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"La carreta fue, durante tres
siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran
parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y
dinamizador de la economía, La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza,
tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la
llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha
hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla
de los caminos y borrarla del paisaje."
LA CARRETA Y LA MULAS: Si, por un lado, la
presencia de los españoles desorganizó el sistema de comunicaciones
preexistente, esa misma presencia permitió, con la introducción de la rueda y de
la mulas, la multiplicación de la capacidad de carga y una sensible mejora en la
rapidez en el transporte de pasajeros.
La
carreta cumplió un papel fundamental, y su organización en convoyes facilitó no
sólo el aumento del volumen de la carga sino la mejora de la seguridad de la
misma en territorios plagados de amenazas naturales, distancias y asaltantes. La
carreta fue una verdadera fortaleza. Ella sembró gajos de hermandad y
civilización a lo largo de aquellos caminos más imaginados que reales. Es
extraño que la carreta, uno de los protagonistas de la marcha hacia el oeste en
los Estados Unidos, no haya merecido la atención debida.
A
mediados del siglo diecinueve, el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson
escribió «Engancha tu carreta a una estrella», captando la importancia y el
sentido de una esperanza puesta en movimiento. Postas y carretas hicieron
posible que se comenzara a tejer esa red de enlaces humanos y comerciales,
enfrentando un medio hostil. Los accidentes del terreno, los rigores del clima,
la abundancia de lluvias o las sequías prolongadas, los vientos, las nieves, se
erigían como formidables obstáculos que debilitaban y retrasaban la posibilidad
de dar firmeza a ese tejido. Como bien dice Federico Palma, «los caminos eran
más ideales que reales... Los había trazado la necesidad y los mantenía la
costumbre. Quien se largase a recorrerlos, tenía que ser conocedor del terreno,
pues de lo contrario corría graves riesgos, incluso perder la vida». Paralelo al
desarrollo de la carreta en la llanura, se dio en el Noroeste la llamada
«cultura de la mulas».
La
configuración del terreno, los contrastes entre la planicie y la altiplanicie,
impusieron una adaptación de los medios. Desde y hasta Tucumán se podía utilizar
la carreta. Desde allí hacia Salta, Jujuy y el Alto Perú, el cambio de paisaje
requería un cambio de medios: la mulas relevaba a la carreta.
Las
mulas, llevadas a los campos de pastaje del Valle de Lerma para su engorde,
procedían del sur, y su destino final se repartía entre las minas de Potosí, los
puertos menores sobre el Pacífico sudamericano hasta llegar a Lima e incluso,
las más resistentes, ascender más allá de la capital virreinal. Desde el Callao
y el Alto Perú retornaban las caravanas de mulas hacia nuestras provincias
norteñas, cargadas de mercancías que buscaban salida legal o clandestina por el
Río de la Plata.
La
mulas, cruza de asno con yegua, se reproducías, pues, en las praderas pampeanas,
engordaban en las fincas salteñas, trepaban alturas, algunas sembraban de huesos
las estrechas sendas y otras llegaban a destino. En torno a la mulas se generó
una actividad tan importante como lucrativa que asumió los rasgos de una
verdadera empresa, abarcando más allá de los pequeños mercados locales hasta
configurar un incipiente mercado regional.
Al
calor de este comercio se acumularon fortunas, se intensificó el flujo de bienes
y personas, y, con parte de los impuestos que la administración percibía por
ello, se pudo concretarla erección de la Universidad de Córdoba, conocida,
durante años, como la «Universidad de las Mulas».
Las
carretas hasta Córdoba y Tucumán, y las mulas desde allí hacia el norte,
permitieron establecer un circuito dentro del cual circulaban personas,
mercancías e información entre Lima y Buenos Aires. Mirón Burgin
reproduce la información de La Gaceta Mercantil donde se aprecia el tipo
de cargas y las distancias recorridas por las mismas. Así los ladrillos, que
recorren seis leguas, abren la lista; el maíz, 75 leguas; los cueros salados,
240; la lana, 400 leguas, y los cueros secos, 515 leguas, para sólo mencionar
algunos rubros.
Señala Burgin que «el costo del transporte era igual a la mitad del
precio del producto respectivo». La distribución en el espacio de la población
en nuestro país le confería características insulares a los pequeños núcleos
habitados. Entre ellos se abrían inmensas distancias, lo que convertía a las
travesías en arriesgadas empresas a lo largo de tierras vacías y desérticas en
lo demográfico, pero llenas de riesgos: bandoleros y malones.
Esto obligaba a
extremar los cuidados y a organizar convoyes para asegurar tanto una defensa
recíproca como un mínimo de rentabilidad. Los ríos eran un medio de vinculación
que contaba, y aún cuenta, con serias limitaciones debido a la precariedad de
los recursos de navegación y por el
sentido de la corriente norte-sur, sin retorno de las embarcaciones ni las
tripulaciones.
Ernesto Maeder observa que la navegación del Paraná es
lenta, incómoda y sacrificada por causa de los insectos y los gusanos de los
cueros que se transportaban. Las embarcaciones que salían desde el puerto de
Corrientes hacia Buenos Aires, armadas sobre canoas y «garadumbas»
(especie de voluminoso catamarán), transportaban abultadas cargas que, al
llegar, se desarmaban y vendían junto a la mercancía transportada. De ella sólo
se recuperaban los clavos. Hasta su producción industrial, el clavo era muy
costoso. Su producción masiva genera la clásica arquitectura del lejano oeste
norteamericano: el sistema Balloon-Frame.
Esas
«garadumbas» debían ser desguazadas, pues no podían retornar río arriba.
Maderas, cargas y tripulación quedaban en Buenos Aires. Sólo retornaban el
capitán y los clavos para reiniciar el ciclo. La situación del Litoral
posibilitaba, en alguna medida, la utilización de los ríos. Mas esto constituía
una excepción, pues no se podía repetir en la mayor parte de la geografía del
país. Estos factores reforzaron la importancia del papel de la carreta como
vehículo para el intercambio.
Un
hecho casual añadirá un elemento más para aumentar esa importancia. En 1785, un
ballenero inglés queda demorado fortuitamente en el puerto de Buenos Aires. Su
larga permanencia favorece el contacto con algunos pobladores y esto les permite
aprender de sus tripulantes a salar la carne para conservarla, oficio que esos
ingleses practicaban en los mares australes.
A
partir de allí se dan las condiciones para introducir importantes cambios
directos en la economía ganadera virreinal e indirectos en el desarrollo de las
carretas. Hasta entonces, la sal se importaba a muy alto costo desde España. La
demanda de sal aumentó considerablemente como consecuencia de la introducción de
esta modalidad de conservación de las carnes. Esto motivó un gran interés por
encontrar en las salinas bonaerenses la forma de sustituir las compras a España.
La
carne y la sal, como recursos casi infinitos e inagotables, estimularon las
expediciones a las salinas. De allí surgió, además, un importante grupo
artesanal dedicado a la fabricación de las carretas y los toneles para guardar
el producto. Si nos parece lenta la marcha de la carreta, debemos compararla con
las alternativas para un viaje que ofrecía la época. De los relatos de viajeros
se desprende que el trayecto Buenos Aires-Santiago de Chile era entre un 40 y un
50 por ciento más breve que por la vía del Cabo de Hornos, en barcos a vela de
dudosa seguridad.
Esto sin considerar las inclemencias del tiempo y tomando en
cuenta los meses apropiados para la travesía. En 1841, la familia del general Lavalle emprende desde Montevideo un viaje a Valparaíso pasando por el Cabo de
Hornos. «Tardamos cuarenta y seis días, de los cuales estuvimos doce parados al
llegar al Cabo, esperando viento favorable para doblarlo», recordará Dolores
Lavalle, según cita Carlos Antonio Moncaut.
Para
la construcción, funcionamiento y mantenimiento de las carretas, el país contaba
con todos los recursos necesarios: madera, buenos artesanos, bueyes, pasturas,
aguadas naturales y personal adecuado para llevar adelante la empresa. La
mortandad de bueyes era elevada, y, según Tadeo Haenke, en un solo viaje
llegaban a morir hasta 290 bueyes de una misma tropa. Aunque en menor cantidad
que las mulas, los esqueletos de los bueyes alfombraban los caminos. Según el
mismo Haenke, «recogidos todos ellos bastarían por sí solos para formar
una hermosa calzada que llegase hasta las puertas de Buenos Aires».
Para
su marcha, tenía por delante la ilimitada pampa y la llanura. Sus
desplazamientos se veían facilitados, además, por la falta de alambrados en los
campos. Pensando en ello es que Sarmiento pudo, en 1878, decir que antes de la
aparición del alambrado «todo el país era camino». Fue su incorporación la que
«aceleró el trazado de los caminos en nuestra pampa bonaerense», anota
Moncaut. Como veremos luego, el alambrado fue uno de los factores que
contribuyó a la desaparición de la carreta y, junto a ella, que se esfumara la
visión bucólica y nostálgica del «rayar y cuadricular geométricamente las
pampas, para succionar sus riquezas por manos gringas» de un «Don Segundo
Sombra» temeroso frente a los cambios y los avances del progreso, en una
sociedad aletargada a laque se plantea así la absurda disyuntiva entre lo
tradicional y lo moderno.
A
partir de la década de 1840, las carretas comienzan a ser reemplazadas por las
«galeras» o «diligencias» para el transporte de pasajeros. Se las llamó también
«mensajerías» o «galeras criollas». Ambrosetti las describió así: «La
forma de la mensajería es la de un gran coche que tiene algo de ómnibus y de
carruaje, casi cuadrada, con asientos dispuestos a lo largo de la caja, y
ventanillas pequeñas de tablas con dos vidrios de un decímetro cuadrado, de modo
que casi no tienen más objeto que el dejar pasar la luz». Mensajerías eran,
además, las empresas que, alentadas primero por la administración y
subvencionadas por el gobierno, prestaban el servicio de transporte de
pasajeros, correspondencia, periódicos, encomiendas y valores en gran parte del
territorio del país. Todos estos medios comenzarán a ser paulatinamente
reemplazados en las rutas troncales nacionales por el ferrocarril. Este proceso
coincidió con los cambios en la vieja estancia, la venta de cueros a Europa y la
exportación de la carne salada a países esclavistas, cuyo ciclo se agotaba.
En el
siguiente cuadro se pueden observar las diferencias en velocidad por hora,
capacidad de carga y volumen de los medios de tracción a sangre y las del
ferrocarril. Esto, sumado a los costos y tarifas diferenciales, selló la suerte
de los antiguos medios de transporte, condenados a sobrevivir en trayectos no
cubiertos por el tren.
| |
MEDIO |
VELOCIDAD(Km./h) |
RECORRIDO(Km.) |
VOLUMEN DE CARGA |
|
| |
Carreta |
3-4 |
15-40 |
1.5 a2.2 tn. |
|
| |
Carros
Pesados |
2-3 |
30-35 |
3 a 5 tn. |
|
| |
Arrías
por mulas |
6 |
60 |
0.15 a 0.17 tn. |
|
| |
Diligencias |
13-16 |
60-100 |
hasta 12 pasajeros |
|
| |
Galeras |
20 |
150 |
hasta 17 pasajeros |
|
| |
Chasquis |
- |
100-120 |
Correo |
|
| |
Ferrocarril del Oeste (1857) |
40-45 |
405 (9 horas) |
Vagón 8 tn. |
|
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