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Maté a mi mujer y arrojé su
cadáver al resumidero alcantarillado —dijo John Timothy Evans a
los incrédulos policías de una comisaría de Londres el 30 de
noviembre de 1949. Confesiones semejantes suelen escucharse con
alguna frecuencia.
Provienen de mitómanos o dementes que
quieren llamar la atención sobre sí. Los policías fueron por rutina
a verificar la denuncia a la residencia de Evans, en el N.° 10 de
Riliington Place, pero no encontraron nada. Ante la insistencia de
Evans renovaron la búsqueda y en el lavadero del edificio
encontraron bajo rumas de leña los cadáveres de la señora Evans y su
hijita de apenas 14 meses. Durante el procedimiento policial y
judicial que siguió, Evans hizo diferentes confesiones, en las que
tanto se declaraba culpable como alegaba inocencia. En este último
caso, sostenía que el asesino era un tal John Regjnald Christie, que
habitaba en la planta baja del mismo edificio del 10, Rillington
Place, donde el matrimonio Evans ocupaba el segundo piso.
El proceso contra Evans por asesinato
de su esposa e hijita se abrió en Londres el 11 de enero de 1950,
pero los cargos, de acuerdo a la ley británica que acepta
enjuiciamiento por sólo un delito, se centraron sobre la muerte de
la pequeña niña. El principal testigo de la acusación fue el vecino
John Reginald Christie, que a. coro con su esposa declaró que la
noche de los hechos (8 al 9 de noviembre de 1949) había escuchado en
el piso superior al suyo (ocupado por los Evans) toda clase de
ruidos sospechosos. Desde entonces no había vuelto a divisar a la
señora Evans ni a la pequeña.
Su testimonio fue decisivo, aunque la
defensa de Evans no sólo lo recusó, sino que lo acusó. Sostuvo que
los antecedentes de Christie eran malos (cinco condenas por robo,
abuso de confianza, lesiones) y que el mismo Christie —¡y no Evans!—
era el asesino. La acusación triunfó, sin embargo, al convencer al
jurado que Christie era un hombre digno de fe, proveniente de una
familia honorable, culto (a diferencia del iletrado Evans), ex
policía y con servicios honorables durante la guerra.
John Timothy Evans fue declarado
culpable y ejecutado en la prisión de Pentonville el 9 de marzo de
1950. Poco antes de morir insistió en que el asesino era Christie.
OTRO CAPITULO Christie continuó
viviendo en el edificio de Rillington Place después de la ejecución
de Evans, aunque su salud empeoró mucho. Sólo tres años más tarde
(20 de marzo de 1953) abandonó el lugar para ir a vivir fuera de
Londres. Los vecinos habían dejado de ver a su esposa desde bastante
tiempo antes. Christie decía que se encontraba en casa de otros
parientes.
El departamento (bastante miserable,
sin sala de baño y con toilette colectiva) fue habitado por
el inmigrante jamaicano Beresford Brown, quien, al querer instalar
una antena de radio, hizo un macabro hallazgo en la cocina, había
tres cadaveres emparedados en el muro. Ese mismo día (24 de
marzo de 1953) la policía encontró bajo el piso del dormitorio otro
cadáver —el de la esposa de Christie— y en el patio otros dos
cadáveres.
Christie fue detenido después de
intensa búsqueda el 31 de marzo de 1953 y confesó los asesinatos en
medio de mentiras, contradicciones y simulados desvaríos. Los
forenses establecieron que el primero, de una institutriz austríaca,
había sido cometido en 1943. Otro, de una obrera de fábrica, en
1944.
Los de las tres mujeres de "vida
difícil", emparedados en la cocina, en 1953; y el de su propia
esposa, poco antes de estos tres últimos. Durante el proceso,
Christie reconoció que él era igualmente el asesino de la esposa de
Evans, pero después lo negó. Fue ahorcado el 25 de julio de 1953. La
ejecución no hizo olvidar la muerte de Evans y creció el comentario
de que en ese caso se había ajusticiado a un inocente.
Las investigaciones posteriores
decretadas por el Ministerio respectivo para determinar si se había
cometido un error en el caso de Evans no fueron concluyentes, pero
resulta demasiado inverosímil que dos asesinos hayan vivido
simultáneamente en una misma casa y cometido crímenes con el mismo
método (estrangulación y abuso). Christie era un maniático sexual;
Evans, no. Además, si el jurado que condenó a Evans hubiera sabido
que el testigo principal en su contra, el meloso Christie, ya tenía
a lo menos dos asesinatos a su haber, habría prestado más atención a
las acusaciones formuladas en su contra por la defensa del
inculpado.
Por otra parte, si los policías que
encontraron los cadáveres de la señora Evans y su hijita hubieran
buscado bien, habrían encontrado los dos cadáveres que tres años más
tarde fueron descubiertos en el patio de la casa de Rillington Place
N.° 10. Entonces no habría sido ejecutado Evans. La creencia, hoy
generalizada, es que en aquella ocasión, por falta de diligencia y
acucia, fue ahorcado un inocente. |