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Una amenaza
para la democracia
Durante el
período conocido como «caza de brujas», protagonizado por el senador católico McCarthy con el objetivo de perseguir la incursión comunista en Estados Unidos,
la gran nación democrática bordeo la tentación fascista, al pasar por un período
inquisitorial durante el cual muchos ciudadanos inocentes sufrieron persecución
por simples sospechas. Veamos los hechos.
Para impedir la
penetración nazi en Estados Unidos fue creado en 1938 el Comité de Actividades
Antiamericanas. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, su patrocinador, el
senador Ranking, consiguió reactivarlo cuando estaba a punto de ser
disuelto y fue convertido en una Comisión permanente de la Cámara de
Representantes. La Guerra Fría dotaría a esta Comisión de un objetivo claro: la
represión del comunismo en Estados Unidos.
A
los pocos días de proponer Truman, en marzo de 1947, su programa para la
contención del comunismo en Grecia, se aprobó el Programa de Lealtad de
empleados federales, orientado a descubrir funcionarios infiltrados, cuyo
objetivo sería supuestamente pasar secretos a la Unión Soviética. Las tensiones
de la Guerra Fría —bloqueo de Berlín, Alianza Atlántica— y sobre todo el
estallido de la primera bomba atómica soviética en 1949 llevarían esta
prevención anticomunista a un estado de histeria. Toda persona considerada
sospechosa era inscrita en una lista, privada de su puesto de trabajo o
internada en un centro de detención.
Espoleadas por
McCarthy, las sesiones del Comité de Actividades Antiamericanas, en un clima
de sospecha alimentado por la difamación y los rumores, descubrieron
efectivamente algunos culpables pero a costa de perseguir a muchos inocentes.
El senador católico elevó el nivel de los acusados cuando intentó acusar al
prestigioso general Marshall, y ya en el mandato de Eisenhower, al secretario
del ejército. Los métodos de McCarthy terminaron por desacreditarlo y fue
destituido en 1954, aunque todavía continuó con menor ritmo la actividad del
Comité durante algunos años.
Método:
delación
Olvidando el
principio jurídico de la presunción de inocencia, ante cualquier denuncia el
Comité aplicaba la presunción de culpabilidad y era el acusado quien tenía que
desmentir y aprobar su no pertenencia o simpatía por el Partido Comunista.
Quienes reconocían su culpa, podían lavarla delatando a sus camaradas. El clima
de relación se extendió por algunos círculos culturales y tuvo su momento
culminante en las audiencias del Comité en 1951. El récord fue batido por el
guionista de cine Martín Berkeley al denunciar 162 nombres de presuntos
infiltrados en la industria cinematográfica.
De esta forma, se
confeccionaron listas negras. La publicada por el Congreso en 1952 incluía 342
nombres de «antiamericanos», a los que no se debía proporcionar trabajo en
ninguna actividad.
McCarthy instó a
que se constituyeran en las ciudades comités y grupos de vigilancia privados.
Miles de personas perdieron sus trabajos, se negó el pasaporte a los sospechosos
de comunismo y procesó a numerosos residentes extranjeros.

Actores y actrices famosos delante del Capitolio
opuestos a la «caza de brulas»
Dos procesos
famosos
En esta atmósfera
de sospecha no todas las víctimas eran inocentes. Con la indagación tenaz de un
miembro del Comité, Richard Nixon, futuro presidente, se descubrió que un
antiguo alto cargo del Departamento de Estado, Alfred Hiss, era un espía
soviético. A su favor testificaron políticos destacados, entre ellos el
Secretario de Estado Acheson, pero otros testimonios y algunas pruebas llevaron
a su condenapor espionaje. El caso Hiss fue aprovechado por la derecha
republicana para acusar a los demócratas de imprudencia en la defensa de la
seguridad nacional.
Más importante
fue el proceso seguido contra los esposos Julius y Ethel Rosenberg (1950-1953),
acusados de pasar secretos atómicos a Rusia. Detenidos por el FBI, fueron
declarados culpables sin pruebas suficientes y condenados a muerte. A pesar de
la campaña internacional en su favor fueron ejecutados en la silla eléctrica en
la prisión de Sing Sing
el 19 de junio de 1953. Muchos años después se ha sabido que, aunque
efectivamente pertenecían al Partido Comunista, los secretos transmitidos no
tenían la trascendencia que pretendió el hermano de Ethel, David Greenglass,
quien denunció a su familia para conseguir un trato favorable en las acusaciones
que pesaban sobre él. Y que en cualquier caso había sido una
actuación de la esposa, pero probablemente sin participación de Julius
Rosenberg.
«Caza de brujas» de Hollywood
Uno de los
blancos de la inquisición política fue el mundo del cine, entre otras razones
porque la audiencia a directores y actores famosos proporcionó a los miembros
del Comité una extraordinaria publicidad. Convocados a declarar 41 sospechosos,
19 de ellos se negaron a comparecer, juzgando la actuación indagatoria contraria
a la Constitución, entre otros el escritor Alvah Bessie, el guionista Dalton
Trumbo, el director Edward Dmytryk. En apoyo de los que fueron motejados de
«testigos inamistosos» se movilizó el denominado Comité de la Primera Enmienda,
que integró a cerca de 500 profesionales del cine. En esa circunstancia
defendieron la libertad figuras famosas, como Humphrey Bogart, Lauren Bacall,
Gregory Peck, Katherine Hepburn, Kirk Douglas, Burt Lancaster, Gene Kelly, John
Huston. Entre los que
colaboraron con el Comité y denunciaron a otros cineastas, pronunciando además
discursos patrióticos de tono anticomunista, comparecieron Gary Cooper, Ronald
Reagan, Robert Taylor.En
la lucha entre el Comité de Actividades Antiamericanas y el Comité de la Primera
Enmienda, la posición de la industria del cine, con la negativa de trabajo a los
sospechosos, decantó la balanza produciendo deserciones en las filas de los
defensores de la libertad; fue el caso de Humphrey Bogart, que se dio de baja de
su Comité, y el del director Dmytryk, quien tras se condenado a seis meses de
cárcel decidió, ya en prisión, confesar su militancia comunista y su
arrepentimiento, proporcionando una lista de 26 correligionarios de partido. Con
esta claudicación pública salió en libertad y encontró trabajo inmediatamente.
Perseguidos
ilustres
Entre las
víctimas de la histeria anticomunista hay que recordar a
Charles Chaplin. Su
confesión de que nunca había sido comunista ni había pertenecido a ningún
partido no impidió que supiera que sería llamado a declarar. Decidió no regresar
a Estados Unidos y fijó su residencia en Suiza. Muchos profesores universitarios
se encontraron en dificultades o sin trabajo. Y algunos escritores figuraron
entre las filas de sospechosos de antiamericanismo. El alemán Bertold Brecht
se
vio obligado a atender las solicitudes del Comité, por su carácter de
extranjero, aunque no por ello abandonó su apoyo al Comité de la Primera
Enmienda. El genial guionista Dalton Tnimbo no pudo firmar con su nombre algún
filme excepcional; sólo en 1960 se supo que era el responsable del guión de
«Éxodo» y «Espartaco».
El novelista Dashiel Hammet, autor de novelas negras,
entre la que destaca El halcón maltés, se negó a testimoniar y fue
condenado por desacato. Tras cinco meses en prisión, fue puesto en libertad por
su penoso estado de salud. En este periodo, en una de las patrias de la
libertad, fue precisamente la libertad la que se vio en peligro.
Un
interrogatorio inquisitorial
(...) Una semana
después recibí una llamada telefónica del Departamento de Inmigración para
decirme que desearían formularme algunas preguntas. ¿Podían venir a mi casa?
—Desde luego
—contesté.
Vinieron tres hombres y una mujer; la mujer traía una máquina estenográfica. Los
otros llevaban unas cajitas cuadradas que contenían, indudablemente,
magnetófonos. El principal interrogador era un individuo alto y delgado, de
unos cuarenta años, apuesto y astuto. Me di cuenta de que eran cuatro contra
uno, y que debí haber hecho que estuviera presente mi abogado, aunque no tenía
nada que ocultar.Los
conduje a la veranda y la mujer llevó su máquina estenográfica y la colocó sobre
una mesita. Los otros se sentaron en un diván, con los magnetófonos delante. El
interrogador sacó un dosier de unos treinta centímetros de alto, que depositó
cuidadosamente en la mesa que tenía junto a él. Me senté enfrente. Luego empezó
a hojear su dosier, hoja por hoja.
—Es Charles
Chaplin su verdadero nombre?
—Sí.
Algunas personas
dicen que su nombres es... (aquí mencionó un
nombre de evidente sonido
extranjero) y que usted es originario de Galitzia.
—No. Mi nombre es
Charles Chaplin, como mi padre, y nací en Londres, Inglaterra.
—Dice usted que
no ha sido nunca comunista?
—Nunca. No he
formado parte jamás de una organización política en mi vida.
—Usted pronunció
un discurso en el que dijo «camaradas». ¿Qué quería usted dar a entender con
eso?
—Exactamente eso.
Busqué la palabra en el diccionario. Los comunistas no tienen la exclusiva de
esa palabra.
Continuó con
preguntas por el estilo; luego, de repente inquirió:
—>Ha cometido
usted alguna vez adulterio?
—Oígame —le
contesté—, si está buscando una argucia para echarme del país, dígamelo y
arreglaré mis asuntos de acuerdo con ello, porque no deseo permanecer en ninguna
parte donde se me considere persona non grata.
—Oh, no! —me
dijo—; es una pregunta que se hace al tramitar todos los permisos para una
nueva entrada.
—Cuál es la
definición de «adulterio»? —pregunté.
Los dos buscamos en el
diccionario.
-Significa "fornicaciòn con la
esposa de otro hombre" - me dijo
Reflexioné un momento
No, que yo sepa -le dije
-Si este país fuese invadido ,
lucharía por defenderlo?
-Con toda seguridad, quiero a
esta Nación, aquí tengo mi hogar y aquí he vivido durante 40 años -contesté
-Pero Ud. no se ha hecho
ciudadano americano.
-No hay ninguna ley en contra
de eso. Sin embargo pago aquí mis impuestos.
-Pero por que sigue las
consignas del parido?
- Si Ud. me dice lo que son
las consignas del partido y de que partido podré contestarle si las sigo o no.
Fuente Consultada: Cromo
Historia del Mundo Contemporáneo. Chapli Mi Autobiografìa, Savat (1995)
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