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LOS INCONVENIENTES DE LOS VIAJES
ESPACIALES
La vida en
circuito cerrado
A pesar de los grandes avances e investigaciones realizadas todavía hay ciertas
dudas sobre como podrían ser en el futuro las condiciones de un viaje
«turístico» o de «negocios» por el cosmos. ¿ Serán las naves del futuro tan
confortables como son hoy en día los aviones de línea ? Es imposible responder,
pero esto no quiere decir que el estudio de las condiciones de vida a bordo no
sean hoy un problema capital.
En
las exiguas cabinas que conocemos, es necesario en efecto poder crear
condiciones de vida suficientemente cómodas como para que algunos hombres puedan
aguantar durante días e incluso semanas. Organizar en un mundo tan hostil como
el vacío espacial un pequeño universo en el que se pueda respirar, beber, comer
y también descansar no es una tarea fácil. Primero respirar, pero, ¿ qué
atmósfera hay que crear ? Una primera solución sería, seguramente, tomar el aire
que nosotros respiramos habitualmente sobre la Tierra como modelo. Es decir,
construir un medio gaseoso que contuviese 21 % de oxígeno y 79 % de nitrógeno a
la presión atmosférica normal.
Los
soviéticos proceden de esta forma. Esto tiene la ventaja a sus ojos, de no
añadir ningún problema suplementario a todas las dificultades que necesariamente
deberán soportar los cosmonautas.
Sin
embargo, los americanos lo hacen de diferente modo. Para ellos, el objetivo
principal es la disminución del peso. Por ello han preferido recurrir al oxígeno
puro. Esto permite un sistema de control mucho más simple y a la vez mantiene en
la cabina una presión atmosférica igual a la tercera parte de la normal, lo cual
disminuirá evidentemente las pérdidas debidas a la relativa estanqueidad de una
cabina en el espacio. Pero presenta un grave inconveniente: el peligro de
incendio y recordamos a este respecto el dramático accidente de la cabina Apolo
I, en la que, el 28 de enero de 1967, Virgil Grissom, Edward White y Roger
Chaffee encontraron la muerte.
Este
incendio llevó a los americanos a modificar su política, puesto que ahora hay
dos tipos de atmósfera en la cabina: una hecha con una mezcla de oxígeno y
nitrógeno, que no se utilizará nada más que durante el período de lanzamiento, y
la otra de oxígeno puro, que será utilizada durante el resto del viaje. Pero sea
cual fuere la atmósfera retenida, no basta con proporcionar el oxígeno necesario
para la respiración de los astronautas. Hay que absorber el gas carbónico que
despiden cuando respiran.
En
efecto, en un espacio tan reducido y tan cerrado, es imposible lanzar nada
comprendido el mismo aliento. El exceso de gas carbónico en la cabina provocaría
anomalías en sus ocupantes. Los americanos procedieron a la absorción utilizando
hidróxido de litio.
Los
rusos, al contrario, han elegido la generación. En efecto, 1.000 gr. de gas
carbónico y 85 gramos de agua se combinan con cerca de 2.000 gr. de peróxido de
sodio, liberando 860 gr. de oxígeno, lo que representa el consumo diario de un
individuo, mientras que 1.000 gr. de gas carbónico representa su producción
durante el día. Así, con este sistema, no es siquiera preciso preocuparse por el
suministro de oxígeno.
Quedan por prever los placeres o, más prosaicamente, las necesidades de la mesa.
Este es un problema casi insoluble. Salvo quizás para las bebidas, porque,
gracias a las pilas de combustibles, el agua más pura se ha convertido en un
subproducto, en un desperdicio de la producción de electricidad. En efecto,
sabemos que en esas pilas, el hidrógeno y el oxígeno son combinados para
proporcionar una corriente eléctrica. Es en cierto modo una electrólisis al
revés. Además se ha aprendido a ser económicos en la cabina y las aguas usadas
son tratadas para ser de nuevo utilizables.
Sin
embargo, es mucho más difícil poner a punto la despensa de la conquista
espacial. En efecto, transportar a la Luna un solo kilogramo de alimentos
costaría cerca de los 2.000.000 de pesetas. Así, incluso si la comida cósmica no
merece los cuatro tenedores representa sin embargo el menú más caro de toda la
historia de la hostelería. Y no estamos imaginando más que el más sencillo de
los casos, el de un viaje de algunos días o de una semana, cuando la limitación
no es más que de orden económico. Pero, ¿ qué habría que hacer en el caso de
largos viajes que duraran varios meses e incluso varios años?.
Los
cosmonautas no pueden, como los navegantes de los tiempos modernos, esperar
encontrar una isla desconocida para reponer sus provisiones. Ha sido necesario
la miniaturización de los alimentos, pero esto no basta. Mañana será quizás
preciso crear a bordo el alimento de la tripulación. Por desgracia, por el
momento no podemos pensar en disponer de una huerta o de un corral clásico. Pero
podríamos imaginar plantas que permitiesen la realización de invernaderos
espaciales. Las especies que se encontrasen allí deberían poseer grandes
cualidades nutritivas, crecer bajo una presión semejante a la existente a 6.000
metros de altura y desempeñar un papel eficaz en el ciclo carbono-oxígeno.
Existe un alga, la Chlorella
71-105. que parece ser la plañía más adaptable a los «cultivos» del espacio.
Pero ¿tiene sabor a algo? Tara hacerla agradable a los cosmonautas, los biólogos
han experimentado diversos preparados culinarios. Por lo que toca a los jardines
del espacio, aunque llegaran a producir zanahorias o judías, más bien se
parecerán a laboratorios que a verdaderas «huertas".
Las
algas verdes, ricas en aminoácidos necesarios para la alimentación de los
individuos que desarrollan un trabajo sicomotor importante, parecen ser el
alimento ideal. Pero, además de que existe el peligro de que los cosmonautas
dijesen en cada comida: «otra vez algas», soñando con «biftecks» con
patatas fritas o con un plato de buey «stroganoff», los cultivos de algas
serían fácilmente invadidos por colonias de microbios.
Introducir en el ciclo vegetales superiores, pero menos ricos en
aminoácidos, presenta numerosas dificultades. Los ensayos efectuados en los
Estados Unidos han demostrado que las judías y las pinas salvajes soportaban muy
bien las bajas presiones correspondientes a 6.000 metros de altura. Ya se piensa
en introducir animales en el ciclo. No está prohibido soñar con una nave cósmica
que llevase un rincón de campo artificial... Son todo hipótesis, pero hipótesis
que los sabios se toman en serio.
Aunque es cierto que todo el mundo se beneficiará de los
descubrimientos que hagan en el campo de la alimentación. A menos que nos
inviten a reemplazar suculentos manjares por píldoras insulsas. Pero, ¿ qué hará
el cosmonauta en esta vida en circuito cerrado cuando no duerma, no coma, o no
vigile su jardín o su tablero de mandos ?. En los cortos viajes actuales, el
entrenamiento al que ha sido sometido, la distribución perfectamente regulada de
las horas de reposo, de vigilia o de ejercicio, el hecho de estar en unión
constante con la Tierra y, en los últimos vuelos, de no estar solo a bordo, han
hecho que el cosmonauta permanentemente ocupado, no tuviese tiempo de sentir su
soledad, de sentirse separado del mundo, prisionero de su cabina. ¿ Sucederá lo
mismo cuando la exploración del espacio lo lleve lejos de la Tierra durante
meses e incluso años ? (Salir del sistema solar supondría incluso que el viaje
fuese acabado por un viejo... que sería su nieto.)
Habrá que organizar la vida a bordo, prever distracciones,
lecturas, películas, discos, juegos colectivos e incluso, como en los
submarinos, ejercicios deportivos. El médico deberá estar reforzado por un
psicólogo o un siquiatra. Quizá habría que establecer también estaciones de
descanso sobre los planetas habitables o sobre satélites en forma de
plataformas... Pero estamos entrando en la ciencia-flcción.

Los cosmonautas aprenden a vivir en un
medio extraño. Los gestos más sencillos, las funciones más naturales, como
comer y beber, exigen una nueva educación. Al mismo tiempo, el comportamiento
fisiológico de cada viajero del espacio está seguido de cerca, por radio y por
televisión gracias a los aparatos registradores.
LOS TRAJES Y CASCOS ESPACIALES
La imposibilidad para el hombre de vivir fuera de
la atmósfera sin el uso de un traje apropiado ha hecho necesario perfeccionar al
máximo este instrumento indispensable para la investigación astronáutica. Desde
los primeros trajes que impedían casi totalmente los movimientos, se ha pasado a
otros muy confortables que permiten trabajos de precisión en el vacío total.
Todos
hemos visto las sugestivas imágenes de los paseos espaciales realizados por los
astronautas estadounidenses, europeos y rusos. Sus movimientos en el espacio,
fuera de un transbordador o de la MIR, por ejemplo, quizá durante la reparación
de un satélite o la recuperación de instrumentos alojados en compartimentos
especiales de la estación espacial rusa, sólo han sido posibles porque el cuerpo
humano estaba protegido de los rayos ultravioleta, del calor y del frío, así
como de todo tipo de radiaciones gracias a los trajes que llevaban los
astronautas.
Desde
los primeros días de la astronáutica hasta hoy, estos trajes, como todo, han
experimentado una enorme evolución. Sin embargo, actualmente los astronautas
sólo usan los trajes espaciales en momentos muy concretos de su viaje: durante
la partida o el retorno a la Tierra, durante los paseos espaciales o en caso de
problemas abordo de las cápsulas o en la estación Skylab. Retrocediendo en el
tiempo, digamos que la fiabilidad de las cápsulas Mercury y Gemini no era
suficiente para permitir que los astronautas viajaran por el espacio, incluso
estando dentro de los habitáculos, sin sus trajes espaciales. Sólo con las
misiones Apollo los trajes se usaron únicamente durante la partida y el retorno
a la Tierra y para pasear por la Luna.
MEJORAS CONSTANTES: La función más
importante de estos trajes, que están presurizados y alimentados con
oxígeno para la respiración, es proteger el organismo humano contra fallos
imprevistos en el sistema ambiental de la cápsula, lo cual provocaría la muerte
instantánea del astronauta.
En
las cápsulas Apollo, mucho más evolucionadas respecto a las Mercury o las
Gemini, había sistemas de control ambiental tan perfeccionados -y con muchos
elementos duplicados- que permitían a los tres pasajeros quitarse el traje en
condiciones de máxima seguridad En el transbordador, el verdadero traje espacial
sólo sirve para los paseos extravehiculares por el espacio; tanto en el despegue
corno en el aterrizaje, la tripulación viste trajes mucho más ligeros.
Los
primeros trajes espaciales para las misiones Mercury nacieron de una mejora del
traje a presión Mk-IV usado por los pilotos de los reactores de la marina
milita: estadounidense. Obviamente, fue modificado y reforzado en diversos
puntos, de manera que el primer traje espacial estadounidense, una vez
presurizado, resultaba una vestimenta bastante rígida que permitía escasos
movimientos. Sin embargo, era adecuado para el tipo de misiones en las que,
entre otras incomodidades, el astronauta no tenía mucho espacio para moverse, ya
que debía permanecer sentado en su lugar de pilotaje.
Con
la preparación de los vuelos Gemini. cambiaron los trajes de acuerdo con la
experiencia acumulada hasta aquel momento en vuelos anteriores.
El
nuevo traje espacial estaba formado por cuatro capas de materiales diversos y
poseía conducciones para el oxígeno, que servían para la ventilación y la
respiración. Funcionaba bien en vuelos de corta duración, pero, cuando en la
cuarta misión Gemini se programó el primer paseo espacial, también el traje hubo
de modificarse para proteger al astronauta de los extremados cambios de
temperatura y de posibles impactos de meteoritos.
El
casco tenía un segundo visor a manera de pantalla contra la violenta radiación
solar. A pesar de las mejoras, los astronautas dijeron que la comodidad seguía
siendo relativa en los vuelos de larga duración. Por tanto, para la misión
Gemini-VII, que hubo de aplazarse 14 días, se preparó un nuevo traje más ligero
que los anteriores, hecho con materiales más blandos, que permitió prescindir
del casco durante la permanencia en órbita. Así, el grado de libertad aumentó
considerablemente. A pesar de todo, las tripulaciones sugirieron eliminar los
trajes en los vuelos de larga duración para evitar incomodidades. Así se hizo en
las expediciones Apollo hacia la Luna, en las prolongadas permanencias en el
laboratorio orbital Skylab y, finalmente, en el transbordador.
Los trajes de los astronautas
constituyen, en realidad, unos gigantescos rompecabezas con un peso total de 113
kg. Son el resultado del trabajo de 80 industrias que pueden ver los resultados
de sus esfuerzos conjuntos sólo cuando los astronautas transmiten imágenes de
sus paseos espaciales. La NASA posee 17 trajes espaciales que sirven para el 95%
de los astronautas actualmente en actividad. Para el restante 5% se hacen
pequeñas modificaciones antes del vuelo al espacio.
EL TRAJE PARA EL DESEMBARCO LUNAR
La fábrica de los trajes espaciales surgió casi de la nada en Dover, una pequeña
población no lejos de Washington que, más que una fábrica de objetos
astronáuticos, parece una sastrería muy especial, un laboratorio mecánico de
precisión y una industria de ciencia ficción: todo en un mismo y gran edificio.
Esencialmente, los trajes ideados para las primeras exploraciones lunares eran
pequeñas astronaves confeccionadas a medida, en el sentido de que debían
permitir al astronauta que estaba dentro vivir y moverse, ver y hablar, pensar y
trabajar en un ambiente hostil que en nada se parecía al de la Tierra. Los
elementos que permiten la vida (sobre todo el aire, la temperatura y la presión)
se recrearon artificialmente en aquellos extraños trajes.
Los
problemas que debían resolver los trajes en la Luna eran muchos, algunos de
ellos bastante complejos. Como es obvio, la escafandra lunar tenía que ser
hermética e ir provista de un dispositivo que evacuara el calor emanado del
cuerpo y lo dispersara en un aparato contenido en la «mochila» que el astronauta
llevaba a la espalda durante los paseos.
En
primer lugar, el explorador lunar debía ponerse sobre el cuerpo desnudo una
especie de maillot de nailon, similar a una red, que llevaba en contacto con la
piel un sistema de tubos de vinilo, dentro de los cuales circulaba un líquido
mantenido a la temperatura justa mediante un instrumento contenido en la
mochila. Por debajo y por encima de esta prenda se ponía unos «pañales»
especiales para los desechos sólidos y líquidos del organismo. Además del
circuito hidráulico de enfriamiento, el traje llevaba un sistema de ventilación
(una emisión de oxígeno que circulaba continuamente y que continuamente era
purificado) para mantener el cuerpo seco.
Era
una especie de «soplo» particularmente enérgico en la zona del casco. Una avería
en las viseras a causa del aliento o del sudor hubiera sido un desastre.

Edwin E. Aldrin, piloto del módulo
lunar Apollo 11, El casco lunar era una de las partes más completas e
importantes de la indumentaria. La visera externa estaba recubierta por una fina
capa de oro que reflejaba gran parte de la luz solar. A los lados, dos viseras,
extraíbles por la parte posterior del casco y regulables, podían delimitar el
campo visual. De todas maneras, el astronauta podía dirigir la mirada dentro de
un ángulo máximo no superior a los 170°.
EL CASCO LUNAR: El casco y los guantes
completaban el equipo de desembarco. El casco lunar se colocaba sobre el casco
normal, llamado coloquialmente «pecera», y tenía dos viseras abatibles y
elevables como las celadas de los yelmos medievales.
La
visera externa podía reflejar el 82% de la luz solar, que, en la Luna, donde no
hay atmósfera, es deslumbrante, hasta el punto de provocar la ceguera. El efecto
de filtro era tan grande que se podía fijar sin ningún peligro una potentísima
fuente luminosa a una distancia de dos pasos, una fuente de luz que, contemplada
a través de unas gafas ahumadas corrientes, produciría graves lesiones en el
ojo. Además, a los lados del casco había dos superficies móviles que podían
desplazarse hacia adelante o hacia atrás para delimitar a voluntad el campo de
visión lateral; algo así como las anteojeras de los caballos.
Todos
estos movimientos (de las viseras y de las anteojeras) eran muy sencillos, ya
que bastaba con que el astronauta oprimiera las aletas salientes incorporadas a
los filtros, cosa que podía hacer con el pulgar o con la «abertura» de la mano
enguantada.
También los guantes lunares estaban fabricados con una técnica muy avanzada. A
pesar de la complejidad de su estructura, de que estaban presurizados y de que
tenían robustos refuerzos de acero en la palma, permitían recoger con bastante
facilidad una pequeña moneda de una superficie lisa, como, por ejemplo, del
tablero perfectamente abrillantado de una mesa.
EL TRAJE PARA LOS PASEOS ESPACIALES:
Terminadas las expediciones lunares, la atención de la exploración espacial se
centró en los vuelos circunterrestres, efectuados, por parte estadounidense, con
los transbordadores espaciales, o, por parte rusa, con las Soyuz.
La
reparación de satélites en órbita [es famosa la que, por dos veces, se ha
efectuado en el telescopio espacial Hubble), los experimentos fuera de la
estación espacial rusa MIR y, en el futuro, la construcción de la Estación
Internacional Alpha, han hecho necesaria la fabricación de un traje espacial
menos dispendioso que el lunar, que pudiese ser utilizado por varios astronautas
en varios vuelos, pero que, a la vez, resultara seguro y, sobre todo, más
manejable.
El
traje actual garantiza poder trabajar con libertad en el cosmos, sin cordones
umbilicales para el aprovisionamiento de oxígeno y energía eléctrica. El
concepto general es totalmente distinto del que imperó en el pasado. Ahora, el
traje se divide en tres partes fundamentales: el tronco inferior, que acaba en
la cintura, como un pantalón normal; el tronco superior, que debe vestirse desde
abajo, y finalmente el casco.
El
tronco superior va unido a una mochila que contiene, como en los trajes lunares,
sistemas de regeneración del aire, reservas de oxígeno y de agua para beber,
aparatos de radio y telecomunicación, así como instrumentos electrónicos de
control, entre ellos un ordenador que gestiona toda la vestimenta y verifica sus
características cinco veces por segundo.
Pero
el astronauta también puede supervisar el funcionamiento interviniendo, si es
necesario, a través de una serie de indicadores y controles dispuestos en el
pecho.
Bajo
el traje, naturalmente, el astronauta sigue llevando un contenedor para la orina
y un recubrimiento de nailon recorrido por metros de tubitos con agua para
enfriamiento o calentamiento, según la exposición del astronauta al calor
generado por la radiación solar o al gélido rigor de la sombra cósmica.
Una
característica particular del traje espacial -llamado por los técnicos EMÚ, de
Extravehicular Mobility Unit, o Unidad para la Movilidad Extravehicular- es que
se confecciona en una talla casi única, lo que permite, con pequeñas
adaptaciones y cambio de guantes, botas y casco con diversos visores, ser
utilizado por muchos astronautas.
Este
traje, además de ofrecer una movilidad un 20% superior a la que permitía el
traje lunar, está provisto de sistemas de control de las condiciones físicas del
astronauta, que se transmiten vía radio al monitor de la cápsula. En el caso de
mal funcionamiento denunciado por los aparatos, muchos de los cuales están
duplicados para mayor seguridad, el sistema de control emite una señal acústica
audible por el astronauta y, vía radio, una señal de alarma a la cápsula.
El
traje tiene una autonomía máxima de seis horas y pesa 82 kg, incluida la
mochila.
El primer paseo de prueba lo hicieron los astronautas Donald Peterson y Story
Musgrave en abril de 1983, durante la sexta misión del transbordador.

El traje lunar, completado con
guantes, botas y mochila de supervivencia. La escafandra pesaba en la Tierra más
de 65 kg; en la Luna, a causa de la escasa fuerza de gravedad, su peso se
reducía a poco más de 10 kg. En cualquier caso, la posibilidad de movimiento era
muy limitada y, precisamente por esto, más de una vez los astronautas se
cayeron, por fortuna sin consecuencias graves.
Fuente Consultada:
Maravillas del Siglo XX
El Universo Enciclopedia de la Astronomía y el Espacio Tomo V |