seguir escapando o que ya
los habrían olvidado. Pero no era así. Dos días más tarde llegó la orden de
Buenos Aires: ellos debían ser detenidos y devueltos a la ciudad. Así se hizo.
Por
orden de Rosas se habilitó una celda del Cabildo para encerrar en ella a
Ladislao y una habitación especialmente parada en la Casa de Ejercicios que
administraban las monjitas de caridad, donde Camila sería recluida. Pero también
por orden de Rosas, en mitad de camino llegó un chasque que desvió a los
prisioneros al campamento militar de Santos Lugares. Se dice que en Buenos Aires
corrían rumores de linchamiento apenas pusieran pie en la ciudad y el gobernador
quiso evitar aquello, por eso el cambio.
Camila y Ladislao llegaron penosamente encadenados al campamento de Santos
Lugares. Un hecho hubo que parecía aliviar la situación pero que, en realidad,
no hizo más que empeorarla: ella estaba embarazada. El comandante del lugar,
Antonino Reyes, se hace cargo de la situación lo mejor que puede: ordena que
Camila sea tratada con delicadeza y hace que forren con tela suave los eslabones
de la cadena que la engrillan. Ella y Ladislao son puestos en celdas separadas
pero atendidos con toda corrección, mientras Reyes espera órdenes de Buenos
Aires. Estas no tardan en llegar y su contenido es tan inesperado y terrible que
el comandante debe leerlas varias veces para convencerse: Camila y Ladislao
deben ser fusilados al día siguiente, a las diez de la mañana.
El 18
de junio de 1848 Camila y Ladislao son llevados frente al pelotón de
fusilamiento. Camino al paredón, iban separados y con los ojos vendados, pero se
percibían.
Ella
preguntó al aire mientras caminaba a su muerte: —Estás
allí Ladislao?
—Sí —respondió Gutiérrez desde un par de pasos
de distancia y también sin poder verla por la venda—.
Aquí estoy. Y mi último pensamiento es para ti...
Poco
antes se le había permitido mandarle una nota de despedida a su amada en la que
terminaba diciéndole: «Ya que no hemos podido vivir unidos en la Tierra, nos
uniremos en el Cielo, ante Dios’"
Ambos
fueron confesados por el cura del campamento, unos minutos antes del terrible
momento. No pidieron clemencia, no lloraron, no se resistieron. La descarga de
fusilería fue una sola y tremenda. Luego, el olor a pólvora quemada, una
humareda que el viento disipó y el impresionante silencio de los soldados y
oficiales que debieron cumplir la orden. Todo quedó así por varios segundos,
quieto, como en una fotografía. Como si el tiempo se hubiera detenido en ese
momento para todos los protagonistas de esta historia, como nos ocurre ahora a
nosotros al terminar de leerla.
(Fuente Consultada: Crónica Loca de Víctor
Suerio)
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