CÁRCELES ARGENTINAS

HISTORIA DEL ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LAS CÁRCELES EN ARGENTINA

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LA NUEVAS CÁRCELES: A poco de asumir la presidencia de la Confederación el general Justo José de Urquiza debió instalar su gobierno en la ciudad de Paraná, capital de su provincia natal, Entre Ríos. Es que la ciudad de Buenos Aires, en ese entonces capital de la provincia del mismo nombre, tendía a segregarse defendiendo con uñas y dientes la Aduana, una jugosa vaca lechera sobre la que ejercía monopolio.

Biografia de Urquiza Carta HistóricaInstalado el gobierno de la Confederación en la ciudad de Paraná erigió allí otra Aduana con la que se dispuso destruir el monopolio de Buenos Aires con su puerto, definitivamente separada y en abierta competencia con el resto de la Confederación. Pero el intento no prosperó.

Los buques de ultramar optaban por amarrar en los embarcaderos de Buenos Aires sometiéndose a su Aduana en lugar de remontar el río Paraná en busca de la otra. La desigual lucha comercial inclinó la balanza en favor del territorio bonaerense que se dispuso a crecer en obras públicas, próspero y desafiante.

Esta prieta reseña de un hecho económico político argentino, es útil para comprender el posterior desarrollo carcelario que, obviamente, no pudo escapar al mismo, la competencia económica que enfrentó a Buenos Aires con el resto de la Confederación dibujaba en uno de los flancos de la disputa una resultante muy desigual. Mientras la sociedad bonaerense se enorgullecía de sus obras públicas —entre las que se disponía encarar la reforma carcelaria construyendo establecimientos modernos—, la sociedad confederada, con pocos medios y sin recursos casi, debía conformarse con transformaciones hechas a fuerza de buena voluntad.

No obstante, movida por su deseo de no quedar rezagada, legisló con talento sobre aquellas necesidades que por falta de fondos no podía concretar. Y en este terreno sacó ventaja a Buenos Aires. El 5 de febrero de 1855, el gobierno de Urquiza se anticipaba con el Primer Reglamento Para las Cáceles , un cuerpo legal acordado por el Superior Tribunal de Justicia de la Confederación "para las cárceles y villas del territorio federalizado".

Como se explicó, la influencia que el penitenciarista inglés John Howard había ejercido sobre los autores del folleto editado en Londres en 1825 "para los nuevos países hispanoamericanos", se esparció, aunque tibiamente, sobre ese primer Reglamento.

La idea de Howard de separar los presos según la naturaleza del delito cometido, apareció por primera vez en la Argentina en el capítulo inicial de esa disposición, titulado Régimen interior que deberá observarse con los presos.

En su artículo primero establecía: "Los presos se distribuirán de modo que en cuanto sea posible, ocupen calabozos diferentes: 1) Los procesados por delitos graves. 2) Los rematados. 3) Los procesados por delitos leves o aprehendidos por delitos de policía. 4) Los presos por deudas civiles. 5) Las mujeres, las que serán privadas de toda comunicación con los demás presos y guardias de la cárcel; esta separación se observará si fuese posible en las salidas al patio y en los demás actos del Establecimiento".

Esta discriminación inicial palió una secuela que arrastraban las cárceles virreinales desde su creación: la contaminación que engendraba la mixtura de presos. Es que esas mazmorras recogían por igual a hombres, mujeres y niños.

Y lo que era peor aun: juntaban bajo un mismo techo al transgresor de un edicto policial , poniéndolo en contacto con el ladrón avezado y el criminal recalcitrante. Por lo demás, el Reglamento nada nuevo aportó al mejoramiento carcelario. Y aunque su articulado incorporaba una embrionaria y obligatoria práctica religiosa, por compulsiva, lejos estaba de acercarse a la que con fines terapéuticos de tipo moral recomendaban los penitenciaristas ingleses.

El artículo 11 exigía: "Una hora después del toque de oraciones se rezará diariamente el Rosario, presidiendo este acto en cada calabozo, el Mayordomo nombrado al efecto por el Alcaide, quien deberá presenciar también estos actos".

Y el artículo 12 agregaba: "Los presos cumplirán anualmente con la Iglesia en la semana de cuasimodo (primera se mana después de Pascua)". Sobre enseñanza en las cárceles nada decía, no mencionaba práctica de oficios ni estudio alguno y, con relación al trabajo terapéutico con regla de silencio o sin ella, nada se aportó. El artículo 20, dedicado a normar sobre trabajo, recurría a los públicos que encaraban los presos ya en tiempo de la Colonia.

Esa pena se denominaba presidio urbano y así quedó legislada en el Reglamento: "los condenados a presidio urbano solo saldrán de la cárcel previa la orden competente y con la custodia necesaria, cuando la ejecución de algún trabajo público lo requiera".

Fuente Consultada: Cáceles  Historia Popular  Tomo 19  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

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