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Hasta el siglo IX los nuevos centros de población
no descubrieron la utilidad de las ciudades fortificadas. Los vikingos que
sitiaron París en el 886-888 encontraron cortado el paso por las murallas. Más o
menos en la misma época, Alfredo de Inglaterra ideó un procedimiento para cerrar
las ciudades con murallas, que debían ser vigiladas por fuerzas de la propia
localidad. Para levantar y defender fortificaciones de este tipo era preciso que
las autoridades públicas obligasen a algunos habitantes a pagar, construir y
encargarse de guarnecer dichas murallas.
Si el ejercicio de la autoridad pública recaía en
manos que no fueran las de los reyes, cosa que ocurrió sobre todo en Francia
durante el siglo X, estos personajes tenían poderes, y a menudo razones, para
levantar estas fortificaciones por su propia cuenta. Los castillos como lugares
fortificados y ocupados permanentemente eran de piedra, material que desde el
principio exigió la participación de albañiles especializados y exigió tiempo
para su construcción.
Para construir rápidamente una obra defensiva
bastaba con unos montículos de tierra provistos de una robusta empalizada de
madera en la parte superior con la cual poder resguardar un pequeño destacamento
de soldados. Es probable que las fuerzas invasoras llevaran consigo obreros
especializados capaces de proceder de improviso a construir fortificaciones de
este tipo, pero es probable también que se contratara localmente a los
trabajadores encargados de hacer esos montículos de tierra.
Habría sido imposible levantar un castillo, por
pequeño que fuera, sin que el señor que debía ocuparlo no gozara de grandes
poderes, incluso temporales, sobre una zona local o sobre un contingente de
soldados. Los castillos, una vez construidos, debían ser confiados a sus
castellanos, que muy pronto descubrían que aquella fortificación podía
convertirse en la base de una acción política independiente. El castillo,
siempre que estuviera adecuadamente dotado de agua y almacenes, pasaba a
proporcionar a algunos señores locales, a veces absolutamente insignificantes,
suficiente poder para mantener una independencia efectiva.
Reyes provistos de grandes recursos militares y de
una cierta visión política, como Enrique II de Inglaterra, parece que tuvieron
la habilidad de influir en los castellanos que amenazaban su seguridad
consiguiendo que desmantelasen los castillos sobrantes y buscasen castellanos
leales para los restantes, pero los gobernantes de este tipo no abundaban y
fueron muchos los castillos que subsistieron y se convirtieron en centros de
estados autónomos. La función básica del castillo era siempre defensiva. Se
elegía el emplazamiento primordialmente por las ventajas que ofrecía el lugar
como defensa: una lengua de tierra accesible únicamente a través de un camino,
terraplenes empinados, incluso un peñasco rocoso.
Todavía pueden verse en toda Europa ruinas de
estos castillos, a veces encaramados en lugares increíbles, hoy más pintorescos
que amenazadores. La pólvora ha arruinado sus construcciones defensivas, pero
sólo cuando las condiciones políticas y económicas ya habían minado su
seguridad. En el siglo XIII, la renovada importancia de las ciudades hizo que el
acceso a ellas, si no su control, fuera indispensable para la preeminencia de la
vida pública. Las ciudades desde el principio estuvieron provistas de murallas
defensivas propias, murallas que debían ser permanentes y efectivas. Las
técnicas de construcción de defensas de este tipo tenían que ver con la
construcción de los propios castillos.
Eduardo I de Inglaterra, el inglés que construyó
más castillos en Gales y Escocia, se sirvió de un arquitecto de Saboya, James of
St George, quien demostró en Caernarvon cómo había que defender conjuntamente el
castillo y la ciudad. De hecho, sólo una calidad de construcción de este género
podía resistir los asaltos de los enemigos medievales. Y sólo castellanos
situados en lugares aislados e inverosímiles podían preservar su independencia.
En otros lugares el castillo había perdido todo su sentido para la política
local. En los dos o tres siglos que duró su preeminencia, el castillo tuvo una
profunda influencia sobre la vida y mentalidad de los señores, vasallos,
soldados y habitantes de la localidad.
La finalidad principal de un castillo consistía en
permitir que una guarnición cercada en él resistiese más que el sitio al que la
podían someter sus enemigos. No había ningún castellano que tuviera interés en
ganarse la enemistad de la población local ni en privarla del alimento y trabajo
que pudiese encontrar en la inmediata vecindad. El castillo brindaba refugio
contra las incursiones intermitentes, pero repetidas, de enemigos que venían de
lejos, no contra la población local. Cuando se presentaba el enemigo, el
castillo se convertía en refugio de hombres y animales de las cercanías y
contaba con las provisiones suficientes para atenderlos.
El castillo, cuando se mantenía con propósitos que
no fueran temporales y se convertía en una poderosa estructura de piedra, tenía
la función especial de fortaleza para el vecindario o para la sociedad política.
Guarnecido siempre con la fuerza mínima capaz de hacer frente a un Sitio, en
ocasiones también podía acomodar a un gran número de personas, que no lo
habitaban necesariamente en tiempo de guerra. Cuando llegaba a él el señor
acompañado de su séquito, tenía allí su corte, recibía a sus vasallos y vecinos
en la sala más grande, dando muestra de riqueza, munificencia y, en caso
necesario, de justicia.
A veces convocaba a los alguaciles locales para
que expusieran sus alegatos, recibía a los nuevos arrendatarios, dictaba nuevas
normas y dirimía antiguos litigios. El castillo era su casa de campo, su tesoro,
su palacio, su casa temporal, el símbolo permanente de su poder y de su
dignidad. En las islas británicas todavía siguen en pie suficientes castillos,
algunos habitados aún, como Windsor o Warwick o Alnwick, que proclaman cuál era
su propósito. Las reparaciones posteriores no han desvirtuado totalmente su
aspecto original, aunque sería más difícil imaginar cómo debió ser su interior.
Las mejoras realizadas en el siglo XIII indican que sólo tardíamente su
propietario adquiría casas más íntimas y confortables. El castillo era en gran
parte un edificio público donde vivían aquellos que se tenían confianza mutua,
donde comían y dormían, y donde sólo se encontraban especialmente recluidas las
damas de alta alcurnia.
Los castillos, como los monasterios, eran lugares
austeros en los que se había tenido en cuenta la importancia de la cuestión
sanitaria, como lo demuestra su construcción. De la elegancia de los muebles,
tapicerías o cortinajes que cubrían las paredes, de la comodidad de las camas y
salones, sólo encontramos algunas alusiones en los romances. Su perfil dentado
pretendía infundir miedo y respeto a los que se acercaban al castillo pero, así
que penetraba en el patio, el viajero pasaba a formar parte de la gran familia
del señor y vivían en él como miembro de ella.
Fuente Consultada: Europa Medieval
de Donald Mathew
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