HUGO CHAVEZ, Perfil del presidente venezolano

CONOCE EL PERFIL OCULTO DE ESTE HOMBRE QUE DIRIGE EL DESTINO DE VENEZUELA

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Hugo Chávez Frías nació en Sabaneta, Venezuela, el 28 de julio de 1954. Es hijo de dos maestros, Hugo de los Reyes Chávez y Elena Frías de Chávez. Creció en la humildad en un pequeño pueblo del llano venezolano, por lo que a corta edad, sus padres lo llevaron con su abuela paterna, Rosa Inés Chávez, para que se ocupara de su crianza.

Realizó su educación primaria y el bachillerato, y luego estudió en la Academia Militar de Venezuela, de donde egresó, con el grado de Subteniente en 1975. También es licenciado en Ciencias y Artes Militares, en el área de Ingeniería y alcanzó el grado de Teniente Coronel. Entre otras cuestiones de su vida, Hugo Chávez desde joven fue aficionado al Béisbol. Además es autor de cuentos, poesías y obras de teatro, como: "Vuelvan Caras" (enviado a El Nacional), "Mauricio", "El Genio y el Centauro" (obra teatral que ganó el tercer premio de Teatro Histórico Nacional, en 1987)

Se casó dos veces. La primera con Nancy Colmenares, mujer de una familia humilde de Sabaneta de Barinas, con la que tuvo tres hijos: Rosa Virginia, María Gabriela y Hugo Rafael. Al mismo tiempo, mantuvo una relación sentimental e ideológica con la historiadora Herma Marksman, que duró alrededor de diez años. Luego contrajo matrimonio con la periodista Marisabel Rodríguez, madre de su última hija, Rosinés. Desde el año 2003, están separados, por lo que no hay Primera Dama en Venezuela.

Chávez, el hombre más imprevisible:

Como gobernaría Chávez durante le resto de su mandato? Utilizaría su nuevo capital político ganado en el referéndum de 2004 para destruir lo poco que quedaba de las instituciones democráticas, para instaurar una dictadura absoluta y protegerse de futuros reveses electorales una vez que cayeran los precios del petróleo? ¿O, por el contrario concluiría que podía seguir gobernando indefinidamente permitido un espacio —aunque limitado— de libertades civiles?

Antes de irme de Venezuela, y luego de intentarlo a través de varios conocidos comunes, logré una entrevista con el hombre que mejor conocía a Chávez: su mentor político y artífice de su ascenso al poder, Miquilena. La cita se realizó en la casa de Ignacio Arcaya, quien hasta hacía poco había sido el embajador venezolano en Washington, y que había estado cerca de Miquilena durante varios años.

Con 86 años a estas, Miquilena rengueaba un poco al caminar, pero conservaba una rapidez mental sorprendente. Nos sentamos en el patio, y antes de que Arcaya se retirara para dejarnos conversar a solas, felicité a Miquilena r su estado físico, bromeando que quizá sería más interesante hacerle preguntas médicas que políticas. ¿Qué comían los políticos venezolanos para mantenerse tan bien?, le pregunté. Yo viajaba constantemente a América latina, y no había otro país con tantos políticos longevos, comentó. ¿Cómo hacían Miquilena, Caldera, Pérez, Pompeyo Márquez tantos otros dirigentes octogenarios para seguir militando políticamente con pasión de adolescentes? Uno de ellos señaló con el dedo pulgar al cuarto de al lado, donde conversaban en un sofá dos mujeres de no mucho más de cuarenta años, y me respondió con una sonrisa: “Nos casamos con mujeres mucho más jóvenes”.

Miquilena (foto izquierda) había sido el padre intelectual de Chávez, el hombre que había organizado su primer viaje a Cuba, el jefe de campana de su primera victoria electoral en 1998, y su todopoderoso ministro del Interior y presidente del Congreso hasta que había renunciado en 2002, por desacuerdos con su jefe.

Según me contó, se habían conocido poco después de la intentona golpista de 1992, cuando Chávez estaba en la cárcel, y lo había invitado a visitarlo en el penal. Miquilena estaba proponiendo en ese momento una asamblea constituyente para “refundar” el país, argumentando que el sistema de partidos se había agotado, y Chávez —además de estar interesado en conocerlo personalmente— había manifestado su interés en ese proyecto.

A través de Pablo Medina, un político de izquierda amigo de ambos, se había concertado una Visita a la prisión. “Fue una grata reunión, bastante cordial, amena. Allí hubo empatía. Lograrnos establecer una amistad”, recuerda. “Después, las reuniones se fueron reproduciendo sistemáticamente.” A partir de entonces Miquilena, que le llevaba más de cuarenta años a su nuevo amigo, se convirtió en el mentor ideológico de Chávez. Entre ambos hombres se desarrolló una relación de padre-hijo.

Cuando Chávez salió de la cárcel, se fue a Vivir a la casa de Miquilena, donde permaneció durante cinco años, hasta ganar la presidencia en 1998. “Allí nos sentábamos a soñar de noche, a conversar sobre el país decente, el país humilde, el país sin ladrones, para abatir la miseria totalmente injustificada que el país estaba sufriendo y sigue sufriendo”, recuerda.

En 1994, Miquilena presentó a su huésped a los cubanos, quienes lo invitaron por primera vez a la isla. La reunión se produjo en casa de Miquilena. “Tuvimos en mi casa Un almuerzo, Chávez, el embajador cubano Germán Sánchez y yo, y allí planificamos el viaje a Cuba”, me dice: Los cubanos estaban ansiosos por que Chávez viajara cuanto antes: el presidente Caldera acababa de recibir al líder del exilio cubano en Miami, Jorge Mas Canosa y el régimen cubano quería que Chávez diera un discurso crítico de Caldera en la Casa de las Américas de La Habana como represalia. Durante el almuerzo, Miquilena, que era un viajero frecuente a La Habana, le insistió al embajador para que se encontraran con Castro “porque me parecía que ir a Cuba sin verlo a Fidel no tenía sentido” El embajador dijo que no podía dar seguridades, porque la invitación era para que Chávez diera un discurso en la Casa de las Américas. “Entonces, cuando me dijeron que no sabían, dije bueno, no voy. Y fue Chávez solo”, recuerda Miquilena. Para sorpresa de ambos, Castro no sólo recibiría a Chávez durante ese viaje, sino que lo estaría esperando a su llegada. “Fidel lo estaba esperando en la escalera del avión, y de allí en más no lo dejó sino hasta que lo puso en el avión de regreso.

Estuvo con Fidel toda la noche. Incluso, no hallaban dónde comer y se fueron a la embajada venezolana en la mitad de la noche. El embajador (venezolano) me contó después que como su esposa no estaba ahí y no tenía cómo darles de comer, Fidel salió con Chávez a una de esas casas de protocolo a comer a medianoche. De ahí en adelante, Chávez se convirtió en un simpatizante, en un amigo de Fidel, compartiendo sus ideas”.

Miquilena se había retirado del gobierno a mediados de 2002, frustrado por el hecho de que Chávez no siguiera su consejo de bajar el tono incendiario de sus discursos, que estaban volviendo en contra cada vez más a los sindicatos, a los empresarios, a la Iglesia y a los militares, y creando cada vez más enemigos del gobierno. Desde entonces, y hasta que lo entrevisté dos años después, Miquílena había mantenido un perfil bajo, emitiendo alguna que otra declaración pidiéndole respetuosamente a su ex discípulo que respetara las reglas democráticas, pero hablando rara vez con la prensa. Durante varios meses tras alejamiento del gobierno, ambos habían mantenido comunicaciones porádicas1 en las que habían hablado como viejos amigos.

“Cómo definiría a Chávez”, le pregunté a Miquilena. ¿Es un nuevo Castro, un Pinochet disfrazado de izquierdista, o qué? El ex padre intelectual de Chávez, intercalando anécdotas de sus casi diez años de ‘trato diario con el presidente venezolano, me lo describió corno un hombre intelectualmente limitado, impulsivo, temperamental1 rodeado de obsecuentes, increíblemente desordenado en todos los aspectos de la vida, impuntual, absolutamente negado para las finanzas, amante del lujo y por sobre todas las cosas errático.

“Por el conocimiento que tengo de Chávez, es uno de los hombres de lo más impredecibles que he conocido. Hacer cálculos acerca de él es verdaderamente difícil, porque es temperamental1 emotivo, errático. Y porque como no es un hombre bien amueblado mentalmente, ni un hombre con una ideología definida.., está hecho estructuralmente para confrontación. Él no entiende el ejercicio del poder como el árbitro de la nación, como el hombre que tiene que establecer las reglas de juego y que tiene que manejar la conflictividad desde el punto de vista democrático. No está preparado para ello”, respondió. ¿Pero no acababa de decirme que Chávez compartía las ideas de Castro? “Sí y no”, respondió. Después de su primer viaje a Cuba en .1994, y del inesperado recibimiento que le había dado Castro, “Chávez decía que era interesante la experiencia de Fidel, que había sido exitosa. (El veía) el éxito de Fidel como un éxito de orden personal, por el ‘hecho de haber perdurado en el poder. Pero en ese momento, él era ‘perfectamente consciente de que eso (Cuba) no tenía nada que ver con ‘Venezuela, que el mundo de hoy no estaba para ese tipo de cosas”, dijo Miquilena.

“Y qué cambió después? ¿Se fue radicalizando con el tiempo?”, pregunté. Miquilena dijo que la dinámica de los acontecimientos fue llevando a Chávez cada vez más cerca de Castro, pero más por motivos que tenían que ver con su temperamento que ideológicos. Quizás, el narcisismo de Chávez lo había llevado a una retórica cada vez más confrontacional —y cercana a Castro— porque eso era lo que le generaba la mayor atención mundial y le permitía proyectarse ComO un líder político continental. Cuanto más “antiimperialistas” eran sus discursos, más grandes eran los titulares, y más gente en los movimientos de izquierda latinoamericanos lo tomaba en serio. Y, simultáneamente, cuanto más evidente se hacía el deterioro político de Venezuela, más necesitaba de una excusa externa para explicarlo, y nada caía mejor en la región —especialmente con Bush en el Pode que culpar a los Estados Unidos por “agresiones” reales e imaginarias. Y, finalmente, “Fidel le había metido en la cabeza desde un principio la idea de que lo iban a matar”, dijo Miquilena. Por eso Chávez comenzó a asesorarse con la guardia personal de Castro y a aceptar gradualmente cada vez más cubanos en sus organismos de seguridad e e inteligencia. Cuando se produjo el paro petrolero de 2002, los Cuba nos habían enviado técnicos e ingenieros para ayudar al gobierno a superar el trance. Y una vez consolidado en el poder, Chávez había aceptado gustosamente los 17 mil médicos y maestros cubanos que le permitían proveer atención médica y educación en las tonas más rezagadas del país.

Pero Chávez nunca había tenido una ideología muy definida, ni un plan a largo plazo, porque era un hombre fundamentalmente indisciplinado, decía Miquilena. Su estilo de gobernar era casi adolescente Llamaba a sus ministros pasadas las 12 de la noche para contarles una idea brillante que se le acababa de ocurrir, daba instrucciones para todos lados, todos le decían que sí, y nadie jamás le daba seguimiento a sus órdenes. Después, cuando las cosas no funcionaban, cambiaba los ministros. No era casual que, en cinco años de gobierno, hubiera hecho ochenta cambios de ministros.

“Él está rodeado de lo que en el ejército llaman ‘ordenanzas’. No tiene ninguna posibilidad de que haya alguien a su alrededor que lo contradiga”, recordó Miquilena. Arcaya, el ex embajador de Chávez en Washington, que había sido su ministro de Gobierno y Justicia, me había contado poco antes que Chávez solía llamarlo tarde en la noche, a veces hasta a las 4 de la mañana, con algún pedido del que casi invariablemente se olvidaba al día siguiente. “Yo le dije una vez: ‘Hugo, el principal causante de la desorganización eres tú”’, recordaba Arcaya. “Él preguntó: ¿por qué dices eso? Bueno, porque le pides a un ministro que te prepare un informe sobre la educación, que te prepare un sancocho, que vaya un momentito a los Estados Unidos a hablar con el banco, que regrese y lleve a los niños a un juego de béisbol. Y eso no SC puede hacer. Porque los ministros nunca te van a decir que no lo pueden hacer. Te van a decir, por supuesto, señor presidente, y después lo van a hacer nada.”

Una noche, cuando Arcaya aún era ministro de Gobierno y Justicia, el presidente lo había llamado a las 10 de la noche para pedirle un informe urgente sobre un problema que se había suscitado en una cárcel. “Me lo traes mañana a las 6 A.M. a La Casona”, le había ordenado Chávez. Arcaya comenzó a llamar a sus subordinados y a todo aquel pudiera saber algo sobre el tema, pero por lo avanzado de la noche había encontrado a nadie. Finalmente, con un amigo, se había quedado hasta las 5 de la mañana tratando de hacer el informe lo mejor e pudo. A las 6 se había presentado en La Casona, con el informe en piano. Cuando pidió ver al presidente el secretario privado le había dicho: imposible si a la medianoche se fue a Margarita...”. Y el presidente jamás le había pedido el informe. Al regresar de Margarita, ya tenía otro tema en la cabeza y se había olvidado por completo del de la cárcel.

Aunque Chávez trataba mucho mejor a Miquilena que al resto de los ministros el todopoderoso ministro del Interior también había sudo las consecuencias del caos en el gobierno. “Es el hombre más absolutamente impuntual que te puedas imaginar para todo. No tiene horario para nada, no preside el gabinete va a su oficina cuando quiere”, recordaba Miquilena. Y trataba pésimo a sus colaboradores. "El trato mismo que les da a sus subalternos es un trato despótico un trato humillante. Los humilla. A un gobernador delante de nosotros, altos funcionarios, le dijo en una oportunidad que era una porquería que no servía para nada, que ‘usted se me va inmediatamente de aquí’, etcétera”, señaló Miquilefla. “Después, reconoce que comete errores, da cuenta que lo ha hecho mal... pero al rato vuelve a hacerlo.”

En el manejo económico del gobierno Chávez operaba con total arbitrariedad, como si manejara una hacienda personal. No tiene idea en materia de finanzas. Absolutamente ninguna regla de control. De golpe manda: “Dale al banco tal tantos millones”, decía Miquilena. ‘focos días atrás, Chávez había dado un discurso ante el Banco de la Mujer, y le habían presentado un plan que le había gustado. “Esto está muy bueno. Están haciendo una gran labor. ¿Hay algún ministro aquí? ¿Alguien de la Casa Militar? Ah, González, bueno, anótame ahí, para darle 4 mil millones a este banco”, había dicho el presidente venezolano, en una escena televisada por cadena nacional. Y eso sucedía todos los días, decía el ex ministro del Interior.

Según Miquilena la retórica incendiaria de Chávez no sólo le estaba ganando cada vez más enemigos al gobierno gratuitamente1 sino que le restaba credibilidad con sus propios partidarios1 porque el presidente estaba hablando de una revolución ficticia que no tenía nada que ver con lo que estaba haciendo, decía Miquilena. “Chávez empezó a usar un discurso que dividía a la sociedad entre ricos y pobres1 entre oligarcas y pueblo, y con un lenguaje revolucionario que en ningún caso correspondía con lo que estaba ocurriendo en la vida real, ni ha ocurrido todavía ni ocurrirá a mi manera de ver”, señalaba Miquilena. Porque Chávez estaba hablando de una “Revolución Bolivariana” continental que terminaría con la oligarquía, y de hecho estaba siguiendo Políticas económicas neoliberales, y otorgando las concesiones más ventajosas de la historia a las multinacionales petroleras norteamericanas, decía “Yo le planteaba constantemente que con ese discurso estaba engañando a los que se creen revolucionarios, y eso va a dar un saldo rojo, pOrque Van a descubrir que hay una mentira”, recordó. “Entonces, con esa mentira les estábamos metiendo miedo a los sectores económicos, y estábamos engañando a la vieja izquierda que seguía pensando en la revolución “Miquilena se había cansado de plantearle a su jefe que, con ese discurso el gobierno no estaba sumando nada, y perdía apoyo de ambos lados.

“Y cómo reaccionaba Chávez cuando le decía eso?”, pregunté Reaccionaba positivamente, y muchas veces les pedía a Miquilena y a José Vicente Rangel, quien en los cinco primeros años de Chávez en el poder había servido sucesivamente como canciller, ministro de Defensa y vicepresidente, que arreglaran las cosas con los agraviados de turno. “Por ejemplo, Chávez atacaba violentamente a un periodista en un discurso, y yo le planteaba que eso no podía ser, que ése no era el papel de un jefe de Estado. Él me daba la razón, y yo llamaba al periodista para decirle que todo estaba bien. Pero inmediatamente volvía a las andadas, porque es un hombre irrefrenable cuando está frente a un micrófono con cinco mil personas adelante”, dijo Miquilena.

“En una oportunidad, Chávez me pidió que fuera a conversar con (el magnate de la televisión) Gustavo Cisneros para que llegáramos a un acuerdo, porque Cisneros tenía una política muy agresiva en la oposición. Yo con mucho gusto lo invité”, recordó a continuación. Miquilena invitó al posteriormente fiscal general Isaías Rodríguez, y los tres habían tenido un prolongado almuerzo, en el que habían llegado a un entendimiento de que de ambos lados bajarían el tono de su discurso, para contribuir a la pacificación del país. Finalizado el almuerzo, cuando Miquilena iba de regreso a su despacho e hizo prender la radio de su automóvil, se encontró con que Chávez estaba dando en ese preciso instante un discurso con una serie de ataques e insultos contra Cisneros. “Eso sucedía mientras yo estaba en una conversación propuesta por él para establecer la paz con Cisneros! Ese es el personaje. Eso define las características de un hombre impredecible para cualquier cosa”, señaló.

Cuando Miquilena llegó a la conclusión de que no lograba cambiar la personalidad de Chávez, resolvió que sólo Fidel Castro podía dar a lograrlo. “Antes de romper definitivamente con Chávez, le í que hiciéramos una reunión entre Fidel, él y yo, para que hablara sobre la situación de Venezuela”, recordó. “Yo pensé que Fidel es hombre inteligente, que tiene que estar consciente de que una torpe lítica en Venezuela, mal manejada no conduce sino al fracaso de cualquier proyecto que podría beneficiarlo, y que a él le convenía más gobierno amigo aquí, que uno no amigo.” La reunión se había con‘etado en 2002, durante la cumbre de Nueva Esparta, en Margarita, los tres hablaron durante dos horas, y Miquilena había planteado abiertamente su temor de que el discurso agresivo del gobierno venezolano condujera sino a una situación de ingobernabilidad. “Para mi satisfacción Fidel estuvo bastante de acuerdo conmigo en la necesidad de que había que moderar las cosas. Y (Castro) dijo categóricamente palabras textuales: ‘En Venezuela no está planteada una revolución’. Claro, Fidel sabía lo que era una revolución, y Chávez, no. Para Fidel, una solución es un cambio social de los bienes de producción de una se social a otra clase social... Pero él sabía que Chávez no estaba haciendo una revolución, no la podía hacer, ni estaba planteado para Venezuela hacerla”, recordó.

Castro, efectivamente, era un realista y valoraba más que nada la permanencia de Chávez en el poder, y la ayuda que le podía dar a Cuba. Y cómo había reaccionado Chávez?, pregunté. “Dijo que sí, que esta-de acuerdo”, recordó Miquilena. Pero, como tantas veces antes, ha-vuelto a su discurso incendiario apenas llegado a Caracas. Y la posición de su ministro del Interior en presencia de Castro no le pudo haber caído muy bien. Al poco tiempo, Miquilena renunció.

Antes de dar por terminada la entrevista, no pude menos que volver a a plantear la pregunta de fondo, la que me venía haciendo desde mi llegada a Venezuela. ¿Quién tenía razón? ¿Petkoff, que decía que en Venezuela no se estaba gestando una dictadura sino “un proceso de debilitamiento de las instituciones para fortalecer a un caudillo”, o Garrido, que decía que Chávez estaba implementando un plan gradual e control absoluto del poder, perfectamente planeado que desde un inicio había previsto duraría veinte años a partir de su llegada a la residencia? “Creo que Garrido supone que Chávez es un hombre idológicamente estructurado, formado para tomar ese camino. Difiero con él en eso. Creo que lo que tiene Chávez en la cabeza es un revoltijo de cosas, y que se deja llevar por lo que va ocurriendo cada día. Es un hombre puramente temperamental... Su norte es permanecer en el poder... No tiene la disciplina, ni una teoría clara de adónde va.” Tras ganar el referéndum, Chávez ridiculizaría el proceso, permitiendo ciertas fachadas democráticas. Haría “un gobierno britano, tratando de perfumarse con algunas cosas democráticas como mantener una farsa judicial, una farsa parlamentaria, una farsa electoral”, concluyó Miquilena.

El hombre de los dos pedales

Como muchos temían, Chávez se radicalizó tras su victoria electoral de 2004. A mediados de 2005, con el petróleo a 60 dólares por barril —casi ocho veces más que cuando había asumido— y una oposición desmoralizada e intimidada, el presidente había acumulado poderes sin precedentes en la historia moderna de Venezuela. Pocos meses después del referéndum, ganó 22 de las 24 gobernaciones del país, y unas 280 de las 335 alcaldías. Simultáneamente, amplió arbitrariamente la Corte Suprema de Justicia de 20 a 32 magistrados, nombrando a incondicionales suyos para todos los puestos recién creados; hizo aprobar una “ley de contenidos” de prensa que le dio la posibilidad de cerrar medios de oposición a su antojo, e hizo cambiar el modus operandi del Congreso para que varias leyes cruciales pudieran ser aprobadas por mayoría simple, lo que le aseguró el control del Poder Legislativo, donde sus partidarios tenían una escasa mayoría.

Simultáneamente, se dedicó a comprar armas en todo el mundo, reestructurar sus fuerzas armadas y cambiarles de uniforme para darles un carácter “antiimperialista”, y amplió su número de reservistas de 90 mil a más de 500 mil. Entre otras cosas, compró quince helicópteros de ataque Mi-17 rusos, Mi-35 y más de 100 mil fusiles AK-103 de Rusia, 10 aviones de transporte de tropas y 8 naves patrulleras de España, y 24 jets de ataque ligeros Súper Tucanos de Brasil, además de iniciar negociaciones para la compra de 50 cazabombarderos Mig-29 rusos, todo ello por una suma de más de 2 mil millones de dólares. Para la oposición venezolana, lo más preocupante era el aumento de los reservistas, que ya no dependerían directamente del Ministerio de Defensa sino del presidente de la República, y que muchos temían que era más que la creación de “milicias populares” para vigilar a la población, al mejor estilo cubano. Para entonces, Chávez y Castro ya anunciaban públicamente que Cuba aumentaría de 17 mil a 30 mil sus médicos, maestros y otros “internacionalistas” en Venezuela. Y mientras Chávez subía de decibeles su retórica contra los Estados Unidos -llamando a la secretaria de Estado Rice “Condolencia"y “una analfabeta”— y aumentaba los subsidios de petróleo a Cuba de 53 mil a 90 mil barriles diarios, invertía cada vez más petrodólares en expandir su influencia en la región mediante proyectos como Telesur, una cadena e televisión chavista-castnista financiada principalmente por Venezuela, y acuerdos petroleros con el Caribe que incluían una cláusula de apoyo a la Alternativa Bolivariana para América, o ALBA, la iniciativa e integración regional sureña propuesta por Chávez. “Las revoluciones cubana y venezolana ya son una sola, el pueblo cubano y venezolano ya son. uno solo”, proclamaba Chávez el 9 de julio de 2005, en XI acto en Caracas en el que condecoró a 96 asesores cubanos que se habían destacado en el programa educativo Misión Robinson.

Intrigado por el curso que había tomado el gobierno de Chávez, amé a Petkolff por teléfono para preguntarle si —a la vista de los últimos acontecimientos todavía consideraba que Venezuela no estaba emarcada en una revolución a la cubana. Había pasado casi un año desde nuestra última conversación en Caracas, en la época del plebiscito.

Petkoff, una de las mentes más brillantes de Venezuela, me respondió 1ue sin duda,, desde entonces, Chávez había aumentado su control de las instituciones, pero agregó que “su retórica no está acompañada de lo que normalmente se asocia con una transformación revolucionaria, como ser cambios estructurales en la economía y en las instituciones”. Lo que haría, según Petkoff, era “un fortalecimiento de su poder personal, para ‘lo cual ha aumentado el control sobre las instituciones”.

Entonces, “Venezuela era ahora un sistema totalitario, o una democracia con ‘un hombre fuerte?”, pregunté. Petkoff no les prestaba mucha atención a los discursos “revolucionarios” de Chávez. “Se maneja con un pie pisando el pedal del autoritarismo, y con el otro pie en el pedal de las instituciones democráticas. Pisa uno u otro pedal de acuerdo con la coyuntura”, respondió. “Después del referéndum, obviamente, ha estado pisando más fuerte el pedal del autoritarismo.”

Poniendo en la balanza lo que decía Petkoff y lo que me había ‘dicho Miquilena en Caracas, me convencí más que nunca de que Chávez era lo que siempre sospeché: un militar intelectualmente rudimentario pero sumamente astuto, aferrado al poder, cuyo éxito político se debía en buena parte a que los precios del petróleo se habían disparado por las nubes durante su mandato.

Su mesianismo era casi paralelo a los índices del precio del petróleo. A mediados de 2005, cuando el crudo estaba en más de 60 dólares por barril, Chávez se presentaba como el redentor de Venezuela tras quinientos años de opresión: “La polarización entre ricos y pobres fue creada por el capitalismo y el neoliberalismo, no por Chávez”, dijo en una entrevista con el canal árabe Al—Jazeer “Fue creada por un sistema de esclavitud que ha durado más de Cinco siglos. Cinco siglos de explotación, especialmente en el siglo XX, cuando nos impusieron el sistema capitalista, y al final del Siglo, cuando nos impusieron la era neoliberal, que es la etapa más desbarnizada del capitalismo salvaje. Este sistema creó condiciones difíciles que llevaron a una explosión social. En 1989, yo era un oficial del ejército y veía que el país había explotado como un volcán. Entonces, hubo dos operaciones militares, en una de las cuales participé junto con miles de camaradas militares y civiles.”

Quizá quien me había hecho la mejor descripción ideológica de Chávez era Manuel Caballero, uno de los principales intelectuales de la izquierda venezolana. Al igual que Petkoff y Miquilena, Caballero me había sugerido tomar con pinzas el izquierdismo de Chávez, y verlo más como un militar populista que como un ideólogo de izquierda. Después de observarlo de cerca durante años, Caballero concluyó: “Chávez no es comunista, no es capitalista, no es musulmán, no es cristiano. Es todas esas cosas, siempre que le garanticen quedarse en el poder hasta el 2021."

Fuente Consultada: Cuentos Chinos de Andrés Oppenheimer

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Sonico Meneame

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