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REGLAS Y SANCIONES
EL CASTIGO NO PASA DE MODA

Que le enseñarías a tus hijos?

 

  

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Un estudio realizado entre estudiantes arroja sorprendentes conclusiones sobre las formas en que opera la severidad en una organización social.

Desde que el Dr. Spock, en la década del 50, escribiera sus famosos  manuales para padres —un verdadero fenómeno: se vendieron 50 millones de ejemplares y se tradujeron a 49 idiomas— en los que cuestionaba la rigidez y severidad de la autoridad paterna, el castigo como método disciplinario empezó a resquebrajarse.

Ya en los años 60, comenzó a imponerse el ideal del ejercicio de una autoridad mansa, casi roussoniana, poco afecta a aplicar medidas punitivas; espíritu que se hizo extensivo a diversas organizaciones sociales,

sobrepasando los márgenes familiares. Incluso hoy, cuando se percibe, en muchos ámbitos, una no siempre saludable revaloración de viejos métodos persiste la ausencia de castigo o sanción como método, aunque más no sea como anhelo.

Lo cierto es que la utopía de desterrar completamente el concepto de sanción parecería impracticable, según un último experimento realizado por economistas alemanes de la Universidad de Erfurt, en colaboración con investigadores de la Universidad de Indiana (Estados Unidos), corroborando lo que sociólogos y psicólogos ya saben desde hace mucho: los grupos declinan hasta desaparecer si no tienen normas claras y castigos establecidos para sancionar a los miembros que no se adaptan, que se vuelven egoístas y aprovechadores, expresa el estudio.

Los investigadores germanos pretenden haber demostrado que las organizaciones que no dudan en aplicar sanciones generan más beneficios que las que no lo hacen.

Para realizar el estudio de Erfurt, se convocó a 84 estudiantes secundarios, y se les dio veinte fichas a cada uno para jugar un juego en el que se administraban las finanzas del grupo. Las reglas básicas: en cada vuelta, los estudiantes debían resolver si conservar las fichas o aportarlas a un fondo, cuyo beneficio era distribuido por partes iguales entre todos los miembros del grupo, incluyendo a los que no habían invertido. Como las ganancias se determinaban por un múltiplo de las fichas invertidas, cada participante que aportaba al fondo recibía menos ganancias si otros no realizaban ninguna inversión. Hubo una clara división en dos subgrupos: por un lado, los que dejaban el funcionamiento librado a la voluntad de cada uno, y por otro, los que querían establecer reglas claras y multaban a los que no invertían, lo cual tenía un costo.

En principio, la mayoría decidía integrarse en el grupo que no aplicaba medidas punitivas, pero rápidamente, casi todos se cambiaban al que penalizaba cuando comprobaban que salían perdiendo o podían beneficiarse más junto al que no dudaba en aplicar sanciones, pese a que multar al socio “aprovechador” costaba una ficha. Bien avanzado el juego, los que estaban a favor de no castigar prácticamente se habían extinguido.

La polémica investigación, publicada recientemente en la revista Science, induce a pensar que los grupos sin reglas establecidas y sin medidas punitivas, atraen a los que pretenden sacar partido y dinamitan el espíritu societario. Por otra parte, el estudio sugiere que las sociedades o instituciones que no descartan el castigo y donde el poder se distribuye equitativamente, atraen a miembros que, aun teniendo que pagar de su bolsillo, están dispuestos a “correr» a los miembros que parasitan al conjunto.

MECANISMOS PUNITIVOS

Si el castigo es el corolario teórico de la trasgresión en cualquier sistema normativo, es por lo menos discutible la pretensión de explicar la necesidad de sanciones utilizando metodologías inherentes a la rentabilidad económica.

La psicóloga Graciela Escobar afirma que esta investigación echa luz sobre las condiciones bajo las cuales mucha gente estaría dispuesta a sancionar a otros para promover el bien común dentro de un grupo dado, pero plantea que no son esos aprovechadores” los únicos que actúan de acuerdo con sus propios intereses: «En realidad, todos actuamos por interés. Lo cual no está mal, pero en este caso denotaría que la aplicación del castigo no se relaciona con la moral, sino con la practicidad: los miembros que se pasan al grupo punitivo no lo hacen porque crean que castigar mejorará al conjunto, sino para mejorar sus ingresos. Lo mismo pasa en una familia; impedir que un chico sea un malcriado, y traiga amonestaciones todo el tiempo, no tiene porqué deberse a la moral de sus padres; probablemente, ellos necesitan que su hijo no desentone en el nivel social al que pertenecen».

Según esta investigación, la especulación no sería ni buena ni mala; la cuestión es que, una vez establecida la norma de funcionamiento, el castigo surge como imprescindible para ha-ceda cumplir. “En realidad, el peor castigo, que actúa como amenaza ordenadora —dice el sociólogo Alejandro Verón—, es el quedar afuera, el destierro, el no pertenecer. En las sociedades capitalistas, hay recursos para evitar que se aplique esa amenaza deforma arbitraria está el juicio, la ley, la indemnización.»

¿Podría afirmarse, como decía Freud, que el castigo es inevitable como herramienta civilizatoria? «La cultura implica represión -recuerda Escobar—; lleva a sustituir la satisfacción inmediata de los impulsos por una. satisfacción retardada; lleva a acotar el deseo, a compatibilizarlo con el que tengo al lado, a postergar y programar mí conducta para obtener lo que quiero. La conducta social requiere de la buena voluntad del grupo y de una autoridad que pene al que no se adapta. Es así, de esta forma funcionamos; de lo contrario, imperaría el caos y nadie saldría beneficiado».

En definitiva, el estudio de Erfurt sugiere que los grupos que no tienen reglas claras atraen a individuos egoístas que minan las instancias de cooperación. En contraste, las comunidades que permiten el castigo —y distribuyen el poder de un modo equitativo-atraen a personas que se opondrán a los egoístas aun a su propio costo.

La investigadora norteamericana Elinor Ostrom, codirectora del taller de Teoría y Análisis Políticos de la Universidad de indiana, que también participó del estudio, ha hecho trabajos de campo con cooperativas de todo el mundo y sostiene que nadie pudo darle un ejemplo de un grupo comunitario duradero que no empleara algún tipo de instancia de castigo para los miembros que no respetan el bien común.

La conclusión de Ostrom es que, cuando un grupo tiene normas claras y el valor moral para sancionar a alguno de sus miembros, «ese grupo funciona exitosamente”. Una aseveración de un polémico conductismo, usual en este tipo de estudios de psicología social, en el limite de lo políticamente correcto, y acaso, un poquito más allá.”

En 1998 a los 94 años, falleció el doctor Benjamin Spock, el pediatra cuyos consejos  fueron seguidos por millones de padres en Occidente, y cuyo libro Tu hijo fue quizás una de las obras mas exitosas del siglo XX. De algún modo la idea de Spock de fomentar en los padres principios  de mayor flexibilidad en la educación de sus hijos lo que comenzó a desterrar, a partir de la década del 50, la práctica recurrente del castigo en la relación entre padres e hijos.

El enfoque de Spock, verdadero pionero de la pediatría moderna, privilegiaba en la educación de los niños la aceptación de cada uno tal cuales, la prodigalidad en las muestras de afecto hacia los hijos y el inculcarles sentimientos de camaradería hacia sus iguales y respeto hacia los mayores. Fuera quedaban las rigideces de otras épocas.

Antes de morir, Spock relativizó algunas de sus ideas, pero en la cumbre de su fama, a principios de ¡os 70, debió enfrentar las virulentas críticas del conservadurismo norteamericano, que discrepaban con sus conceptos educativos y lo culpaban de haber creado una generación despreocupada e indisciplinada, educada en la permisividad de sus padres. Se trataba, en realidad, de la generación más tolerante de ese país, la que regalaba flores a ¡os soldados y no quería hacer la guerra a Vietnam, sirio el amor Durante aquel conflicto, el vicepresidente de Richard Nixon, Spiro Agnew acusó a Spock de haber echado a perder esa generación, mientras el célebre pediatra participaba de ¡as multitudinarias marchas pacifistas de entonces.

Fuente Consultada: Revista RUMBOS Por Cristina Noble