LA CASA BLANCA, Historia y Construcción

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George Washington, primer presidente de los Estados Unidos de América y el único elegido por unanimidad, consiguió evitar que sus compatriotas le dieran el título de “Su Alteza el Presidente de los Estados Unidos de América y protector de sus libertades”, como alguien propuso y como muchos habían deseado. Sin embargo, no pudo impedir que diesen su nombre a la capital del nuevo estado federal que acababa de formarse, construida en un terreno virgen, a orillas del Potomac, cedido para este fin por los estados de Maryland y de Virginia.

Con modestia y elegancia se limitó a ignorar el hecho, hablando hasta el fin de sus días de “distrito federal” o de “territorio de Columbia”. Mas sea cual fuere su nombre, sé trataba de un pantano; un lugar bellísimo, pero cenagoso, frío en invierno y bochornoso en verano, con un clima tan infernal que los diplomáticos ingleses acreditados en la ciudad obtuvieron de su gobierno una especial “indemnización de colina”, es decir, el derecho a pasar una temporada en alguna localidad más o menos montañosa para recuperarse de los veranos en aquel malsano baño turco.

Por otra parte, este lugar que debía convertirse en centro de la nación estaba tan apartado de las habituales vías de comunicación que la esposa de uno de los primeros presidentes. que había salido de Baltimore en dirección a la Casa Blanca —o, como entonces se llamaba, la Executive Mansion, o sea la sede del poder ejecutivo— se perdió en los bosques, donde vagó durante horas y siendo al fin encontrada por un caritativo vagabundo negro.

La escasez de documentos oficiales impide decir con exactitud cuántos esclavos “ayudaron” en la construcción de la Casa del Presidente a lo largo de su historia (incluida la reconstrucción de 1812, luego del incendio que provocaron los ingleses por la guerra). Los historiadores especulan que fueron más de 200 y que, en total, desde 1790 hasta 1863 –año en que Estados Unidos abolió la esclavitud– fueron entre 400 y 600 los esclavos afroamericanos que comprometieron sus fuerzas para la construcción de los “templos de la libertad” del país.


El hecho de haber escogido semejante lugar era el resultado de un compromiso; un compromiso que se hizo necesario porque la Unión amenazaba

 quebrantarse con el problema de la capital: el Norte la deseaba y el Sur la reclamaba. El Congreso estaba indeciso respecto a la elección que debía hacerse, pero en cambio estaba muy decidido a excluir las grandes ciudades —Boston, Nueva York, Filadelfia—, en las que los representantes del pueblo hubieran estado demasiado expuestos a las reacciones inmediatas del propio pueblo que representaba. Por último su llegó a un acuerdo dentro del marco de otro acuerdo más amplio: el de las deudas nacionales. El Sur tendría la capital; pero a cambio cargaría con una parte de las deudas del Norte, que eran mucho mayores. La elección del lugar se confió a la decisión del general Washington, ex agrimensor y primer presidente del país, quien lo hallé precisamente junto a su propia vivienda en Mount Vernon.


Las líneas fundamentales de este Versalles de la democracia fueron trazadas por un francés, Pierre Charles L’Enfant, un parisiense de pura sangre, que luchó voluntario por la libertad americana (siendo herido dos veces) y un genio que se anticipó a su tiempo, pero uno de los peores caracteres producidos jamás por la dulce Francia. Su plan era tan valido, pero tan nuevo y audaz que durante un siglo pareció absurdo Diseñé un inmenso ajedrezado, más amplio que el París de entonces, cortado en diagonal por grandes avenidas de hasta 50 metros de anchura. En el centro, los dos polos de poder: el Capitolio, sede del Congreso, y e palacio del presidente, unidos ambos por una vía ceremonial de 120 metros de anchura.

La residencia presidencial se levantaría no lejos del río Potomac, junto a un torrente bautizado con el nombre de Tíber por un agricultor con aires de grandeza (a su hacienda la llamó Roma) y luego rebautizado prosaicamente como Goose Creek (“orilla de la oca”) por los cazadores locales. L’Enfant la imaginó en forma de un gran rectángulo, y quizás esperaba proyectarla, pero la aspereza de su carácter le hizo perder el puesto, a pesar del apoyo de Washington, quien apreciaba su genio y que chapurreaba su nombre desfigurándolo en Longfont. Por último, para la realización de la Executive Mansion fue preciso convocar un concurso.

Lo ganó James Hoban, irlandés naturalizado americano, que había empezado su carrera profesional en el Nuevo Mundo haciendo publicar en los periódicos de Filadelfia el siguiente anuncio: “Los caballeros que deseen construir en estilo elegante deben saber que pueden contar con la persona más indicada, que realiza trabajos de ebanistería y de carpintería según el gusto y técnica modernas”. El edificio que este hombre proyectó —una elegante, digna y cómoda casa, adecuada para un próspero burgués o para un plantador acaudalado— tenía como característica principal la forma oval de los salones principales.

Sin embargo, entonces pareció desproporcionada para las necesidades del presidente de los Estados Unidos, al que ya le habían sido asignados cinte mil dólares anuales de sueldo, un ministro de Asuntos Exteriores, un ministro de Finanzas, dos ministros de Fuerzas Armadas y un Administrador General de Correos. A cambio de eso podía encargarse muy bien de “todo el gobierno, toda la administración y toda la representación de tos Estados Unidos”. Y para esta misión no parecía necesaria una casa que, era “lo bastante grande como para dos emperadores.. un papa y un dalai lama”, como expresó Thomas Jefferson (que por cierto sería uno de sus inquilinos).

Si el proyecto se aprobó fue- porque el coste parecía razonable —400.000 dólares de aquel tiempo— y además porque entonces no parecía justo criticar los deseos de comodidad del gran Washington.

George Washington (1732-99) Primer presidente de Estados Unidos y comandante en jefe estadounidense durante la guerra para independizarse de Gran Bretaña, a menudo se lo llama el "padre de su patria". Originalmente un caballero de Virginia que se dedicaba a la agricultura, como soldado demostró grandes cualidades de liderazgo. Sumamente popular entre el público estadounidense, un congresista lo elogió llamándole "el primero en la guerra, el primero en la paz, el primero en el corazón de sus compatriotas".

Pero estos costes fueron ampliamente superados, incluso después de haber eliminado algunos detalles del proyecto original: abolición de los pórticos, del previsto tercer piso y de muchos acabados ornamentales. George Washington murió en 1799, precisamente cuando se ponía el tejado a la casa. El primer ocupante fue John Adams, segundo presidente del país, quien todavía encontró la vivienda sin acabar, con paredes que debían revocarse y habitaciones aún por decorar y organizar.

El salón oriental, el más grande la casa, fue acondicionado por la flrst lady como lavandería, la única función que podía asumir en aquel momento, iniciando con ello la serie de anécdotas que se irían produciendo sobre la residencia presidencial. Sin embargo, incluso en estas condiciones, Adams inauguró oficialmente la residencia en 1800.

Thomas Jefferson, el tercer presidente, el mismo que había criticado con aspereza la magnitud de la construcción, fue, precisamente, el que la transformó en una verdadera y auténtica vivienda. Fue también el primero en prever una ampliación de la casa, demostrando con ello que desde el interior la óptica es siempre muy distinta que desde el exterior. Por encargo suyo, el arquitecto Benjamín H. Latrobe (por fin un americano) proyectó los dos pórticos que ahora embellecen las fachadas norte y sur y dos ampliaciones en forma de pórticos bajos con terrazas en los lados este y oeste.

Mientras tanto, Jefferson, con sus maneras directas y sencillas, ayudado por una primera dama en funciones, la encantadora Dolley Madison, esposa del secretario de Estado; pues el presidente era viudo, iban creando ‘la tradición y el estilo de la residencia presidencial. Jefferson fue el primer político del mundo que estrechó la mano a los visitantes en lugar de hacer la protocolaria inclinación de saludo, y el primer jefe de Estado, después del legendario rey Arturo, que hizo sentar a sus invitados a una mesa redonda, en lugar de hacerlo en una rectangular, para eludir así las diferencias de rango: y quizás ha sido también el único presidente que haya recibido a un embajador, en visita oficial, vestido con ropas de casa y en zapatillas. Pero, aparte de estas anécdotas, más o menos pintorescas, Jefferson fue dando carácter a la mansión.

Dispuso el arreglo de los jardines, en los que se montó una jaula para los osos grises —regalo al presidente de los exploradores Lewis y Clark, al volver de su expedición al Pacifico en los años 1804-1806, y mandó decorar el interior de la casa con bellísimos muebles franceses. Este embellecimiento fue continuado por el sucesor de Jefferson, el marido de la incomparable Dolley: James Madison.

Fue una lástima que todo eso tuviera que desaparecer bruscamente, pues la Casa Blanca —término que hacia 1809 empezó a utilizarse junto al oficial de Exetutive Mansion— fue incendiada en 1814, durante la guerra anglo-americana, por un cuerpo de desembarco inglés. La incursión no tuvo efectos prácticos desde el punto de vista militar siendo luego contrarrestada, desde el punto de vista psicológico, por el golpe que meses después infligió Andrew Jackson a dicho cuerpo expedicionario bajo los muros de Nueva Orleans (con la diferencia de que este segundo episodio tuvo lugar cuando ya se había firmado la paz, aunque los combatientes no lo sabían).

Pero lo cierto es que, tras el ataque, de la Casa Blanca sólo quedaban en pie las paredes exteriores (deterioradas también), habiéndose salvado únicamente de su interior el retrato de Washington, que fue trasladado a lugar seguro por la propia esposa del presidente en el momento de la invasión. Fue necesario encargar a Hoban, que volvió a la brecha después del paréntesis de Latrobe, una restauración completa —que más bien era una reedificación—, que se realizó tan rápida y sumariamente que cada año, al hacerse la limpieza de verano, se ponían al descubierto las huellas del pasado incendio.

Cuando Andrew Jackson, el vencedor de los ingleses en Nueva Orleans, fue elegido presidente y se instaló, en 1829, en la residencia, miles de personas tomaron por asalto el edificio para “festejar” el acontecimiento, devastando casi por completo el salón oriental (cuya reparación costó 10.000 dólares), derribando el buffet, rompiendo vajillas y destrozando muebles: era, según un juez de la Corre Suprema que presenció los hechos, “el triunfo de Su Majestad la Plebe”. El bullicio de esta presidencia tan escandalosamente iniciada terminó con la desaparición de un enorme queso, de 635 kilos de peso, regalo de un industrial de Nueva York al presidente y que los “invitados” devoraron en el mismo salón, cortándolo con sus propios cortaplumas.

Todos esos hechos, no obstante, despertaron menos reprobación que la conducta de Martín van Buren, sucesor de Jackson, contra el que un enfurecido diputado de Pennsylvania desató una virulenta campaña —que llenó treinta y dos páginas de un periódico— de “infamantes acusaciones”, que iban desde el uso, por parte del presidente, de cubiertos de oro —que en realidad eran de plata dorada— a la “abominable” predilección por los vinos franceses en lugar de la honesta sidra, y de la costumbre decadente de usar aguamaniles, perfumarse y dormir hasta ciertas horas, hasta la “increíble” disipación de 75 dólares para abrillantar un centro de mesa de plata dorada que había sido adquirido por el presidente Monroe para los banquetes oficiales. Y todo ello para apoyar la elección de un candidato (William H. Harrison) que moriría —por pura obstinación— apenas un mes después de su nombramiento.

Pero todas esas anécdotas deben incluirse en la pequeña y menuda historia de la gran mansión. En la pequeña comedia de la misma. Mas no siempre fue así; también hubo su tragedia. En efecto, la doble presidencia de Abraham Lincoln vio la tragedia de la guerra civil junto a la personal
—pero desesperante— del presidente, que en la Casa Blanca perdió a su hijo y vio enfermar gravemente a su mujer.

Todo ello mientras Lincoln debía llevar el peso dio una guerra atroz, de consecuencias imprevisibles, con las dificultades que crecían en los frentes y el deseo de venganza aumentando en el interior; un amasijo de tragedias que culminaría en la tragedia final: el asesinato del propio presidente, en un palco de un teatro, cuando la guerra civil apenas había acabado. Era el primer presidente norteamericano asesinado, pero no sería el último; su suerte la seguirían Garfield, McKinley, Harding y John Fitzgerald Kennedy.

La Casa Blanca no siempre ha albergado estadistas de primera fila, como el citado Lincoln. A Jefferson, Monroe y Jackson les siguieron otros que son poco más que un simple nombre en las páginas de la historia: James Pole, bajo cuya dirección se conquistó, con una patente agresión, el Sudoeste; Millard Fillmore (cuya esposa empezó la biblioteca de la Casa Blanca, hoy inmensa, pero entonces reducida únicamente a una Biblia), y Pierce, Tylér y Taylor (fulminado por una indigestión de fruta amarga y bebidas heladas). Hubo otros, como Grant, de gran categoría en la guerra como general, pero débil como conductor del país y que cerró su mandato con una explosión de escándalos; o como Cherter Alan Arthur, que heredó la residencia como vicepresidente de Garfield y que no quiso entrar en ella hasta que aquella “barraca mal sostenida” fuese restaurada; para ello se dirigió a Louis Comfort Tiffany, que entre otras cosas cerró el atrio con una de sus fantásticas vidrieras, un “motivo de águilas y banderas, trenzadas a la manera árabe”. Han sido cuarenta y cuatro hasta ahora, desde John Adams —que cruzó por primera vez su umbral— a Barack Obama, los presidentes que han ocupado las históricas habitaciones. Cada uno con sus ansias, sus esperanzas, sus manías y su capacidad. Y cada uno con sus propias ideas sobre lo que la residencia debería ser.

Después de la reconstrucción de 1816-17 y la realización de los pórticos y alas que Latrobe había proyectado, se fueron sucediendo las siguientes innovaciones: la casi total renovación del decorado, efectuada por Mary Todd Lincoln (que ahogaba sus neurosis en continuos gastos), la completísima reorganización de la época de Grant (cuando la Casa Blanca imitó el estilo de los barcos del Mississipi, de moda entonces) y la restauración del presidente Arthur.

Después, Theodore Roosevelt llegó al edificio como un tornado. Mientras el presidente aprendía jujitsu y sus hijos montaban ponnies en los ascensores, los albañiles construían la nueva ala (el ala oeste) para los despachos presidenciales, que hasta entonces habían estado dentro de las .habitaciones destinadas a la familia, y se instalaban tuberías y electricidad, se rehacían los pavimentos, peligrosamente sobrecargados y endebles, y el segundo piso se arreglaba para uso estricto de la familia y para huéspedes de Estado.

Así, el edificio —bautizado ya oficialmente como Casa Blanca— estaba ya dispuesto para entrar en el siglo XX, o casi dispuesto, porque en tiempos de Truman fue necesario volver a rehacerlo casi globalmente: un siglo y medio de continuas modificaciones y de incesantes servicios dejaron la mansión en pie por pura fuerza de la costumbre. Manteniendo tan sólo las paredes exteriores, fue reconstruido por completo, siguiendo las pautas previstas en los proyectos de Hoban y de Latrobe.

Mientras tanto, los presidentes se iban sucediendo. Eisenhower jugó al golf en los prados del parque, esos prados en los que cada año, en Pascua, según una tradición iniciada en 1877 por Lucy Hayes, los niños buscan alegremente decenas de huevos que se dejan en el césped. Más tarde, Jacqueline Kennedy reestructuró de arriba abajo la decoración interior, haciendo de la Casa Blanca una residencia administrada según reglas establecidas y digna de competir, en cuanto a. poder evocador y dignidad ambiental, con los grandes palacios históricos europeos.

Pero más que las restauraciones de su madre, lo que la gente recuerda con más afectuoso sentimentalismo es a Carolina niña, que se hace fotografiar por los peno. distas con los zapatos de su madre, o a su hermano John-John que sale del despacho de su padre, en el que se había escondido. Porque aunque el poder del inquilino de la Casa Blanca es hoy mucho mayor que el de cualquiera de los jefes de Estado del mundo occidental, y su super ministerio, que en tiempos de George Washington se componía de un solo secretario, invade hoy todo un barrio de la capital, la Casa Blanca no ha dejado de ser, en casi dos siglos de vida, una casa por encima de todo, la vivienda de una familia elegida por el pueblo y en la cual ese pueblo se reconoce. Y tampoco ha dejado de recordar, con su aspecto de elegante digna residencia burguesa, que lo que la nación americana ha dado a su presidente es una casa, con el “salón bueno” para recibir a los huéspedes, y no un palacio.

Quien vive allí, aunque tenga poder sobre medio mundo, no es más que el delegado de millones de individuos que lo han colocado en aquel lugar. En definitiva, la más completa definición del valor del edificio es la que diera Eisenhower: “Estoy seguro —escribió— que la Casa Blanca no es sólo la residencia del jefe ejecutivo: es la historia viviente de la colonización, de las luchas, de las guerras, del pasado, y, al mismo tiempo, es la encarnación de la América que crece."

Fuente Consultada: Enciclopedia de las Maravillas del Mundo Tomo III

 

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