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Esta nueva nueva
catedral, que en sólo veintisiete años, del 1194 al 1221 (para
algunos historiadores, 1220 o 1225), reemplazó a la anterior
(también apenas nueva) que había sido devorada por las llamas, es
sin duda una obra maestra, no sólo del gótico, sino también de la
arquitectura religiosa de todos los tiempos.

Expresa una madurez, una perfección y
una uniformidad —debido también al breve tiempo en que fue
construida, probablemente bajo la dirección de un solo maestro de
obras, el desconocido pero magnífico "maestro de Chartres"—
que la sitúan en la cúspide del arte.
Su planta es bastante compleja, pero
ajustada en cada detalle; sus elementos de construcción y
decorativos son lo mejor que ha producido el arte gótico en el
apogeo de su desarrollo, y sus esculturas exteriores (ninguna
decoración en relieve, salvo una tribuna, hoy demolida, adornaba el
interior, en el que sólo imperan las relaciones arquitectónicas y la
luz mágica filtrada a través de las vidrieras) alcanzan los máximos
logros del arte francés. Por su parte, sus vidrieras son únicas,
inimitables e inestimables, tanto en cantidad como en calidad.
Actualmente, más del ochenta por ciento de sus 176 ventanas poseen
todavía los espléndidos cristales originales. Sólo algunas del coro
(dieciséis de la parte alta) fueron quemadas, entre 1773 y
1778, por un obispo, quizás encomiable como religioso, pero
execrable ; orno conservador de un patrimonio artístico. Dicho
obispo expresó —y según él era suficiente—, como única justificación
del estrago, que deseaba "dar más luz" al coro.
Eran los años en que Soufflot
rompía el Cristo del portal de Notre-Dame de París para que
pasaran las procesiones, y los mismos años en que, en Chartres, el
capítulo ¿e los canónigos ordenaba la destrucción de la tribuna (el
jubé) que separaba el coro de la nave de la iglesia:
atropello que alteraba todo el espacio interior de la construcción y
que fue perpetrado, sin valorar sus consecuencias, en el año 1763.
Sin embargo, a pesar de estas
alteraciones (y de otras menores, como la sustitución de parte del
suelo original, el desplazamiento del altar y algunos elementos
estructurales que fueron destruidos por posteriores incendios y
restaurados en el siglo pasado), esta gran catedral dedicada a la
Virgen es uno de los más íntegros e interesantes ejemplos del
gótico: un arte al que sus creadores, ignorantes de etimologías
cabalísticas y ajenos a la existencia del pueblo de los godos,
llamaban con toda tranquilidad "a la moderna" (para ellos) o "a la
francesa".
A
decir verdad, la fachada, con sus grandes torres, su portal de los
"reyes", obra maestra de la escultura románica-gótica francesa, y
sus grandes ventanas que repiten el motivo del pórtico, pertenece a
la iglesia anterior, la del obispo Fulberto.
Es lo que se salvó del incendio de
1194, junto con la cripta, la cual engloba, además, los restos de un
edificio aún más antiguo, de época carolingia. En este lugar se
veneraba, tiempo atrás, a la "Virgen Negra", Notre-Dame-de-Dessous-Terre,
"Nuestra Señora Subterránea", como la llamaban los peregrinos que,
para adorarla, acudían de todos los rincones del país de los francos
(siguiendo una peregrinación que los galos quizás ya habían
conocido).
Era una imagen antiquísima, esculpida,
en épocas inmemoriales, en un tronco de peral. Era tan antigua que
los años la habían ennegrecido, y de ahí su nombre. Hoy,
desgraciadamente, ya no existe, pues fue destruida. Pero la
sustituye dignamente, sobre el nivel del suelo, otra imagen de la
Santa Madre: una figura del gótico tardío (1510) a la que, en virtud
de su colocación encima de una columna, se le ha dado el nombre
realmente insólito en aquel país de Vierge du Pilier.
Partiendo, pues, de estos dos
elementos, cripta y fachada, el genial "maestro de Chartres" dio
cuerpo a su obra maestra: una inmensa y altísima —37 metros desde el
suelo al techo de la nave central y 14 metros en las laterales—
iglesia de cruz latina, es decir, con un largo cuerpo del que salen
dos anchos pero cortos transeptos.
Era un esquema normal para una
catedral gótica, pero insólito en sus proporciones (el
deambulatorio, o sea, la parte posterior, por así decir, de la
construcción, es bastante ancho respecto a la nave, y, además, está
enriquecido por una serie de capillas radiales, capillitas de forma
semicircular que se asoman hacia el exterior de la iglesia). Resulta
excepcional la absoluta rigurosidad del esquema general y la
subordinación de cada elemento accesorio a dicho esquema.
Una catedral gótica es —dejando a un
lado todo aspecto espiritual para considerar tan sólo la
construcción— un gran espacio, más o menos complicado, cubierto de
bóvedas. Bóvedas que se hacen necesarias porque se quiere construir
todo el edificio en piedra y, como se sabe, la piedra, empleada como
elemento de soporte horizontal, no puede cubrir grandes espacios,
pues se rompería. Las bóvedas, es decir, la disposición de la piedra
a lo largo de líneas curvas en vez de planas, constituyen la
solución al problema.
Pero, a su vez, plantean otros,
también considerables. En primer lugar, pesan; en segundo lugar,
este peso tiende a descargarse hacia los lados de la misma bóveda, y
no hacia abajo. Por lo tanto, no sirve apoyar las bóvedas sobre
pilastras: éstas se derrumbarían como bolos. Es necesario
apuntarlas, o sea, apoyarlas en unos muros tan gruesos que puedan
resistir su empuje, o bien en otras bóvedas que absorban dicho
empuje, oponiendo otro contrario.
Los constructores románicos (los que
precedieron a los góticos) hicieron ambas cosas: pusieron a los
lados de sus techos grandes murallones y al mismo tiempo adosaron a
las bóvedas mayores de las naves algunas bóvedas menores, usadas
para cubrir algunos recintos secundarios, o de servicios, como los
denominados matroneum, generalmente construidos sobre las
naves laterales de las iglesias.
Esto resolvía el problema
arquitectónico, pero impedía abrir ventanas en los muros laterales,
cubiertos por el matroneum. Los arquitectos góticos fueron
más allá. Comprendieron que era inútil levantar grandes muros por
doquier, ya que el peso de las bóvedas se descarga en algunos puntos
bien precisos, y estos puntos eran los que debían ser reforzados con
pilastras adecuadas (las cuales tomaron el nombre de
"contrafuertes").
El resto de la pared, que no soportaba
casi nada, podía ser empleado para abrir amplísimos ventanales; es
más, podía ser incluso completamente acristala-do, de la misma
manera que en los edificios modernos, entre un pilar y otro puede
extenderse una "piel" de cristal, un curtainwall, que aisle
de la lluvia y de cualquiera de los demás elementos.
Pero, pensándolo bien, lo mismo podía
hacerse con los matroneum, cuyo único elemento indispensable
era el arco que se oponía al arco de la bóveda: el resto era inútil,
arquitectónicamente hablando. Y, en efecto, podemos ver que los
arcos por tranquil, o sea los grandes arcos que unen
directamente las bóvedas con los contrafuertes exteriores,
sustituyen a los matroneum.
Como sucede siempre, a esta solución
no se llegó de repente, sino a través de un lento proceso de ensayos
y pruebas. Sin embargo, en Chartres, el organismo estructural gótico
aparece, por primera vez, dotado de todos sus elementos desde el
principio (en efecto, es la primera vez que los arcos por
tranquil se realizan y son concebidos para toda la catedral y no
sólo para las partes más difíciles, como el coro).
Y hay más: este sistema, ya
consolidado, fue aplicado con una perfección y un equilibrio de
proporciones difícilmente equiparables, casi increíbles en un
organismo de tan excepcional envergadura. No en balde hay quien ha
comparado a Chartres con un diapasón a escala arquitectónica y quien
se ha pasado media vida midiendo y estudiando cada elemento de este
extraordinario templo, que, por añadidura, es uno de los pocos
monumentos que disputan a las grandes pirámides egipcias la primacía
de los estudios "interpretativos", en todas las claves, desde la
cabalística a la mística, pasando por la matemática-geométrica.
La catedral tiene tres fachadas, cada
una de ellas con dos torres (sólo previstas, porque las de los
cruceros nunca recibieron el remate en punta, y una de las dos de la
fachada no lo consiguió hasta el siglo XVI, ya en el estilo florido,
que entonces se estilaba en Francia), y con un conjunto de tres
portales (algo único, nunca visto en ninguna catedral) y sobre cada
portal unas magníficas decoraciones en relieve. Pero lo que más
admira es una fantástica nave de arcos ojivales (en las bóvedas y en
las paredes), a la cual la eliminación del matroneum ha
permitido dotar de altas y largas ventanas a cada lado, y de un
"rosetón" cada dos ventanas.
Y aquí aparece la maravilla de las
maravillas, el orgullo de la catedral de Chartres, lo que la ha
hecho famosa por haber llegado a cimas jamás alcanzadas: desde estas
aberturas desciende, filtrada por las inimitables vidrieras
originales, rutilantes de rojos, azules y violetas, una luz cálida,
mágica, suavemente coloreada. Una luz de una tonalidad tan
fantástica, que incluso los cristaleros y los arquitectos góticos
—sin duda habituados a ello— se sintieron fascinados ante el
espectáculo.
Y así descubrimos una ventana de
deambulatorio que todavía lleva el nombre —muy apropiado por cierto—
de Notre-Dame-de-la-Belle-Verriére ("Nuestra Señora de la
Bella Vidriera"). No es ésta la única confianza que los
constructores se tomaron con la vidriera, ni la única mezcla entre
lo sagrado y lo profano.
Hay varias; por ejemplo, en el crucero
meridional hay una piedra blanca y torcida —respecto al conjunto del
pavimento— que el 21 de junio, a mediodía, solsticio de verano,
recibe un rayo de sol: rayo que se ha dejado pasar expresamente a
través de un cristal blanco introducido en la vidriera. Excelente
juego astronómico-luminoso (¿o mágico?) que hace las delicias de los
visitantes que ese día se hallan en la catedral.
Asimismo, en el pavimento de la
iglesia (en parte reconstruido y en parte original) hay un
extrañísimo "laberinto" en espiral. Por no hablar del
Asno-que-toca y de la Cerda-que-hila: dos curiosísimas
esculturas que adornan el muro meridional de la torre sur de la
fachada y representan (por lo que se puede leer, ya que están muy
corroídas) a un asno que toca la lira y a una cerda que, por
tradición, se dice que está hilando la lana. |