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Cataplasmas, alcanfores y otros preparados:
Otro medicamento aún recordado por los no muy entrados en años fueron las
cataplasmas de la harina de lino extraída de las semillas de dicha planta, y que
se aplicaban sobre determinadas regiones del cuerpo —sobre todo en el pecho— en
forma de emplastos calientes para calmar los estados de congestión bronquial.
La
preparación era netamente doméstica y la harina se mezclaba con agua a alta
temperatura, lo que no pocas veces terminaba en severas quemaduras, ya que los
beneficios expectorantes o antiespásticos dependían del calor que se
soportara. Las cataplasmas también se usaban con harina de mostaza con las
mismas aplicaciones que la de harina de lino, mezclando el polvo con agua
caliente y envolviéndola en un lienzo de hilo, para aplicarse bien caliente
sobre el pecho.
La
mostaza se usó también como eficaz vomitivo en casos de envenenamiento y
como rubefaciente (revulsivo, que enrojecía la piel por acumulación de sangre en
los pequeños vasos) de acción rápida en los casos de síncopes y peligro de
asfixia. Muchos todavía recordarán el uso francamente amplio de una sustancia
que acompañaba a nuestros abuelos a donde fueran en cualesquiera de sus formas,
que no eran pocas a decir verdad. Nos referimos al alcanfor, obtenido del árbol
del mismo nombre y que también ha sido sintetizado. ¿Pero quién que pase el
medio siglo de vida no recuerda la inseparable bolsita de alcanfor para evitar
“las infecciones que andan por el aire” que nuestros antepasados portaban en el
bolsillo o su cartera? ¿Quién alguna vez no fue friccionado con pomadas que
dejaban a su paso la indisimulable estela del alcanfor?
En
realidad el alcanfor hoy todavía se utiliza en algunos preparados, pero fue en
siglo pasado cuando constituyó una especie de remedio o esencia multiuso para
una impensable cantidad de males y previsiones, que iban desde el alejamiento de
“malos espíritus” y pantalla microbiana, hasta el dolor de muelas y oídos, las
más diversas fricciones (sobre todo como alcohol y aceite alcanforado),
estimulante cardíaco en uso interno, en la neumonía y cientos de malestares sin
diagnóstico cierto. Posiblemente el alcanfor haya sido una de las sustancias que
se utilizó para la mayor cantidad de propósitos y que hoy aún tiene vigencia,
aunque, claro está, en combinaciones propias del adelanto de la farmacopea.
Y
hablando de fricciones, vale la pena recordar dos preparados que han actuado
sobre pacientes desde hace algo más de cien años y casi hasta la actualidad:
la untura blanca y el unto sin sal. El primero —conocido en el laboratorio
como linimento de Stockes— era una composición que contenía esencia de
trementina con un vehículo oleoso, que producía al friccionarse un calor casi
irresistible en la zona y el correspondiente enrojecimiento de la piel. En
cuanto al unto sin sal no se trataba de otra cosa que de grasa de cerdo, que se
expendía debidamente envuelta en el también antiguo papel manteca y se usaba en
los casos de “empacho”.
La
aplicación era la siguiente: se untaba con abundante grasa el vientre del
doliente (sobre todos niños) y luego se colocaba sobre la zona friccionada una
hoja de amplias dimensiones de repollo o acelga y hasta se podía cubrir todo el
emplasto con un lienzo, lo cual, por esos misterios de la naturaleza quizá
trajera algún alivio, pero lo que con seguridad provocaba era un olor casi
irresistible. Otro preparado universal-mente usado y que aún en cercanías a la
mitad del siglo XX se creyó de uso obligado y acción segura, fue la llamada
pomada o ungüento del soldado, que no era otra cosa que una pomada mercurial
—medicada desde la época de Paracelso— preparada en base de mercurio, lanolina,
aceite de girasol, manteca de cerdo y sebo de toro, entre otras variantes de
fórmulas.
Este
preparado debe su nombre de batalla —nunca mejor aplicado el sustantivo— a que
en una pequeña cajita de latón era entregada a los soldados licenciados o cuando
realizaban viajes fuera de la zona de los cuarteles, como curativo y preventivo
de la sífilis. Quienes hayan cumplido con el hoy extinguido servicio militar
allá por los años 20 podrán recordar esta infaltable pomada en las enfermerías
de los cuarteles o en la chaqueta del soldado. Por supuesto que la pomada no era
suficiente para evitar el avance del mal, aunque podía prevenir alguna infección
menor y, muchas veces, también causar graves consecuencias.
El
avance científico —allá por los cuarenta— que aportó la penicilina obligó
a dejar olvidada en algún rincón de las también en desuso mochilas militares la
“maravillosa” pomada castrense, que, por supuesto, no le era ajena a los
“calaveras” civiles de la época. Finalmente, y para no olvidar uno de los
perfumes más característicos y agradables de la familia argentina acatarrada,
vale la pena mencionar el eucalipto. Difícilmente no se recuerde en casa de
nuestros abuelos un recipiente con agua y hojas de eucalipto hirviendo sobre una
estufa o un calentador en la habitación del constipado, cuyas emanaciones
bastaban para crear en los ambientes un clima de asepsia y pronto
restablecimiento.
El
eucalipto fue (y es aún) utilizado de las más diversas formas: como
aceites, pastillas, ungüentos, apósitos, válidos para, también, una infinita
gama de malestares. Si bien es cierto que los medicamentos y prácticas que el
hombre fue aplicando con la consigna de derrotar el dolor, la enfermedad y hasta
a la misma muerte pasaron por momentos de desorientación y caos entre lo
científico, lo mágico, lo religioso, la charlatanería y los caprichos más
absurdos, no cabe duda que cada aporte de la medicina antigua sirvió para que
alguien buscase siempre más y convirtiera al siglo XX en el que mayores
adelantos dio a la humanidad en la materia.
Fuente Consultada: Revista "Todo es Historia" Nota de Juan Ángel del Bono
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