Biografía de "Chacho" Peñaloza
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Chacho Peñaloza: "Naides más que naides"

Biografia Chacho Peñaloza Caudillo de la Rioja Batallas Mitre AsesinatoCorría el año 1863. La lucha entre federales y unitarios se intensificaba en todo el territorio nacional. Ambos bandos deseaban imponer sus políticas, y en pos de ello no dudaban en escribir una historia plagada de sacrificios y muerte.

Era la época en que Bartolomé Mitre ejercía el cargo de Presidente de la Nación, y desde allí desarrollaba sus estrategias para generar alianzas con los sectores conservadores del interior del país, buscando como objetivo el ideal unitario, es decir lograr que las provincias se subordinaran a los intereses porteños.

Por supuesto que la tarea que Mitre había emprendido generó numerosos levantamientos armados, donde nuevamente federales y unitarios defendían sus ideales.

Precisamente para esa época, el bando de federales estaba representado por los más destacados caudillos de nuestra historia, entre ellos el riojano Peñaloza, quien luego de ser derrotado por el ejército en su lucha contra el centralismo de Mitre, moría asesinado el 12 de noviembre de 1863.

Su muerte generó inmediatamente el surgimiento de la leyenda de este noble caudillo que dio su vida por la patria. No obstante, su muerte también sirvió para reflejar la barbarie que tenía lugar por aquel entonces, y lo sanguinarios que podían llegar a ser los unitarios con sus enemigos, ya que no dudaron en cortarle la cabeza a Peñaloza para luego clavarla en la punta de un poste, exhibiéndola públicamente en la plaza de Olta.

Para conocer la historia de este gran caudillo argentino, debemos retrotraernos al comienzo de su existencia, precisamente al 2 de octubre de 1798, fecha en que nacía Ángel Vicente Peñaloza, que luego fuera apodado El Chacho, llegando a este mundo en la localidad de Guaja, en la provincia de La Rioja.

Creció en el seno de una familia de profundo arraigo y muchos de sus miembros poseían una gran influencia en la región, y al crecer fue educado por su tío abuelo, el reconocido sacerdote Pedro Vicente Peñaloza, que según cuenta la historia fue quien lo bautizó con el alias que llevó consigo toda vida: El Chacho.

Atraído por el ámbito militar, se incorporó al ejército desde muy joven, y en 1817 pasó a integrar la caballería llanista, con la cual se dirigió a llevar a cabo la expedición a Copiapó. En aquella batalla los riojanos fueron quienes se destacaron del resto durante la confrontación, por lo que todos ellos, incluido Peñaloza, fueron premiados con la distinción que el General José de San Martín les otorgó a los vencedores de Chacabuco.

Tres años después, Peñaloza comenzó a ser parte del ejército comandado por Juan Facundo Quiroga, acompañándolo en todas sus campañas, incluyendo las ofensivas contra Gregorio Aráoz de La Madrid y contra José María Paz.

Muy pronto demostró su valentía y excelente desenvolvimiento en el campo de batalla, participando en contiendas tales como las de El Tala, ocurrida el 27 de octubre de 1826, en la que Peñaloza fue gravemente herido. También actuó en las batallas de Rincón de Valladares, La Tablada y Oncativo, en la reconquista de La Rioja, en la batalla de La Ciudadela, siendo en cada caso ascendido en su rango militar. Asimismo, se desenvolvió como Comandante del Departamento de Los Llanos.

Sin embargo, el escenario cambió drásticamente en 1836, luego de que se produjo el asesinato de Quiroga. Fue en ese mismo año, que Peñaloza trabajó junto al Gobernador sanjuanino Martín Yanzón, con el fin de llevar a cabo una estrategia bélica cuyo fin era derrocar al entonces Gobernador rosista de La Rioja, Fernando Villafañe, pero aquella campaña fracasó.

Algunos años después, Peñaloza continuaba en la lucha defendiendo los principios federalistas, por lo que en 1840, el caudillo se sumó activamente a la Liga del Norte contra Rosas, comandada por General Tomás Brizuela. Si bien Peñaloza demostró su talento en el campo de batalla, distinguiéndose notablemente del resto, lo cierto es que después de la ofensiva en Rodeo del Medio debió exiliarse del país y buscar asilo en Chile.

No obstante, nada parecía detener el ímpetu de Peñaloza, quien dos años después, precisamente en el mes de abril de 1842, cruzó con su ejército la Cordillera de Los Andes, ingresó en la provincia de La Rioja, y una vez allí desarrolló una nueva campaña contra las fuerzas rosistas. Aquel movimiento bélico fracasó, y Peñaloza se vio obligado a regresar al exilio en Chile.

Sin embargo, aún no se detendría, por lo que en dos oportunidades más, ocurridas en marzo de 1844 y en febrero de 1845, nuevamente intentó tomar La Rioja para derrocar a los políticos rosistas que se encontraban al mando, y otra vez se repite la historia, por lo que el caudillo debe regresar a Chile.

Poco después, Peñaloza entra en contacto nuevamente con su amigo Nazario Benavides, con quien había realizado diversas campañas contra los unitarios en años anteriores. En ese momento, Benavides ocupa el cargo de Gobernador de San Juan, por lo que con su ayuda el caudillo puede regresar al país, radicándose momentáneamente en los Llanos.

Desde allí, Peñaloza organizó una campaña que finalmente se llevó a cabo en febrero de 1848, siendo el líder de un movimiento revolucionario contra el entonces Gobernador riojano Vicente Mota, con el fin de derrocarlo y designar en su cargo a Manuel Vicente Bustos.

Cabe destacar que Peñaloza, al igual que Bustos, defendió y apoyó a Urquiza luego de que se produjera el Acuerdo de San Nicolás. Asimismo, el caudillo se convirtió en un poderoso y fuerte representante de la Confederación Argentina en el noroeste, a partir de 1854.

Un año después, Peñaloza fue ascendido a Coronel Mayor del ejército nacional, y en 1861 fue designado comandante en jefe de la circunscripción militar del noroeste, que representaba a las provincias de La Rioja y Catamarca.

Luego de la sangrienta lucha de Pavón, el caudillo se dedicó a resistir constantemente la ocupación de su provincia, la cual había sido dispuesta por Mitre, participando en diversas batallas que le valieron la vida a miles de hombres. Mientras tanto, Peñaloza se mantenía a la espera del pronunciamiento de Urquiza, el cual nunca se produjo.

El Chacho comenzó a ser perseguido sin piedad, y Mitre resolvió dejar al caudillo fuera de la ley, lo que permitía que al ser capturado podía ser asesinado a sangre fría.
Luego de ser derrotado en una cruel contienda ocurrida el 28 de junio de 1863 en Las Playas, herido, Peñaloza huyó a los Llanos, donde comenzó a reorganizar una nueva montonera, que finalmente ingresó en San Juan. La invasión estuvo cercana a cumplir su objetivo y tomar la capital, pero lo cierto es que el Coronel Irrazábal derrotó a Peñaloza en Los Gigantes.

No satisfechos con el triunfo, persiguieron a Peñaloza hasta Los Llanos, y debido a que el caudillo se encontraba herido y solo, se rindió al comandante Ricardo Vera. Poco después, Irrazábal lo asesinaba a sangre fría con su lanza.

Pero aquello tampoco bastó para satisfacer el apetito sangriento de los unitarios, quienes se ensañaron con el cadáver de Peñaloza, acribillándolo a balazos y luego clavando su cabeza en la punta de un poste en la plaza de Olta.

Mientras tanto, aún en su provincia podía oírse como un eco fantasmal su voz sosteniendo: “Naides más que naides, y menos que naides”.

El siguiente  fragmento de una carta de Ángel V. Peñaloza dirigida al presidente Mitre:

“Después de la guerra exterminadora por que ha pasado el país, han esperado los pueblos una nueva era de ventura y progreso. Pero... muy lejos de ver cumplidas sus esperanzas, han tenido que tocar el más amargo desengaño, al ver la conducta arbitraria de sus gobernantes, al ver despedazadas sus leyes y atropelladas sus propiedades y sin garantías para sus vidas mismas. [...] Mil veces se ha levantado mi voz y elevado súplicas al Gobierno Nacional pidiendo justicia y justicia...

Es por esto, señor Presidente, que los pueblos cansados de una dominación despótica y arbitraria, se han propuesto hacerse justicia, y los hombres, todos, no teniendo más ya que perder que la existencia, quieren sacrificarla más bien en el campo de batalla. [...] Esas mismas razones y el yerme rodeado de miles de argentinos que me piden exija el cumplimiento de esas promesas, me han hecho ponerme al frente de mis compañeros y he ceñido nuevamente la espada, que había colgado después de los tratados con los agentes de V.E."

AMPLIACIÓN DEL TEMA SOBRE SU VIDA: La formación militar que recibió a lo largo de los triunfos y .as derrotas en que acompañó a Facundo, lo transformó en un guerrero experto y sagaz. Su sistema de guerra era la montonera, pero estaba muy lejos de ser el "bárbaro" que pinta la propaganda porteña.

Por el contrario, su conducta responde a una hidalguía que sus enemigos no exhibieron. Cuando el 30 de mayo de 1862 se firmó en la estancia "La Bandérita" la paz entre Peñaloza y el gobierno nacional, representado en ese acto por oficiales como Rivas, Arredondo y Sandes, el Chacho propuso: "Bueno, como ya terminó la lucha, hay que entregar los prisioneros. Yo, por mi parte, empezaré en él acto". De inmediato llamó a su ayudante, José Jofré, y —según relato de Fernández Zarate— le ordenó que trajera los prisioneros porteños. Estaban todos en perfectas condiciones: "Yo los traté bien (...). No les falta ni un botón. ..", comprueba Peñaloza. Los presentes festejaron el gesto, pero cuando el Chacho preguntó por su gente, no supieron qué responderle: todos habían sido fusilados, lanceados o degollados en cuanto cayeron prisioneros.

Esa paz mal nacida no había de durar mucho tiempo: los porteños hicieron caso omiso del tratado, y poco después la provincia volvía a ser escenario de feroces combates. Los riojanos confiaban en la velocidad de sus movimientos como garantía de su eficacia. Si la suerte les era adversa en la batalla, el criollaje se desbandaba en todas direcciones: ya sabrían cómo reunirse de nuevo en torno de su jefe.

Esta táctica puso permanentemente en jaque a los porteños, que combatieron contra el Chacho y sus llanistos durante casi dos años. Después de los fulmíneos encontronazos, cualquiera que fuese el resultado, resultaba imposible perseguir a esos jinetes. Conocían el terreno porque era su tierra, y en todas partes recibían ayuda; montoneros y pueblo se confundían: eran una misma cosa y resultaba imposible distinguirlos.

En marzo de 1862 el general Rivas —porteñista—, le escribía a Sarmiento refiriéndose a la guerra en los llanos: "Este país con rarísimas excepciones es nuestro enemigo, ni se nos presenta un solo hombre ni encontramos a nadie; el que no está con Peñaloza anda huyendo por las sierras y bosques. No hay un solo caballo que tomar".

Wenceslao Paunero, otro jefe enemigo, explicaba: "Perseguir al Chacho con fuerzas organizadas es lo mismo que tratar de agarrar una sombra. Dispone de chusmas informes, que se desvanecen como el humo y se reúnen luego, detrás de un bosquecillo o de un montón de piedras, devastando todo cuanto encuentran a su paso". Así eran los llanistos del general Peñaloza: peleaban a lanza, descalzos, cubiertos apenas por andrajos y ponchos descoloridos, pero con una sin igual valentía y fidelidad a su caudillo.

Fuente: Para Planeta Sedna: Graciela Marker

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