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La cárcel de mujeres
Despojada de real importancia cuantitativamente, la delincuencia femenina sin embargo, atrajo la atención de los responsables de las cárceles. Es que siempre se procuró separar a la población carcelaria femenina de la masculina, una amputación que reconocía su causa en la derivación sexual que traía aparejada una comunidad carcelaria que mixturara hombres y mujeres.

Si bien es cierto que en algunas provincias la imposibilidad de levantar establecimientos diferenciados —por falta de medios económicos— llevó a alojar a hombres y mujeres en un mismo establecimíento, siempre se procuraba destinarlos a celdas diferentes. N obstante, las cárceles que se vieron forzadas a utilizar este sistema ce conocieron todo tipo de problemas. Es más angustiante quizá, era la suc sión de amotinamientos que originaba la situación.

Los presos hombres forzados a la abstinencia sexual con formaban una población levantisca, dispuesta a estallar en cualquier momento por el estímulo que significaba tener a la mujer "al alcance de la mano". E. J., un alojado por homicidio en la Cárcel de Córdoba —obligada a la mixtura entonces—, refería allá por 1898 después de haber sido puesto en libertad:

"Cada vez que salíamos a los patios, la situación se tornaba insostenible. Cada mujer tenía su grupo de candidatos —aun sin saberlo—, que se disputaban su mi-nula y cada uno de sus gestos. Recuerdo que un compañero mío, F. M., llegó a trabar relación con una presa, S. V., con la que intercambiaba vellos 'lo la zona pelviana mediante ingeniosos ardides. Con ellos, F. M. se dedicaba a las prácticas onanistas mala que fue descubierto por otroi- compañero que intentó disputarle esos trofeos. Fue tan grande la batahola que se armó en la celda común o después de aquel descubrimiento, que el carcelero debió cambiar a todos los hombres de lugar".

Por lo demás, la delincuencia femenina siempre tuvo características muy particulares. Las mujeres que criminológicamente hablando podían entrar en una clasificación no eran muchas; apenas algunas mecheras y estafadoras diversas en magro número. Generalmente, la mujer accedía a la cárcel por ejercer la prostitución, o por crímenes pasionales.

Remontándonos a la historia, la ciudad de Buenos Aires fue una de las primeras donde se separó a la población femenina: una real cédula del 6 de noviembre de 1718, autorizó la aplicación de un impuesto a la exportación de cueros para erigir un instituto dedicado a las mujeres "por no haberlo en la ciudad". Posteriormente, el 26 de abril de 1774, el virrey Juan José Vértiz comunicó a la Corona haber construido la Casa de Recogidas, "para sujetar y corregir en ella las mujeres de vida licenciosa".

Hasta ese entonces, las condenadas habían permanecido alojadas en la Cárcel del Cabildo junto a los hombres, y según se infiere de un informe que presentó un regidor defensor de pobres, la misión que allí cumplían consistió en atender las labores culinarias de esa cárcel. Cuando Vértiz levantó la Casa de Recogidas, poco después se creó otro instituto.

En el barrio llamado alto de San Pedro sacerdotes betlemitas —pertenecientes a una orden cuyo nombre deriva de Belén y fue fundada en Guatemala en el siglo XVII— atendían a enfermos en una casa conocida como la Residencia. A poco, los betlemitas resolvieron cambiar los fines de la Residencia prestando menor atención a los enfermos y ocupándose de la "reducción de mujeres de vida airada". En 1890, el vetusto hospital de los betlemitas fue traspasado a las hermanas del Buen Pastor, una congregación que, en América, dedicó sus esfuerzos a la readaptación de las mujeres detenidas.

En Buenos Aires, esas hermanas prestaron su servicio a las detenidas alojadas en el edificio ubicado en las calles San Juan y Humberto I. Tiempo después, ese hospital que inicialmente regentearon los betlemitas —origen de la cárcel de mujeres— pasó a denominarse Asilo Correccional de Mujeres. No albergaba muchas cuando tras el código de Tejedor se emprendió la reforma carcelaria. Del número exacto —como en el caso de la cárcel de hombres—, nadie dio cuenta oficialmente. De cualquier forma, esa población femenina no difería de la de la época colonial. Sin embargo la reforma carcelaria llegó también a la mujer, recomendando un tratamiento que pusiera el acento "sobre una preparación eficaz para las tareas del hogar".

Es que la delincuencia femenina —como se dijo—, por sus características especiales no tenía importancia cuantitativa. Además, en aquel entonces —tiempo en que la familia giraba en torno al pater familiae—, el rol de la mujer en la sociedad no era el mismo que hoy se plantea en la sociedad de consumo. Recomendaciones oficiales a las hermanas del Buen Pastor hicieron hincapié, en todos los casos, en readaptar a la mujer para su ulterior vuelta a la vida social "teniendo presente que debe constituirse en sostén del hogar".

Las hermanas intentaron cumplir esta solicitud introduciendo u las mecheras, homicidas pasionales y prostitutas que allí recalaban en la enseñanza de tareas domésticas y jardinería en algunos casos. También dictaron clases de costura, bordado, planchado, zurcido y otras artes menores, tan codiciados por los hombres solteros de entonces.

Aunque, como se explicó, las inexistentes estadísticas no arrojan luz sobre cantidad y causa de mujeres detenidas en esa época, una carta de la hermana María del Rosario González dio cuenta en 1901 que "las veintitrés detenidas cumplen con piedad los oficios y algunas se amoldan bien a los trabajos".
 

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