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Para
los seres humanos siempre ha sido importante transportar objetos, y la manera
mas obvia de hacerlo es sirviéndose de las manos o llevándolos bajo el brazo.
Pero lo que puede de transportarse de este modo es limitado. Lo que
necesitábamos eran, por así decirlo, manos artificiales, considerablemente
mayores que nuestras manos naturales.
Los
objetos podían trasladarse en pellejos, pero su forma era inadecuada y
resultaban pesados. Las calabazas podían servir, pero había que tomarlas tal
como salieran. En un momento dado, los seres humanos aprendieron a urdir ramitas
o fibras y a fabricar cestos: éstos eran ligeros y podía dárseles cualquier
forma.
Pero,
claro está, los cestos sólo servían para transportar objetos sólidos y secos,
cuyas partículas aventajaran en tamaño a los intersticios de la urdimbre. O sea
que, por ejemplo, los cestos no podían emplearse para contener harina o aceite
de oliva o, lo que era más importante todavía, agua.
Tal
vez se consideró natural revestir los cestos con arcilla, la cual, una vez seca,
cegaría los orificios y daría como resultado un cesto sólido. Sin embargo, el
barro reseco tiende a desprenderse, sobre todo si el cesto se agita o se golpea.
Ahora bien, si se exponía al sol y se le dejaba cocerse directamente, el barro
se tornaba más fuerte y el cesto se hacía más apto para transportar polvos y
fluidos.
Pero
entonces, ¿para qué recurrir a un cesto? ¿Por qué no limitarse a tomar arcilla,
moldear con ella un recipiente y dejarla secar al sol? Se obtendría entonces una
tosca vasija de tierra; algunas de ellas pudieron manufacturarse por ese
procedimiento en una fecha tan temprana como el 9000 a. J.C. Tales recipientes
son delicados y, claro está, no duran mucho.
Se
precisaba, pues, someterlos a mayor calor. Cuando la vasija de tierra se ponía
al fuego, se convertía en cerámica resistente. Los restos más antiguos de la
misma pueden fecharse, tal vez, en el 7000 a. J.C. Podría tratarse de la primera
vez que se usaba el fuego para algo que no fuera alumbrar, calentar o cocinar.
La
cerámica no sólo hizo posible transportar líquidos, sino que introdujo una nueva
forma de cocinar. Hasta entonces, el alimento se solía asar, exponiéndolo
directamente a las llamas o al calor seco. Desde el momento en que existió el
recipiente capaz de contener agua y resistir el calor del fuego, el alimento
podía calentarse en esa agua: o sea que podía cocerse. De este modo nacieron los
cocidos y las cacerolas.
Naturalmente, la cerámica podía decorarse y tener buena forma. Los ejemplares
inteligentemente decorados gozarían de especial demanda. Los artesanos podrían
cambiarlos por otros materiales que precisaran. Y dado que la cerámica tiene una
duración indefinida si se cuida bien, puede cambiar a menudo de manos, y un
grupo humano puede utilizarla para comerciar con otro grupo.
En la
cerámica primitiva, la arcilla era apisonada y se le daba la forma de un
recipiente; el resultado era algo muy desigual y asimétrico, pero útil.

Aunque la invención y el desarrollo
de la cerámica se circunscribe al Neolítico, el uso de la arcilla, un elemento
muy abundante en la naturaleza y fácil de modelar cuando está húmedo, se remonta
al Paleolítico Superior, un período anterior. Murales rupestres. En las cuevas
de Tuc d'Audoubert, en los Pirineos franceses, se hallaron estos dos bisontes
hechos con arcilla cruda. Tienen unos 15.000 años de antigüedad.
Si a
la vasija se le pudiera imprimir un movimiento giratorio, una presión
relativamente ligera de la mano daría lugar a una forma simétrica y cilíndrica,
y con las adecuadas variaciones de la presión o empujando hacia abajo, podrían
introducirse complicadas modificaciones en el cilindro básico pero conservando
su simetría. Esto sería posible si la arcilla se colocara en una pieza de madera
o de piedra, horizontal y circular (torno de alfarero), provista de un eje
central por debajo, alojado en un orificio, que al moverse imprimiría al
conjunto un movimiento giratorio rápido.
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La técnica de la
cerámica de espiral fue la más habitual antes de la invención del
torno de alfarero. Tras amasar La arcilla, se formaban finas tiras
alargadas. |
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Posteriormente, sobre
una base de arcilla, se iban enrollando las tiras hasta que el
recipiente cobraba la forma deseada. |
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Para alisar la
superficie del recipiente y asegurar así su impermeabilidad, se
unían luego las tiras de arcilla con el dedo pulgar. |
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En el caso de la
cerámica impresa, la más antigua y extendida, se procedía entonces a
decorar con un objeto punzante o dentado el exterior de la pieza. |
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Por último, bastaba
secar el objeto de cerámica para que se hiciera resistente. Hasta el
descubrimiento del horno, se hizo directamente sobre las hogueras. |
Fuentes: Historia y
Cronología de la Ciencia y los Descubrimientos de Isaac Asimov
Enciclopedia Encarta - Enciclopedia Electrónica - Wikipedia
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