LA TRAGEDIA DEL CHALLENGER
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En 1976, la NASA pidió voluntarios para viajar al espacio. Recibió 8000 cartas. Más de 1500 eran de mujeres. Luego de seis meses de durísima selección, fueron aceptados treinta y cinco hombres y seis mujeres: Anna Fisher (28, cirujana), Judy Resnik (28, ingeniera), Sally Ride (30, física y tenista profesional), Shannon Lucid (27, médica), Margaret Rhea Seddon (35, cirujana) y Kathryn Sullivan (30, geóloga). Entraron en el programa de entrenamiento en el Centro Espacial Johnson. Sueldo: 20.000 dólares por año (mucho menos de lo que ganaban en sus profesiones). Soportaron las apenas soportables pruebas en los simuladores de vuelo como el más fuerte de los hombres. Aprendieron a ducharse acostadas, a usar un baño diseñado ad hoc (una taza de cerámica ajustada al cuerpo) y a extraer con un aparato especial la materia de su período femenino, que en ingravidez no fluye de modo natural. En dos de las pruebas demostraron superioridad sobre el hombre: durante la agotadora experiencia de pasar diez días en posición horizontal (sin levantar siquiera una rodilla...), y en los movimientos no sujetos a la ley de gravitación, que hicieron con mucha más soltura que sus colegas varones. De ellas, Sally Ride fue la primera que viajó en un transbordador espacial (mayo de 1983). Calificación: óptima. Hoy, la incorporación de mujeres a los programas espaciales es rutina.

 LA TRAGEDIA DEL CHALLENGER
La misión 51 L del transbordador estadounidense tenía que haber sido rutinaria.  Su tarea principal era poner en órbita un satélite de comunicaciones, una tarea que otros transbordadores ya habían hecho anteriormente.  En 1986 había habido 24 misiones de transbordadores y el Challenger había viajado al espacio nueve veces.  Pero esta misión, la décima, tenía otro objetivo. 

Era un ejercicio de relaciones públicas. Iba ser el primer cohete espacial estadounidense en el que viajaría un ciudadano de a pie.  La NASA (National Aeronautics and Space Administration) estaba deseando demostrar lo seguros que eran los viajes especiales.

La candidata seleccionada fue la maestra de 37 años Shar ' on Christa McAuliffe.  La eligieron entre más de 10.000 candidatos para el Space Flight Participant Program, y el plan era que emitiera una lección desde el espacio. «Ouiero desmitificar la NASA y los vuelos espaciales», declaró McAuliffe.

Retrasos en el lanzamiento

Desde el principio, la misión 51L   parecía condenada  al fracaso. El despegue se aplazó dos veces debido a problemas técnicos. El martes 28 de enero de 1986 hacía mucho frío, tuvo ti y la tripulación pensó que el lanzamiento volvería a, aplazarse. Pero en  la reunión antes del desayuno les comunicaron que cabía la posibilidad de que despegaran alrededor de las 11 de la mañana.  Poco después de las 9.00, la tripulación se puso los trajes azules de vuelo.

Cinco de los tripulantes eran expertos astronautas: el comandante Dick Scobec, el piloto Mike Smith y los tres técnicos: Judy Resnik, Ron McNaii y Ellison Onizuka.  El otro neófito era el ingeniero Greg Jarvis, que llevaba varios años en el programa espacial.  Aunque ya le habían seleccionado para otros viajes anteriores, era la primera vez que participaba en una misión espacial.

 Hielo en la plataforma:
Cuando los astronautas llegaron a la plataforma de lanzamiento 39B, vieron que había placas de hielo Y carámbanos colgando alrededor de la estructura de lanzamiento.  La cuenta atrás para el despegue empezó, pero al equipo de dirección de la misión le preocupaba tanto que el hielo, al caer, pudiera afectar al lanzamiento, que detuvieron la maniobra nueve minutos antes del despegue para valorar los riesgos.  Alas 11.15 decidieron que no había peligro.  La cuenta atrás se reanudó a las 11.29, Y el lanzamiento estaba previsto para las 11.38.

Los familiares  y amigos de la tripulación se situaron en la zona   VIP del mirador a cinco kilómetros de la plataforma de lanzamiento. Entre los espectadores se encontraban los padres de McAuiiffe, su marido Steven, abogado, y sus dos hijos: Scott, de nueve años, y Caroline, de seis.  También había un grupo de alumnos suyos de la Concoid High School de Massachusetts, donde McAuliffe enseñaba economía, derecho e historia de América.

Los ordenadores de a bordo del Challenger hicieron las últimas comprobaciones.  Entonces, a seis segundos del despegue, la tripulación oyó el ruido del motor principal al encenderse.  Cuando el motor alcanzó la potencia máxima, el ruido se convirtió en un rugido ensordecedor.  Entonces se conectaron los dos cohetes impulsores del transbordador-, montados sobre el enorme depósito naranja de combustible líquido.  Unas nubes de humo envolvieron al Challenger mientras ascendía sobre una columna de luego.

En el mirador, el grupo de espectadores aplaudió mientras el Challenger- se separaba de la torre e iniciaba el vuelo que elevaría al transbordador sobre las claras y azules aguas del océano Atlántico.  Treinta y seis segundos más tarde el Challenger atravesó la barrera del sonido.  De pronto el transbordador fue golpeado por un violento viento de costado.  Al detectar graves fluctuaciones en la ruta de vuelo, el sistema de guía, navegación ' y control de a bordo comunicó la desviación y ordenó al sistema de potencia de los cohetes impulsores que la compensara. 

Lengua de fuego

En tierra, el sistema de megafonía anunciaba con tono tranquilizador el avance del transbordado-. «Distancia recorrido cuatro punto tres millas náuticas.» Entonces los motores del transbordador aumentaron la potencia un 104 %. « Challenger, potencia máxima, ordenó el control de la misión. «Roger, potencia máxima», replicó el comandante Scobee.  En ese momento, con la tensión aerodinámica al máximo, una lengua de fuego que no había sido detectada empezó a lamer las junturas del cohete impulsor de estribor.

Cuando el transbordador llevaba setenta y dos segundos volando, el hidrógeno que se filtraba del depósito de combustible se encendió.  El cohete impulsor giró sobre sus amarres y perforó el depósito de combustible, que se desgarró de arriba abajo.  En la explosión resultante, cientos de toneladas de combustible líquido envolvieron al transbordador en una bola de fuego. Los dos cohetes impulsores salieron despedidos, y luego la explosión desprendió el transbordador.  Todo pasó tan deprisa que no hubo tiempo para poner en marcha ninguna maniobra de emergencia.  En cualquier caso, el transbordador no iba equipado con asientos eyectables.

 

 

Posibilidades de supervivencia nulas

El comandante Scobee había abierto el canal de radio, pero no tuvo tiempo de decir nada.  Oyeron al piloto Smith exclamar: ,Oh, oh».  Mientras el transbordador se desintegraba en el aire, algunos integrantes intentaron activar sus suministros de oxígeno de emergencia.  Pero aunque la cabina se conservó  prácticamente intacta hasta precipitarse en las frías aguas del océano Atlántico, a catorce kilómetros, la presión aerodinámica mató a todos los que sobrevivieron a la explosión inicial.

Los familiares  y amigos de los tripulantes contemplaban el cielo, horrorizados.  Pese a ser evidente que algo terrible había ocurrido, el sistema de megafonía seguía proporcionando datos de la altitud y la velocidad del transbordador.

Finalmente el hechizo se rompió.  La voz flemática del sistema de megafonía anunció: «Los controladores de vuelo están analizando meticulosamente la situación.  Parece ser que se ha producido un grave fallo. Hemos perdido el contacto. El oficial de dinámica de vuelo informa que el vehículo ha explotado.  El director de vuelo lo ha confirmado.  Vamos a  ponernos en contacto con el equipo de rescate para ver qué se puede hacer».

Edward y Gratos. » Corrigan, los padres de McAuliffe, anonadados, se quedaron mirando los restos de la nave que caían del cielo y las estelas de vapor del transbordador.  Luego rompieron a llorar.  Los oficiales de la NASA se los llevaron del mirador, aturdidos y con los ojos llorosos. El presidente Reagan aplazó su discurso del Estado de la Unión y apareció por televisión para dirigir se a la nación. «Continuaremos explorando el espacio -afirmó-.  Había otros vuelos espaciales... más maestros en el espacio.  No vamos a detenernos.  Nuestra esperanza y nuestro viaje continúan.»

Luego rindió un conmovedor homenaje a los siete astronautas que habían perdido la vida, comparándolos con Sir Francis Drake, que había muerto un día como aquél, 390 años atrás. «Los miembros de la tripulación del transbordador espacial Challenger nos honraron con la vida que llevaron -dijo-.  Nunca los olvidaremos, ni olvidaremos la última vez que los vimos, esta mañana, mientras nos decían adiós con la mano y comprendían un viaje que los acercaría a Dios.»

También tuvo unas palabras de consuelo para los alumnos que habían presenciado la trágica muerte de su maestra.  Era duro entender cosas tan dolorosas, pero aquello formaba parte de la exploración ' y el descubrimiento, dijo. El futuro no pertenece a los débiles de corazón.  Pertenece a los valientes.»

Investigación:

El presidente Reagan encargó a una comisión la investigación del accidente.  La comisión estaba presidida por el antiguo secretario de estado William P. Rogers e incluía al primer hombre que pisó la luna, Neil Armstrong.  En el comité también se encontraban Sally Ride, la primera mujer- astronauta americana, y el general Chtick Yeagei, el piloto de pruebas que atravesó p primera vez la barrera del sonido El lanzamiento de transbordadores se canceló mientras la comisión deliberaba y la NASA se planteo 1 posibilidad de lanzar satélites «la antigua», utilizando cohetes si tripulación.  La comisión analizó la película del vuelo y detectó la llama fatal del cohete impulsor SRB 59 de estribor segundos después del despegue.  A partir de aquel momento el Challenger había estado condenado.

 Juntas defectuosas 

En la película del despegue también se veían nubes de humo que salían de las junturas del cohete impulsor SRB de estribor.  La comisión llegó a la conclusión de que los aros de goma que debían haber sellado la junta entre los segmento del cohete impulsor habían falla do en el despegue.  Al parecer, e fallo se debió a un diseño defectuoso, vulnerable a diferentes factores.  Concluyeron que esos factores, fueron los efectos de la temperatura, las dimensiones físicas, las características de los materiales, lo efectos de la repetición del uso, el tratamiento y la reacción a la carga dinámica».

La empresa Thiokol, que fabrica los cohetes impulsores, había advertido a la NASA de esos problemas Los aros de goma podían falla a bajas temperaturas. Algunos ingenieros de la empresa habían llegad a aconsejar que los lanzamientos s suspendieran hasta que se encontrara una solución al problema.  Cuando el físico Richard Feynman y otro miembro de la comisión presidencial lo oyeron, comentaron que la NASA estaba jugando «a una especie de ruleta rusa cada vez que lanzaban el transbordador».

Los viejos aros de goma fueron descartados, y se diseñó y probó un nuevo tipo de mecanismo para el sellado de las juntas.  En 1988, cuando los científicos de la NASA quedaron satisfechos, los vuelos espaciales se reanudaron, y desde entonces no se ha producido ningún accidente.  Pero para esa mejoría de las condiciones de seguridad siete astroonautas tuvieron que dar la vida.

No había riesgo: los 24 vuelos anteriores del Challenger (el taxi espacial) fueron tan bien reglados, sin sobresaltos y exitosos, que las sucesivas misiones sonaban casi a rutina. Razón más que suficiente -según la NASA- para atreverse a uno de los pasos más osados: integrar a la tripulación a técnicos no militares ni astronautas profesionales, y abrirle la puerta del espacio a "una persona común", como se definió la maestra Christa McAuliffe cuando resultó elegida.

Todo en orden, todo listo: un viaje más. Sin embargo, unas semanas antes, los técnicos lanzaron una voz de alerta: los anillos de caucho que sellaban las juntas del vehículo mostraron signos de deterioro en todos los viajes anteriores, y las bajísimas temperaturas de ese enero podían generarles gran rigidez y abrirles grietas. Uno de los ingenieros acusó: "La NASA juega a la ruleta rusa cada vez que lanza un transbordador al espacio". Todos lo oyeron, pero nadie se atrevió a atrasar el programa: los cuatro aparatos que formaban la unidad de lanzamiento costaban nueve mil millones de dólares cada uno (poderosa razón económica) y el viaje con una tripulación no militar significaba un fuerte impacto mundial (poderosa razón política en la carrera espacial).

La noche y la madrugada del 27 de enero fueron de las más frías que se recordaban en la zona de lanzamiento. Tanto, que la nave amaneció cubierta de hielo. Tal como lo anticiparon los Ingenieros, la bajísima temperatura afectó los anillos de caucho cuestionados por su calidad. En el despegue, cedieron y dejaron escapar gas. A máxima velocidad se pulverizaron. Y sólo hubo fuego y muerte.


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